Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

sábado, 2 de agosto de 2008

La vida, la libertad, la búsqueda de la felicidad

Partimos nuestra columna sobre Valparaíso hablando de la Universidad de Middlebury.

Imaginen un pueblo universitario fundado en 1800 entre los faldeos de la Cordillera Verde de Vermont. Ambientada con una arquitectura inglesa ad hoc, matizada por enredaderas verdes.

Agreguen cafés, delicatesen, teatros y galerías de arte. Una ferretería familiar de cinco generaciones al lado de una sala de meditación zen. Una calle principal rodeada por olmos, maples y robles. Bucólicos pueblerinos acostumbrados a convivir con filósofos, artistas y académicos de categoría mundial. Un alumnado que abarca todos los continentes y colores.
Imaginen que cada verano este pueblo recibe la conferencia de escritores más importante del mundo. ¿Esa señora comprando tomates? Toni Morrison. ¿Los caballeros con las manzanas verdes? Phillip Roth y Mario Vargas Llosa.

Bienvenido a Middlebury.

Ahora viene lo asombroso. Los alumnos de este idílico lugar están soñando con Valparaíso.

Y mucho, sí. Me tocó el jueves acompañar, por tercera vez, a un grupo de 23 de estos jóvenes por los recovecos de los pasajes Gálvez, Apolo, Fischer y Pastor Schmidt. Conversamos sobre William Wheelwright y la Pacific Steam Navigation Company. Sobre la burra lechera. Sobre las peripecias de Harrison y Schiavon y su viaje desde Trieste a Valparaíso. Sobre las anécdotas detrás de la construcción de la iglesia de St. Paul y sus 14 asientos. Sobre David Trumbull, el USS Essex y el Cementerio de Disidentes. Sobre el papel que jugó Valparaíso en promover la libertad de culto.

Estaban maravillados. Nadie reclamó ni el aseo ni el evidente abandono de ciertos lugares ni los desperdicios caninos.

Lo anterior me confirmó, por enésima vez, que el principal problema de Valparaíso no es ni el desaseo ni los perros callejeros ni el estado del Palacio Baburrizza ni el proyecto Niemeyer ni Puerto Barón ni las patentes de alcoholes.

Es la infelicidad. Este es el gran personaje escondido. No tiene color político ni pertenece a una banda u otra. Es ubicuo. Aparece y reaparece, desde las sesiones del Concejo Municipal “con huevos” hasta nuestros soliloquios más íntimos y bizantinos.

Promover a Valparaíso debe ser fácil. Quedan pocas ciudades en el mundo tan auténticas, tan interesantes. Tan capaces de inspirar la inflexión. Sólo en Valparaíso podemos sentir un contacto tan profundo con la cotidianidad que lo humano —inducido por nuestro potente cóctel de mar, laberintos, rincones, y neblinas— transciende en una experiencia con lo divino.

Para promover a Valparaíso basta con irradiar el regalo que sentimos cada día viviendo en ella.

Basta con eso. ¿Y si no te sientes capaz? Te apoyamos. Escápate a unas termas con una buena antología de Ranier Maria Rilke: “Aquí no hay ningún lugar que no te mire. Hay que cambiar tu vida.” Pero dejemos a Valparaíso fuera.

Es que Thomas Jefferson tenía razón. No se puede legislar sobre la felicidad. Pero mucho más difícil es legislar bien sin ella.

domingo, 20 de julio de 2008

Otro dia en Valparaíso, mi ciudad

El martes, me encontraba en el Emporio “La Bodega Valparaíso” de la Calle Chacabuco. Había acudido al lugar para comprarle comida a Mischa, mi gatito siamés regalón, pero me distrajo el espectáculo de texturas y olores a mí alrededor: sacos de hongos secos, té en hoja, gigantescos palitos de canela, ciruelas, lentejas verdes, pasas rubias, huesillos, ají de color. A mi lado, una Señora discutía los méritos de unos porotos granados con un caballero en delantal. Con su mano izquierda, el señor exponía entre sus dedos las virtudes de dichas legumbres. Su brazo derecho estaba enterrado hasta el codo en avena tostada.

Otro día en Valparaíso. Mi ciudad.

Muchas veces me he preguntado que habría sido de mi vida si el destino no me hubiera conducido hasta este lugar. Probablemente estaría pasando mis tardes tomando café latte en un sucursal de la cadena Starbucks, un cómodo Profesor de Poesía anidado en algún bucólico pueblo universitario gringo, tipo Vermont o Massachusetts. Me veo revisando los versos de alumnos seudo-atormentados, dibujando los márgenes con tinta roja, entre sorbeteos: “mostrar, no contar”; o “te estás escondiendo detrás de tanta abstracción”, “toma un riesgo, por favor”. Pero la vida me salvó y me trajo hasta “La Bodega”.

Mucho se ha hablado sobre un verso de Gonzalo Rojas con respecto al Puerto. “No basta con amar a Valparaíso, hay que merecerlo.” Pero yo me quedo con dos versos de Ranier María Rilke.

El primero es de “El Hombre que Nos Mira”:

Luchamos con algo tan pequeño.
Lo que lucha con nosotros es tan grande.

Quien no entiende lo anterior puede que hable bien de Valparaíso, pero apuesto a que no está comprando sus porotos en “La Bodega Valparaíso.” Es que la ciudad es más grande que tú o yo. En un mundo que pasa a mil por hora, Valparaíso nos aterriza. Basta una “empanada famosa” o el olor emanando de los hornos de la Panadería Guria cualquier viernes en la tarde.

Puede que Viña encante, pero Valparaíso despierta.

El futuro de Valparaíso no se va a definir por que haya o no una obra de Oscar Niemeyer en la vieja cárcel. Este puede que alimente nuestro insaciable apetito por discusiones bizantinas. Pero, una vez entregada, será un tópico. Una invitación a conversar. No creo que afecte tanto el quehacer de la bodega. Señora Lorena y Don Sergio. Discutiendo sin rencor los méritos de unos porotos granados. Eso es lo que me trajo desde EE.UU.

Así, señores y autoridades, les ofrezco una idea fuerza para promover nuestra ciudad: Valparaíso. Ven a despertar.

Lo cual me trae al segundo verso de Rilke, este de “Tronco Arcaico de Apolo”: “Aquí, no hay ningún lugar que no te mira. Hay que cambiar tu vida.”

Es que hoy es otro día en Valparaíso. Mi ciudad.

viernes, 11 de julio de 2008

Las Tres Preguntas

En los diez años de la Fundación Valparaíso he concedido innumerables entrevistas, principalmente sobre nuestra ciudad. Curiosamente, cuando de medios nacionales se trata, las primeras tres preguntas son siempre las mismas: ¿Por qué tenía que ser un gringo el creador de la Fundación Valparaíso? ¿Tienes alguna relación con Tompkins?, y ¿Vives en Valparaíso?

La primera pregunta pareciera inocente, pero no lo es. De un pincelazo, el periodista está lanzando a la mesa una hipótesis basada en un cliché. Este dice que los chilenos no saben valorar lo que tienen y que aunque lo hicieran nadie los tomaría en cuenta porque son chilenos. Subyace bajo esta pregunta una trampa sutil: El periodista quiere saber si estoy frustrado con el medio. ¿Aprovecharé la entrevista para lavar ropa sucia?

Chile, como cualquier otro país, tiene gente brillante y otra no tanto. Con Valparaíso tuve la suerte de estar en el lugar correcto en el momento correcto. Punto. Tenía la pasión y la formación para hacerlo. ¿Hay chilenos que podrían haber hecho lo mismo? Sí.

Segunda pregunta.

Lo de Tompkins, independiente de lo que uno piense de él, es una pregunta abiertamente malintencionada. Cinco años en la universidad bastan y sobran para saber que apellidos parecidos no indican parentesco. Matta no es Matte. Pero el periodista está lanzando un anzuelo. Quiere inducir alguna declaración incendiaria, a favor o en contra, y quiere ver si hay algún gato encerrado. A lo menos quiere saber cuántas veces me han hecho la misma pregunta (muchas), y sugiere que lo anterior confirma su propia tesis sobre la "incultura de sus compatriotas".

Inevitablemente, aprovecho la oportunidad para contar mi experiencia de haber sido huésped de Douglas durante tres días a las orillas del fiordo Reñihué del Parque Pumalín. Lo visto retrata a un personaje de película, uno que inspira amor y odio, alguien que no cabe dentro de estereotipos fáciles. Douglas es complejo, fascinante. Lleno de matices.

Compartimos la pasión por Bob Dylan, pero nos enganchamos discutiendo el significado del arte. ¿Raya para la suma? Lo admiro. Pero me da susto su fundamentalismo ideológico.

Tercera pregunta: ¿Vives en Valparaíso?

Esta pregunta revela el cinismo que aún existe en el medio con respeto a nuestra ciudad. ¿Es posible que "el gringo de la Fundación Valparaíso", en realidad, viva en Viña del Mar?

Detrás de ésta y las demás preguntas se esconde algo más profundo. Lo que realmente quieren saber es: ¿Soy héroe o impostor? ¿Soy el típico idealista gringo que llega como oveja y termina siendo devorado por los lobos? O ¿Soy un yanqui imperialista escondido en un Caballo de Troya?
Así, no les doy en el gusto. Por supuesto que vivo en Valparaíso. Feliz, compadre. Feliz. Con esto, el periodista, inevitablemente, deja escapar una mueca de aprobación y asombro.

He aprobado el examen de las tres preguntas. Ahora empiece la entrevista de verdad. Ahora hablemos de Valparaíso.

domingo, 6 de julio de 2008

Tipo Valparaíso, Tipo Abu Dabi









A lo largo, las grandes urbes tienden hacia una de dos realidades: Las "tipo Abu Dabi" y las "tipo Valparaíso".

Las primeras tienen plata y las segundas tienen alma. Las que tienen plata quieren alma, y las que tienen alma quieren plata. Las ciudades que saben lo que son, emprenden vuelo. Las que tratan de transformarse en algo que no son y se encuentran atrapadas en una pesadilla sinfin. Luchar contra su propia naturaleza es caer bajo el peso de la gravedad. Es una Labor de Sísifo.

Los Abu Dabi carecen de autenticidad, pero no les molesta. Se quitan la pena levantando el edificio más alto o el mall más grande. Santiago es un Abu Dabi latinoamericano y—ojo—eso no es malo. Es lo que es. En su máxima expresión, estas ciudades son capaces de transformar un desierto en oasis. Fabrican islas en el mar. ¿Quieres construir una cancha de esquí bajo techo? Permiso concedido.

Compran cada Da Vinci, Goya, Picasso, o Van Gogh que aparece en el mercado. Después, los exhiben en edificios diseñados por Frank Gehry, Santiago Calatrava, Rem Koolhaas o Daniel Libeskind. Vale la pena visitar una ciudad tipo Abu Dabi.

Pero nuestro karma es administrar una ciudad tipo Valparaíso. Estas tienen carácter. Tienen alma. Tienen personajes como la Sra. Ximena, que tiene 93 años y aunque sus hijos llevan años tratando de llevarla a Viña, insiste, "No mi h’ijita. Moriré en Valparaíso."Están llenas de filósofos, escritores, arquitectos, y pintores—la mayoría de estos frustrados—que se juntan en boliches y trasnochan fusilando a las autoridades de turno. Cada uno tiene teoría propia sobre la génesis del "embrujo" que produce su ciudad. Son ciudades vivas.

Y están llenas de cachos. Cuando tratas de resolver un problema en una ciudad tipo Valparaíso, inevitablemente desencadenas treinta problemas más.

Mi teoría es que las ciudades tipo Valparaíso nacieron—casi en su totalidad—mal concebidas. ¿A quién se le ocurrió fundar Venecia en una laguna? No fue muy inteligente. Luchar durante siglos para defender semejante tontera… Eso si es carácter. Eso es arte. Y, en el caso nuestro, ¿Por qué hacer un puerto en una bahía desprotegida, donde, más encima no hay espacio de crecer, y—peoraún—para llevar la carga al capital hay que subir tres cuestas en carreta?

Las nuestras son ciudades testarudas. Nuestra alma, nuestro carácter, nace de nuestra lucha contra nuestra propia tontera. Encanto nacido del esfuerzo. Lo anterior explica porque, tarde o temprano, todo emprendedor porteño termina identificándose con Sísifo, el rey que se creó un Dios. ¿Su castigo? Empujar una roca hacia la cumbre de un cerro. ¿El problema? Los dioses hancalculado el peso de la roca para que esta caiga, justo, cuando el pobre cree haber llegado a la meta.

Lo más asombroso es que puede que—en 200 años más—las Abu Dabi terminen siendociudades tipo Valparaíso. Nacieron insultando a los Dioses. ¿Un oasis en el desierto? Es la misma tontera de nuestros ancestros porteños, quienes pensaron edificar una virtual "ciudadela europea" en el inhóspito pacífico sur.

sábado, 28 de junio de 2008

San Telmo, Dulwich Hill, Gaudí, Polanco


"Celebraríamos nuestro próximo aniversario habiendo decentralizado el proceso de soñar la ciudad."








Quien visita la ciudad de Gardel menciona “Buenos Aires” solo al momento de comprar el pasaje. Al aterrizar, es San Telmo, La Boca, Palermo, Recoleta. Llegar a San Francisco es visitar Haight Ashbury, The Mission, Chinatown o Fisherman’s Wharf. En Manhattan está de moda ir al Meatpackers District. Las mejores galerías están en Soho o Greenwich Village. Después, se come en Little Italy.

El futuro de Valparaíso está en sus barrios.

Valparaíso cumple 5 años codeándose con el Cuzco, Estambul, Praga y Venecia. Hay logros, por cierto. Llegan inmigrantes nuevos de los cinco continentes. El turismo crece a dos dígitos. Algunos barrios lucen pintados. Cada día aparece un nuevo hotel, café o restaurante. Reconozcámoslo: la inversión privada ha cumplido.

Pero los ciudadanos reclaman su espacio. Líderes de peso denuncian el ninguneo. En Cerro Concepción, la falta de un Plan Maestro tiene a todos amotinados. ¿Lo bueno? La mística de Valparaíso sigue creciendo en el mundo. ¿Lo malo? Crece la frustración. Se ha esfumado la exuberancia.

El futuro de Valparaíso está en sus barrios.

Así, en este quinto aniversario desde la declaración en París, propongo algo diferente. Un renacer desde adentro hacia afuera. Un proyecto de ciudad a partir de nuestros vecindarios.
Podríamos partir escogiendo diez. ¿Sabía Ud. que Polanco fue el Cerro de los italianos? ¿Qué los británicos llamaban el Alegre “Pleasant Hill”? ¿Concepción? Obvio. La Matriz. Claro. ¿Un Museo a Cielo Abierto que se extiende desde la Plaza de los Sueños hasta La Sebastiana? Aprobado. Artillería. “La República Independiente”. El Puerto. ¿Por qué no un par de comodines? Esperanza, Barón, O´Higgins, Lecheros o Santa Elena.

Escogidos los barrios, firmaríamos convenio con diez Facultades de Arquitectura nacionales. Luego, un sorteo. ¿La UCV ganó Cerro Polanco? Bien. ¿La Chile en Playa Ancha? Perfecto. Ahora, durante un año, alumnos y profesores trabajarían codo a codo en talleres con residentes, artistas y empresarios vecinales. Estudiarían casos internacionales: En Barcelona hay un barrio cuyo eje nace a partir de un arquitecto, “El Gaudí”. ¿Por qué no un cerro de las flores? En Sydney esta “Dulwich Hill”, un barrio que renació a partir de sus panaderías artesanales.

Los alumnos se dividirían en grupos, culminando con una docena de propuestas de Plan Maestro para cada barrio. Los mismos vecinos escogerían un ganador asesorado por los profesores. Un año después, tendríamos 10 Planes Maestro para 10 barrios porteños.

El GORE, IMV, CORFO y MINVIU inventarían un paquete de incentivos para los 5 mejores proyectos. Sería una tarjeta de presentación para universidades y la “competencia sana” sería… interesante. ¿La cobertura nacional? Espectacular.

No es panacea. No va a resolver de un brochazo ni los perros callejeros o la inseguridad. Pero celebraríamos nuestro próximo aniversario habiendo descentralizado el proceso de soñar la ciudad. Y tal vez con un puñado de barrios convertidos en hitos internacionales.

sábado, 21 de junio de 2008

Arthur P. Ziegler





Los innumerables cerros de Pittsburgh no fueron esculpidos por acción del mar, sino por los meandros de tres hermosos efluentes —los ríos Monongahella, Allegheny y Ohio. Por sus aguas pasó gran parte del acero mundial, despachado por las fundiciones gigantescas de Bethlehem, Republic y US Steel. Entre las familias más poderosas de la historia hay varios de Pittsburgh: los Carnegie, Mellon, Frick, Heinz, Westinghouse. La ciudad poseía el ingreso per cápita más alto de EE.UU. Contaba con 12 funiculares. Más que San Francisco, Pittsburgh es la ciudad gringa más parecida a Valparaíso.

Todo bien hasta que se agotó el mineral. Ahí, Pittsburgh entró en decadencia. Tras décadas de abandono, la otrora capital del hierro parecía una ciudad fantasma. Perdió 10 de sus 12 ascensores. Sus bordes fluviales eran páramos industriales.

Entra Arthur P. Ziegler. Durante los ’60, este veinteañero se inició como activista empeñado en salvar los barrios históricos. Fundó la Pittsburgh Historical Landmarks Foundation (PHLF), la primera de su género en USA. ¿Su primera jugada? Convencer a un filántropo a donarle el dinero necesario para adquirir una estación de ferrocarriles abandonada, la Lake Erie Railroad. PHLF la convertiría en un centro cultural con oficinas y, luego, un hotel. Era el primer proyecto de su género en EE.UU. Sin saberlo, el joven Arthur había inventado el preservacionismo estadounidense.


Hoy, 40 años después, PHLF ha recuperado gran parte de los bordes fluviales. Ha reciclado tesoros industriales. Además, innovó el proyecto “Ciudad de Vecindarios”, para fortalecer la identidad de 58 comunidades dentro de un Pittsburgh que, hoy, luce absolutamente transformado.

En varios casos, los alcaldes ponían los terrenos y PHLF buscaba los inversionistas. Tanto la ciudad como la fundación quedaban con una porción accionaria. PHLF definió los criterios de reciclaje patrimonial, aunque, al inicio, el concepto apenas existía. Hoy no solamente ha renacido Pittsburgh, sino que ha patrimonializado la institución. PHLF no depende de la política contingente. Emprende agenda cultural propia. Es una incubadora, una editorial, un referente para la recuperación del patrimonio urbano e industrial.

Don Arthur ha sido condecorado por reyes y presidentes; toda una eminencia que tuve el honor de conocer en 2005, cuando el PHLF me invitó a dictar una conferencia, “Valparaíso y sus Ascensores”, en el Museo Carnegie Mellon.

A sus 71 años sigue siendo un genio loco. Cuando entré a su oficina apenas levantó su cabeza, pues arreglaba los detalles de un proyecto que iluminaría 36 puentes de acero que cruzan los 3 ríos que definen la ciudad.

Tras mi conferencia y el cóctel partimos a una cena privada. Allí le pregunté: “Arthur, llevo apenas 7 años en esto, y tanto la burocracia como el chaqueteo ya me tienen agotado. No sé si doy más. Ud. lleva 40 años y sigue como nunca. ¿Cómo?” Me dijo: “Tengo una filosofía urbana definida y siempre he sido fiel a ella. No cambies tu filosofía. Hay políticos buenos y malos. Nunca cambies tus principios por complacer a quien esté de turno. Sé fiel a tu proyecto. Si es bueno, estarás de pie cuando los demás se hayan ido.”

domingo, 15 de junio de 2008

Todo Pasa y Todo Queda


Una de mis primeras gestiones al mando de la Fundación Valparaíso fue visitar a Jaime Migone y Antonino Pirrozi. ¿No sabes quiénes son? No te preocupes. Tampoco lo saben la mayoría de nuestras autoridades, historiadores y activistas patrimoniales. Hace 10 años que no reciben siquiera una tarjeta de navidad desde Valparaíso. Una pena. Si no fuera por ellos, puede que ni siquiera seamos patrimonio de la humanidad.

Corría 1994 y Valparaíso pasaba por un trance de fatalismo total. San Antonio nos superaba por primera vez en tonelaje. El desempleo alcanzaba dos dígitos. Una generación de jóvenes profesionales abandonaba la ciudad en busca de mayores oportunidades en otra parte.

La palabra patrimonio aun no cruzaba los labios de nuestras máximas autoridades, pero en la oficina de dos arquitectos italo-chilenos sigilosamente se gestaba uno de las hazañas más geniales de nuestra historia cultural. Jaime y Antonino, titulado en patrimonio en el país del Dante, habían estado en conversaciones con la fundación World Monuments Fund en Nueva York.

El WMF publica cada dos años el World Monuments Watch, documentando los “100 Tesoros Mundiales en Mayor Peligro de Desaparecer”. Es un verdadero Premio Nobel del patrimonio. Un referente mundial. Una punta de lanza para postulaciones ante la UNESCO.

¿Qué cocinaban Antonio y Jaime? Incluir a los ascensores de Valparaíso en el listado WMW de 1996. Cuando el hito se consagró fue recibido por los medios locales con asombro y curiosidad. Era Gabriela Mistral otra vez ganando el Premio Nobel sin haber recibido el Premio Nacional. ¿Los ascensores de Valparaíso uno de los 100 tesoros más importantes del mundo? En Chile apenas les prestaban atención.

El premio otorgaba aproximadamente US $40 mil dólares para un estudio sobre la historia de nuestros funiculares, los factores que los amenazaban, y una tesis de desarrollo sustentable. Sabiendo que los activistas porteños tenían fama de xenófobos, Jaime y Antonino armaron un equipo de académicos 100% locales. Más importante aún, produjeron un espléndido compendio de más de 200 páginas sobre cada uno de nuestros ascensores y muchos que ya se nos fueron. ¿Quiere saber sobre el abandonado Ascensor El Litre? ¿Qué pasó con lo del Cerro Santo Domingo? Está todo allí. Un verdadero tesoro. Una de mis primeras biblias sobre el patrimonio local.

Así fue que Jaime y Antonino me recibieron en su taller, ubicado en una de las pocas casonas que se salvaba en la zona oriente de Santiago. Sobre té y galletas, me contaron sus experiencias y les conté mis sueños para Valparaíso. Nos hicimos amigos de inmediato.

Al final de la visita, Jaime me ofreció el siguiente consejo: “Cuando ganamos el WMF teníamos un poco de plata. Los porteños nos querían y las puertas estaban abiertas. Pero una vez gastada la plata nuestro teléfono sencillamente dejó de sonar. Nadie nos invitó a participar en nada. No queremos que te pase lo mismo.”

Han pasado 16 años desde la hazaña y hoy Valparaíso tiene más ascensores “en panne” que en cualquier momento de su historia. Un triste legado de una ciudad que, al parecer, no sabe cuidar a sus héroes.

sábado, 31 de mayo de 2008

Carta a Michelle Bachelet














Estimada Presidenta:

Mirar el amanecer desde el Paseo Gervasoni da la sensación de un mundo perfecto. ¿Mirar Valparaíso con calculadora en la mano? Es sencillamente escalofriante.

Valparaíso, con sus miles de kilómetros de escaleras, callejones, calles y pasajes puede ser tan hermoso como Lisboa o Praga. Pero sumemos todos estos m2 de estructura vial y dividámoslos por la cantidad de habitantes. Ahora hagamos lo mismo con Valdivia, Talca o Concepción. ¿Cuál tiene el mayor costo de mantención por habitante?

Valparaíso, con sus casas de postal. Valparaíso, con sus paseos y miradores. Valparaíso, con sus edificios históricos y barrios patrimoniales. Calculemos la inversión que se requeriría para poner todo a punto.

Ahora, establecido que la nuestra es la ciudad que más inversión requiere, consideremos la capacidad recaudadora de nuestro municipio. Las Condes tiene 7 malls que pagan millones de dólares en patentes cada año. ¿La fiambrería Sethmacher? ¿El almacén La Pollita? ¿El Cinzano? ¿La panadería Guria? Pagan, pero no se compara y su aporte a la ciudad va por otro camino. Es posible que los ingresos por permisos de construcción en Lo Barnechea sumen más que el presupuesto total de la I. Municipalidad de Valparaíso. ¿Pero si nos llenan de edificios? Me muero. Además nos quitarían el título patrimonial. ¿Qué nos puede recomendar, Sra. Presidenta?

Sé que hay ciudades con limitaciones similares. Guanajuato, Puebla, Oaxaca. Verona, Florencia, Pisa, Venecia. Toledo, Santiago de Compostela. Pero sus países son federalistas y generan millones vía impuestos municipales.

¿Atenas? ¿Estambul? ¿Cartagena de Indias? Reciben subsidios estructurales permanentes.

En Chile, hasta Viña —que no tiene ninguna restricción ni inmobiliaria ni comercial ni patrimonial— es subsidiada por un casino. Iquique y Punta Arenas son zonas francas.

Sé que tanto Ud. como su antecesor han generado incentivos especiales vía MINVU, CORFO, SERCOTEC, FOSIS. Se agradece. De verdad. Pero Valparaíso —musa de Neruda, Darío, Whistler y Darwin—, la única ciudad chilena que pertenece al mismo listado que Budapest, Cuzco y San Petersburgo… requiere más.

Hoy, Valparaíso es una postal de Chile. ¿Se imagina Ud. la capacidad que tendría un Valparaíso 100% recuperado, de ser el gran embajador cultural del país? ¿Se imagina Ud. que Valparaíso podría demostrarle al mundo que el vertiginoso crecimiento nacional no ha sido a costa de su alma y de su cultura nacional?
Para lograr lo anterior, Sra. Presidenta, mi Valparaíso, SU Valparaíso, nuestro Valparaíso requiere un compromiso que sea estructural y permanente.

¿Por qué no traspasar el 49,9% de la propiedad de EPV al municipio? ¿O que nos den un porcentaje de los impuestos aduaneros por todo lo que ingrese por acá? ¿O que nos dejen dos puntitos del IVA que se recauda en Valparaíso para la preservación y promoción de la ciudad?

Cuando se quiere se puede. Sin otro particular, se despide atentamente, el gringo.

viernes, 16 de mayo de 2008

Crepúsculo en Tono Piel y Verde, Valparaíso


El Museo Tate Modern se alberga dentro de lo que era la generadora eléctrica más importante de Londres, una inmensa fábrica de ladrillos rojos con una chimenea de 10 pisos. Visto desde el otro lado del Támesis, parece sacado de una novela de Charles Dickens: su sombra oscureciendo las aguas del rio en la medida en que va creciendo la tarde. Como sede del Tate, el edificio es un fiel homenaje a la Era Industrial que vio nacer las numerosas obras maestras que allí descansan: Degas, Monet, Gauguin, Cezanne, Matisse, Kandinsky, Renoir, etc.

Es en este sorprendente espacio donde descubrimos otro desconocido capítulo sobre Valparaíso.

Aunque haya nacido en Massachusetts, existe debate sobre si el pintor más importante que ha producido EE.UU. era o no “americano”. James Whistler (1834-1903) rechazó el llamado al naturalismo americano pontificado por Whitman y Twain. Alcanzó a estudiar dos años en la Academia Militar de West Point, pero luego abandonó EE.UU. para irse a Europa, compartiendo su tiempo entre Londres, París y Glasgow. Allí, su creciente celebridad lo convertiría en uno de los artistas más cotizados de su época. Era conocido por su temperamento y sarcasmo. Una vez demandó a un crítico de arte por no haberle rendido homenaje. Durante una de sus famosas cenas en París, su amigo Oscar Wilde, encantado con un chiste de su anfitrión, habría dicho: “Ojalá yo hubiese dicho esto, James”. Whistler le habría contestado: “Lo harás, mi amigo; lo harás”.

Uno de los enigmas más curiosas para los expertos del Centro de Estudios Whistler de la Universidad de Glasgow ha sido explicar por qué este excéntrico artista, que no defendió a su propio país en la Guerra Civil, sí haya optado por subirse a un barco para defender a Chile —país con el cual no poseía ningún parentesco— contra el bombardeo español de 1866. Según el académico Nikolaus Pevsner, “la aventura de Whistler en Valparaíso debe entenderse dentro del mismo contexto en el que Degas viajó a Nueva Orleáns, Rousseau a México, Manet a Brasil y Gauguin a Tahití”.

Whistler recordó su decisión de viajar a Valparaíso así: “Londres estaba lleno de veteranos de guerra buscando aventuras. Allí apareció la noticia de una agresión española contra Chile y Perú. Mientras más se conversaba, más nos parecía que era correcto hacerlo. Todo se arregló durante una tarde”.

Una vez en Valparaíso, escribió: “Había una bahía en forma de herradura rodeada por hermosos cerros rocosos. Valparaíso estaba por un lado, los cerros por otro. En la entrada de la bahía estaba la flota española. Entre ella y la ciudad había barcos de EE.UU., Inglaterra, Francia y Rusia. En la madrugada los otros barcos zarparon a mar abierto, dejando a la armada española sola frente a la ciudad. Así empezó el bombardeo”.

Whistler pintó nueve cuadros durante sus seis meses en Valparaíso. Estos adornan los museos más importantes del mundo. El más importante, “Crepúsculo en Tono Piel y Verde, Valparaíso”, propiedad del Tate Modern, parece haber sido pintado desde el Paseo Gervasoni. Sobre la obra se ha escrito: “Los cuadros de Whistler en Valparaíso, con su predilección por el armonioso arreglo del color por encima del sujeto, pueden interpretarse como un puente que sirvió de inspiración para el incipiente movimiento impresionista”.

viernes, 9 de mayo de 2008

Baltimore, Barón, y Otros Demonios

En 2002, Fundación Valparaíso organizó un seminario: La Experiencia Baltimore. Asistió gran parte de la compleja fauna política, social y cultural del Puerto. El invitado, Paul Dombrowski, se explayó durante seis horas ante un auditorio repleto, explicando cómo se gestó la transformación del páramo industrial que era el borde costero de dicha ciudad, que terminó convertido en un complejo de paseos, explanadas, marinas, hoteles, parques, museos y restaurantes, más el Acuario Nacional de EE.UU. Hoy el “Baltimore Inner Harbor” recibe 20 millones de visitas anuales.

La presentación de Paul no defraudó y los asistentes aplaudieron a rabiar. Con distintos matices, todos concordaban: en el entorno del Muelle Barón se jugaría gran parte de la apuesta de nuestra ciudad. Mientras pasaban las diapositivas, crecía la euforia. Terminado el cóctel, me cayó encima un mar de felicitaciones.

Han pasado seis años y, hoy, el proyecto Puerto Barón (PB) tiene opositores por todos los flancos. ¿Lo más sorprendente? Buena cantidad de éstos son los mismos que me abrazaron en 2002. ¿Qué pasó? Nos guste o no, la respuesta revela mucho sobre nosotros y sobre el delicado ecosistema humano, intelectual y cultural que es Valparaíso.

En primer lugar, reconozcamos que la corriente anti-globalización ha ganado adeptos. Gran parte de la oposición cabe en esta categoría. En su versión más extrema esta ideología, convertida en religión, me provoca rechazo. Pero su contenido aplicado a Valparaíso —sobre todo aquello vinculado al valor de los negocios familiares y el patrimonio social— ha sido un verdadero aporte. Negar lo anterior es negar lo mejor que tenemos. Es menester que el Grupo Plaza tome esto en cuenta. Que ponga a su habilidoso equipo a trabajar en humanizar y hacer más verde PB. Los extremistas jamás se convencerán, pero da lo mismo. Se trata de tener el mejor proyecto posible.

En segundo lugar, ha crecido el escepticismo sobre el estilo de intervención que se hace en nuestra urbe universal. Nadie duda de que el Paseo Wheelwright es un aporte. ¿Pero sus terminaciones?, duras. Tan poco verde. Tanto hormigón. Una vez pasada la novedad, sencillamente no invita. Veo que las maquetas de PB ostentan enormes plazas de cemento. Entiendo por qué algunos no se emocionan.

Tercero: Más allá de los anti-globalización y los escépticos, hay otro grupo, entre los cuales me incluyo, que sencillamente soñaba con algo más osado: canales de agua, una isla, un museo o acuario de categoría internacional, una línea férrea subterránea.

¿Otro autogol? La palabra mall no ayuda. El aeropuerto de Santiago es una concesión pública con un fuerte componente comercial. Pero nadie lo llama mall y es un orgullo de muchos chilenos. Nunca antes se ha visto que a los bordes costeros de Baltimore, Génova, Barcelona o Ciudad del Cabo se les denomine mall.

Después de todo, discrepo de los furibundos que reclaman que PB será la muerte de la ciudad. Confío en el diálogo; confío en que el proyecto se puede mejorar. Pero los opositores deben entender que, aunque el giro comercial del Grupo Plaza sean grandes centros comerciales, esto no significa que sus ejecutivos sean seres humanos inferiores o incapaces de entender a Valparaíso. Demonizarlos sólo contribuye a la ruptura. Esto dañará el proyecto; esto dañará a Valparaíso.