Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

domingo, 4 de abril de 2010

Tertulia frente a los raviolis

Jueves en la tarde en un concurrido supermercado porteño. Inicio mi travesía en la sección de frutas y verduras. Selecciono unos kiwis que pretendo desayunar el próximo día cuando me despierte en la playa. De repente capto, de reojo, una silueta de un hombre conocido descifrando meticulosamente las virtudes de una escarola: Don Andrés Cáceres, director del departamento de literatura en la Facultad de Humanidades de la UPLA. “¿Qué tal Todd? ¿Todo bien? Es bueno saber que no soy el único hombre encargado de los labores domésticas” bromea.


Un par de pasillos más adelante, busco una salsa pesto para preparar mi vinagreta favorita. Allí, frente a los aceitunas verdes, me saluda un caballero con su señora e hijo con camiseta del Wanderers. “Extrañamos su columna el domingo pasado”, me dice. “Mi señora, no”, le digo. Más adelante, me vuelvo a topar con don Andrés. Le pregunto cuantas veces más nos volveremos a saludar antes de llegar al pasillo de los panes y quesos.

En el pasillo de las pastas, me saluda otra señora, diminuta, poderosa. “Me llamo Laura”, se presenta. “¿Le puedo robar un par de minutos? No creo que tenga otra oportunidad de hacerlo.”

“Aproveche”, le digo.

“En la calle Pedro Montt laboran unos costureros antiguos—estos mismos que casi no quedan en ninguna parte—y se encuentran trabajando con una precariedad impresionante. El edificio donde trabajan estaba a punto de caer ya antes del terremoto. Así, ahora, imagínate. En cualquier momento se quedarán absolutamente abandonados a su suerte”.

Se me ocurre que Laura asume que tengo alguna injerencia sobre estos asuntos. Contemplo si vale la pena o no romper su ilusión: en mi casa nadie me pesca, ni siquiera mi gato.

Justo en estos momentos, pasa por delante de nosotros la directora regional de Sernatur. Después de los besos “a la chilena” en las mejillas correspondientes, la autoridad sigue adelante empujando su carro mientras Laura continua su tertulia frente a los raviolis como si nada pasara.

“En la calle Edwards hay un destartalado edificio,” me dice, “En el tercer piso tiene unos ángeles de mármol preciosos. Están absolutamente botados. Nadie hace nada.”

“Mi punto señor Temkin es lo siguiente: Ud. siempre escribe sobre lo bonito. Lo hace muy bien. Tengo varias columnas suyas recortadas. Pero creo que hace falta que Ud. escriba sobre algo malo de Valparaíso.”

Le prometí que escribiría algo feo tan pronto me fuera posible. Y me despedí, topándome una vez más con Andrés al lado de los vinos.

De hecho, hay cosas atroces en el Pancho, pensé, mientras me escondí, esperando que nadie me viera, en el pasillo de las papas fritas. Estuve allí para buscar mi nuevo vicio—una marca de nachos mexicanos que vienen con sabor a ají y limón verde. Me pilló “in fraganti” la directora de Sernatur.

Jueves en la tarde en un concurrido supermercado porteño. Mármoles y costureros. Kiwis y escarolas. Conversaciones de pasillo. Vivencias transcendentales.

4 comentarios:

nicole saavedra dijo...

Estimado Todd:
hoy como todos los domingos leemos sus comentarios, el de hoy domingo 4 de abril, también, yo también conozco al profesor Andrés Cáceres, académico de la Upla, me hizo clases de literatura, en su ramo tuve que leer varios libros.
Bueno eso es todo, y esperando sus amenas y entretenidas publicaciones sobre nuestro querido Valpo.
Se despide cordialmente,
Myriam

El Gringo dijo...

Myriam,

Efectivamente, Valparaíso es un dedal. De allí, nace gran parte de sus encantos. Saludos, TT

El Gringo dijo...

Recibido via twitter:

de DaniBriceno

@ToddTemkin A veces los actos más cotidianos se transforman en experiencias mágicas y/o sumamente enriquecedoras. Lindo artículo Todd!

El Gringo dijo...

Recibido via Twitter:

de seba_v

Buena columna, si a ti ni te pesca tu gato, imagínate al resto de los porteños.