domingo 29 de noviembre de 2009

Inmortales

En 1990, don Salvador del Carmen Abarca plantó sus primeras rosas y cardenales en la calle Beethoven del cerro Concepción. Poco a poco, el pequeño jardín empezó a crecer. Los vecinos reaccionaron con asombro y admiración. 5 años después, el jardín alcanzaba la mitad de la cuadra. Aparecieron bancas, esculturas, piedras, barquitos, figuras.


Los pocos turistas que ambulaban por el Puerto en esos días asumieron que el parque era municipal. Al toparse con el abuelito picando y escarbando la tierra se preguntaron: ¿Será funcionario público?

Para don Salvador no tenía ninguna importancia; no buscaba ni fama ni gloria. Sencillamente, le encantan las flores. 19 años después, su jardín llega casi hasta la subida Almirante Montt. Una maravilla. Nada de esto sorprenderá a mis lectores. Saben de Valparaíso, saben del “abuelito de la calle Beethoven”. Es una leyenda.

Así, cuando constituimos el jurado del concurso “Un Jardín para Valparaíso”, la lógica indicaba que en la categoría 3, “mejor jardín en espacio público hecho por un particular”, la pelea sería por el segundo lugar. ¿Encontraríamos jardines fabulosos? Ojalá. ¿Descubriríamos a otro Salvador del Carmen Abarca? Difícil.

Recorrimos los cerros y encontramos cosas increíbles. Unos 6 jardines fueron sembrados en lugares donde antes había basurales. En la plaza Eleuterio Ramírez los residentes del cerro regaban las plantas con botellas. Descubrimos un dragón rojo que apareció de la nada en el cerro San Juan de Dios. Pero aun así la candidatura de don Salvador no temblaba.

De repente nuestro minivan se detuvo frente a una pequeña capilla en la Población “Héroes del Mar” del cerro Placeres. Bastó ver las caras de los primeros miembros del jurado bajando del vehículo. Sencillamente, no podían creer lo que veían, ni donde lo vieron.

Es un jardín de gran extensión, con arbustos y arbolitos meticulosamente esculpidos. Tales esculturas se entretejían con coloridos arreglos florales de numerosos especies. Parecía sacado de la película “Eduardo manos de tijera”. Es más, el jardín se encontraba en medio de un ruidoso barrio popular donde el olor a polvo embriaga, levantado por el centenar de micros que pasan a cada hora.

Acto seguido, apareció don Roberto Pérez. Nos encantó su sencillez, su humildad, su persistencia. Horas después, los 9 jueces entregaron su puntaje para cada uno de los numerosos jardines visitados.

¿Cómo se elige entre un Van Gogh y un Monet? Los dos son diferentes, los dos son inmortales.

Al día siguiente el jurado se reunió para analizar los resultados. Se ratificaron rápidamente los primeros 30 premiados. Quedó lo más difícil: determinar el ganador de la categoría 3. Don Roberto, la revelación, había superado a don Salvador, la leyenda, por dos décimas. Es un cliché: los dos merecían ganar; pero es la pura verdad.

Bueno, el concurso 2009 ya es historia; el concurso 2010 ya empezó. Ya sabemos: tenemos un Monet y un Van Gogh. ¿Aparecerá un Cezanne en el cerro Mariposas?

domingo 22 de noviembre de 2009

Historias de jardines

Don Guillermo vive en la calle Los Chirimoyos 615 de cerro Esperanza. ¿El primer problema? La calle no aparece en el mapa oficial de la municipalidad. Llamamos al número que aparece en el formulario de postulación del concurso. Contesta una francesa. "Soy Todd Temkin del concurso 'Un Jardín para Valparaíso", le digo.

"¿Sabes con quién hablas?", me pregunta. Su voz me pareció familiar. "Soy la mamá de la Rayén."

Genial. Nuestros hijos eran amigos hace años en el jardín infantil. Pensé que se habían mudado a Europa. Estas cosas solo pasan en Valparaíso. "Natalie", le digo, "Como llegamos a tu casa".

"La casa es de mi suegro", me dice. "Busca la plaza. Allí, toma la calle a la derecha. Después, hay una calle que sube. No sé como se llama. Después, hay una calla que baja. Tampoco sé como se llama. Después baja otra vez. Por allí está la casa de mi suegro".

Felíz por haberme reencontrado con Natalie, y después de una media hora dando vueltas, llegamos a la calle Los Chirimoyos. ¿Nuestro premio por tanto esfuerzo? Una espléndida y sorprendente vista. "Ahora, solo hay que encontrar el 615", le dijo a Ignacio, el joven arquitecto que me acompañaba.

Caminamos la calle Los Chirimoyos de punta a punta. Parte con el número 39; Termina en el 476. Ignacio se rasca la ceja. "Esto parece un dibujo de Lukas", le digo. Preguntamos a los vecinos. ¿Existe el 615? Nadie sabía. Era más facil encontrar el Caleuche.

"¿Por qué no buscamos el jardín mejor?", sugiere Ignacio. Y allí lo encontramos. Los Chirimoyos 615. Anidado entre el 387 y el 415. ¿El jardín? Super lindo. Vigilado por un simpatico gato gris, guatón. Allí apareció don Guillermo. Tierno. Amoroso. Nos mostró todo, con atención especial a sus copihues.

Postularon 78 jardines este primer año del concurso "Un Jardín para Valparaíso". Detrás de cada jardín, hay una historia. Después de recorrerlos todos, nos quedamos convencidos. Dentro de dos años, este concurso llegará a los 300 jardines.

¿Cual es el cerro con la mayor cantidad de jardines? "¿Concepción?", me dices. ¿Alegre? Es cierto. La mayor cantidad de postulantes venían de estos dos cerros. Pero donde vimos la mayor cantidad de jardines fue en cerro Placeres. Impresionante. Sobre todo en las villas de la parte alta del cerro. Hay muchos jardines hermosos. La mayoria no sabían del concurso. Ahora si.

Descubrimos jardines en los lugares más recónditos. Al lado de la vírgen en el cerro Mercéd. En la cuesta Colorado del cerro Las Delicias. En el pasaje General Jofré, arriba de la calle Progreso. Bajando por El Litre. Y, por supuesto, uno de los jardines que más nos encantó, la exquisita y adorable "Plaza Petrohue", hecho por la Junta de Vecinos de Rodelillo.

En Playa Ancha nos enamoramos de la escalera El Membrillo. Le falta unas plantas, si, pero el lugar es hermoso y lo han hecho con harto cariño y empeño. En un par de años, esto puede ser un verdadero jardín botántico. Una atracción turística de gran envergadura.

Este jueves premiaremos a nuestros primeros ganadores. Habrán sopresas. Y, lo que es más importante, habrán jardines para rato.

domingo 15 de noviembre de 2009

Jugando naipe bajo el sol

A raíz del concurso "Un Jardín para Valparaíso", volví al cerro Polanco. Hace más de un año que no iba a ese cerro. ¿Acaso había olvidado de sus encantos? ¿Los peldaños que desembocan en la callecita Bilbao? ¿El adoquinado del pasaje Pastene? No.

Pero no querría volver. Me hace mal. Me trastorna. No lo aguanto.

Partamos del inicio. No hay un barrio más lindo que el Polanco. Ni en Valparaíso. Ni en Chile. Ni en Sudamérica. ¿En Marruecos? Tal vez. Pero lo desconozco.

Olvidémonos, por un segundo, de su glorioso ascensor, este magnífico invento del gringo Federico Page. Olvidémonos que hay solo tres ascensores en el mundo con sus características. Olvidémonos que, si estuviéramos en Italia, el ascensor Polanco sería tratado de igual a la "Torre de Pisa".

Subimos a pie por la calle Recreo. Estos adoquines gastados, sobrevivientes de dos siglos de terremotos, deben ser de los más antiguos en el Puerto. Imposible no sentirse emocionado, transportado al cielo. En Recreo 171, un poco más arriba de la calle Roberto Chapi, descubrimos los balcones más impresionantes de la ciudad. Son tres pisos de balaustres. Ignoro de que madera son. Da lo mismo. Son humildes, austeros, maravillosos.

Este impresionante sector, con su olor a burro, tomó su nombre del regidor Santiago Polanco. Por estas calles han desfilado importantes personajes del Puerto: Juan Brown, Federico Costa, Mary Graham. A pocas cuadres de aqui, en la calle Manuel Valledor, se estableció Colombo Solari, patriarca de la comunidad Italiana de Valparaíso. En estas calles nació don Elias Figueroa.

Pero aqui estamos. Ad portas al bicentenario, a cinco cuadras del Congreso Nacional de la República de Chile, a seis años de la declaración UNESCO. Cerro Polanco, este impresionante patrimonio que Chile custodia para el mundo entero, esta botado. Absolutamente botado. ¿Cuantos senadores y diputados han paseado por cerro Polanco? Cuantos saben que existe, a 2 minutos de su despacho, este maravilla que se llama cerro Polanco?

Pero no le cuentan nada de esto a Cecilia Fernández, egresada de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Hace años, Cecilia hace milagros con las fuerzas vivas del sector. Les anima a no rendirse antes la delicuencia; les inspira a no bajar los brazos ante la indiferencia.

"Estamos buscando un jardín", le preguntamos a una señorita. "¿El de la Señora Cecilia?" nos preguntó de vuelta. Como la quieren. Juntos, hermosean pasajes, peldaños, plazuelas. Y hay otra artista importante en el barrio: Isabel Klotz, quien ha convertido su casa en un importante centro de tertulias.

A ver estos heroicos personajes abandonados a su suerte, no me puedo quedar indiferente. Volver a cerro Polanco me recuerda, por enésima vez, que Chile no esta a las alturas de Valparaíso. Para Chile, Valparaíso le quedó grande.

Hay un extasis que siento en este mítico lugar. Pero no lo aguanto. Como lo sufro. Como me hace mal. ¿Por qué tuve que volver a pisar estos pasajes de ensueño? ¿Por qué me perdí, otra vez, en su laberíntica escalera al cielo? ¿ Por qué me quede congelado, otra vez, debajo de su Torre de Pisa? Chau. Me voy. No me quedaré ni un minuto más. Bueno, tal vez un minuto. Un minuto a conversar con don Lucho, un viejito con sombrero de gaucho, que juega naipe bajo el sol.

lunes 9 de noviembre de 2009

Leyendo a "Li Po" en el cerro Panteón

El ex -Canciller, Alejandro Foxley, siempre se ha destacado por lo ecúanime y lo bien templado. Instalado hace un año como "Senior Fellow" del prestigioso centro de estudios "Carnegie Endowment", Foxley se declara asombrado con lo violento que es el tono de la política estadounidense. "Es terriblemente confrontacional", dijo en La Segunda hace unos días, "La oposición republicana es implacable con Obama...un factor negativo no solo para EE.UU sino para la mejor convivencia internacional".

Totalmente de acuerdo. Para quienes no siguen de cerca los vaivenes de la política de mi país, les resumo la táctica de la oposición republicana: Primero, un comité de elites determina tres o cuarto puntos donde creen poder tergivisar la opinion pública (por ejemplo: una provisión del proyecto de ley de reforma de salud que incentiva y subsidia la redacción de un testimonio le daría a Obama el poder de decidir si tu abuela vive o muere). Segundo, estos puntos, que ellos denominan "talking points", se distribuyen entre toda la delegación parlementaria y unos 300 "periodistas" cómplices. Tercero, durante meses, 24 horas del día, 7 días de la semana, en medios como "Fox News" y los shows de Glen Beck y Rush Limbaugh, se repite centenares de veces, con todos sus senadores y diputados como invitados, "Obama quiere matar a tu abuela. ¿Por qué Obama quiere matar a tu abuela?" Nadie se desvia del guión.

La situación me desvela. El mundo ama a Obama, pero, en EE.UU, gracias a la violencia antemenionada, su popularidad cae. Es más, el estilo pugnaz del partido del elefante ha abrumado a los demócratas, quienes, una e otra vez, caen en la trampa de creer que se puede negociar con una oposición que solo quiere deslegitimizar y no tiene ninguna intención de llegar a un acuerdo.

Sé que no me puede involucrar emocionalmente en esto. Sé que me hace mal. Pero no hay caso. Soy adicto. Soy un analista política frustrado.

Así, el otro día, mi cabeza zumbaba a mil. No me pude tranquilizar. Estaba contaminado. Hasta la soledad del Puerto no me entraba. Así, apague el internet, fui a mi biblioteca, y saque un libro: 100 Poems Chinos, escogido por Kenneth Rexroth. Un clásico.

Me despedí del gato y empecé a caminar. ¿Donde? No sabía. Mejor así. Una cuadra arriba de mi casa, en la esquina de Vicente Padín, vive el poeta Enrique Moro. ¿Estará? No estaba. Así, segui caminado. Bajé. Subí. Pareciera que mis pies buscaban un cementerio. Llegue, al fin, a la Calle Dinamarca. ¿Cual cementerio? Entré al Uno.

Allí, otro aire. La pesadilla descrita por mi amigo Foxley empezó a disiparse en el atardecer. Navigue los pasillos hasta llegar al mirador del costado poniente. Allí, bajo la silueta de la torre de la Iglesia Luterana, abrí mi libro y escogí un poema del gran Li Po (701-762):


Bebo solo, pues, no tengo ningún amigo alrededor.

Mi copa en la mano, le invito la luna

A mi fiesta. Ella y mi sombra. Seremos tres.

Pero la luna no toma vino.

Y mi sombra, disilusionada, se esconde.

domingo 18 de octubre de 2009

El retorno del Jedi

La declaración de quiebre de los ascensores Monjas, Florida, y Mariposa rompió el espíritu de muchos, quienes ven en ella una metáfora de años de promesas no cumplidas. Un empresario me lo resumió así: “No estoy convencido que haya sido beneficioso para Valparaíso haber sido nombrado Patrimonio de la Humanidad.”

Cara de palo. A todos mis amigos, y a todos quienes aun no los son, les suplico: nos se desanimen. No podemos entender el renacimiento de Valparaíso como si fuera una línea recta o una simple curva siempre ascendiente. Esto no es una película, es una trilogía.

La primera entrega se llamó “La Postulación”. Se refiere a los años 1998-2003. Me encantó. En esta película, la ciudad de Valparaíso, sumergido en un trance de fatalismo y decadencia total, encarcelado por el abandono y el centralismo, empieza a despertar. Ya en ’98, surgieron las primeras notas en revistas y periódicos Santiaguinos: “Valparaíso sueña con ser Patrimonio de la Humanidad.” Los Santiaguinos se rieron a carcajadas. ¿Valparaíso en la misma lista de Praga, París, Venecia, y San Petersburgo? “Un bluf”, dijeron.

Pero poco a poco, la película “La Postulación” encontró sus personajes, sus héroes, su voz, su sueño. Se trató de una película épica, quijotesca, transversal. ¿Lo más lindo? Sus protagonistas no pertenecieron a ningún sector político ni a ninguna ideología en particular. Poco a poco, se conquistaría la imaginación de una ciudad, de un Presidente (Lagos), de un país.

Me encantó esta película. Terminó aquel mítico día de 2003, con los bocinazos de los barcos, con los fuegos artificiales. George Lucas no podría haberlo hecho mejor.

La segunda entrega de nuestra trilogía se llamó “La Desidia Contraataca”. Abre con un sorpresivo episodio: la caída de un alcalde todopoderoso. Llegaría un nuevo equipo al poder. Este prometería “borrón y cuenta nueva”. Pero, de a poco, se abrirían los apetitos y las ambiciones personales. Se daría la espalda a muchos héroes de la primera película. ¿Los pocos que quedaron? Se dividirían en distintas bandas. Esta película no es de mis favoritos. Pero era necesaria. Sin esta difícil segunda entrega, no habría sido posible llegar a la culminación que hoy día nos convoca.

Así, mis amigos porteños: no se desesperen. Estamos recién entrando la parte más importante de nuestra trilogía. Está llegando nuestro gran momento. La gran pelea nos acerca.

Nuestra tercera película se llamará “La Lucha para la Ley Valparaíso”. Se trata de convencer el país, ad portas del bicentenario de la nación, que Valparaíso, y no Santiago, está llamado a llevar Chile donde quiere ir. Inspirado por “La Joya del Pacífico”, veremos un Chile que no se define exclusivamente por la arrogancia del poder económico; veremos un Chile que se define por su alma, su gente, su historia, su espíritu, su ser. Chile, país marítima, será liderado una vez más por su Alma porteña. Así, ánimo compañeros. Estamos llamados a hacer historia.

Esta película recién comienza.

domingo 11 de octubre de 2009

El pecado de no soñar

En ’93, mis amigos santiaguinos me informaron: “Si vas a vivir en Chile, tienes que tener un equipo de futbol”. Todos eran de Colo Colo, la Católica o la U. Así, en protesta, escogí a Deportes Temuco. Mis amigos se reían a carcajadas.

En esta época, había un solo torneo largo. Así, durante 6 meses, fui víctima de las embestidas, bromas, y tallas de amigos que se deleitaban en verme sufrir. Mi pobre equipo, que no contaba con ninguna figura relevante, agonizaba semana tras semana, tratando de meterse en la parte media de la tabla.

De repente, un milagro. Faltando 7 fechas, la defensa de Temuco se convirtió en una muralla imbatible. Pasaron 1, 2, 3, 4 partidos sin que les metieran un solo gol. Mis amigos no lo podían creer. El pequeño Deportes Temuco, “mi Deportes Temuco”, subía en la tabla. Faltando dos fechas, quedaba una leve chance matemática para clasificar a la liguilla de la Copa Libertadores. Temuco ganó las dos: 1-0 y 1-0. Clasificó. Mis amigos incrédulos. Disputaríamos un cupo en la Copa. ¿El rival? El poderoso Universidad Católica, finalista continental el año anterior.

Mi polola, Pilar, hoy día mi señora, me llevó al estadio San Carlos de Apoquindo. Me compré una pequeña bandera verde.

Durante 85 minutos, nos atacaban por todas las frentes. Temuco aguantaba. Yo sufría. Mientras nos acercábamos a los penales, me ilusionaba con ver la cara de mis amigos cuando apareciera el lunes en la Sala de Profesores con un diario en la mano: ¿El titular? “David derrota a Goliat”.

Pero en el minuto ’87 llegó el gol de la Católica. Allí, aprendí una lección que me sigue inspirando hasta hoy: En futbol, como en la vida, el equipo que se dedica a defender, termina perdiendo.

Sé que suena superficial, pero me marcó. 5 años después, en 1998, durante mi primera entrevista tras crear la Fundación Valparaíso, dije: “Valparaíso me parece un equipo de futbol que se dedica a defender. Defendemos al Edificio Cousiño. Defendemos a los troles. Defendemos los ascensores. Es importante saber defender. Agradecemos a los defensores. Pero no se puede vivir defendiendo. Se agota. Hay que elaborar sueños, buscar recursos, gestar proyectos. Hay que salir a la cancha a marcar goles.”

Veamos el caso ascensores. La gran vergüenza de Chile no es no haberlos defendido. La gran vergüenza de Chile es no haberlos “soñado”, no haber entendido lo que pueden significar. Para Chile, los ascensores de Valparaíso deben ser Machu Pichu, la Torre de Pisa, el puente Golden Gate. En el caso ascensores, a Chile le faltó marcar el gol en la puerta del arco.

Una anécdota final: En ‘95, ya viviendo en el Puerto, fui a Playa Ancha para un partido Temuco-Wanderers. Durante el segundo tiempo, se anunció el ingresó de un jugador. El público aplaudió a rabiar. “¿Qué pasa?” pregunté a un amigo. “El cabro que acaba de ingresar es juvenil. Tiene 16 años”, me dijo. Era David Pizarro. Mi aventura con Temuco se acabó allí mismo.

Viva el Wanderito.

domingo 4 de octubre de 2009

¿Que diría don Fernando?

Conocí a don Fernando Friedmann en 2000, cuando propuse regalarle un estudio integral sobre sus 9 funiculares. La idea era la siguiente: Hacer un diagnóstico sobre la condición de cada ascensor; calcular la inversión que se requería para la restauración integral; catastrar los bienes y activos asociados; entregar un diagnóstico financiero; desarrollar un plan de negocios sostenible; elaborar ante-proyectos para la recuperación de las estaciones; estudiar la factibilidad de negocios turísticos complementarios y, finalmente, explorar vías de financiamiento para implementar dicho plan.

“¿Y esta maravilla, cuánto me va a costar?”, me preguntó don Fernando. Con 90 años a cuestas, no tenía un pelo de tonto. “Cero”, le dije. Postularíamos a fondos CORFO por la mitad, Fundación Valparaíso (FV) la otra.

Con su visto bueno, armamos un equipo de 7 profesionales. Seis meses después entregamos nuestro informe de más de 300 páginas. ¿Conclusiones? Los funiculares tenían un potencial interesante. Pero la empresa estaba “patas pa’ arriba”. Por su avanzada edad, don Fernando se había alejado del día a día de la compañía. A consecuencia, el sindicato, representando a unos 70 empleados, virtualmente controlaba la empresa. Después de estudiar los acuerdos de negociación colectiva con empresarios expertos en la materia, llegamos a la conclusión de que ningún inversionista serio daría un peso por el negocio.

¿Peor aun? A pesar de ser 9 monumentos nacionales reconocidos como “uno de los 100 tesoros de la humanidad en mayor peligro de desaparecer”, ningún filántropo, ni ninguna fundación extranjera, podrían inyectarles recursos, aunque quisieran. ¿Por qué? Porque no se puede donar a empresas privadas; sólo a instituciones sin fines de lucro reconocidas como tales. Así, le propuse a don Fernando: “Si Ud. estuviera de acuerdo, yo podría explorar la factibilidad de que FV se hiciera cargo”. “Hágalo”, me dijo.

Trabajé codo a codo con el Comité Calificador de Donaciones del MINEDUC para conseguir la aprobación y adquirir los ascensores vía Ley de Donaciones Culturales: un proyecto sui generis. Se portaron un siete. Después de unos meses, tuvimos la aprobación en la mano. Viajé a Miami, Nueva York, San Francisco, Los Angeles y Chicago, apoyado por los cónsules respectivos. Me reuní con filántropos y chilenos exitosos, y fui sumando apoyos. En el camino logré atraer el interés de empresarios locales para gestar proyectos turísticos complementarios. Después de 2 años, 20 mil kilómetros recorridos y unas mil horas de trabajo ad honorem, le hice una oferta para que FV adquiriera sus 9 ascensores.

“Estoy de acuerdo”, me dijo, “sólo falta la opinión de mis yernos”. Estos me dijeron: “Gracias, pero no. Nosotros nos vamos a hacer cargo”. Sentí una pena indescriptible, una pena que, 8 años después, vuelve a surgir. Don Fernando se nos fue. Ahora pido que el gobierno intervenga, para que los ascensores Florida, Villaseca, Monjas, y Mariposas no le sigan.

lunes 28 de septiembre de 2009

Valparaíso florido


En 1962, el afamado paisajista inglés Roy Hay (1910-1989) se encontraba de vacaciones en Francia. Allí quedó maravillado por la cantidad de flores que crecían en el campo. Tras indagar sobre el origen de dicho fenómeno, descubrió que 3 años antes, el Presidente De Gualle había iniciado la campaña “Le Fleurissement de France”. Al terminar sus vacaciones, el paisajista se obsesionó con replicar la experiencia en Gran Bretaña.

Cuando propuso su idea a la Autoridad Turística Británica (BTA), ésta la apoyó a medias. “Estaríamos encantados de promover la idea de una ‘Inglaterra florida’”, le habrían dicho, “pero no contamos con presupuesto para financiar jardines”. Hay tendría que convencer a sus conciudadanos a asumir el trabajo. ¿Su idea? Un concurso, “Britain in Bloom”. Cada pueblo incentivaría a sus habitantes a mantener jardines. Daba lo mismo el método que cada alcalde empleara para dicho fin: premios, rifas, eliminación de cobros de aseo, etc. Lo importante era que, a fin de cada año, se destacaría a un pueblo como “el más florido de Inglaterra”. En el primer concurso, en 1963, participaron 14 ciudades.

47 años después, participan más de 400. Cada municipalidad pelea a muerte el título. Miles de turistas llegan a las ciudades ganadores en distintas categorías. Se calcula el aporte anual de “Britian in Bloom” a la economía nacional en más de mil millones de euros. Por algo, en 1970 Roy Hay fue condecorado con la “Orden al Mérito del Imperio Británico”, oportunidad en la cual se destacó su papel por “aumentar el orgullo cívico de centenares de pueblos británicos, logrando así una mejor convivencia entre los vecinos y un notable mejoramiento en el ornato nacional”. Antes de su muerte, Hay fue nombrado “Oficier de Merite Agricole” por los gobiernos de Bélgica y Francia.

Así, me enorgullece anunciar que a partir de mañana, 28 de septiembre de 2009, a las 12:30, nuestro Puerto Patrimonial contará con su propia versión de dicho concurso, bautizado “Un Jardín para Valparaíso”. El proyecto, ideado por la Fundación Valparaíso y organizado en conjunto con la Ilustre Municipalidad, TPS, DuocUC y El Mercurio de Valparaíso, repartirá una bolsa de 14 millones de pesos para los mejores jardines emplazados en los 42 cerros y el plan de nuestra ciudad. Los premios serán otorgados en 4 categorías, pudiendo participar agrupaciones comunitarias, colegios, jardines infantiles y simples vecinos. La invitación es a intervenir pasajes, paseos, quebradas, escaleras, plazas de los cerros y otras. Habrá sub-categorías para los más hermosos antejardines y balcones.

Esperamos que “Un Jardín para Valparaíso” se constituya rápidamente en un evento anual, un hito país y una tradición que devuelva a Valparaíso su orgullo de antaño.

Quienes no puedan asistir el lanzamiento en la Municipalidad, pueden retirar las bases, a partir del martes, en la oficina de Gestión Patrimonial, o en los sitios web: fundacionvalparaiso.org; munivalpo.cl, y jardinparavalparaíso.cl.

Que ganen los mejores.

sábado 19 de septiembre de 2009

Aldea universal

El miércoles, mi hija bailó su última cueca como alumna del Jardín Ave Fénix del cerro Alegre. Se veía tan guapa vestida de huasa elegante… En fiestas patrias anteriores, le había tocado bailar de chilota, tirana, y pascuense. Son 5 años que se me fueron volando. Después de aquellos zapateos exquisitos, sé que hubo, por lo menos, un gringo lagrimoso en “Pleasant Hill”. El próximo año, Elyse va al colegio.

Me pregunto, ¿cuando mis hijos tengan 30, o 40, o 50 años, cuáles serán sus recuerdos de haberse criado en Valparaíso? ¿Qué valor les habrá agregado?

No olvidaré nunca el día que mi hija trató de informarme de la muerte del famoso “pimiento” del Paseo Yugoslavo. Tenía 3 años. Cuando llegué a la casa me trató de explicar: “Murió un árbol papá. Todas las tías y mis compañeros estamos muy tristes”. No entendí de qué árbol se trataba. Tal vez, un árbol en el patio del jardín, sospeché. “Si, mi amor”, la consolaba, “todos los días mueren arboles”. Pero, una semana después, me tocó llevar unos parlamentarios suizos en un paseo por el cerro Alegre. Al bajar del Ascensor Peral, vi inmediatamente de qué árbol se trataba. No lo pude creer. ¿El pimiento? ¿Este pimiento? ¿El árbol más famoso de Valparaíso? ¿El árbol de las 8 generaciones de pololeos porteños? ¿Muerto? No puede ser.

Mi hijo, por su parte, me pregunta, por lo menos 2 veces al mes, cuando nos toca la próxima “fiesta de San Juan”, todo un acontecimiento en nuestro cerro del mismo nombre. Se trata de una fiesta pequeña, pero transversal. Participan todos, sin barrera de edad. Nadie es aislado por su filosofía, su estilo de vida, su religión. Y los damascos secos que prepara mi vecina son espectaculares.

Mis amigos Viñamarinos admiran mi pasión por el Puerto, pero se preguntan si realmente vale la pena criar mi familia aquí. Me recuerdan: “los colegios top de Valparaíso hoy día están en la Ciudad Jardín”. “Aquí están las mejores clínicas y hospitales”. Otros abogan que Viña está más tranquila, que no tiene “perros feos” en todas partes, que los niños juegan tranquilos en las calles, En los barrios de mayor plusvalía, me han dicho, “encuentras todo la infraestructura que necesitas para criar una familia feliz.”

Puede que así sea, pero estamos convencidos que criar a mis hijos en Valparaíso es el mejor regalo que les puedo dar, aunque me cueste explicar exactamente por qué.

Igual, tengo mis teorías. Por ejemplo: Que vivir rodeado por valores universales enriquece el espíritu. ¿Otra? Que Valparaíso nos enseña que uno es rico no por lo que tiene; sino por lo que es. ¿Otra? Que, en Valparaíso, es imposible vivir abstraído del sufrimiento de los demás. Cuando muere la señora de un vecino, como nos tocó hace 2 años, todo el cerro sufre. Cuando se nos fue aquel árbol, no solo lloró mi hija. Lloraron miles de porteños en todo el mundo: en Toronto, Nueva York, Barcelona, Estocolmo, Sydney. Es el poder de un pimiento, el poder de vivir en una aldea universal.

lunes 14 de septiembre de 2009

10 mil porteños a la Plaza de la Constituciòn

Nuestro Valparaíso se ha convertido en una tentación irresistible para los candidatos presidenciales. ¿Las razones? Que la ciudad tiene necesidades singulares. Que representa un orgullo nacional. Que se presta para la foto. Pero más importante es que la Joya del Pacífico está en juego. A diferencia de Vitacura o La Pintana o Viña del Mar, el Puerto no tiene un comportamiento electoral predecible. Aquí puede pasar cualquier cosa.

Bienvenidos, señores candidatos presidenciales, a la ciudad más heterogénea de Chile. Desde los burreros de Yerbas Buenas hasta los gastrónomos del cerro Concepción; desde los universitarios croqueando iglesias hasta las madres esperando la Esmeralda con su guagua en brazos.

Somos la Capital Cultural, por cierto, con toda nuestra casta de artistas e intelectuales. Pero también somos “la ciudad de los abuelitos”, aquellos tiernos personajes con los cuales compartimos el descanso en la escalera. Valparaíso con sus apellidos croatas, alemanes, escoceses y ligures. Valparaíso con sus encapuchados del 21 de Mayo. Valparaíso, sede de la Armada de Chile.

En otras urbes, pobres y ricos viven segregados. En Valparaíso compartimos la vereda, el vecindario, el anfiteatro.

Tal diversidad enloquece a los gurús políticos. Hace poco, éstos hablaban de la “imbatible máquina DC” montado por Hernán Pinto. 6 años después, la DC no tiene ni alcalde ni diputado ni senador en el Puerto. Es que Valparaíso tiene un espíritu indomable. Coqueteamos con todos, pero no pertenecemos a nadie.

Así mis queridos co-ciudadanos, les ruego, les imploro, les suplico: Independiente de quien sea tu candidato, no dejemos pasar en vano nuestros 15 minutos de fama. Hay que saber sacarles provecho. Hay que exigirles un compromiso con firma y timbre.

Pero esta vez no desparramemos los esfuerzos lloriqueando por lo de siempre. Los perros, el desempleo, los ascensores, el aseo, la seguridad. Importantes todos. Pero cuando uno reclama por todo, no escuchan nada. Este año hay que hacer algo diferente. Hay que consensuar nuestro pedido. Y esto, mis amigos, se resume en 6 palabras. Ley Valparaíso. Ley Valparaíso. Ley Valparaíso.

No pierda ninguna oportunidad de exigirlo a gritos. Valparaíso, la única ciudad chilena que comparte categoría con Praga, Venecia, Cuzco, Budapest y Estambul, no puede cumplir con sus compromisos sociales, culturales y patrimoniales con las migajas que le llegan. No señor. Valparaíso exige un subsidio anual no menor a lo que recauda Viña por el casino, el Festival y las concesiones hoteleras. Son entre US$30 y 40 millones anuales. Sí señor.

Y no basta con exigirles un compromiso. Hay que mandar un mensaje: “Una vez instalados en el Patio de los Naranjos, nosotros, los porteños, les damos 7 meses. Si no hay proyecto de ley presentado al Congreso, tendrán 10 mil porteños —burreros, universitarios, abuelitos, madres, artistas, todos— acampados en la Plaza de la Constitución.