En 2002, Fundación Valparaíso organizó un seminario: La Experiencia Baltimore. Asistió gran parte de la compleja fauna política, social y cultural del Puerto. El invitado, Paul Dombrowski, se explayó durante seis horas ante un auditorio repleto, explicando cómo se gestó la transformación del páramo industrial que era el borde costero de dicha ciudad, que terminó convertido en un complejo de paseos, explanadas, marinas, hoteles, parques, museos y restaurantes, más el Acuario Nacional de EE.UU. Hoy el “Baltimore Inner Harbor” recibe 20 millones de visitas anuales.
La presentación de Paul no defraudó y los asistentes aplaudieron a rabiar. Con distintos matices, todos concordaban: en el entorno del Muelle Barón se jugaría gran parte de la apuesta de nuestra ciudad. Mientras pasaban las diapositivas, crecía la euforia. Terminado el cóctel, me cayó encima un mar de felicitaciones.
Han pasado seis años y, hoy, el proyecto Puerto Barón (PB) tiene opositores por todos los flancos. ¿Lo más sorprendente? Buena cantidad de éstos son los mismos que me abrazaron en 2002. ¿Qué pasó? Nos guste o no, la respuesta revela mucho sobre nosotros y sobre el delicado ecosistema humano, intelectual y cultural que es Valparaíso.
En primer lugar, reconozcamos que la corriente anti-globalización ha ganado adeptos. Gran parte de la oposición cabe en esta categoría. En su versión más extrema esta ideología, convertida en religión, me provoca rechazo. Pero su contenido aplicado a Valparaíso —sobre todo aquello vinculado al valor de los negocios familiares y el patrimonio social— ha sido un verdadero aporte. Negar lo anterior es negar lo mejor que tenemos. Es menester que el Grupo Plaza tome esto en cuenta. Que ponga a su habilidoso equipo a trabajar en humanizar y hacer más verde PB. Los extremistas jamás se convencerán, pero da lo mismo. Se trata de tener el mejor proyecto posible.
En segundo lugar, ha crecido el escepticismo sobre el estilo de intervención que se hace en nuestra urbe universal. Nadie duda de que el Paseo Wheelwright es un aporte. ¿Pero sus terminaciones?, duras. Tan poco verde. Tanto hormigón. Una vez pasada la novedad, sencillamente no invita. Veo que las maquetas de PB ostentan enormes plazas de cemento. Entiendo por qué algunos no se emocionan.
Tercero: Más allá de los anti-globalización y los escépticos, hay otro grupo, entre los cuales me incluyo, que sencillamente soñaba con algo más osado: canales de agua, una isla, un museo o acuario de categoría internacional, una línea férrea subterránea.
¿Otro autogol? La palabra mall no ayuda. El aeropuerto de Santiago es una concesión pública con un fuerte componente comercial. Pero nadie lo llama mall y es un orgullo de muchos chilenos. Nunca antes se ha visto que a los bordes costeros de Baltimore, Génova, Barcelona o Ciudad del Cabo se les denomine mall.
Después de todo, discrepo de los furibundos que reclaman que PB será la muerte de la ciudad. Confío en el diálogo; confío en que el proyecto se puede mejorar. Pero los opositores deben entender que, aunque el giro comercial del Grupo Plaza sean grandes centros comerciales, esto no significa que sus ejecutivos sean seres humanos inferiores o incapaces de entender a Valparaíso. Demonizarlos sólo contribuye a la ruptura. Esto dañará el proyecto; esto dañará a Valparaíso.
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viernes, 9 de mayo de 2008
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