Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

domingo, 14 de diciembre de 2008

Desnudo

Ser poeta en Valparaíso es más que escribir sobre escaleras, calaminas, ropa tendida. En un mundo cada vez más cínico, más hostil, Valparaíso humaniza. Me quita capas. Me desafía a ser más honesto conmigo. Me transparenta. Me desnuda.

Es que yo no soy de estos poetas que supieron su vocación desde niño. Aquellos, que a los 5, ya andaban con un croquis en la mano. No. Soy lo que los gringos llaman un “late bloomer”, un árbol que tardó en brotar. En el colegio me hicieron leer a Shakespeare, Chaucer, y “La Tierra Baldía” de T.S. Eliot. No entendí nada. No quise, tampoco. Era fiestero.

Mi primera llamada despertadora vendría a los 16, el 28 de Mayo, 1981, para ser preciso, el día que nos revelaron que mi hermana mayor, Robyn, padecía de melanoma maligno. Tenía 22 años. Moriría 10 semanas después.

Mis amigos se matricularon en una universidad, yo en otra. Quería partir de cero. Estudié sicología, la historia del arte. Leí filosofía oriental. Me hice rockero.

A los 24, ya me había cambiado de ciudad 5 veces. Editaba artículos para una revista “new-age”. Un día una amiga poetisa me pasó, “La Rama No Quebrará”, de James Wright (1927-1980). Marcaría un antes y después en mi vida; mi paso definitivo hacia la poesía, y, ¿Por qué no?, hacia el Puerto.

Muchos poemas allí tenían títulos larguísimos. Locos. El primero era “Tirado en una Hamaca en la Granja de William Duffy en la Isla de Pinos, Minnesota”. Va así:

Arriba de mi cabeza, veo la mariposa de bronce
Tomando siesta sobre el tronco negro
Soplando como una hoja en la sombra verde.
Desde el riachuelo detrás de la casa abandonada,
Sigo el tintineo de los cencerros
Persiguiéndose en las distancias de la tarde.
A mi derecha,
Dentro de un rayo de sol que cae dentro de dos pinos
Los desperdicios de los caballos del ataño
Arden, transformándose en piedras de oro.
Descanso. Atardece.
Un gavilán revolotea, buscando su hogar.
He desperdiciado mi vida.

Leí el libro entero durante una tarde. En poema tras poema, quedé impactado por la escasez de palabrería, la desnudez, la ausencia total de poses falsas, la honestidad.

Otro poema me dejó sin habla. Se llamaba “Soy un Guerrero Sioux, Me Dijo en Minneapolis”. Jamás había visto un título así. El poema era aun más asombroso, de pocas líneas:

Está borracho. No hay nada más que decir.
No sabe más que yo
Cuáles son las aguas verdaderas que se enlutan
O que palabras hay que cantar al morir.

Esto no era Shakespeare. No era “La Tierra Baldía”. Pero me calzó perfecto. Así, me hice poeta con un solo propósito: tocar a otras personas como Wright me había tocado a mí.

Han pasado los años. He dedicado mi vida a esto. He leído miles de versos y escrito centenares más. Y he aprendido. Ser poeta abarca 2 elementos principales: oficio y voz. El primero se enseña. El segundo no. Para eso, hay que escavar. Profundo. Hay que ser honesto con uno mismo. Hay que aprender a andar desnudo. Allí entra Valparaíso. Calza perfecto.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Los Jacarandás

¿Se acuerdan de los Ejes Transversales?

Fue el proyecto estrella del gobierno del Presidente Frei Ruiz Tagle para Valparaíso. Según lo anunciado, cambiarían la cara del Puerto. Se proyectaban 6 intervenciones urbanas integrales. De éstas se alcanzó a ejecutar poco más de la mitad.

El más bullado era el Eje Avenida Argentina. Se dijo que transformaría la entrada al Puerto. Quedó en el olvido. No se ejecutó. Lo reemplazó un proyecto tras otro, impulsados, en primer lugar, por Hernán Pinto, y después por Aldo Cornejo. Al principio, estos proyectos contemplaban el traslado de la feria. Tras el pataleo de los feriantes, se cedió. Sólo la hermosearían. Pero, hasta la fecha, ni lo uno ni lo otro.
Del Eje Uruguay ni hablar. Contemplaba una “manito de gato” en la Plaza O’Higgins, además del hermoseamiento de las veredas, bandejones y estacionamientos de dicha avenida, desde Brasil hasta el Parque el Litre. A los ambulantes les encantó. Tras su inauguración, se demoraron 3 días en tomar por completo todos los espacios mejorados. El entorno del Mercado Cardonal, por su parte, sencillamente no acusó recibo. Sigue tan colapsado como siempre.
En el Eje Sotomayor se invirtieron varios palos verdes. Las baldosas —conocidas por algunos como las “res-baldosas”— se transformaron en la pesadilla de las mujeres. Otras terminaciones no duraron ni un año. Estéticamente fue tan poco valorado que hoy, apenas 10 años después, se ha relicitado su rediseño por completo.
Pero no todo fue malo. Está el Eje Bellavista. En mi opinión, el más exitoso de todos. Nos dejó varios legados interesantes: una Plaza Lord Cochrane que ha sido bastante valorada por la ciudadanía. Además está la Plaza Cívica, que conecta dicho lugar con la Plaza Aníbal Pinto; el mejoramiento paisajístico que dio continuación a la Avenida Brasil, permitiendo que este se proyecte como el espacio público vital que es. Hubo un intento de hermosear la Plazuela Ecuador (tampoco acusó recibo); y unos toquecitos en el Museo a Cielo Abierto.
Y nos dejó unos hermosos jacarandás.
En principio se había plantado un centenar de árboles de distintas especies: almendros, jacarandás, plátanos orientales. Todos sufrieron ignominias innombrables. Han sido atacados, tallados y quemados. Han sido orinados, vomitados y ensangrentados. Han sido víctimas de burla: ¿Y este arbolito, qué quiere ser cuando grande? Perdimos más de la mitad.
Pero los jacarandás prosperaron. Hoy, 12 años después, están floreciendo. Son espectaculares.
Son un testimonio de la Labor de Sísifo que es el acto de soñar Valparaíso. Puede que nos ninguneen. Puede que nos den más de un portazo. No importa. Aquí estaremos. Soñando Valparaíso. Sobreviviremos. Brotaremos un poco cada primavera. Un día verás. Floreceremos.
A mis amigos quijotes porteños, los mismos que tanto han sufrido durante años, les recomiendo dar una vuelta por el sector de la Plaza Lord Cochrane. A gozar los jacarandás. Los sobrevivientes.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Volver a lo Esencial

He recibido un correo. Dice: "Como es sabido, la alcaldía de Valparaíso yano es concertacionista. Tengo que buscar trabajo en otra parte". Adjunto unCV. Me ha inspirado una profunda reflexión.

Tras ganarle a Hillary Clinton en la primaria, Barack Obama anunció quepelearía el voto de los 50 estados. Decían que era loco. En EE.UU. hayestados "rojos" (republicanos) y "azules" (demócratas). Las elecciones,decían los expertos, se ganan en los 7 estados "púrpuras". "Un demócrata nopuede ganar en Indiana, Carolina del Norte y Virginia", insistían. "¿Porqué botar plata haciendo campaña allí?". Obama no pestañeó: "No quiero serPresidente de los Estados Azules. Quiero ser Presidente de los EstadosUnidos". Apeló al ser norteamericano.

Ganó Virginia, Indiana y Carolina del Norte.

Tras años de politiquería en Valparaíso, ha llegado el momento. Volvamos alo esencial. No somos patrimonio de la Alianza. Ni de la Concertación. Somospatrimonio de la humanidad.

Mis primeras lecciones sobre esta materia las aprendí, hace 15 años, donde"La Pollita", almacén de la calle Papudo. Aparecía los viernes y sábados enlas mañanas, vestido de bata azul, pidiendo pan, huevos y avena tostada. Merecibía Pollita con otros vecinos más. Pasábamos las horas copuchando.Allí me enseñaron las virtudes y defectos de las mujeres chilenas; lo quehabía que buscar y lo que había que evitar. "El gringuito de los ojosazules" era un hijo más del barrio. Había que cuidarlo. Nunca me preguntaronsi era concertacionista o aliancista.

Hace 10 meses, la noche del 15 de enero, el apacible vecindario del Cerro La Cruz setransformó en el infierno. Cuando el joven Gabriel Lara llegó a la escenade la catástrofe, le daba lo mismo para quién habían votado los inquilinos.Era bombero de la 4ta compañía "Almirante Manuel Blanco Encalada". Se había jurado defender, con su vida si fuera necesario, a su ciudad, a su Puerto.Y así fue. Y a los 3.500 porteños que descendieron de los 43 cerros aacompañar el féretro del joven de 26 años, tampoco les importaba si Gabrielera de la Alianza o de la Concertación. Era el mártir número 68 de losbomberos de Valparaíso.

En mi casa tengo balcón con vista a la Subida Ecuador. Siempre llevo a mishijos a mirar los funerales de bomberos. Pero lo de Gabriel fue otra cosa.Centenares de antorchas. Sirenas de 34 carros bomba. Bocinazos de autos,micros, colectivos. Miles de porteños con sus pañuelos al aire. Miles. Cadafamilia de Valparaíso había perdido un hijo. Esto no pasa en ninguna otraparte. Gracias a Gabriel, todos recordamos el significado de "ser porteño".Le dije a mi hijo Nicholas: "Si alguien te pregunta por qué vivimos enValparaíso, cuéntales lo que vivimos esta noche". En un mundo indiferente,donde cada vez menos se siente el dolor ajeno, Valparaíso es un oasis en eldesierto.

Así, la próxima vez que te pregunten: "de qué lado eres", diles: "Soyporteño".

¿Entendiste?

sábado, 15 de noviembre de 2008

Pasitos


Uno de mis grandes placeres es el que se produce cada día a las 6:40 a.m. A esa hora ya me despertaron las golondrinas del cerro San Juan de Dios. Deambulo un rato entre los últimos vestigios de mis sueños, hasta que se disipan como el vapor sobre un buen chocolate caliente. Allí viene. El sonido milagroso. El goce indescriptible. Pasitos. Viene mi hija de 4 años.

Pónganme un antifaz y háganme escuchar a 10 niñas de 4 años caminando sobre tablas de piso crujientes. Les apuesto: puedo identificar los pasitos de mi hija.

Acto seguido viene “cachorrita regalona”, una importante tradición en la casa Temkin. Se trata de un abrazo eterno. Uno de esos que te recuerdan que da lo mismo si la economía, la política, el trabajo, todo, se va a la cresta. Tengo este momento, tan eterno como efímero. Tengo mi “cachorrita regalona”.

Pero hace 2 días mi vida cambió para siempre. Estaba en la cama. Cantaban las golondrinas. Esperaba mi cachorrita regalona. Aparece, pero, por primera vez, dice que no quiere. Negociamos. “Te doy 5 segundos”, ofrece. Exijo 60. Transamos en 30. Allí estamos, abrazados. De repente empieza a contar: 1, 2, 3, 4… Me muero.

En mis 10 años al mando de la Fundación Valparaíso (FV) he sufrido de todo, pero nunca esto. He sido emboscado y embestido. Se ha dicho: “El gringo compró todas las casas de la ciudad”. Habíamos comprado una. Cuando hermoseamos 23 casas en el sector del Museo a Cielo Abierto se dijo: “El gringo echó a todas las familias a la calle”. Al confirmarse que no era así, dijeron: “Cobra peaje a todos los que sacan fotos por allí”.

Se ha difundido que trabajo para Bush y para la CIA. Durante las elecciones presidenciales de ’98 corría el rumor de que pintamos la sede de la FV amarillo y azul porque me había pagado el candidato “del cambio”.

Todavía guardo, por nostalgia, unos 10 correos electrónicos que intercambié con un tal Ernesto, alrededor del 2000, momento de gran actividad en la FV: “Gringo de mierda”, partió el primero, “a ver si bajas del Olimpo a contestarme”. A continuación un compendio de insultos que despertarían a mi abuelita de su sueño eterno. Le invité a conversar, pero no quiso. Así, entramos en un diálogo cibernético. El acusaba, yo contestaba. El último correo de Ernesto lo recibí 3 meses después. Decía: “Todd. Asistí a escondidas la inauguración de tu último proyecto… He llegado a la conclusión de que no eres un mal tipo. Ojalá que pudieras ser más francés, menos yanqui. Pero no eres una mala persona. Por lo menos el vinito que ofreces a los vecinos es muchísimo mejor que el vino de caja que dan otros”.

Me encantó. Y es más. He hecho las paces con todo esto. Es parte del juego. ¿La vida? Un viaje. Hay que gozar, lento. De pasitos. Que digan lo que quieran.

Pero, ¿que mi hija cuente hasta 30? Esto no lo soporto. No. Pero hay esperanza. Tengo un osito a punto de cumplir 7. Es delicioso. Mejor aún, no cuenta hasta 30. Ay, Dios. Hay esperanza para mí.

domingo, 9 de noviembre de 2008

El Caer de una Ciruela

En el poema “Una de las vidas” el poeta norteamericano W.S. Merwin (1927) narra su experiencia tirado en una camilla, dentro de una granja, víctima de una fiebre que lo tiene al borde de la muerte, tiritando y con escalofríos, ”aunque me hayan envuelto en todas las frazadas de la casa”. El médico prepara su aguja. El bosque se asoma por la ventana. En su delirio, el poeta escucha algo. El caer de una ciruela.

Un ciruelo se demora 365 días en madurar su fruta. Son 3 millones de segundos. La ciruela se demora menos de un segundo en caer.

En “Una de las vidas”, nuestro afiebrado poeta pondera el hilo dorado que conecta nuestras vidas: “Si yo no hubiera conocido al colorín cuyo papá/ se quebró la pierna al aterrizar sobre Francia en paracaídas”, o “si hubiera escrito otra cosa en el espacio que decía ‘universidad preferida” en el formulario adjunto a la Prueba de Aptitud”, o “si hubiera adivinado de forma diferente las preguntas que desconocía”, o “si la chica de Kittanning no hubiese enseñado a mi papá a conducir/ para que pudiera trabajar como asistente del pastor en la ciudad”, o “si mi mamá no hubiera perdido ambos padres de niña”…

En fin. Basta que uno de tales eventos no hubiese ocurrido. Basta con eso. Nuestro poeta no habría estado tirado en esa camilla. No habría escuchado el caer de una ciruela.

Volvamos a Valparaíso. Ciudad de milagros. Ciudad de ciruelas. Demasiadas veces, éstas pasan inadvertidas. Está el tironcito del ascensor Concepción. Lo sentí por primera vez en 1993. Subí hace dos días y era exactamente igual. Está la niñita saltando la cuerda sobre la vereda del pasaje Guimera. Están los niñitos de la calle Bernardo Vera corriendo tras la pelota que se les escapó, otra vez, cerro abajo. Está el burro que se estaciona, día por medio, bajo el letrero que dice “reservado para el gerente de la Bolsa de Valores”. Milagros sencillos. El caer de una ciruela.

E, igual a W.S. Merwin, cada uno tiene una historia que le trajo aquí. Historias de padres y abuelos; amores y desamores; tonterías y trivialidades. “Si hubiese doblado a la derecha y no a la izquierda.” Pero no lo hiciste. Llegaste a Valparaíso. Llegaste aquí.

Y fue en Valparaíso donde tu humilde columnista lloró hace 5 noches. Y no fue, como podrías imaginar, en el momento en que un hombre apareció sobre el escenario del Parque Grant en Chicago. No. Fue un minuto después. Al escuchar la quebrantada voz de otro de mis héroes, el congresista de Georgia, John Lewis, el mismo que, a los 15 años, fue apaleado por la policía mientras cruzaba un puente en Selma, Alabama, desfilando al lado de SU héroe, Martin Luther King. Al escuchar a John Lewis decir: “Sí, podemos”, lloré.

Y volví a leer, por enésima vez, las palabras de W.S. Merwin: “Me desperté, como de un sueño, desde las horas más oscuras,/ a escuchar el caer de las ciruelas, pensando ‘sé lo que soy’ al escucharlas caer”.

sábado, 8 de noviembre de 2008

A Plum Falls (English version, Spanish to appear Sunday)


In “One of the Lives,” the poet W.S. Merwin (1927) narrates from an iron cot in an old stone farm house, “shivering with fever though wrapped in everything around the house.” The doctor prepares his “unctuous needle.” Nature beckons beyond the window. In his delirium, the poet detects a sound. A plum falls to the forest floor.

It takes 365 days for a plum tree to prepare and ripen its fruit. More than 3 million seconds. It takes less than a tenth of second for a plum to fall.

In “One of the Lives,” the feverish Merwin ponders the golden thread that connects our lives:

“If I had not met the red-haired boy whose father/ had broken a leg parachuting into Provence to join the resistance in the final stage of the war/ and so had been killed there as the Germans were moving north/ out of Italy”

or:

“If I had written anything else at the top/ of the examination form where it said/ college of your choice”

or:

“if the questions that day had been put differently”

or:

“if a young woman in Kittanning/ had not taught my father to drive at the age of twenty/so that he got the job with the pastor of the big church/ in Pittsburgh where my mother was working and if/ my mother had not lost both parents when she was a child/so that she had to go to her grandmother’s in Pittsburgh"

If just one of those events hadn’t occurred. Just one. Our poet would not have been in that iron cot. He would not have heard the plum fall.

Back to Valparaiso. City of miracles. City of plums that fall. Too many times we walk right by. There is that characteristic “tug” of the funicular in Concepción Hill. I first felt that tug on a January eve in 1993. I rode it 2 days ago and the exact same tug was still there. There is the pony-tailed school girl jumping rope in the Guimera Passage Way. The boys on Bernardo Vera Street chasing after the soccer ball that escaped down the hill, again. There is the donkey parked every other day next to the sign that says, “Reserved for the CEO of the stock exchange.” Simple miracles.
Plums that fall.

And just like W.S. Merwin, each of us has a story that brought us here. Stories of parents and dead relatives we never knew; stories of love consummated and shattered; stories of things mundane, forgotten, trivial. “If I had turned right that day and not left.”

But you didn’t. You made it to Valparaiso. You made it here.

And it was in Valparaiso that your humble columnist broke into tears five nights ago. And it wasn’t, as you might imagine, when a man took to the stage in Chicago’s Grant Park. No. It was several moments later. When I heard the cracked voice of another one of my heroes, Georgia Congressman John Lewis, the same John Lewis who, at 15, at been pummeled by an angry mob as he marched through Montgomery, Alabama, at the side of HIS hero, Martin Luther King. Upon hearing John Lewis say, “Yes, we can,” I wept.

And I read, for perhaps the hundredth time, the words of W.S. Merwin. And I knew that, for one still moment, I had wakened, “hearing plums fall in the small hours, thinking I knew where I was as I heard them fall.”

sábado, 1 de noviembre de 2008

Gato en una caja

Me he topado 3 veces con Jorge Castro. Hace 9 años, almorzaba en la picada “Los Deportistas” del cerro O’Higgins. Fundación Valparaíso recién tomaba vuelo. Muchos se preguntaban cuál era mi “gato encerrado”. Pilar y yo degustábamos nuestras empanadas. Entra un hombre canoso. Me ve y se me acerca. “Gracias por todo lo que está tratando de hacer por Valparaíso”, me dice. Fueron 3 segundos, pero me llamó la atención.

Cuatro años después, yo doblaba a la izquierda desde Beltrán a Yerbas Buenas cuando choco con un colectivo que bajaba con sorprendente velocidad. En el colectivo iban 2 señoras y una señorita con síndrome de Down. El colectivero estaba furioso; las señoras histéricas; la señorita lloraba. Me sentí sobrepasado.

De repente aparece una mano en mi hombro, y una familiar, serena, tranquilizadora. “Hola Todd, ¿cómo estás? ¿Ok?”. Era Jorge Castro. Parecía que nos conocíamos por décadas, cuando en realidad nos habíamos saludado una sola vez, hacía 4 años.

“No te preocupes. Vivo al frente y veo los colectivos bajando a cada rato. Sé cómo bajan. Quédate tranquilo; voy a atender a las señoras y después hablo con el conductor. Quédate tranquilo; yo me encargo”.

Atiende a las 3 señoras, constata sus lesiones que, gracias a Dios, eran menores. En pocos minutos el pánico se había disipado. Habla con el colectivero. Este se tranquiliza. Llegan los carabineros y cumplimos los trámites. Jorge se queda hasta el último momento.

¿Tercer encuentro? Hace 2 años. Me suena el teléfono. “Hola Todd. Jorge Castro. ¿Cómo estás?” Una vez más, parecía que nos conocíamos de toda la vida. “Estoy organizando un encuentro de poetas para la Cumbre del Tango. Me encantaría que participaras”.
3 encuentros en 15 años.

Sabemos que nuestra ciudad es un puzzle; que está llena de “cachos”. Cada vez que arreglamos uno, aparecen 5 más. Un maestro me lo explicó así: “Trate de meter un gato en una caja. Si lo hace a la fuerza, no hay caso. Pero coloque el gato en una habitación y luego ponga la caja al centro. Dése una vuelta por ahí, y cuando vuelva, le apuesto que el gato estará haciendo su siesta dentro de la caja”.

A don Aldo Cornejo le sobra inteligencia. Tal vez le faltó sabiduría. Heredó un municipio quebrado. Le tocó la tragedia de la calle Serrano, el incendio del cerro La Cruz. Ha sufrido mucho. Le deseamos lo mejor. Ahora, ¿qué piensa Jorge Castro de los perros callejeros, el aseo, la seguridad? ¿Cómo rescatará los ascensores? ¿Qué pasará con el Baburizza; con nuestras iglesias y palacios? ¿Cómo enfrentará el polarizado ambiente? ¿Nos pondrá a punto para el Foro de las Culturas? ¿Sabrá manejar los conflictos entre residentes y turistas en el cerro Concepción?

No tengo idea. Sólo sé lo que he visto. Que le gustan las personas. Que confía en ellas. Que enfrenta los conflictos con aplomo y serenidad. Vamos. Démonos una vuelta con este “Negro” y veamos dónde está el gato a nuestro regreso.

domingo, 26 de octubre de 2008

Matices

Hace años, viví en una casa en la Subida Concepción. Por las tardes, solía leer y escribir en el Paseo Atkinson. El paseo era de adoquín. La reja, los faroles, y las bancas eran de fierro forjado. Cuando atardecía, aparecían las lucecitas entre los cerros. “Estoy en el lugar perfecto”, pensaba.

Pero el Paseo Atkinson “se restauró”. Desaparecieron los adoquines y aparecieron pastelones. Las bancas de fierro forjado las volaron, igual a los faroles. De la reja ni hablar.

Una pesadilla parecida vivieron los vecinos de la Plaza Echaurren. Una vez me comentó la Señora Amalia, de la Calle Capilla: “No sé porque estos arreglos los hacen personas de Santiago, gente que no conoce a Valparaíso.”

Me perdonará la Señora Amalia, pero, la gente que diseñó estos proyectos conocía Valparaíso. Es de Valparaíso. En el diseño de estos e otros proyectos, las autoridades dictaron una estética “anti-historicista.”

El debate sobre el historicismo falso es el gran debate que no se hace. Cada porteño debería tener una opinión informada al respeto. Pero, la mayoría no tienen idea. No aparece en los diarios. No se conversa. En la ausencia del debate, los ideólogos tomaron el control. Se toman decisiones sin consultar a la ciudadanía. ¿Doña Amalia? A vivir las consecuencias.

El historicismo falso se define como cualquier intento de construir imitando burdamente el pasado. En términos patrimoniales, es mal visto. Atenta contra la autenticidad.

Estamos de acuerdo. ¿El problema? Definir lo que constituye o no constituye un abuso. Neruda escribió: “Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero”. La vida es compleja. Hay matices.

¿Levantar una réplica de la torre Eiffel en Las Vegas? Burdo. ¿Tener bancas, faroles, y rejas de fierro forjado en el Paseo Atkinson? No. El Hotel Brighton es historicista. A los ideólogos no les gusta. Pero pregunta a 100 personas que caminan por el paseo. Te apuesto que 99 dicen que es bonito. “Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero”.

Nadie quiere que Valparaíso se convierta en Disneylandia. Pero seamos honestos. No va a pasar. ¿Más absurdo aun? Llevamos la definición de historicismo falso a su extremo natural. Todas las casas señoriales del Puerto—desde Cerro Alegre hasta la Avenida Gran Bretaña—son historicistas. Todas fueron levantadas como “réplicas” de estilos europeos anteriores. Hoy, 130 años después, son monumentos nacionales.

He conversado el tema con un amigo anti-historicista furibundo. Le digo: “Estoy de acuerdo que deberíamos desincentivar la masificación del historicismo falso. Pero no hay que ser dogmático, ni absolutista. Hay pincelazos. Matices. Espacios para concesiones. Tampoco queremos una ciudad donde uno necesita un doctorado en patrimonio para entenderlo”.
Pregúntale a la Señora Amalia. No sabe nada del historicismo falso. No le interesa tampoco. Solo quiere saber porque, durante “la restauración” de su plaza, le quitaron las bancas donde pololearon sus abuelos.

domingo, 19 de octubre de 2008

Yoknapatawpha

En 1863, un ex senador por Illinois liberó a los esclavos. Promulgó la “Declaración de la Emancipación” y tramitó la “Enmienda 13”. Pero lo anterior no logró borrar de un plumazo ni el racismo ni el odio.

Tras su derrota en la Guerra Civil, el Sur ingenió la cultura “Jim Crowe”. Los lugartenientes vendieron parcelas a sus ex esclavos obligándolos a pagar cuotas que superaban lo recaudable por cosechas. Los negros hacían el trabajo y los blancos recibían los frutos. Del Jim Crowe venía la segregación, patrullada por el KKK y reforzada por la cultura del “linchamiento”. Basta con escuchar a mi heroína Billie Holiday cantar “Strange fruit”: “Una fruta extraña cuelga de los álamos”.

La lucha por los derechos civiles marcaría un gran punto de inflexión. Cualquiera que escuchaba a Martin Luther King, a Joan Báez, a Bob Dylan, a los hermanos Kennedy, entendía que el racismo carecía de fundamento intelectual y moral. Pero las semillas del cáncer estaban sembradas desde hacía 400 años. Erradicar tales raíces no era fácil.

Han pasado 145 años desde que Lincoln liberó a los esclavos. Ahora, otro senador por Illinois está a punto de producir la hazaña final. Si se dan los pronósticos, será elegido el primer Presidente afro-americano de la historia de EE.UU. Según encuestas y sondeos en más de 100 países, tal evento podría producir una especie de catarsis colectiva, tanto en EE.UU. como en el mundo entero.

Pero no será fácil. Vislumbro que durante los próximos 16 días veremos lo mejor y lo peor de mi país: la última patada de un odio moribundo que no quiere desaparecer.
Una curiosa casualidad: Lincoln siguió en la Casa Blanca a James Buchanan, considerado uno de los 3 peores presidentes de la historia; Obama, si gana, seguiría a George W. Bush, otro representante de la misma lista.

El título de mi columna se refiere al condado ficticio que constituye la máxima creación del novelista William Faulkner (1897-1962). En más de 20 novelas y algunos cuentos de factura inmortal, Faulkner nos retrata su universo marcado por la decadencia de una aristocracia sureña durante el periodo Jim Crowe. Faulkner llamaría a Yoknapatawpha su “pequeña estampilla de tierra”. Allí, excavaría la humanidad escondida por debajo de nuestros estereotipos del bien y del mal.

Hay algo de nosotros en cada personaje de Yoknapatawpha: partes oscuras y podridas; otros lugares capaces de relucir, de alcanzar la universalidad. Gabriel García Márquez ha dicho que si no fuera por Yoknapatawpha, no podría haber existido Macondo.

Faulkner nos asegura que el nombre viene del idioma Chicksaw, pueblo originario de Mississippi. Quiere decir “tierra cortada en dos”. 143 años después del asesinato de Lincoln, mis compatriotas tendrán que enfrentar los fantasmas de esta tierra fracturada. A ver si podemos hacer de estos opuestos algo esplendoroso, algo capaz de unir, sanar, de conmover a la humanidad.

domingo, 12 de octubre de 2008

La Ley del Ser

En Valparaíso la mejor vista la tienen los muertos. Todos los días nos miran desde su trono; desde su Panteón. Me pregunto lo que pensarían de nuestra actual cosecha de candidatos, lo que dirían al ver su ciudad tomada por carteles y gigantografías.

¿Mi receta para mejorar la gestión de la ciudad? Inscribir al Concejo Municipal, más los gerentes de Mall Plaza, más todos los que tiran huevos, a tomar clases de baile en el Imperio Tango Club. Allí, bajo la tutela del maestro Enrique Ponce, volveríamos a descubrir lo esencial de nuestra ciudad. Está bien discutir entre abogados, ingenieros y arquitectos. Pero de vez en cuando hay que sacar a bailar “a la gordita".

Las sesiones del Concejo se llevarían a cabo fuera del palacio de Condell, y que los mismos porteños propongan dónde. ¿El “Bar Inglés” o el “Cinzano”? Ok. Pero también el Palacio Rivera, al aire libre en la Plazuela Santo Domingo, en la Iglesia de San Francisco. Un experto mundial en liderazgo lo puso así: "La gente no nos sigue por lo que decimos. La gente nos sigue por lo que somos. Puede que yo sea muy inteligente, pero si soy además enojón y calculador… Difícil que se inspire la gente”.

Un maestro chino, guía espiritual de miles, tenía que preparar un sucesor. Tras años observando a sus discípulos, redujo su búsqueda a 12 candidatos. Un día los convocó. "Me queda poco tiempo en la tierra. Uno de Uds. será el próximo Maestro. Quien acepte el desafío tendrá que superar pruebas de fuego y más de una noche oscura del alma. Es menester que confirmen ante Dios su voluntad y su disponibilidad".

Le pasó a cada uno un papelito. Tenían que escribir su nombre y "acepto" o "no acepto". Todos colocaron sus papelitos en un jarrón.

El Maestro leyó en silencio los 12 papelitos. Había 11 "acepto" y un "no acepto". A los "acepto" los felicitó y les mostró la puerta. Dijo que estarían en contacto. Al "no acepto" le pidió que se quedara. "¿Por qué Ud. no quiere ser el próximo Maestro?".

El joven contestó: "No me asustan ni las pruebas de fuego ni las noches oscuras del alma. Lo que me asusta es que, tal vez, no tenga la humildad necesaria para ser Maestro".

"Continúa", dijo el Maestro.

"Su obra es enseñar el camino del despertar. Ud. siempre nos ha enseñado que el Maestro no se venera. Que sólo se venera la verdad. Pero la gente lo venera igual. Yo no creo que tenga la humildad para poder liderar con esto. Si termino creyendo el cuento que soy un Dios, voy a perder a Dios. Así, prefiero ser un discípulo humilde que un Maestro falso y arrogante".

El Maestro sonrió. Había encontrado al sucesor.

Valparaíso, con su inmenso recurso patrimonial, con sus mil capas, no requiere de un sabelotodo; requiere más sabiduría que intelecto. Valparaíso requiere humildad. Así merecerermos el trono, así ascenderermos al Panteón.

domingo, 5 de octubre de 2008

El Arte de la Guerra

Hace años los porteños fuimos bombardeados por amenazas sobre la instalación de un pequeño supermercado que colindaría con la Plaza de la Matriz. La empresa elaboró el proyecto en base a recomendaciones hechas por el Departamento de Patrimonio. Este aprobó. Dijo que no atentaba sobre el patrimonio.

La sangre llegó al rio. Volaron demandas. Los opositores alegaron “historicismo falso”. Acusaron que la demolición estaba mal hecha. Mandaron un expediente a la UNESCO y sembraron títulos en matutinos santiaguinos asegurando que, por culpa de dicho proyecto, Valparaíso estaba a punto de perder su título patrimonial.

Tengo amigos quienes estuvieron a favor y en contra. Buenas personas todas. Pero ya cumplimos 2 años con dicho supermercado y me atrevo a decir que el mundo no se ha acabado. Puede que 1 en 100 sigue con la espina clavada, pero el resto ni siquiera se ha percatado. La Plaza de la Matriz está viva. Valparaíso sigue siendo Patrimonio. La gente está en otra.

Pero la batalla no terminó. Se trasladó. Una vez más nos viene el Apocalipsis. Que Puerto Barón (PB) matará al Puerto. Que matará el comercio detallista. Que matará la ciudad. ¿Y sí todo esto, igual a las amenazas anteriores, no sea la verdad? Nadie se hace responsable. Todo es justo en el amor y la guerra.

Quienes emprenden esta lucha son buenas personas. Han dedicado sus vidas a esto. Sus campañas a favor de los pequeños comerciantes son legendarias. David contra Goliat. La ciudad les debe las gracias.

Y han ganado. Si. Han ganado. Aunque el supermercado se haya hecho, los opositores ganaron. Aunque PB se haga, estos grandes guerreros habrán ganado. ¿Por qué? Porque habrán logrado sensibilizar tanto a la ciudadanía como a los inversionistas. Que Valparaíso no sea una ciudad cualquiera. Que no es llegar a instalar. Es poco consuelo, sé. Pero han ganado. Hace 5 años, muchos pensaban que ser patrimonio significaba transformar la ciudad en una Disneylandia para turistas. Este discurso ha sido derrotado. Hoy, nos aferramos a nuestro estilo de vida y nuestras tradiciones. Bien ganado.

El grupo Plaza ha hecho una cantidad importante de centros comerciales—la mayoría mucho más grande que PB. Pero jamás han invertido tanto tiempo, recursos, sudor, y lágrimas para complacer una ciudad como es el caso de Valparaíso. Bien ganado.

He dicho que PB es un proyecto que puede, y debe, mejorarse. Existen importantes sinergias que deben producirse, sobre todo con los espacios públicos y usos culturales. Además, se puede sacar más provecho a la Bodega Simón Bolívar.

Los escépticos me dicen, “Pero Todd, son capitalistas. Solo les interesa la plata.” Yo les contesto: “Mientras más espectacular el lugar, más plata van a ganar.”

He viajado bastante. He visto distintos proyectos de borde costero. Mi experiencia me dice que PB no matará a Valparaíso. Puede que no estás de acuerdo. Pero discutimos como caballeros, con un buen café y una copia de “el Arte de la Guerra” sobre la mesa.

“Las armas no son los instrumentos de los iluminados”.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Elecciones Municipales

Pisé suelo chileno por vez primera a las 8:35 a.m. del 29 de diciembre 1992. Había viajado en la bien desaparecida Líneas Aéreas Paraguayas (LAP) con escala en Asunción. Me habían prometido que mi gato siamés viajaría conmigo como pasajero, pero al llegar al aeropuerto de Miami, me cambiaron el cuento. "El vuelo esta sobrevendido. El gato tiene que viajar como carga".

No venía con la jaula adecuada. En Santiago me recibió un aeropuerto el tamaño de una cajita de fósforos. Cuando me entregaron al gato, trataron de explicarme algo. Pero los 2 años que estudié español en Minneapolis no me habían preparado para esto. No entendí nada. El pobre estaba tan deshidratado que su nariz color café venía blanca con una costra de sal. Casi me morí.

El 3 de enero subí a un bus para mi primera visita al Puerto. En la estación de buses tomé una micro verde y el conductor no me dio boleto. Bajé en la Plaza Victoria, caminé hasta la Sotomayor, y alquilé una habitación en el Hotel Reina Victoria. Tras dejar mi mochila y mi bolso, salí a explorar. Llegue hasta el Ascensor Concepción. Subí y empecé a caminar.

Siempre me preguntan, "¿Todd, cuál fue su primera impresión de Valparaíso?" Ojalá que fuera más romántica. Ojalá que les pudiera decir que los cielos se abrieron y Dios me habló. Pero, para ser honesto, no era nada de esto. Si recuerdo bien, mi primera observación, subiendo la escalera Templeman hacía la Plazuela San Luis, fue, "Vaya, esta ciudad podría ser bonita si la pintaran".

En una esquina frente al Hospital Alemán, paré en un boliche para pedir indicaciones para llegar a La Sebastiana. La señora era muy cariñosa. Cuando le pedí un baño me dejó usar el de su casa. Nos comunicamos con gestos. Solo capté que La Sebastiana estaba lejos. Que tenía que bajar a la Avenida Alemania y seguir caminando. Harto. Así, caminé. Mucho. Pasé la Plaza Bismark y al almacén "Los Dos Patricios".

Debería haber caminado horas. Caminé tanto que pasé los cerros Bellavista, Florida, Mariposas, y Monjas volando. Llego hasta La Cruz subiendo y bajando. Allí me explican que había pasado La Sebastiana hace rato. Tenía que volver.Tras 4 horas llego a las puertas de La Sebastiana. Me recibió una reja de fierro forjado y un pequeño letrero. Estaba cerrado. Era lunes.

Han pasado más de 15 años. Un tercio de mi vida. Sigo perdido en Valparaíso. Enamoradamente perdido. Lo cual me trae al tema de las elecciones municipales.

No te voy a decir "vota por fulano". Al asumir el mando de la Fundación Valparaíso juré que no usaría mi cargo para influir así. Solo quiero que sepas que el destino de Valparaíso me importa. Mucho. Así, te emplazo: al llenar su papelito, piensa: "Hace 5 años fuimos declarado Patrimonio de la Humanidad. ¿Estoy contento con la conducción de la ciudad desde este entonces"? Basta con eso. Valparaíso no merece que se vote ni por partidos ni pactos ni coaliciones. Vota con tu corazón. Vota por la ciudad.

Yo me comprometo a trabajar con la persona que escogas.

sábado, 13 de septiembre de 2008

País rico, ciudades pobres


Acabo de regresar de Brisbane, Australia, donde participé en una conferencia sobre diseño urbano. Esta encantadora ciudad, capital del estado de Queensland, se emplaza sobre suaves colinas talladas por un río espectacular. Hace 20 años fue sede de los Juegos Commonwealth, y sus habitantes aprovecharon la oportunidad para soñar. Hoy su obsesión es convertirse en una “ciudad de punta” para el diseño urbano y el desarrollo sustentable. Están a punto de lograrlo.

Los expositores internacionales fuimos invitados a una recepción con el Alcalde. Durante una conversación casual me revelaron algo interesante: el Concejo Municipal de Brisbane maneja un presupuesto, ajustado a su cantidad de habitantes, 28 veces superior al de Valparaíso.
Sé lo que están pensando: “Obvio, gringo, Australia es más rico que Chile”. Así es. Medido en términos de ingreso per cápita es 3,5 veces más rico. Otros índices ponen la diferencia en 4 ó 4,3 veces. Pero nunca 28. Nunca 28.

Aproximadamente, 15% de lo que se tributa en Queensland se queda en Queensland. Australia es federalista. Si Brisbane quiere crear grandes parques y explanadas; si quiere poblar la ciudad con arte, fuentes y esculturas; si quiere invertir en sus universidades para que sean potencias mundiales, no tiene para qué pedirle plata a ningún ministerio. Valparaíso, ciudad patrimonial, capital de una región que tiene minas, tres puertos internacionales, y la refinería más grande del país, vive en la miseria.


Uno de mis colegas era un experto en economía de las ciudades modernas. Se explayó, con su encantador y apenas inteligible acento escocés, sobre el círculo virtuoso que existe cuando una ciudad invierte en cultura, espacios públicos, infraestructura, etc. Con dibujos y gráficos detalló el ciclo de riqueza de la ciudad moderna. Cómo se gasta y cómo se recupera. Sólo hubo un problema: todos sus ejemplos eran sobre ciudades de países federalistas. ¿Una casualidad?

No creo. A mí, me tocó dictar la charla del cierre. Estaba más nervioso que lo habitual. La conferencia era muy técnica, y yo, el único que no era ni urbanista ni arquitecto. ¿Se habrían equivocado los organizadores? La directora me aseguró: “Todd, te trajimos por una razón. El diseño urbano sin poesía, sin toque humano, no tiene sentido”. Mi exposición se tituló: “Cuando la ciudad te salva la vida: el patrimonio humano como factor del diseño urbano en Valparaíso”.

Me cayó encima un mar de abrazos. Aproveché la euforia para plantearle a mi amigo escocés la compleja situación de nuestra ciudad. “Vivimos”, le expliqué, “de patentes comerciales, patentes vehiculares, patentes de construcción y un subsidio estatal”. Arqueó las cejas. No lo podía creer.


Algunos dicen que el federalismo aumenta la burocracia y la corrupción. Pero en Chile, no hay que erigir un parlamento en cada región. Basta con dictar una ley que diga que 15% del IVA y del impuesto a la renta se quede en su lugar de origen. Basta con elegir el Intendente y el CORE democráticamente. Sé que te parece difícil, una locura.


No es fácil soñar cuando uno lleva tantos años viviendo de la mendicidad.

sábado, 30 de agosto de 2008

Saturnino


Valparaíso es la única ciudad donde los perros cruzan por el paso de cebra, mientras las señoras cruzan por cualquier parte. En el Puerto, nada es lo que parece. Conducir una ciudad así hacia su despertar definitivo no es fácil. Requiere otro tipo de liderazgo. Otra sensibilidad.

Como poeta tuve la fortuna de haber sido formado por grandes maestros: Jon Engman, Michael Dennis Browne, Charles Simic. Jon me enseñó la humildad. Era un payaso, pero escribía como los dioses. “Tienes talento, Todd; pero te tomas demasiado en serio. Nadie soporta un poeta pedante”. Michael me inculcó pasión y asombro. Cuando nos recitaba un poema uno veía cómo sus ojos brillaban ante la enormidad del universo que se le abría por dentro. Daban ganas de sentir lo mismo.

De Charlie no hay mucho que decir. Es uno de los grandes de la actualidad, un genio de talla universal. Me tocó estar con él en el momento de su despegue definitivo. Impresionante ver su mente en acción: un niño dándole vueltas a las cosas. El arte era su salvación. ¿Su lema? Una verdadera obra de arte tenía que ser más grande, más inteligente, más sorprendente que la persona que la creó. Otra vez reaparece la humildad.

Un hilo los conecta a los tres. Se llama “el poema debajo del poema”. ¿La idea? Uno parte pensando que está escribiendo sobre algo, pero en realidad, escondido debajo de este algo hay otro algo mucho más grande que quiere escribirte a ti. Y debajo de éste puede que haya otro. Los seudo-poetas están demasiado contentos con su primer borrador. Se quedan allí. Nunca alcanzan a excavar profundo. No toman riesgos. La historia no los recordará.


¿Qué tiene que ver esto con Valparaíso?

Todo, pues, Valparaíso es la cebolla de las mil capas. Es el gran poema escondido. Quien reclama que conoce la ciudad te está mintiendo. Es otro seudo-poeta que el mundo no recordará. Los porteños me dicen: “Ojalá que supiera tanto como tú”. Pero lo que yo sé no es ni el 1% de lo que hay. Voy de un despertar a otro, pero la ciudad nunca llega a su fin.

El otro día me vino a ver un periodista del Canal 13. Se había quedado muy impresionando con una columna que escribí semanas atrás. Me dijo: “Quiero que me muestres el atardecer sobre la iglesia Luterana. Quiero que me muestres el Pasaje Edén. Quiero conocer el famoso ganso”.
Partimos a buscar el ganso. Lo descubrimos donde siempre, sorprendido, contento por tanta atención. De repente aparece don Mario, un pescador de la caleta Portales. Vive al frente. Dice tener 70 años pero demuestra 40. Sus ojos brillan como los de Michael Dennis Browne. Nos cuenta todo su historia, y lo del ganso.

“Se llama Saturnino”, nos dice. “Llegó hace 12 años y se quedó como un vecino más. Pero no es ganso; es un pato. La gente dice ganso porque es grande. Es un pato grande”.

Así, escondido debajo del ganso había un pato. Y escondido debajo del pato estaba don Mario. Y escondido detrás de don Mario, otro Valparaíso. Y debajo de ése, mil Valparaísos más.

sábado, 23 de agosto de 2008

La cola del pillo

Abundan escritos sobre nuestros emporios, ascensores, tranvías, iglesias y cementerios. Ahora algo diferente. Una guía para gozar nuestros “tacos patrimoniales”.

“El Remolino”

Se produce cuando 3 ó 4 calles desembocan en el mismo lugar. ¿El clásico? La Plazuela Ecuador a las 6 de la tarde. Extraordinario. Para producir un remolino perfecto se requieren distintos ingredientes. La Plazuela Ecuador los tiene todos. Están las 2 micros de la línea verde ocupando la mitad de la plazuela, mientras las 2 micros de la línea roja bloquean la vista desde la bajada Yerbas Buenas. Estos últimos obligan a los pobres que bajan por Yerbas Buenas a tirarse a ciegas. Al asomarse 10 metros dentro de la plazuela se dan cuenta de que hay una camioneta blanca bajando encima desde General Mackenna. La maniobra lógica es esquivar a la derecha, seguida por otra maniobra hacia la izquierda. Pero justo aparecen dos colectivos saliendo desde la pista de retorno. Entremedio, un bache de 2 metros de ancho por 10 centímetros de profundidad. Por un segundo, nuestro héroe piensa en retroceder; pero detrás hay 4 autos más. Tampoco puede doblar a la derecha, pues hay un taxi obligado a hacer la “vuelta del tonto”. Sonríe. Tienes 7 autos envueltos en forma de caracol. Es un perfecto remolino.

“El Tontín”

Se produce en bajadas pendientes con curvas ciegas. El culpable es casi siempre un afuerino, pues éste desconoce el protocolo local de asomarse antes de tirarse. El tontín clásico es el gringo ansioso por llegar a La Sebastiana “tirándose pa’ arriba” al inicio de la calle Ferrari, sin saber que tiene una pendiente de casi 40 grados y justo tras la primera curva ésta se angosta espectacularmente. Allí se encuentra nuestro campeón, muerto de pánico en la mitad de la subida, mientras 5 autos vienen bajando encima.

Para que un taco “tontín” alcance su máximo esplendor, el pánico del gringo debe alcanzar tal nivel, que opta por poner el auto en marcha atrás. Hasta ese momento los 10 autos que se asomaban abajo habían estado tranquilos, muertos de la risa. Ahora están metidos en un show. ¿Otro protagonista? El olor a goma quemada.

“El Pillo”

Este no es culpa ni de los gringos ni de los santiaguinos. Es más porteño que un salame de la “Sethmacher”. Se produce cuando el 80% de los porteños asumen cierta flexibilidad en las leyes de tránsito, mientras los restantes no quieren que éstos salgan con la suya. Un pillo clásico se produce en el semáforo de Salvador Donoso con Bellavista. Mientras el 80% no ve ningún problema con doblar a la izquierda desde la pista derecha, el 20% cree que es su responsabilidad moral no dejarlos pasar. El resultado lógico es la ignominiosa “cola de 3 autos”, también conocida como la “cola del pillo” que bloquea todo libre tránsito desde Bellavista hacía el centro. ¿Lo mejor de todo? He visto más de alguna autoridad atrapada in fraganti en la “cola del pillo”.

Y me preguntas por qué amo a esta ciudad.

sábado, 16 de agosto de 2008

Flores, Todd. Flores

En 2000 recibí una llamada del embajador de Indonesia. “Señor Temkin”, mañana llega un enviado presidencial desde Yakarta. Representará a nuestro país en la ceremonia de ascensión al mando del Presidente Lagos. Es una persona muy importante. Le gustaría hacer una visita a Valparaíso. Nos encantaría que Ud. lo acompañara.”

Se llamaba Dr. Dorodjatun Kuntjoro-Jakti. Tenía tres doctorados: dos tradicionales y uno honoris causa. Tenía un MBA. Había sido encarcelado 27 meses, sin juicio, entre el ’74 y el ’76 por oponerse al régimen de Suharto. Al recuperar su libertad se desenvolvió en varios cargos en el sector privado, incluyendo 4 años como gerente general de la cadena de hoteles más importante del país. Su desempeño era tal que el dictador decidió que lo necesitaba. Llegó a ser director nacional de Turismo, después ministro del mismo, y finalmente ministro de Hacienda. Durante este período Indonesia se transformaría en una potencia mundial en dicha materia, con varios sitios nombrados Patrimonio de la Humanidad. Poco antes de llegar a Santiago, el Dr. Kuntjoro-Jakti había sido designado embajador de Indonesia en Washington, cargo revalidado tras la recuperación democrática un año más tarde.

Interesante.

Caminamos todos mis pasajes regalones. Visitamos ascensores, cementerios, palacios e iglesias. Era atento. Observador. Culto. Intelectualmente muy curioso. Terminamos almorzando en el balcón de “La Colombina”. Después del bajativo empezamos a bajar el Pasaje Apolo. De repente, se detiene frente a una hermosa flor de la pluma que había tomado por completo el cableado eléctrico. Me dijo: “Todd, me encantó la ciudad. Es muy impresionante. Es diferente. Creo que tiene gran futuro como sitio patrimonial. Sólo te tengo un consejo:

“Flores, Todd. Flores.

“La recuperación patrimonial va a tomar un curso natural, pero no es rápido. Se va a demorar años. Hay que dictar leyes y marcos regulatorios. Hay que crear incentivos para que el sector privado se instale y de a poco la ciudad se transformará. Las casas se van a pintar. Llegarán hoteles y restaurantes. Pero todo esto va a tomar su tiempo.

“Pero mientras se tramita todo eso hay que plantar flores. Muchas flores. Flores en los pasajes. Flores en las escaleras. Flores en los antejardines. Flores en los balcones. Flores alrededor de las iglesias. Flores en los cementerios.

“Mira como esta enredadera transforma el cableado eléctrico. Imagínate. Eliminar todo estos cables en toda la ciudad te va a costar muchos millones de dólares. Pero cubrirlos con jazmines, buganvilias y otras flores autóctonas no te cuesta nada.

“Miro a las quebradas y veo flores creciendo naturalmente por todas partes. Es un activo que tiene la ciudad. Pero no basta. Hay que ser proactivo. En Bali hicimos esto y se transformó la ciudad. Hasta llegaron especies de colibríes que pensábamos extintos. Imagina esta ciudad con su anfiteatro, sus casas, su laberinto. Todo cubierto por flores.

"Flores, Todd. Flores”.

sábado, 9 de agosto de 2008

Antes de morir quiero...

Jugar palitroque debajo del Teatro Deutsche Haus en el cerro Concepción. Desfilar con los bomberos. Cosechar tunas en la ladera del cerro Panteón. Caminar por debajo del ascensor Lecheros. Mirar las estrellas desde la torre de una casa con sombrero de bruja. Confiscar y erradicar todas las postales que se venden con la imagen de cerro San Juan de Dios y el título “Casas del cerro Alegre”. Regalarle una manzana verde al alumno de arquitectura que está croqueando mi casa. Caminar un cerro —cualquiera— con el Loro Coirón. Volver a mirar un partido de ajedrez en la Estación Puerto. Escuchar Sonata Trío en G mayor, de Henry Purcell, interpretado con el órgano de la iglesia de St. Paul, sin que me arreglen la tecla rota. Regalarle a alguien un pedazo de ónix para el penúltimo peldaño de la escalera del Palacio Rivera. Caminar sin miedo el barrio más lindo de Valparaíso —cerro Santo Domingo (¿tenías que preguntar?)— descansando un buen rato debajo del balcón de la Posada O’Higgins en el Pasaje Juvenal. Ir a “La Mangiata” a pedirles al Nico y Giorgio que me preparen una pizza “Fundación Valparaíso” con extra ajo y berenjena. Mirar el atardecer sobre la iglesia Luterana desde las bancas del Cementerio Nº 1. Decirles a mis nietos: “Fui a la reinauguración del Palacio Baburrizza y quedó espectacular”. Pasar una tarde de sábado leyendo cuentos para niños en la Biblioteca Nórdica del cerro Alegre. Subir la escalera Santa Margarita durante un temporal de lluvia. Fantasear con volar el Edificio del Banco de la Solidaridad Estudiantil. Darle migas de la “Guria” al ganso que vive debajo del mural de Roser Bru en el Museo a Cielo Abierto. Dejar azaleas púrpuras sobre el monumento de los caídos del USS Essex. Jugar dominó en el Bar Inglés, atendido por doña Celia, por supuesto. Pillar de una vez por todas al chico que insiste en rayar, una y otra vez, el mural de Nemesio Antúnez, haciéndole escribir mil veces: “Prometo que dejaré de ser un pendejo”, ante el atónito mirar de centenares de personas en la Plaza Sotomayor. Colocar un letrero en la avenida España que diga: “Ojo, hace 573 días que al reloj de la torre de la iglesia de San Francisco le falta un pedazo”. 574, 575, 576... ¡Uffff! Cancelar todas mis citas un día, sin aviso previo, y sin pedirle disculpas a nadie, dejando sólo una nota, escrita a mano, que diga: “Fuimos con Pili a comprar “Empanadas Famosas”, y vamos a llevar a los niños a ver las ballenas en Quintay”. Colocarle un antifaz a la Dama Justicia. Pesar el gato del “Hamburgo”. Decirle a un amigo de Santiago: “Te tengo un hermoso regalo. Juntémonos en el pasaje Edén” —sin darle indicaciones sobre cómo llegar. Cuando llegue, cuatro horas más tarde, exasperado, indignado y sobre-transpirado por haberse equivocado de cerro en cinco ocasiones, reclamando: “¿Ya llegué; dónde está mi regalo?”, contestarle: “Tu regalo es haber descubierto este hermoso lugar”.

sábado, 2 de agosto de 2008

La vida, la libertad, la búsqueda de la felicidad

Partimos nuestra columna sobre Valparaíso hablando de la Universidad de Middlebury.

Imaginen un pueblo universitario fundado en 1800 entre los faldeos de la Cordillera Verde de Vermont. Ambientada con una arquitectura inglesa ad hoc, matizada por enredaderas verdes.

Agreguen cafés, delicatesen, teatros y galerías de arte. Una ferretería familiar de cinco generaciones al lado de una sala de meditación zen. Una calle principal rodeada por olmos, maples y robles. Bucólicos pueblerinos acostumbrados a convivir con filósofos, artistas y académicos de categoría mundial. Un alumnado que abarca todos los continentes y colores.
Imaginen que cada verano este pueblo recibe la conferencia de escritores más importante del mundo. ¿Esa señora comprando tomates? Toni Morrison. ¿Los caballeros con las manzanas verdes? Phillip Roth y Mario Vargas Llosa.

Bienvenido a Middlebury.

Ahora viene lo asombroso. Los alumnos de este idílico lugar están soñando con Valparaíso.

Y mucho, sí. Me tocó el jueves acompañar, por tercera vez, a un grupo de 23 de estos jóvenes por los recovecos de los pasajes Gálvez, Apolo, Fischer y Pastor Schmidt. Conversamos sobre William Wheelwright y la Pacific Steam Navigation Company. Sobre la burra lechera. Sobre las peripecias de Harrison y Schiavon y su viaje desde Trieste a Valparaíso. Sobre las anécdotas detrás de la construcción de la iglesia de St. Paul y sus 14 asientos. Sobre David Trumbull, el USS Essex y el Cementerio de Disidentes. Sobre el papel que jugó Valparaíso en promover la libertad de culto.

Estaban maravillados. Nadie reclamó ni el aseo ni el evidente abandono de ciertos lugares ni los desperdicios caninos.

Lo anterior me confirmó, por enésima vez, que el principal problema de Valparaíso no es ni el desaseo ni los perros callejeros ni el estado del Palacio Baburrizza ni el proyecto Niemeyer ni Puerto Barón ni las patentes de alcoholes.

Es la infelicidad. Este es el gran personaje escondido. No tiene color político ni pertenece a una banda u otra. Es ubicuo. Aparece y reaparece, desde las sesiones del Concejo Municipal “con huevos” hasta nuestros soliloquios más íntimos y bizantinos.

Promover a Valparaíso debe ser fácil. Quedan pocas ciudades en el mundo tan auténticas, tan interesantes. Tan capaces de inspirar la inflexión. Sólo en Valparaíso podemos sentir un contacto tan profundo con la cotidianidad que lo humano —inducido por nuestro potente cóctel de mar, laberintos, rincones, y neblinas— transciende en una experiencia con lo divino.

Para promover a Valparaíso basta con irradiar el regalo que sentimos cada día viviendo en ella.

Basta con eso. ¿Y si no te sientes capaz? Te apoyamos. Escápate a unas termas con una buena antología de Ranier Maria Rilke: “Aquí no hay ningún lugar que no te mire. Hay que cambiar tu vida.” Pero dejemos a Valparaíso fuera.

Es que Thomas Jefferson tenía razón. No se puede legislar sobre la felicidad. Pero mucho más difícil es legislar bien sin ella.

domingo, 20 de julio de 2008

Otro dia en Valparaíso, mi ciudad

El martes, me encontraba en el Emporio “La Bodega Valparaíso” de la Calle Chacabuco. Había acudido al lugar para comprarle comida a Mischa, mi gatito siamés regalón, pero me distrajo el espectáculo de texturas y olores a mí alrededor: sacos de hongos secos, té en hoja, gigantescos palitos de canela, ciruelas, lentejas verdes, pasas rubias, huesillos, ají de color. A mi lado, una Señora discutía los méritos de unos porotos granados con un caballero en delantal. Con su mano izquierda, el señor exponía entre sus dedos las virtudes de dichas legumbres. Su brazo derecho estaba enterrado hasta el codo en avena tostada.

Otro día en Valparaíso. Mi ciudad.

Muchas veces me he preguntado que habría sido de mi vida si el destino no me hubiera conducido hasta este lugar. Probablemente estaría pasando mis tardes tomando café latte en un sucursal de la cadena Starbucks, un cómodo Profesor de Poesía anidado en algún bucólico pueblo universitario gringo, tipo Vermont o Massachusetts. Me veo revisando los versos de alumnos seudo-atormentados, dibujando los márgenes con tinta roja, entre sorbeteos: “mostrar, no contar”; o “te estás escondiendo detrás de tanta abstracción”, “toma un riesgo, por favor”. Pero la vida me salvó y me trajo hasta “La Bodega”.

Mucho se ha hablado sobre un verso de Gonzalo Rojas con respecto al Puerto. “No basta con amar a Valparaíso, hay que merecerlo.” Pero yo me quedo con dos versos de Ranier María Rilke.

El primero es de “El Hombre que Nos Mira”:

Luchamos con algo tan pequeño.
Lo que lucha con nosotros es tan grande.

Quien no entiende lo anterior puede que hable bien de Valparaíso, pero apuesto a que no está comprando sus porotos en “La Bodega Valparaíso.” Es que la ciudad es más grande que tú o yo. En un mundo que pasa a mil por hora, Valparaíso nos aterriza. Basta una “empanada famosa” o el olor emanando de los hornos de la Panadería Guria cualquier viernes en la tarde.

Puede que Viña encante, pero Valparaíso despierta.

El futuro de Valparaíso no se va a definir por que haya o no una obra de Oscar Niemeyer en la vieja cárcel. Este puede que alimente nuestro insaciable apetito por discusiones bizantinas. Pero, una vez entregada, será un tópico. Una invitación a conversar. No creo que afecte tanto el quehacer de la bodega. Señora Lorena y Don Sergio. Discutiendo sin rencor los méritos de unos porotos granados. Eso es lo que me trajo desde EE.UU.

Así, señores y autoridades, les ofrezco una idea fuerza para promover nuestra ciudad: Valparaíso. Ven a despertar.

Lo cual me trae al segundo verso de Rilke, este de “Tronco Arcaico de Apolo”: “Aquí, no hay ningún lugar que no te mira. Hay que cambiar tu vida.”

Es que hoy es otro día en Valparaíso. Mi ciudad.

viernes, 11 de julio de 2008

Las Tres Preguntas

En los diez años de la Fundación Valparaíso he concedido innumerables entrevistas, principalmente sobre nuestra ciudad. Curiosamente, cuando de medios nacionales se trata, las primeras tres preguntas son siempre las mismas: ¿Por qué tenía que ser un gringo el creador de la Fundación Valparaíso? ¿Tienes alguna relación con Tompkins?, y ¿Vives en Valparaíso?

La primera pregunta pareciera inocente, pero no lo es. De un pincelazo, el periodista está lanzando a la mesa una hipótesis basada en un cliché. Este dice que los chilenos no saben valorar lo que tienen y que aunque lo hicieran nadie los tomaría en cuenta porque son chilenos. Subyace bajo esta pregunta una trampa sutil: El periodista quiere saber si estoy frustrado con el medio. ¿Aprovecharé la entrevista para lavar ropa sucia?

Chile, como cualquier otro país, tiene gente brillante y otra no tanto. Con Valparaíso tuve la suerte de estar en el lugar correcto en el momento correcto. Punto. Tenía la pasión y la formación para hacerlo. ¿Hay chilenos que podrían haber hecho lo mismo? Sí.

Segunda pregunta.

Lo de Tompkins, independiente de lo que uno piense de él, es una pregunta abiertamente malintencionada. Cinco años en la universidad bastan y sobran para saber que apellidos parecidos no indican parentesco. Matta no es Matte. Pero el periodista está lanzando un anzuelo. Quiere inducir alguna declaración incendiaria, a favor o en contra, y quiere ver si hay algún gato encerrado. A lo menos quiere saber cuántas veces me han hecho la misma pregunta (muchas), y sugiere que lo anterior confirma su propia tesis sobre la "incultura de sus compatriotas".

Inevitablemente, aprovecho la oportunidad para contar mi experiencia de haber sido huésped de Douglas durante tres días a las orillas del fiordo Reñihué del Parque Pumalín. Lo visto retrata a un personaje de película, uno que inspira amor y odio, alguien que no cabe dentro de estereotipos fáciles. Douglas es complejo, fascinante. Lleno de matices.

Compartimos la pasión por Bob Dylan, pero nos enganchamos discutiendo el significado del arte. ¿Raya para la suma? Lo admiro. Pero me da susto su fundamentalismo ideológico.

Tercera pregunta: ¿Vives en Valparaíso?

Esta pregunta revela el cinismo que aún existe en el medio con respeto a nuestra ciudad. ¿Es posible que "el gringo de la Fundación Valparaíso", en realidad, viva en Viña del Mar?

Detrás de ésta y las demás preguntas se esconde algo más profundo. Lo que realmente quieren saber es: ¿Soy héroe o impostor? ¿Soy el típico idealista gringo que llega como oveja y termina siendo devorado por los lobos? O ¿Soy un yanqui imperialista escondido en un Caballo de Troya?
Así, no les doy en el gusto. Por supuesto que vivo en Valparaíso. Feliz, compadre. Feliz. Con esto, el periodista, inevitablemente, deja escapar una mueca de aprobación y asombro.

He aprobado el examen de las tres preguntas. Ahora empiece la entrevista de verdad. Ahora hablemos de Valparaíso.

domingo, 6 de julio de 2008

Tipo Valparaíso, Tipo Abu Dabi









A lo largo, las grandes urbes tienden hacia una de dos realidades: Las "tipo Abu Dabi" y las "tipo Valparaíso".

Las primeras tienen plata y las segundas tienen alma. Las que tienen plata quieren alma, y las que tienen alma quieren plata. Las ciudades que saben lo que son, emprenden vuelo. Las que tratan de transformarse en algo que no son y se encuentran atrapadas en una pesadilla sinfin. Luchar contra su propia naturaleza es caer bajo el peso de la gravedad. Es una Labor de Sísifo.

Los Abu Dabi carecen de autenticidad, pero no les molesta. Se quitan la pena levantando el edificio más alto o el mall más grande. Santiago es un Abu Dabi latinoamericano y—ojo—eso no es malo. Es lo que es. En su máxima expresión, estas ciudades son capaces de transformar un desierto en oasis. Fabrican islas en el mar. ¿Quieres construir una cancha de esquí bajo techo? Permiso concedido.

Compran cada Da Vinci, Goya, Picasso, o Van Gogh que aparece en el mercado. Después, los exhiben en edificios diseñados por Frank Gehry, Santiago Calatrava, Rem Koolhaas o Daniel Libeskind. Vale la pena visitar una ciudad tipo Abu Dabi.

Pero nuestro karma es administrar una ciudad tipo Valparaíso. Estas tienen carácter. Tienen alma. Tienen personajes como la Sra. Ximena, que tiene 93 años y aunque sus hijos llevan años tratando de llevarla a Viña, insiste, "No mi h’ijita. Moriré en Valparaíso."Están llenas de filósofos, escritores, arquitectos, y pintores—la mayoría de estos frustrados—que se juntan en boliches y trasnochan fusilando a las autoridades de turno. Cada uno tiene teoría propia sobre la génesis del "embrujo" que produce su ciudad. Son ciudades vivas.

Y están llenas de cachos. Cuando tratas de resolver un problema en una ciudad tipo Valparaíso, inevitablemente desencadenas treinta problemas más.

Mi teoría es que las ciudades tipo Valparaíso nacieron—casi en su totalidad—mal concebidas. ¿A quién se le ocurrió fundar Venecia en una laguna? No fue muy inteligente. Luchar durante siglos para defender semejante tontera… Eso si es carácter. Eso es arte. Y, en el caso nuestro, ¿Por qué hacer un puerto en una bahía desprotegida, donde, más encima no hay espacio de crecer, y—peoraún—para llevar la carga al capital hay que subir tres cuestas en carreta?

Las nuestras son ciudades testarudas. Nuestra alma, nuestro carácter, nace de nuestra lucha contra nuestra propia tontera. Encanto nacido del esfuerzo. Lo anterior explica porque, tarde o temprano, todo emprendedor porteño termina identificándose con Sísifo, el rey que se creó un Dios. ¿Su castigo? Empujar una roca hacia la cumbre de un cerro. ¿El problema? Los dioses hancalculado el peso de la roca para que esta caiga, justo, cuando el pobre cree haber llegado a la meta.

Lo más asombroso es que puede que—en 200 años más—las Abu Dabi terminen siendociudades tipo Valparaíso. Nacieron insultando a los Dioses. ¿Un oasis en el desierto? Es la misma tontera de nuestros ancestros porteños, quienes pensaron edificar una virtual "ciudadela europea" en el inhóspito pacífico sur.

sábado, 28 de junio de 2008

San Telmo, Dulwich Hill, Gaudí, Polanco


"Celebraríamos nuestro próximo aniversario habiendo decentralizado el proceso de soñar la ciudad."








Quien visita la ciudad de Gardel menciona “Buenos Aires” solo al momento de comprar el pasaje. Al aterrizar, es San Telmo, La Boca, Palermo, Recoleta. Llegar a San Francisco es visitar Haight Ashbury, The Mission, Chinatown o Fisherman’s Wharf. En Manhattan está de moda ir al Meatpackers District. Las mejores galerías están en Soho o Greenwich Village. Después, se come en Little Italy.

El futuro de Valparaíso está en sus barrios.

Valparaíso cumple 5 años codeándose con el Cuzco, Estambul, Praga y Venecia. Hay logros, por cierto. Llegan inmigrantes nuevos de los cinco continentes. El turismo crece a dos dígitos. Algunos barrios lucen pintados. Cada día aparece un nuevo hotel, café o restaurante. Reconozcámoslo: la inversión privada ha cumplido.

Pero los ciudadanos reclaman su espacio. Líderes de peso denuncian el ninguneo. En Cerro Concepción, la falta de un Plan Maestro tiene a todos amotinados. ¿Lo bueno? La mística de Valparaíso sigue creciendo en el mundo. ¿Lo malo? Crece la frustración. Se ha esfumado la exuberancia.

El futuro de Valparaíso está en sus barrios.

Así, en este quinto aniversario desde la declaración en París, propongo algo diferente. Un renacer desde adentro hacia afuera. Un proyecto de ciudad a partir de nuestros vecindarios.
Podríamos partir escogiendo diez. ¿Sabía Ud. que Polanco fue el Cerro de los italianos? ¿Qué los británicos llamaban el Alegre “Pleasant Hill”? ¿Concepción? Obvio. La Matriz. Claro. ¿Un Museo a Cielo Abierto que se extiende desde la Plaza de los Sueños hasta La Sebastiana? Aprobado. Artillería. “La República Independiente”. El Puerto. ¿Por qué no un par de comodines? Esperanza, Barón, O´Higgins, Lecheros o Santa Elena.

Escogidos los barrios, firmaríamos convenio con diez Facultades de Arquitectura nacionales. Luego, un sorteo. ¿La UCV ganó Cerro Polanco? Bien. ¿La Chile en Playa Ancha? Perfecto. Ahora, durante un año, alumnos y profesores trabajarían codo a codo en talleres con residentes, artistas y empresarios vecinales. Estudiarían casos internacionales: En Barcelona hay un barrio cuyo eje nace a partir de un arquitecto, “El Gaudí”. ¿Por qué no un cerro de las flores? En Sydney esta “Dulwich Hill”, un barrio que renació a partir de sus panaderías artesanales.

Los alumnos se dividirían en grupos, culminando con una docena de propuestas de Plan Maestro para cada barrio. Los mismos vecinos escogerían un ganador asesorado por los profesores. Un año después, tendríamos 10 Planes Maestro para 10 barrios porteños.

El GORE, IMV, CORFO y MINVIU inventarían un paquete de incentivos para los 5 mejores proyectos. Sería una tarjeta de presentación para universidades y la “competencia sana” sería… interesante. ¿La cobertura nacional? Espectacular.

No es panacea. No va a resolver de un brochazo ni los perros callejeros o la inseguridad. Pero celebraríamos nuestro próximo aniversario habiendo descentralizado el proceso de soñar la ciudad. Y tal vez con un puñado de barrios convertidos en hitos internacionales.

sábado, 21 de junio de 2008

Arthur P. Ziegler





Los innumerables cerros de Pittsburgh no fueron esculpidos por acción del mar, sino por los meandros de tres hermosos efluentes —los ríos Monongahella, Allegheny y Ohio. Por sus aguas pasó gran parte del acero mundial, despachado por las fundiciones gigantescas de Bethlehem, Republic y US Steel. Entre las familias más poderosas de la historia hay varios de Pittsburgh: los Carnegie, Mellon, Frick, Heinz, Westinghouse. La ciudad poseía el ingreso per cápita más alto de EE.UU. Contaba con 12 funiculares. Más que San Francisco, Pittsburgh es la ciudad gringa más parecida a Valparaíso.

Todo bien hasta que se agotó el mineral. Ahí, Pittsburgh entró en decadencia. Tras décadas de abandono, la otrora capital del hierro parecía una ciudad fantasma. Perdió 10 de sus 12 ascensores. Sus bordes fluviales eran páramos industriales.

Entra Arthur P. Ziegler. Durante los ’60, este veinteañero se inició como activista empeñado en salvar los barrios históricos. Fundó la Pittsburgh Historical Landmarks Foundation (PHLF), la primera de su género en USA. ¿Su primera jugada? Convencer a un filántropo a donarle el dinero necesario para adquirir una estación de ferrocarriles abandonada, la Lake Erie Railroad. PHLF la convertiría en un centro cultural con oficinas y, luego, un hotel. Era el primer proyecto de su género en EE.UU. Sin saberlo, el joven Arthur había inventado el preservacionismo estadounidense.


Hoy, 40 años después, PHLF ha recuperado gran parte de los bordes fluviales. Ha reciclado tesoros industriales. Además, innovó el proyecto “Ciudad de Vecindarios”, para fortalecer la identidad de 58 comunidades dentro de un Pittsburgh que, hoy, luce absolutamente transformado.

En varios casos, los alcaldes ponían los terrenos y PHLF buscaba los inversionistas. Tanto la ciudad como la fundación quedaban con una porción accionaria. PHLF definió los criterios de reciclaje patrimonial, aunque, al inicio, el concepto apenas existía. Hoy no solamente ha renacido Pittsburgh, sino que ha patrimonializado la institución. PHLF no depende de la política contingente. Emprende agenda cultural propia. Es una incubadora, una editorial, un referente para la recuperación del patrimonio urbano e industrial.

Don Arthur ha sido condecorado por reyes y presidentes; toda una eminencia que tuve el honor de conocer en 2005, cuando el PHLF me invitó a dictar una conferencia, “Valparaíso y sus Ascensores”, en el Museo Carnegie Mellon.

A sus 71 años sigue siendo un genio loco. Cuando entré a su oficina apenas levantó su cabeza, pues arreglaba los detalles de un proyecto que iluminaría 36 puentes de acero que cruzan los 3 ríos que definen la ciudad.

Tras mi conferencia y el cóctel partimos a una cena privada. Allí le pregunté: “Arthur, llevo apenas 7 años en esto, y tanto la burocracia como el chaqueteo ya me tienen agotado. No sé si doy más. Ud. lleva 40 años y sigue como nunca. ¿Cómo?” Me dijo: “Tengo una filosofía urbana definida y siempre he sido fiel a ella. No cambies tu filosofía. Hay políticos buenos y malos. Nunca cambies tus principios por complacer a quien esté de turno. Sé fiel a tu proyecto. Si es bueno, estarás de pie cuando los demás se hayan ido.”

domingo, 15 de junio de 2008

Todo Pasa y Todo Queda


Una de mis primeras gestiones al mando de la Fundación Valparaíso fue visitar a Jaime Migone y Antonino Pirrozi. ¿No sabes quiénes son? No te preocupes. Tampoco lo saben la mayoría de nuestras autoridades, historiadores y activistas patrimoniales. Hace 10 años que no reciben siquiera una tarjeta de navidad desde Valparaíso. Una pena. Si no fuera por ellos, puede que ni siquiera seamos patrimonio de la humanidad.

Corría 1994 y Valparaíso pasaba por un trance de fatalismo total. San Antonio nos superaba por primera vez en tonelaje. El desempleo alcanzaba dos dígitos. Una generación de jóvenes profesionales abandonaba la ciudad en busca de mayores oportunidades en otra parte.

La palabra patrimonio aun no cruzaba los labios de nuestras máximas autoridades, pero en la oficina de dos arquitectos italo-chilenos sigilosamente se gestaba uno de las hazañas más geniales de nuestra historia cultural. Jaime y Antonino, titulado en patrimonio en el país del Dante, habían estado en conversaciones con la fundación World Monuments Fund en Nueva York.

El WMF publica cada dos años el World Monuments Watch, documentando los “100 Tesoros Mundiales en Mayor Peligro de Desaparecer”. Es un verdadero Premio Nobel del patrimonio. Un referente mundial. Una punta de lanza para postulaciones ante la UNESCO.

¿Qué cocinaban Antonio y Jaime? Incluir a los ascensores de Valparaíso en el listado WMW de 1996. Cuando el hito se consagró fue recibido por los medios locales con asombro y curiosidad. Era Gabriela Mistral otra vez ganando el Premio Nobel sin haber recibido el Premio Nacional. ¿Los ascensores de Valparaíso uno de los 100 tesoros más importantes del mundo? En Chile apenas les prestaban atención.

El premio otorgaba aproximadamente US $40 mil dólares para un estudio sobre la historia de nuestros funiculares, los factores que los amenazaban, y una tesis de desarrollo sustentable. Sabiendo que los activistas porteños tenían fama de xenófobos, Jaime y Antonino armaron un equipo de académicos 100% locales. Más importante aún, produjeron un espléndido compendio de más de 200 páginas sobre cada uno de nuestros ascensores y muchos que ya se nos fueron. ¿Quiere saber sobre el abandonado Ascensor El Litre? ¿Qué pasó con lo del Cerro Santo Domingo? Está todo allí. Un verdadero tesoro. Una de mis primeras biblias sobre el patrimonio local.

Así fue que Jaime y Antonino me recibieron en su taller, ubicado en una de las pocas casonas que se salvaba en la zona oriente de Santiago. Sobre té y galletas, me contaron sus experiencias y les conté mis sueños para Valparaíso. Nos hicimos amigos de inmediato.

Al final de la visita, Jaime me ofreció el siguiente consejo: “Cuando ganamos el WMF teníamos un poco de plata. Los porteños nos querían y las puertas estaban abiertas. Pero una vez gastada la plata nuestro teléfono sencillamente dejó de sonar. Nadie nos invitó a participar en nada. No queremos que te pase lo mismo.”

Han pasado 16 años desde la hazaña y hoy Valparaíso tiene más ascensores “en panne” que en cualquier momento de su historia. Un triste legado de una ciudad que, al parecer, no sabe cuidar a sus héroes.

sábado, 31 de mayo de 2008

Carta a Michelle Bachelet














Estimada Presidenta:

Mirar el amanecer desde el Paseo Gervasoni da la sensación de un mundo perfecto. ¿Mirar Valparaíso con calculadora en la mano? Es sencillamente escalofriante.

Valparaíso, con sus miles de kilómetros de escaleras, callejones, calles y pasajes puede ser tan hermoso como Lisboa o Praga. Pero sumemos todos estos m2 de estructura vial y dividámoslos por la cantidad de habitantes. Ahora hagamos lo mismo con Valdivia, Talca o Concepción. ¿Cuál tiene el mayor costo de mantención por habitante?

Valparaíso, con sus casas de postal. Valparaíso, con sus paseos y miradores. Valparaíso, con sus edificios históricos y barrios patrimoniales. Calculemos la inversión que se requeriría para poner todo a punto.

Ahora, establecido que la nuestra es la ciudad que más inversión requiere, consideremos la capacidad recaudadora de nuestro municipio. Las Condes tiene 7 malls que pagan millones de dólares en patentes cada año. ¿La fiambrería Sethmacher? ¿El almacén La Pollita? ¿El Cinzano? ¿La panadería Guria? Pagan, pero no se compara y su aporte a la ciudad va por otro camino. Es posible que los ingresos por permisos de construcción en Lo Barnechea sumen más que el presupuesto total de la I. Municipalidad de Valparaíso. ¿Pero si nos llenan de edificios? Me muero. Además nos quitarían el título patrimonial. ¿Qué nos puede recomendar, Sra. Presidenta?

Sé que hay ciudades con limitaciones similares. Guanajuato, Puebla, Oaxaca. Verona, Florencia, Pisa, Venecia. Toledo, Santiago de Compostela. Pero sus países son federalistas y generan millones vía impuestos municipales.

¿Atenas? ¿Estambul? ¿Cartagena de Indias? Reciben subsidios estructurales permanentes.

En Chile, hasta Viña —que no tiene ninguna restricción ni inmobiliaria ni comercial ni patrimonial— es subsidiada por un casino. Iquique y Punta Arenas son zonas francas.

Sé que tanto Ud. como su antecesor han generado incentivos especiales vía MINVU, CORFO, SERCOTEC, FOSIS. Se agradece. De verdad. Pero Valparaíso —musa de Neruda, Darío, Whistler y Darwin—, la única ciudad chilena que pertenece al mismo listado que Budapest, Cuzco y San Petersburgo… requiere más.

Hoy, Valparaíso es una postal de Chile. ¿Se imagina Ud. la capacidad que tendría un Valparaíso 100% recuperado, de ser el gran embajador cultural del país? ¿Se imagina Ud. que Valparaíso podría demostrarle al mundo que el vertiginoso crecimiento nacional no ha sido a costa de su alma y de su cultura nacional?
Para lograr lo anterior, Sra. Presidenta, mi Valparaíso, SU Valparaíso, nuestro Valparaíso requiere un compromiso que sea estructural y permanente.

¿Por qué no traspasar el 49,9% de la propiedad de EPV al municipio? ¿O que nos den un porcentaje de los impuestos aduaneros por todo lo que ingrese por acá? ¿O que nos dejen dos puntitos del IVA que se recauda en Valparaíso para la preservación y promoción de la ciudad?

Cuando se quiere se puede. Sin otro particular, se despide atentamente, el gringo.

viernes, 16 de mayo de 2008

Crepúsculo en Tono Piel y Verde, Valparaíso


El Museo Tate Modern se alberga dentro de lo que era la generadora eléctrica más importante de Londres, una inmensa fábrica de ladrillos rojos con una chimenea de 10 pisos. Visto desde el otro lado del Támesis, parece sacado de una novela de Charles Dickens: su sombra oscureciendo las aguas del rio en la medida en que va creciendo la tarde. Como sede del Tate, el edificio es un fiel homenaje a la Era Industrial que vio nacer las numerosas obras maestras que allí descansan: Degas, Monet, Gauguin, Cezanne, Matisse, Kandinsky, Renoir, etc.

Es en este sorprendente espacio donde descubrimos otro desconocido capítulo sobre Valparaíso.

Aunque haya nacido en Massachusetts, existe debate sobre si el pintor más importante que ha producido EE.UU. era o no “americano”. James Whistler (1834-1903) rechazó el llamado al naturalismo americano pontificado por Whitman y Twain. Alcanzó a estudiar dos años en la Academia Militar de West Point, pero luego abandonó EE.UU. para irse a Europa, compartiendo su tiempo entre Londres, París y Glasgow. Allí, su creciente celebridad lo convertiría en uno de los artistas más cotizados de su época. Era conocido por su temperamento y sarcasmo. Una vez demandó a un crítico de arte por no haberle rendido homenaje. Durante una de sus famosas cenas en París, su amigo Oscar Wilde, encantado con un chiste de su anfitrión, habría dicho: “Ojalá yo hubiese dicho esto, James”. Whistler le habría contestado: “Lo harás, mi amigo; lo harás”.

Uno de los enigmas más curiosas para los expertos del Centro de Estudios Whistler de la Universidad de Glasgow ha sido explicar por qué este excéntrico artista, que no defendió a su propio país en la Guerra Civil, sí haya optado por subirse a un barco para defender a Chile —país con el cual no poseía ningún parentesco— contra el bombardeo español de 1866. Según el académico Nikolaus Pevsner, “la aventura de Whistler en Valparaíso debe entenderse dentro del mismo contexto en el que Degas viajó a Nueva Orleáns, Rousseau a México, Manet a Brasil y Gauguin a Tahití”.

Whistler recordó su decisión de viajar a Valparaíso así: “Londres estaba lleno de veteranos de guerra buscando aventuras. Allí apareció la noticia de una agresión española contra Chile y Perú. Mientras más se conversaba, más nos parecía que era correcto hacerlo. Todo se arregló durante una tarde”.

Una vez en Valparaíso, escribió: “Había una bahía en forma de herradura rodeada por hermosos cerros rocosos. Valparaíso estaba por un lado, los cerros por otro. En la entrada de la bahía estaba la flota española. Entre ella y la ciudad había barcos de EE.UU., Inglaterra, Francia y Rusia. En la madrugada los otros barcos zarparon a mar abierto, dejando a la armada española sola frente a la ciudad. Así empezó el bombardeo”.

Whistler pintó nueve cuadros durante sus seis meses en Valparaíso. Estos adornan los museos más importantes del mundo. El más importante, “Crepúsculo en Tono Piel y Verde, Valparaíso”, propiedad del Tate Modern, parece haber sido pintado desde el Paseo Gervasoni. Sobre la obra se ha escrito: “Los cuadros de Whistler en Valparaíso, con su predilección por el armonioso arreglo del color por encima del sujeto, pueden interpretarse como un puente que sirvió de inspiración para el incipiente movimiento impresionista”.

viernes, 9 de mayo de 2008

Baltimore, Barón, y Otros Demonios

En 2002, Fundación Valparaíso organizó un seminario: La Experiencia Baltimore. Asistió gran parte de la compleja fauna política, social y cultural del Puerto. El invitado, Paul Dombrowski, se explayó durante seis horas ante un auditorio repleto, explicando cómo se gestó la transformación del páramo industrial que era el borde costero de dicha ciudad, que terminó convertido en un complejo de paseos, explanadas, marinas, hoteles, parques, museos y restaurantes, más el Acuario Nacional de EE.UU. Hoy el “Baltimore Inner Harbor” recibe 20 millones de visitas anuales.

La presentación de Paul no defraudó y los asistentes aplaudieron a rabiar. Con distintos matices, todos concordaban: en el entorno del Muelle Barón se jugaría gran parte de la apuesta de nuestra ciudad. Mientras pasaban las diapositivas, crecía la euforia. Terminado el cóctel, me cayó encima un mar de felicitaciones.

Han pasado seis años y, hoy, el proyecto Puerto Barón (PB) tiene opositores por todos los flancos. ¿Lo más sorprendente? Buena cantidad de éstos son los mismos que me abrazaron en 2002. ¿Qué pasó? Nos guste o no, la respuesta revela mucho sobre nosotros y sobre el delicado ecosistema humano, intelectual y cultural que es Valparaíso.

En primer lugar, reconozcamos que la corriente anti-globalización ha ganado adeptos. Gran parte de la oposición cabe en esta categoría. En su versión más extrema esta ideología, convertida en religión, me provoca rechazo. Pero su contenido aplicado a Valparaíso —sobre todo aquello vinculado al valor de los negocios familiares y el patrimonio social— ha sido un verdadero aporte. Negar lo anterior es negar lo mejor que tenemos. Es menester que el Grupo Plaza tome esto en cuenta. Que ponga a su habilidoso equipo a trabajar en humanizar y hacer más verde PB. Los extremistas jamás se convencerán, pero da lo mismo. Se trata de tener el mejor proyecto posible.

En segundo lugar, ha crecido el escepticismo sobre el estilo de intervención que se hace en nuestra urbe universal. Nadie duda de que el Paseo Wheelwright es un aporte. ¿Pero sus terminaciones?, duras. Tan poco verde. Tanto hormigón. Una vez pasada la novedad, sencillamente no invita. Veo que las maquetas de PB ostentan enormes plazas de cemento. Entiendo por qué algunos no se emocionan.

Tercero: Más allá de los anti-globalización y los escépticos, hay otro grupo, entre los cuales me incluyo, que sencillamente soñaba con algo más osado: canales de agua, una isla, un museo o acuario de categoría internacional, una línea férrea subterránea.

¿Otro autogol? La palabra mall no ayuda. El aeropuerto de Santiago es una concesión pública con un fuerte componente comercial. Pero nadie lo llama mall y es un orgullo de muchos chilenos. Nunca antes se ha visto que a los bordes costeros de Baltimore, Génova, Barcelona o Ciudad del Cabo se les denomine mall.

Después de todo, discrepo de los furibundos que reclaman que PB será la muerte de la ciudad. Confío en el diálogo; confío en que el proyecto se puede mejorar. Pero los opositores deben entender que, aunque el giro comercial del Grupo Plaza sean grandes centros comerciales, esto no significa que sus ejecutivos sean seres humanos inferiores o incapaces de entender a Valparaíso. Demonizarlos sólo contribuye a la ruptura. Esto dañará el proyecto; esto dañará a Valparaíso.

jueves, 24 de abril de 2008

Carta a los Quijotes Porteños

Hace unos días me topé con un amigo que había sido pieza clave durante el proceso de postulación ante la UNESCO. Eran días de adrenalina para él. Hoy, se confesa agotado y, según sus propias palabras, “algo amargado”. No era necesario indagar más, pues, en sus ojos verde oscuros vi algo de mi propio rostro. Así, intenté seguir mi curso deambulando entre los lustrabotas de la Plaza Sotomayor, pero la imagen de mi alicaído amigo daba vueltas en mi cabeza. De repente, algo me despertó del letargo. Era una frase clásica del cine norteamericano, emitido por el personaje Robert “Boogie” Sheftell, interpretado por Mickey Rourke, en la película Diner (1982).

¿La frase? Si no tienes sueños, tienes pesadillas.

Han pasado 5 años desde la gran hazaña del Puerto y no sé en qué momento nos pasamos desde la euforia a la apatía total. Echo de menos los sueños locos. Extraño este momento histórico cuando nos sentíamos todos “con licencia para soñar.”

Así, en honor a mi amigo, dedico lo que sobra de esta columna a redactar una lista parcial de sueños para el Puerto. Puede que a uno le gusten o no. Esto no es importante. Que se inspire a poner lápiz sobre papel. Que vuelen los nuevos sueños por los cerros de la ciudad. Si no tienes sueños, tienes pesadillas.

Por mi parte, sueño con una ciudad sin el nudo barón, donde Errazurriz y la línea férrea estén en el subsuelo hasta la Avenida Francia. Colocaría allí un gran pulmón verde que integre el proyecto borde costero a la ciudad.

Sueño con un Cerro Concepción “100% peatonal”, alimentado por una línea de trole gratuita que circule permanentemente por el triángulo Almirante Montt/Urriola/Esmeralda.

Sueño con doce nuevas zonas típicas, una rodeando cada ascensor que quedó fuera del casco histórico.

Sueño con un instrumento que proteja nuestros negocios familiares, almacenes y emporios—unificando su poder de compra, acercándoles a créditos competitivos, y dándoles asesoría de primera categoría.

Sueño que nuestros empresarios inmobiliarios despierten un día convencido de que es más rentable construir a baja altura. Para convencerlos, crearía un subsidio de renovación urbana con subsidios espectaculares SOLO para edificios menores a cuatro pisos.

Sueño que el campus del Colegio Alemán en Cerro Concepción sea un centro cultural con galerías de arte, jardín de esculturas, conservatorio, y un renovado teatro que, por su parte, sea sede de una orquestra regional de categoría internacional.

Sueño que el Consejo de la Cultura licite los siguientes proyectos: una gran bienal de arte latinoamericano, un congreso internacional de poesía, y una bienal de arquitectura mundial. Todo en Valparaíso. Todo con una proyección no menor a 10 años. Todos capaces de copar nuestros hoteles, cafés, y restaurantes con artistas e intelectuales mundiales.

Sueño que el gobierno, consciente que el futuro de Valparaíso debe ser sin rascacielos, mande una señal potente: “volando” el edificio del gobierno regional para edificar un gran “barrio cívico a baja altura” en otra parte de la ciudad. A continuación, integraría las plazas Aníbal Pinto y Lord Cochrane, hundiendo la Calle Blanco entre Bellavista y Ross, para crear un segundo parque urbano en el corazón del casco histórico de la ciudad.

Y tú, mi quijote, dormido... ¿Cuáles son tus sueños por Valparaíso?

viernes, 18 de abril de 2008

Cuzco, Katmandú, Valparaíso

La pasión que tenemos los patrimonialistas por nuestra ciudad se ve superada solo por nuestra creciente capacidad de “agarrarnos del moño.” Da lo mismo el tema: Puerto Barón, los almacenes portuarios, el proyecto Niemeyer, el edificio Cousiño, las patentes de alcoholes... Un día te están abrazando en la calle, al próximo te están quemando como al Judas.

Son tantos los golpes que ya nos hemos olvidado que estamos de acuerdo en un montón de cosas. Por ejemplo, que Valparaíso emana un delicioso poder narcótico. O que el verdadero encanto del Puerto va más allá de algunos edificios. El problema, como ha dicho Agustín Squella, es que cada uno ama a SU Valparaíso. Le da lo mismo el Valparaíso del otro. ¿Nuestra mayor tragedia? Que tanta riña ofusque nuestro patrimonio más importante, el hecho de que nuestro Valparaíso, por razones que nadie parece poder explicar a plena satisfacción, posee una asombrosa y transcendente universalidad.

Mientras los activistas porteños se pelean a muerte, nuestras autoridades promueven la ciudad con una metodología que consta de lo siguiente. Primero, se encarga estudio. Segundo, se junta un grupo de líderes locales para tomar un cafecito y escuchar los resultados. Estos vienen en forma de un power point que demuestra los hábitos de consumo de los turistas gringos, recordándonos que somos bonitos porque tenemos un anfiteatro, cerros, casas de postal, troles, y ascensores.

Pero Valparaíso es más. Mucho más. Valparaíso es un verdadero fenómeno social y cultural. Para entender tal grado de universalidad, no basta con estudiar a los turistas que nos visitan por el fin de semana. Hay que estudiar a aquellos que dejan todo para vivir acá ¿Qué inspira a tantos nuevos inmigrantes a dejarlo todo para asentarse en nuestro puerto? Solo cuando seamos capaces de explicar lo anterior, habremos aprendido algo sobre la universalidad de Valparaíso.

Nuestros nuevos inmigrantes—siendo originarios de Milwaukee, Belfast, Bremen, Montpelier, Montreal, o Santiago—están aquí por algo. Están aquí porque Valparaíso, nuestro Valparaíso, les llena un vacío. Están aburridos de vivir en ciudades que cada vez más se parecen a Atlanta o Dallas. Se sienten sofocados habitando suburbios donde nadie conoce su nombre. Les colmó que cualquier trámite requiere subirse a un auto para manejar quince minutos hasta el mall más cercano.

En Valparaíso, han descubierto que sus vecinos tienen nombres como “La Pollita” o la inolvidable “Señora Leyla”. Se deleitan comprando pan batido en la Panadería Guria, haciendo la fila por un salame polaco en la fiambrería Sethmacher, o esperando mientras envuelven su cuarto de azúcar con dos huevos en el almacén “La Veleta”.

En los 60’ los buscadores del mundo llegaban a lugares como Katmandú. En los 80’ llegaron a Cuzco. Ahora, la misma búsqueda los lleva a Valparaíso. Vienen a Valparaíso a despertar de la pesadilla. Ya no quieren gastar una vida esforzada en llegar desde el punto A al punto B. Vienen a Valparaíso a despertar. Vienen a Valparaíso a gozar el camino.

Lo de Cuzco, Katmandú, y Valparaíso no tengo duda. Lo que si me preocupa es, si tras tanto puñetazo, estaremos aun despiertos para darnos cuenta.

jueves, 3 de abril de 2008

Me Moriré en Valparaíso

En París hay una pequeña plazuela con unas bancas y unos faroles. A un costado hay un colegio donde los jóvenes se escapan a mediodía para jugar a la pelota o pololear en la banca debajo del farol de fierro forjado. Parece una escena que se repite en centenares de plazas en la Ciudad Luz, pero algo aquí es diferente.

Detrás de la banca hay un rústico edificio del siglo 19, como mil otros en París, y en el segundo piso hay un departamento lúgubre como tantos otros. Solo que ésta es diferente. Ésta tenía un inquilino especial: el gran poeta Peruano, Cesar Vallejo.

¿Qué porcentaje de estos niños saben que Cesar Vallejo caminaba por allí, que escribía en esta banca? Sospecho que ninguno sabe siquiera quien era Cesar Vallejo. Pero para un poeta como yo, o para un Peruano, esta banca ES importante. Y este edificio. Y este farol.

Tanto los parisinos como los porteños somos custodios de un patrimonio que no pertenece a nosotros. Pertenece a toda la humanidad. A muchos chilenos puede que les interese saber que hay un café en Montmarte donde Vicente Huidobro hacia tertulia con George Braque, Max Ernst y Joan Miró. Que artista no sentiría escalofríos al pisar el taller donde Picasso concibió Les Demoiselles D’Avignon. Cuantos escritores visitan el bar donde Hemingway terminó Adiós a las Armas y Henry Miller empezó Trópico de Cáncer.

Pero las últimas tres veces que me ha tocado dictar charlas sobre Valparaíso EN VALPARAÍSO, hice un experimento y los resultados no fueron alentadores. A cada grupo les pregunté: Levante la mano el que sepa dónde vivió Rubén Darío en Valparaíso. Tres charlas. Más de 500 personas. Ni una. Levante la mano quien ha leído las impresiones de Valparaíso escritos en los diarios de vida de Charles Darwin. Nada. Levante la mano quien sabe donde se hundió el USS Essex. Cero.

John Whistler es el pintor más importante que ha producido Estados Unidos en su historia y su paso por Valparaíso dejó nueve cuadros que hoy día cuelgan en museos tan importantes como el Smithsonian, el Tate Modern de Londres, y el Hunterian de Glasgow. ¿Los porteños? Ni idea.

Pero esta columna se trata de mucho más que “los famosos” que pasaron por Valparaíso, pues el mismo embrujo que sedujo a tanto famoso sigue en el aire hoy día, aunque nosotros, puede que lo hemos dejado de percibir. No pasa ni un mes que no reciba algún correo de algún rincón exótico del mundo solicitando que les ayude a indagar información sobre las huellas de algún pariente que vivió, se enamoró, o murió en Valparaíso. Nosotros custodiamos todo esto. Custodiamos su melancolía y su soledad—del mismo modo en que los Parisinos custodian la banca donde alguien escribió:

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

miércoles, 26 de marzo de 2008

Recuperando la Mística Perdida

En 2003, entrevistado en vivo por una emisora capitalina, probé por vez primera mi “teoría de los tres quinquenios”. Va así:

La recuperación de las ciudades patrimoniales requiere un tiempo no menor a 15 años y los procesos suelen a dividirse en tres mini-ciclos de distintas características.

El primer ciclo, o, “el primer quinquenio”, es pura celebración, mística, y alegría. Aquí ciudadanos soñadores, heterogéneos por naturaleza, ponen sus diferencias a un lado para unirse a favor de un sueño común. Después, llegan los “segundos quinquenios” y estos suelen a ser terribles. Ya lograda la quijotesca hazaña de convertir una determinada ciudad en un proyecto país, entran los lobos, los políticos, y los talibanes. Abundan irreconciliables interpretaciones sobre lo que es y lo que no es patrimonio. El segundo quinquenio es de fracturación, y—porque no decirlo—destrucción de toda la buena onda establecida en el primero. Del éxtasis se pasa a un creciente aislamiento y desolación. Después, vendrá un tercer quinquenio: de reconciliación y recuperación de la mística perdida.

El primero quinquenio del Puerto era de 1998-2003. Sin suda que había antecedentes anteriores (la moda de pubs tipo Piedra Feliz, la campaña a favor del edificio Cousiño), pero no hubo consenso en la ciudad y Hernán Pinto recién se convenció en 1997-98.

Se trata de un primer quinquenio francamente histórica. Si antes imperaba en el puerto un marasmo de fatalismo insoportable, ahora se respiraba optimismo sin límites. Si, hace poco, un 95% de los chilenos veían en Valparaíso una ciudad pobre que evitaba camino a Viña, ahora reclamábamos porque venían demasiadas.
¡En cinco años éramos Patrimonio Cultural de la Humanidad, capital cultural del país!

Era tanto el jolgorio que pocos anticipaban la carnicería que vendría, todo precipitado por la sorpresiva caída del todopoderoso Hernán Pinto. Entra un nuevo alcalde con fama de serio, inteligente y transparente. Pero, a poco andar, sufriría la peor pesadilla de cada ser humano, conmocionando a todo un país. Su corazón hecho pedazos, tendría que emprender una dolorosa limpieza del municipio, mientras a su alrededor aparecerían todos los síntomas de una ciudad cuya buena onda ya entraba en un espiral destructivo de capa caída.

El proyecto Puerto Barón, ampliamente celebrado por años, de repente, sería enterrado por debajo de kilos de litigación hecho por los “defensores del patrimonio.” Otro proyecto que contemplaba hermosear el entorno de la Plaza de la Matriz encontraría una oposición tan furibunda que este mandaría expedientes a UNESCO, sembrando en un matutino santiaguino el fantasioso titular, “Valparaíso a Punto de Perder Título Patrimonial”.

Mientras, Don Aldo Cornejo, en su legítimo derecho de querer distinguir su liderazgo del anterior, sacó a lucir la desmalezadora, cortando contacto con quien, según él, olía al “periodo Pinto”. De a poco, empezó a cambiar el mapa de líderes locales.
Hoy, caminando por Valparaíso, me topo con gente cabizbaja, las mismas que, hace pocos, eran importantes líderes de opinión en la comunidad. Andan a la deriva, desilusionados, sus espíritus quebrados. La aplanadora les pasó por encima.

No pretendo echarle la culpa a nadie. Es 2008. El segundo quinquenio ya es historia. Vienen aires mejores. Es hora de volver a soñar. Pronto veremos un renovado esplendor en Valparaíso. Por ahora, ha llegado el momento de levantarse del suelo.

Es hora de recuperar la mística pérdida.