Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

sábado, 31 de mayo de 2008

Carta a Michelle Bachelet














Estimada Presidenta:

Mirar el amanecer desde el Paseo Gervasoni da la sensación de un mundo perfecto. ¿Mirar Valparaíso con calculadora en la mano? Es sencillamente escalofriante.

Valparaíso, con sus miles de kilómetros de escaleras, callejones, calles y pasajes puede ser tan hermoso como Lisboa o Praga. Pero sumemos todos estos m2 de estructura vial y dividámoslos por la cantidad de habitantes. Ahora hagamos lo mismo con Valdivia, Talca o Concepción. ¿Cuál tiene el mayor costo de mantención por habitante?

Valparaíso, con sus casas de postal. Valparaíso, con sus paseos y miradores. Valparaíso, con sus edificios históricos y barrios patrimoniales. Calculemos la inversión que se requeriría para poner todo a punto.

Ahora, establecido que la nuestra es la ciudad que más inversión requiere, consideremos la capacidad recaudadora de nuestro municipio. Las Condes tiene 7 malls que pagan millones de dólares en patentes cada año. ¿La fiambrería Sethmacher? ¿El almacén La Pollita? ¿El Cinzano? ¿La panadería Guria? Pagan, pero no se compara y su aporte a la ciudad va por otro camino. Es posible que los ingresos por permisos de construcción en Lo Barnechea sumen más que el presupuesto total de la I. Municipalidad de Valparaíso. ¿Pero si nos llenan de edificios? Me muero. Además nos quitarían el título patrimonial. ¿Qué nos puede recomendar, Sra. Presidenta?

Sé que hay ciudades con limitaciones similares. Guanajuato, Puebla, Oaxaca. Verona, Florencia, Pisa, Venecia. Toledo, Santiago de Compostela. Pero sus países son federalistas y generan millones vía impuestos municipales.

¿Atenas? ¿Estambul? ¿Cartagena de Indias? Reciben subsidios estructurales permanentes.

En Chile, hasta Viña —que no tiene ninguna restricción ni inmobiliaria ni comercial ni patrimonial— es subsidiada por un casino. Iquique y Punta Arenas son zonas francas.

Sé que tanto Ud. como su antecesor han generado incentivos especiales vía MINVU, CORFO, SERCOTEC, FOSIS. Se agradece. De verdad. Pero Valparaíso —musa de Neruda, Darío, Whistler y Darwin—, la única ciudad chilena que pertenece al mismo listado que Budapest, Cuzco y San Petersburgo… requiere más.

Hoy, Valparaíso es una postal de Chile. ¿Se imagina Ud. la capacidad que tendría un Valparaíso 100% recuperado, de ser el gran embajador cultural del país? ¿Se imagina Ud. que Valparaíso podría demostrarle al mundo que el vertiginoso crecimiento nacional no ha sido a costa de su alma y de su cultura nacional?
Para lograr lo anterior, Sra. Presidenta, mi Valparaíso, SU Valparaíso, nuestro Valparaíso requiere un compromiso que sea estructural y permanente.

¿Por qué no traspasar el 49,9% de la propiedad de EPV al municipio? ¿O que nos den un porcentaje de los impuestos aduaneros por todo lo que ingrese por acá? ¿O que nos dejen dos puntitos del IVA que se recauda en Valparaíso para la preservación y promoción de la ciudad?

Cuando se quiere se puede. Sin otro particular, se despide atentamente, el gringo.

viernes, 16 de mayo de 2008

Crepúsculo en Tono Piel y Verde, Valparaíso


El Museo Tate Modern se alberga dentro de lo que era la generadora eléctrica más importante de Londres, una inmensa fábrica de ladrillos rojos con una chimenea de 10 pisos. Visto desde el otro lado del Támesis, parece sacado de una novela de Charles Dickens: su sombra oscureciendo las aguas del rio en la medida en que va creciendo la tarde. Como sede del Tate, el edificio es un fiel homenaje a la Era Industrial que vio nacer las numerosas obras maestras que allí descansan: Degas, Monet, Gauguin, Cezanne, Matisse, Kandinsky, Renoir, etc.

Es en este sorprendente espacio donde descubrimos otro desconocido capítulo sobre Valparaíso.

Aunque haya nacido en Massachusetts, existe debate sobre si el pintor más importante que ha producido EE.UU. era o no “americano”. James Whistler (1834-1903) rechazó el llamado al naturalismo americano pontificado por Whitman y Twain. Alcanzó a estudiar dos años en la Academia Militar de West Point, pero luego abandonó EE.UU. para irse a Europa, compartiendo su tiempo entre Londres, París y Glasgow. Allí, su creciente celebridad lo convertiría en uno de los artistas más cotizados de su época. Era conocido por su temperamento y sarcasmo. Una vez demandó a un crítico de arte por no haberle rendido homenaje. Durante una de sus famosas cenas en París, su amigo Oscar Wilde, encantado con un chiste de su anfitrión, habría dicho: “Ojalá yo hubiese dicho esto, James”. Whistler le habría contestado: “Lo harás, mi amigo; lo harás”.

Uno de los enigmas más curiosas para los expertos del Centro de Estudios Whistler de la Universidad de Glasgow ha sido explicar por qué este excéntrico artista, que no defendió a su propio país en la Guerra Civil, sí haya optado por subirse a un barco para defender a Chile —país con el cual no poseía ningún parentesco— contra el bombardeo español de 1866. Según el académico Nikolaus Pevsner, “la aventura de Whistler en Valparaíso debe entenderse dentro del mismo contexto en el que Degas viajó a Nueva Orleáns, Rousseau a México, Manet a Brasil y Gauguin a Tahití”.

Whistler recordó su decisión de viajar a Valparaíso así: “Londres estaba lleno de veteranos de guerra buscando aventuras. Allí apareció la noticia de una agresión española contra Chile y Perú. Mientras más se conversaba, más nos parecía que era correcto hacerlo. Todo se arregló durante una tarde”.

Una vez en Valparaíso, escribió: “Había una bahía en forma de herradura rodeada por hermosos cerros rocosos. Valparaíso estaba por un lado, los cerros por otro. En la entrada de la bahía estaba la flota española. Entre ella y la ciudad había barcos de EE.UU., Inglaterra, Francia y Rusia. En la madrugada los otros barcos zarparon a mar abierto, dejando a la armada española sola frente a la ciudad. Así empezó el bombardeo”.

Whistler pintó nueve cuadros durante sus seis meses en Valparaíso. Estos adornan los museos más importantes del mundo. El más importante, “Crepúsculo en Tono Piel y Verde, Valparaíso”, propiedad del Tate Modern, parece haber sido pintado desde el Paseo Gervasoni. Sobre la obra se ha escrito: “Los cuadros de Whistler en Valparaíso, con su predilección por el armonioso arreglo del color por encima del sujeto, pueden interpretarse como un puente que sirvió de inspiración para el incipiente movimiento impresionista”.

viernes, 9 de mayo de 2008

Baltimore, Barón, y Otros Demonios

En 2002, Fundación Valparaíso organizó un seminario: La Experiencia Baltimore. Asistió gran parte de la compleja fauna política, social y cultural del Puerto. El invitado, Paul Dombrowski, se explayó durante seis horas ante un auditorio repleto, explicando cómo se gestó la transformación del páramo industrial que era el borde costero de dicha ciudad, que terminó convertido en un complejo de paseos, explanadas, marinas, hoteles, parques, museos y restaurantes, más el Acuario Nacional de EE.UU. Hoy el “Baltimore Inner Harbor” recibe 20 millones de visitas anuales.

La presentación de Paul no defraudó y los asistentes aplaudieron a rabiar. Con distintos matices, todos concordaban: en el entorno del Muelle Barón se jugaría gran parte de la apuesta de nuestra ciudad. Mientras pasaban las diapositivas, crecía la euforia. Terminado el cóctel, me cayó encima un mar de felicitaciones.

Han pasado seis años y, hoy, el proyecto Puerto Barón (PB) tiene opositores por todos los flancos. ¿Lo más sorprendente? Buena cantidad de éstos son los mismos que me abrazaron en 2002. ¿Qué pasó? Nos guste o no, la respuesta revela mucho sobre nosotros y sobre el delicado ecosistema humano, intelectual y cultural que es Valparaíso.

En primer lugar, reconozcamos que la corriente anti-globalización ha ganado adeptos. Gran parte de la oposición cabe en esta categoría. En su versión más extrema esta ideología, convertida en religión, me provoca rechazo. Pero su contenido aplicado a Valparaíso —sobre todo aquello vinculado al valor de los negocios familiares y el patrimonio social— ha sido un verdadero aporte. Negar lo anterior es negar lo mejor que tenemos. Es menester que el Grupo Plaza tome esto en cuenta. Que ponga a su habilidoso equipo a trabajar en humanizar y hacer más verde PB. Los extremistas jamás se convencerán, pero da lo mismo. Se trata de tener el mejor proyecto posible.

En segundo lugar, ha crecido el escepticismo sobre el estilo de intervención que se hace en nuestra urbe universal. Nadie duda de que el Paseo Wheelwright es un aporte. ¿Pero sus terminaciones?, duras. Tan poco verde. Tanto hormigón. Una vez pasada la novedad, sencillamente no invita. Veo que las maquetas de PB ostentan enormes plazas de cemento. Entiendo por qué algunos no se emocionan.

Tercero: Más allá de los anti-globalización y los escépticos, hay otro grupo, entre los cuales me incluyo, que sencillamente soñaba con algo más osado: canales de agua, una isla, un museo o acuario de categoría internacional, una línea férrea subterránea.

¿Otro autogol? La palabra mall no ayuda. El aeropuerto de Santiago es una concesión pública con un fuerte componente comercial. Pero nadie lo llama mall y es un orgullo de muchos chilenos. Nunca antes se ha visto que a los bordes costeros de Baltimore, Génova, Barcelona o Ciudad del Cabo se les denomine mall.

Después de todo, discrepo de los furibundos que reclaman que PB será la muerte de la ciudad. Confío en el diálogo; confío en que el proyecto se puede mejorar. Pero los opositores deben entender que, aunque el giro comercial del Grupo Plaza sean grandes centros comerciales, esto no significa que sus ejecutivos sean seres humanos inferiores o incapaces de entender a Valparaíso. Demonizarlos sólo contribuye a la ruptura. Esto dañará el proyecto; esto dañará a Valparaíso.

jueves, 24 de abril de 2008

Carta a los Quijotes Porteños

Hace unos días me topé con un amigo que había sido pieza clave durante el proceso de postulación ante la UNESCO. Eran días de adrenalina para él. Hoy, se confesa agotado y, según sus propias palabras, “algo amargado”. No era necesario indagar más, pues, en sus ojos verde oscuros vi algo de mi propio rostro. Así, intenté seguir mi curso deambulando entre los lustrabotas de la Plaza Sotomayor, pero la imagen de mi alicaído amigo daba vueltas en mi cabeza. De repente, algo me despertó del letargo. Era una frase clásica del cine norteamericano, emitido por el personaje Robert “Boogie” Sheftell, interpretado por Mickey Rourke, en la película Diner (1982).

¿La frase? Si no tienes sueños, tienes pesadillas.

Han pasado 5 años desde la gran hazaña del Puerto y no sé en qué momento nos pasamos desde la euforia a la apatía total. Echo de menos los sueños locos. Extraño este momento histórico cuando nos sentíamos todos “con licencia para soñar.”

Así, en honor a mi amigo, dedico lo que sobra de esta columna a redactar una lista parcial de sueños para el Puerto. Puede que a uno le gusten o no. Esto no es importante. Que se inspire a poner lápiz sobre papel. Que vuelen los nuevos sueños por los cerros de la ciudad. Si no tienes sueños, tienes pesadillas.

Por mi parte, sueño con una ciudad sin el nudo barón, donde Errazurriz y la línea férrea estén en el subsuelo hasta la Avenida Francia. Colocaría allí un gran pulmón verde que integre el proyecto borde costero a la ciudad.

Sueño con un Cerro Concepción “100% peatonal”, alimentado por una línea de trole gratuita que circule permanentemente por el triángulo Almirante Montt/Urriola/Esmeralda.

Sueño con doce nuevas zonas típicas, una rodeando cada ascensor que quedó fuera del casco histórico.

Sueño con un instrumento que proteja nuestros negocios familiares, almacenes y emporios—unificando su poder de compra, acercándoles a créditos competitivos, y dándoles asesoría de primera categoría.

Sueño que nuestros empresarios inmobiliarios despierten un día convencido de que es más rentable construir a baja altura. Para convencerlos, crearía un subsidio de renovación urbana con subsidios espectaculares SOLO para edificios menores a cuatro pisos.

Sueño que el campus del Colegio Alemán en Cerro Concepción sea un centro cultural con galerías de arte, jardín de esculturas, conservatorio, y un renovado teatro que, por su parte, sea sede de una orquestra regional de categoría internacional.

Sueño que el Consejo de la Cultura licite los siguientes proyectos: una gran bienal de arte latinoamericano, un congreso internacional de poesía, y una bienal de arquitectura mundial. Todo en Valparaíso. Todo con una proyección no menor a 10 años. Todos capaces de copar nuestros hoteles, cafés, y restaurantes con artistas e intelectuales mundiales.

Sueño que el gobierno, consciente que el futuro de Valparaíso debe ser sin rascacielos, mande una señal potente: “volando” el edificio del gobierno regional para edificar un gran “barrio cívico a baja altura” en otra parte de la ciudad. A continuación, integraría las plazas Aníbal Pinto y Lord Cochrane, hundiendo la Calle Blanco entre Bellavista y Ross, para crear un segundo parque urbano en el corazón del casco histórico de la ciudad.

Y tú, mi quijote, dormido... ¿Cuáles son tus sueños por Valparaíso?

viernes, 18 de abril de 2008

Cuzco, Katmandú, Valparaíso

La pasión que tenemos los patrimonialistas por nuestra ciudad se ve superada solo por nuestra creciente capacidad de “agarrarnos del moño.” Da lo mismo el tema: Puerto Barón, los almacenes portuarios, el proyecto Niemeyer, el edificio Cousiño, las patentes de alcoholes... Un día te están abrazando en la calle, al próximo te están quemando como al Judas.

Son tantos los golpes que ya nos hemos olvidado que estamos de acuerdo en un montón de cosas. Por ejemplo, que Valparaíso emana un delicioso poder narcótico. O que el verdadero encanto del Puerto va más allá de algunos edificios. El problema, como ha dicho Agustín Squella, es que cada uno ama a SU Valparaíso. Le da lo mismo el Valparaíso del otro. ¿Nuestra mayor tragedia? Que tanta riña ofusque nuestro patrimonio más importante, el hecho de que nuestro Valparaíso, por razones que nadie parece poder explicar a plena satisfacción, posee una asombrosa y transcendente universalidad.

Mientras los activistas porteños se pelean a muerte, nuestras autoridades promueven la ciudad con una metodología que consta de lo siguiente. Primero, se encarga estudio. Segundo, se junta un grupo de líderes locales para tomar un cafecito y escuchar los resultados. Estos vienen en forma de un power point que demuestra los hábitos de consumo de los turistas gringos, recordándonos que somos bonitos porque tenemos un anfiteatro, cerros, casas de postal, troles, y ascensores.

Pero Valparaíso es más. Mucho más. Valparaíso es un verdadero fenómeno social y cultural. Para entender tal grado de universalidad, no basta con estudiar a los turistas que nos visitan por el fin de semana. Hay que estudiar a aquellos que dejan todo para vivir acá ¿Qué inspira a tantos nuevos inmigrantes a dejarlo todo para asentarse en nuestro puerto? Solo cuando seamos capaces de explicar lo anterior, habremos aprendido algo sobre la universalidad de Valparaíso.

Nuestros nuevos inmigrantes—siendo originarios de Milwaukee, Belfast, Bremen, Montpelier, Montreal, o Santiago—están aquí por algo. Están aquí porque Valparaíso, nuestro Valparaíso, les llena un vacío. Están aburridos de vivir en ciudades que cada vez más se parecen a Atlanta o Dallas. Se sienten sofocados habitando suburbios donde nadie conoce su nombre. Les colmó que cualquier trámite requiere subirse a un auto para manejar quince minutos hasta el mall más cercano.

En Valparaíso, han descubierto que sus vecinos tienen nombres como “La Pollita” o la inolvidable “Señora Leyla”. Se deleitan comprando pan batido en la Panadería Guria, haciendo la fila por un salame polaco en la fiambrería Sethmacher, o esperando mientras envuelven su cuarto de azúcar con dos huevos en el almacén “La Veleta”.

En los 60’ los buscadores del mundo llegaban a lugares como Katmandú. En los 80’ llegaron a Cuzco. Ahora, la misma búsqueda los lleva a Valparaíso. Vienen a Valparaíso a despertar de la pesadilla. Ya no quieren gastar una vida esforzada en llegar desde el punto A al punto B. Vienen a Valparaíso a despertar. Vienen a Valparaíso a gozar el camino.

Lo de Cuzco, Katmandú, y Valparaíso no tengo duda. Lo que si me preocupa es, si tras tanto puñetazo, estaremos aun despiertos para darnos cuenta.

jueves, 3 de abril de 2008

Me Moriré en Valparaíso

En París hay una pequeña plazuela con unas bancas y unos faroles. A un costado hay un colegio donde los jóvenes se escapan a mediodía para jugar a la pelota o pololear en la banca debajo del farol de fierro forjado. Parece una escena que se repite en centenares de plazas en la Ciudad Luz, pero algo aquí es diferente.

Detrás de la banca hay un rústico edificio del siglo 19, como mil otros en París, y en el segundo piso hay un departamento lúgubre como tantos otros. Solo que ésta es diferente. Ésta tenía un inquilino especial: el gran poeta Peruano, Cesar Vallejo.

¿Qué porcentaje de estos niños saben que Cesar Vallejo caminaba por allí, que escribía en esta banca? Sospecho que ninguno sabe siquiera quien era Cesar Vallejo. Pero para un poeta como yo, o para un Peruano, esta banca ES importante. Y este edificio. Y este farol.

Tanto los parisinos como los porteños somos custodios de un patrimonio que no pertenece a nosotros. Pertenece a toda la humanidad. A muchos chilenos puede que les interese saber que hay un café en Montmarte donde Vicente Huidobro hacia tertulia con George Braque, Max Ernst y Joan Miró. Que artista no sentiría escalofríos al pisar el taller donde Picasso concibió Les Demoiselles D’Avignon. Cuantos escritores visitan el bar donde Hemingway terminó Adiós a las Armas y Henry Miller empezó Trópico de Cáncer.

Pero las últimas tres veces que me ha tocado dictar charlas sobre Valparaíso EN VALPARAÍSO, hice un experimento y los resultados no fueron alentadores. A cada grupo les pregunté: Levante la mano el que sepa dónde vivió Rubén Darío en Valparaíso. Tres charlas. Más de 500 personas. Ni una. Levante la mano quien ha leído las impresiones de Valparaíso escritos en los diarios de vida de Charles Darwin. Nada. Levante la mano quien sabe donde se hundió el USS Essex. Cero.

John Whistler es el pintor más importante que ha producido Estados Unidos en su historia y su paso por Valparaíso dejó nueve cuadros que hoy día cuelgan en museos tan importantes como el Smithsonian, el Tate Modern de Londres, y el Hunterian de Glasgow. ¿Los porteños? Ni idea.

Pero esta columna se trata de mucho más que “los famosos” que pasaron por Valparaíso, pues el mismo embrujo que sedujo a tanto famoso sigue en el aire hoy día, aunque nosotros, puede que lo hemos dejado de percibir. No pasa ni un mes que no reciba algún correo de algún rincón exótico del mundo solicitando que les ayude a indagar información sobre las huellas de algún pariente que vivió, se enamoró, o murió en Valparaíso. Nosotros custodiamos todo esto. Custodiamos su melancolía y su soledad—del mismo modo en que los Parisinos custodian la banca donde alguien escribió:

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

miércoles, 26 de marzo de 2008

Recuperando la Mística Perdida

En 2003, entrevistado en vivo por una emisora capitalina, probé por vez primera mi “teoría de los tres quinquenios”. Va así:

La recuperación de las ciudades patrimoniales requiere un tiempo no menor a 15 años y los procesos suelen a dividirse en tres mini-ciclos de distintas características.

El primer ciclo, o, “el primer quinquenio”, es pura celebración, mística, y alegría. Aquí ciudadanos soñadores, heterogéneos por naturaleza, ponen sus diferencias a un lado para unirse a favor de un sueño común. Después, llegan los “segundos quinquenios” y estos suelen a ser terribles. Ya lograda la quijotesca hazaña de convertir una determinada ciudad en un proyecto país, entran los lobos, los políticos, y los talibanes. Abundan irreconciliables interpretaciones sobre lo que es y lo que no es patrimonio. El segundo quinquenio es de fracturación, y—porque no decirlo—destrucción de toda la buena onda establecida en el primero. Del éxtasis se pasa a un creciente aislamiento y desolación. Después, vendrá un tercer quinquenio: de reconciliación y recuperación de la mística perdida.

El primero quinquenio del Puerto era de 1998-2003. Sin suda que había antecedentes anteriores (la moda de pubs tipo Piedra Feliz, la campaña a favor del edificio Cousiño), pero no hubo consenso en la ciudad y Hernán Pinto recién se convenció en 1997-98.

Se trata de un primer quinquenio francamente histórica. Si antes imperaba en el puerto un marasmo de fatalismo insoportable, ahora se respiraba optimismo sin límites. Si, hace poco, un 95% de los chilenos veían en Valparaíso una ciudad pobre que evitaba camino a Viña, ahora reclamábamos porque venían demasiadas.
¡En cinco años éramos Patrimonio Cultural de la Humanidad, capital cultural del país!

Era tanto el jolgorio que pocos anticipaban la carnicería que vendría, todo precipitado por la sorpresiva caída del todopoderoso Hernán Pinto. Entra un nuevo alcalde con fama de serio, inteligente y transparente. Pero, a poco andar, sufriría la peor pesadilla de cada ser humano, conmocionando a todo un país. Su corazón hecho pedazos, tendría que emprender una dolorosa limpieza del municipio, mientras a su alrededor aparecerían todos los síntomas de una ciudad cuya buena onda ya entraba en un espiral destructivo de capa caída.

El proyecto Puerto Barón, ampliamente celebrado por años, de repente, sería enterrado por debajo de kilos de litigación hecho por los “defensores del patrimonio.” Otro proyecto que contemplaba hermosear el entorno de la Plaza de la Matriz encontraría una oposición tan furibunda que este mandaría expedientes a UNESCO, sembrando en un matutino santiaguino el fantasioso titular, “Valparaíso a Punto de Perder Título Patrimonial”.

Mientras, Don Aldo Cornejo, en su legítimo derecho de querer distinguir su liderazgo del anterior, sacó a lucir la desmalezadora, cortando contacto con quien, según él, olía al “periodo Pinto”. De a poco, empezó a cambiar el mapa de líderes locales.
Hoy, caminando por Valparaíso, me topo con gente cabizbaja, las mismas que, hace pocos, eran importantes líderes de opinión en la comunidad. Andan a la deriva, desilusionados, sus espíritus quebrados. La aplanadora les pasó por encima.

No pretendo echarle la culpa a nadie. Es 2008. El segundo quinquenio ya es historia. Vienen aires mejores. Es hora de volver a soñar. Pronto veremos un renovado esplendor en Valparaíso. Por ahora, ha llegado el momento de levantarse del suelo.

Es hora de recuperar la mística pérdida.

viernes, 21 de marzo de 2008

Valparaiso, Indiana

Quien dice: “Yo conozco todo lo que hay que saber sobre Valparaíso”, está mintiendo.

O, tal vez, se miente a sí mismo. ¿Quién sabe? Solo sé que nuestra ciudad es una fuente inagotable de sorpresas. Como lo que me pasó hace unas semanas, cuando me tocó el honor de recibir a una delegación de representantes de la pequeña Municipalidad de Valparaíso, venida desde Indiana, Estados Unidos, población 23.747.

Estaban de visita en Chile el alcalde suplente, el Presidente de la Cámara de Comercio, y sus señoras. Tras varios infructuosos intentos de contactarse con nuestro alcalde, optaron por bajar significativamente sus expectativas y se contactaron conmigo.

“Es que no sabe lo emocionante que es para nosotros estar aquí,” me dijeron. De repente se me ocurrió que estos caballeros tenían alguna fijación especial por poetas narigones, pero resulta que lo que realmente les tenía tan exaltados era estar en Valparaíso, Chile.

Es que la historia de SU Valparaíso es ni más ni menos que una anécdota más de la inmensa historial de nuestro Valparaíso. De estas anécdotas que tanto nos sobran que demasiadas veces ni las pescamos.

Resulta que durante la Guerra de 1812 entre Inglaterra y Estados Unidos, el capitán del U.S.S. Essex--orgullosa fragata bautizada, junto con su aún más famoso hermano, el U.S.S. Ironsides, en el astillero de Salem, Massachusetts en 1799—se llamaba David Porter. Una vez que estallo la Guerra, el Essex fue despachado a patrullar el Atlántico Sur. Durante 1813 ganó diez batallas. En 1814 cruzó el Cabo de Hornos, llegando a nuestro Valparaíso el 14 de febrero, donde fue sorprendido por dos buques ingleses, el HMS Phoebe y el Cherub.

Siendo Valparaíso un puerto neutral, el Essex fue impedido de zarpar ante el peligro que significaba el superior tamaño de sus contrapartes. De repente, la noche del 28 de marzo, el Capitán Porter, temiendo el arribo de más barcos ingleses, intentó escapar de noche a mar abierto. Dice la leyenda que, una vez pasado Punta de Ángeles, el Capitán Porter experimentó una averia que le obligo a volver a puerto. El Phoebe, viendo que Porter había llevado el barco más allá de las aguas neutrales, atacó. El Cherub apoyó y, tras una pelea de dos horas y media, la tripulación del Essex no tuvo opción más que abandonar el barco. Muriendo así 58 marinos estadounidenses en la bahía de Valparaíso.

Sé que algunos lectores—sospecho un 5%--conocen la historia del Essex en Valparaíso. Tal vez hasta un 0.1% han visitado el emotivo monumento a los caídos del Essex que se encuentra en el Cementerio de Disidentes. Pero apuesto que ni ellos sabían que el Capitán Porter, tras repatriarse a Estados Unidos, y tras comandar gloriosas campañas navales en el Caribe, durante el conflicto con México en 1823, jubiló, y, que, al jubilarse, fue reconocido con uno de los máximos honores de los cuales un país puede rendir a sus héroes: nombraron un pueblo en su honor, Portersville, Indiana.

Pero el otrora Capitán, ahora Comodoro jubilado, David Porter, nunca se sintió cómodo con el nombre de Portersville. ¿Por qué? ¿Quién sabe? Así, unos años antes de morir, entregó a las autoridades de Portersville una solicitud de cambiar el nombre del pueblo a otro que, para él, representaba la batalla más emblemática de toda su vida militar: Valparaíso.

Quien te dice, “Yo sé todo lo que hay que saber sobre Valparaíso”, te está mintiendo. O, tal vez, se miente a sí mismo. ¿Quién sabe?

lunes, 17 de marzo de 2008

El Gran Viaje Americano de Bob Dylan

Estuvo en Chile quien ha sido catalogado por la Revista Time como uno de los 100 personajes más importantes del siglo XX, junto con Einstein, Gandhi, King, Churchill, Picasso, Juan Pablo II. Quien reclama algo de hipérbole en lo anterior sencillamente no sabe. O puede que caiga en el error de reducir a Bob Dylan a cualquiera de los deprimentes clichés que le suelen colgar. “La Voz de los ’60.” “El Gran Poeta del Rock.” O el patético “Leyenda Viviente.”

Como uno de los fieles seguidores del “gran viaje americano de Bob Dylan”, sé que Dylan es más, más que el querubín de 19 años que compuso el sublime “Blowing in the Wind”. Más que el hombre que, a 25 años, se aburrió con la etiqueta de mesiás que le había colgado, optando por sepultarlo todo con el magistral “Like a Rolling Stone,” descrito por la revista del mismo nombre como “la canción de rock más perfecta de todos los tiempos.”

Dylan es y siempre ha sido el heredero natural de aquella América intuida por Allan Ginsberg, Jack Kerouac, Mark Twain, y Walt Whitman: la vida como arte; el camino como metáfora, y la divinidad del “working man”, luchando por el amor en un mundo que tambalea entre lo profano y lo absurdo. Es el héroe norteamericano interpretando en vida su particular versión “far west” del Quijote. Tales héroes nos recuerdan que cada uno puede—y debe--tocar las puertas del cielo mientras aun se encuentra en carne y hueso. LA VIDA DE DYLAN, más que las canciones de Dylan, nos ha enseñado que es posible ser un hombre mítico sin caer en la trampa de creerse el mito.

Ni Cervantes, ni Shakespeare, ni Twain, ni Whitman vivieron en los tiempos de internet. No leyeron sus propias biografías “no autorizadas”. No conocieron programas de farándula. No competieron con “noticieros” que hablaban de Britney Spears.

Son los “Modern Times” de los que canta Bob Dylan, un campo minado que a todos nos ha tocado vivir, y que él ha navegado durante una carrera de más de 40 años, con más de 400 canciones, soslayando cada trampa con humor y aplomo.

Y de repente, allí estaba el Hombre, parado frente a mí y a nueve mil otros en el Arena Santiago.

Sobre el escenario Dylan es taciturno. Cuesta que levante la cabeza para decir “hola” o “buenas noches.” Ya no le interesa ser ni gurú ni profeta. Durante años parecía que le incomodaba que el público gozara demasiado. Mientras más gritaban, él más se iba para adentro. Ahora, parece que está en paz. Cuando siente el público entrando en trance, emite una sonrisa y hasta baila un poco.

Tocó varios clásicos. Pero los tocó diferente. “Blowing in the Wind” sonó como un lento funk blues. Dulce. Delicioso. “Masters of War” tomó un aire de reggae y grunge. “Just Like a Woman” fue larga, tiernísima y juguetona. “Like a Rolling Stone” sonaba medio Nueva Orleans, eléctrica y extática.

Pero mi momento favorito, lejos, fue la hermosa “Workingman’s Blues #2”, balada del disco nuevo que suena a clásico instantáneo. He visto a Dylan tocar siete veces. Pero esta vez, yo entraba en un estado dulce y profundo. Se me ocurrió, “Estoy mirando a alguien que en 100 años, en 500 años, podría tener la misma relevancia que hoy día tiene Twain o Whitman”. Dylan, por supuesto, no se cree el cuento. Tenía una sonrisa de oreja a oreja. A lo mejor el también lo sabe. Un poco.

Bob Dylan's American Journey (English Version)

A guy just paid a visit whose name happens to be on the Time magazine list of the 100 most influential figures of the 20th century. There it is—alongside Einstein, Ghandi, King, Churchill, Picasso, and John Paul II. Anyone out there currently raising their eyebrows I beg you, read no further.

Then again, I can’t say I blame you. It is not easy to see beyond such pathetic clichés as “Voice of a Generation,” “Rock Poet,” or “Living legend. But Bob Dylan is more than these things just as he is more than the nineteen year-old ragamuffin who scribbled early versions of Blowing in the Wind on a coffee house napkin.

Dylan is and always has been the heir to an American tradition represented by the likes Allan Ginsberg, Jack Kerouac, Mark Twain, and Walt Whitman. Principle one: Life is art and the road is its metaphor. Principle two: the working man is a religious symbol representing our struggle for love in a world both absurd and insane. Dylan is our generation’s incarnation of the great North American saga. Quixote meets the far west. The moral? It is not only possible to “Knock on Heaven’s Door;” it is our obligation.

DYLAN’S LIFE, even more than his marvelous songs, reminds us we, too, can live a mythic life. But he has also gone the extra mile: demonstrating that we need to avoid the trap of believing our myth is the other person’s savior.

Neither Shakespeare, nor Cervantes, nor Twain, nor Whitman lived in the schadenfreude age. They had no internet bloggers to deal with, no unauthorized biographies, no celebrity journalism, and no 24/7 news coverage feeding them steady doses of Brittany Spears slash Paris Hilton slash O.J. Simpson.

If these are the Modern Times we live in, then Dylan’s music is the immunization.

And suddenly there He was, standing before me and nine thousand others in the Santiago Arena.

Dylan is a taciturn presence on stage. He rarely looks ahead. In two hours he may not say as much as hello or goodnight. He is simply no longer interested in being anybody’s guru.

Not so many years ago, Dylan seemed viscerally uncomfortable with the idea that his songs “meant something to people.” When his audience would slip into a trance, he would retreat inside of himself, becoming more distant and elusive. At 66, he seems increasingly at peace with his place in the universe. When the audience gets that blissful look on their face, he lets out a devilish smile and dances a two-step.

He played various classics Tuesday night, but, true to form, each had been completely rewritten. Blowing in the Wind was now a funk blues ballad, sweet and delicious. Masters of War took on an air of reggae and grunge. Just Like a Woman was long, tender, and playful. Like A Rolling Stone bounced with the ecstatic electricity of a New Orleans style rag.

But my favorite moment, by far, was the striking interpretation of Workingman’s Blues #2, a ballad off the new album universally acclaimed as an instant classic.

I have seen Dylan seven times. But this was one of those rare moments when I was completely in the present, sucking in the master craftsman “at work” before my eyes. I was pinching myself. I thought: “In hundreds of years people will talk about this man in the same light as Twain or Whitman. And I, little Todd Temkin, am watching him work.”

Dylan, of course, would have nothing of it. He rolled off the last lyrics of the song,

Now I'm down on my luck and I'm black and blue Gonna give you another chance I'm all alone and I'm expecting you To lead me off into a cheerful dance I got a brand new suit and a brand new wife I can live on rice and beans Some people never worked a day in their life Don't know what work even means

The hall was as still as 9,000 can be. This wasn’t another pathetic old rock star mindlessly belting off a song he had sung a zillion times. It was a real artist, at the height of his powers. We were in awe of what was playing out before us. Then, grinning from ear to ear, he raised his head from the keyboard and winked. Maybe he does know how great he is, after all? Maybe he doesn’t care? Maybe.