Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

domingo, 30 de agosto de 2009

Gato encerrado

Un lector reclama: “¿A qué intereses representa Ud.? Con una columna semanal ocupa más espacio que todas las organizaciones a las cuales denosta.”

Tiene toda la razón.

Me recuerda un viejo chiste del Medio Este de EE.UU. En ello, un hombre, llamémoslo Pepe, devastado por una ruptura amorosa, se prepara para lanzarse de un puente al vacio. Se le acerca otro hombre, Mario, intento a salvarlo. “¿Ud. cree en Dios?” pregunta Mario al sufrido. “Si”, contesta Pepe, “soy cristiano”. “Yo también”, dice Mario, “¿Cual es su credo?”

“Soy protestante”, afirma Pepe. “¡Qué emoción!” contesta Mario, “yo también. ¿A qué iglesia pertenece?” “La luterana”, contesta Pepe. “No lo puedo creer”, dice Mario emocionado. “Yo, también soy luterano. ¿Qué corriente enseña su pastor?”

“Se bautizó en el Sínodo de Missouri”. A esta altura, Mario no puede creer su suerte. Se le caen las lágrimas. “¡La mía también es del Sínodo de Missouri, hermano!” Los dos se abrazan.

Al Mario le queda una sola pregunta: “¿Su Sínodo es el de la primera o segunda revisión?”
“Segunda”, contesta Pepe.

“Traidor”, dice Mario y empuja a Pepe al río.

Mis amigos protestantes me perdonarán, pero no se me ocurre otra anécdota para ilustrar las pequeñeces que separan tanta gente valiosa en Valparaíso.

Hoy, no basta haber trabajado codo a codo para sacar adelante la postulación ante la UNESCO; no basta haber compartido en simposios, conferencias, y programas de televisión. No basta haber luchado juntos, durante años, en un sinnúmero de causas. No basta haber gestado docenas de proyectos en beneficio del Puerto. Hoy, todo esto no vale. Solo importa que uno, tras larga contemplación, haya llegado a una conclusión distinta en uno de los proyectos emblemáticos que caracterizan nuestro debate. Basta con eso. Ya eres un vendido. Un traidor.

¿Lo más triste? Valparaíso necesita a todos sus luchadores. No sobra ninguno. El problema no es el diálogo. Es el tono. Es el apuro de descalificar.

Así, a mi lector descontento, le ahorraré un mal rato. No hace falta investigar “el gato encerrado” del Gringo. Aquí va. Los intereses que represento: A Isaac Newton, por haber descubierto, matemáticamente, la arquitectura invisible del universo. A Shakespeare, por Falstaff. A Mark Twain, por Huckleberry Finn. A Bob Dylan, por enseñarme que se pueden vivir docenas de vidas en una sola encarnación. A “Le Pont de Avignon”, por su crema de la estación. Al ingeniero Federico Page, por el Ascensor Polanco. A Rilke por haber escrito “El Hombre que Nos Mira”. Y a Copérnico, a quien, una vez, dedique los siguientes versos torpes: “es mejor ser un miracielos insignificante,/ un punto más dentro de la infinitud,/ la capital de nada, que aferrarse a ilusiones/ que desvanecen ante el impasible fulgor de las estrellas.”

sábado, 15 de agosto de 2009

La lluvia de Valparaíso

Esta semana preparaba un escrito sobre el Congreso y los dichos del ministro del Interior, el que defiende a los parlamentarios de la pistola acusatoria del juez de Casablanca. El que dice: “El Congreso no ha hecho nada por Valparaíso”.

“Estoy completamente de acuerdo”, había escrito. A continuación elaboré una seguidilla de insultos; pero justo me interrumpió la lluvia. La lluvia de Valparaíso.

Es que mis dos lluvias favoritas son la de Puyehue y la de Valparaíso. En la primera se escucha el murmullo de tepas, ulmos, mañíos y coigües. Se imagina el cantar de los musgos. Se siente la sangre crecer como las cascadas buscando el río. Las lluvias porteñas son diferentes. Parten anunciadas por el viento norte. De repente se siente chillar las bisagras, temblar los cristales, y llueve.

Caídas las primeras gotas, el viento vuelve cruzado. Hay un zumbido que huele a soliloquio: Algún marinero perdido; alguna mujer que éste dejó esperando en algún rincón del Puerto.
Hay algo sobre el tintineo de las gotas sobre los adoquines. Nos pone nostálgicos. En ello detecto el susurro de Pablo Neruda: “La mojada/ tarde me trae la voz, la voz deseada,/ de mi padre que vuelve y que no ha muerto”. Cuando llueve en el cerro San Juan de Dios dejan de cantar las avecillas. En su estruendoso vacío, siento los acordes de la guitarra del Gitano Rodríguez.
Imposible estar enojado cuando llueve en Valparaíso. La lluvia porteña nos limpia el cuerpo y el alma.

Así, volvamos a los parlamentarios, al ministro del Interior. Estimados honorables, señoras y señores… Les perdono. Les perdono que, en 20 años de sesionar en una de las ciudades más extraordinarias del mundo, no se hayan dado cuenta de nada. Lamento que no tengan idea de las maravillas que les envuelven. Su indiferencia es elocuente. Es obvio que no saben nada de Valparaíso.

No saben, por ejemplo, que el día después de la lluvia se ve el Aconcagua en todo su esplendor. Maria Graham lo vio. Igual Charles Darwin y Whistler, que lo pintó. Pero Uds. no lo han visto. Curioso. Tampoco han probado el salame polaco de “Sethmacher”, o hecho la fila para comprar en la “Guria”. No han visitado el taller del Loro Coirón, a tomar un café con él mientras atardece sobre la torre de la Matriz, que queda tan cerca de su balcón que da la sensación que puedes extender una mano y tocarla. No han vivido señores y señoras.

No conocen ningún ascensor que no lleve al “Turri”. Nunca han visto como la luna llena aparece anaranjada sobre el cerro Barón. No han pololeado en el jardín “Liguria”, debajo del mirador Camogli. En “La Mangiata”, no preparan ninguna pizza con sus nombres. Qué pena. Qué pena para Uds.

Pero hay esperanza, señores honorables. Sólo hay que bajar un poco “la velocidad” en la vida. La lluvia porteña les espera.

sábado, 1 de agosto de 2009

Escondites

¿Se acuerdan del banderero de la calle Villaseca? Lo extraño mucho. Nos veíamos cada vez que paseaba por Playa Ancha. Mi ruta contemplaba la Avenida Gran Bretaña con sus casas neogóticas y sus torreones “sombrero de bruja”. Estaba el pasaje Harrington, la casa del “Gitano”, el “Museo del Automóvil” y el inmenso nogal que vigila la casona construida por Luis Alberto González, el primer alcalde de Valparaíso. Pero lo que más me fascinaba era perderme entre las calles Necochea, Patricio Lynch, Santa María y Argomedo. Allí se encuentra la casa de los 8 querubines (Necochea 495). Llego al lugar y mi ajetreo mental se desvanece. ¿Problemas? ¿Estrés? Allí te envuelve la brisa que sube desde San Mateo. Tranquilidad total.

Es un barrio con muchas casitas de adobe, la mayoría de un piso y con fachada continua. Pero en la calle Santa María sorprenden los melancólicos caserones ingleses, sus antejardines guardados por pinos, araucarias y un par de matas de flor de la pluma. Postularía tales matas como monumentos nacionales.

Pero el progreso, dicen algunos, es inevitable. Oponerse a ello es como oponerse a la ley de gravedad. Así, cuando algún genio decidió que la calle Villaseca, tal vez mi calle favorita en Valparaíso, debía convertirse solamente en bajada, no recuerdo ningún escándalo en los diarios. Sencillamente, de un día para otro, apareció un letrero que decía “No doblar”, abajo, en la esquina de Taqueadero.

Tal vez era obvio. Es estrechísimo. Los adoquines no soportan más. La calle tiene más de 120 años. Serpentea entre los oxidados pilares de un funicular centenario. ¿Qué turista resistiría quedarse congelado admirando tal espectáculo? La posibilidad de un choque frontal es real.

Pero nunca pasaba nada, pues siempre tuvimos a nuestro fiel banderero acampado en la última curva, esperando a la sombra del ascensor. Por la módica suma de una sonrisa (y una moneda a elección), el desenlace feliz estaba asegurado.

Así, en honor a mi desaparecido amigo, propongo que cada porteño empiece a elaborar su propia lista de escondites: lugares mágicos, lugares que tengan un significado especial, lugares que no deberían desaparecer.

Ojalá que no sean tan obvios. ¿Paseo Yugoslavo? ¿Pasaje Bavestrello? ¿Atkinson y Gervasoni? Ya están protegidos. Pero Valparaíso tiene miles de escondites más.

Nuestro alcalde es un fiel admirador del gigantesco gomero de la Avenida Brasil, esquina Eleuterio Ramírez. Me parece fantástico. Tengo una vecina que cuida el pasaje Chopin. En la calle Prefecto Lazo del cerro Florida, todos los vecinos participan. Allí, las luces de Navidad son un espectáculo. Las flores cuelgan de cada balcón.

Ojalá que el progreso no descubra nunca la Plaza del Cerro Yungay, escondida entre Enrique Budge y Voltaire. ¡Que cada porteño plante una flor en este lugar!

El patrimonio se cuida mejor gozándolo. Así, adiós Sr. Banderero. Te extrañamos mucho. Dios está en los detalles.

sábado, 25 de julio de 2009

Símbolos

En Mayo 1994, tras un año y medio viviendo en Ñuñoa, me cambié definitivamente a Valparaíso. Aterricé en el segundo piso de una casa en la Subida Concepción. Un mes después, el 18 de Junio 1994 para ser preciso, tomaba siesta. De repente, me despertó un festín de bocinazos.

Desde mi ventana, vi a un remolcador nuevo escoltando a un remolcador viejo. Alrededor, 1, 2, 3, 4, 5 remolcadores más. Detrás, una buena cantidad de lanchas y muchos arreglos florales flotando en el agua. Tal procesión seguiría hasta que los dos primeros desaparecieron en el horizonte. En el sector del Muelle Prat, se vislumbraba una muchedumbre de gente. No entendí nada. ¿Acaso había muerto alguien importante?

Pasarían varios años hasta que entendiera lo que había visto.

En 1909, la Pacific Steam Navigation Company encargó la construcción de un remolcador de última generación para atender el creciente poderío portuario de Valparaíso. El contrato recayó en el astillero H & C Grayson Shipyards Ltda., el mismo que construyó el Titánic. Bautizado “el Poderoso”, la adquisición estrella zarparía desde Liverpool el 21 de Junio 1911, llegando a Valparaíso el 10 de Septiembre del mismo año. No demoró nada en demostrar que era el remolcador más potente del Pacífico Sur. Durante 7 décadas, sería pieza clave en la construcción de puertos y diques en todo el territorio marítimo chileno, prestando servicios de anclaje que ningún otro remolque podría soportar. Era el príncipe de la bahía de Valparaíso, un fiel compañero, fácilmente reconocido por marineros internacionales y generaciones de familias porteñas.

En 1988, “se jubila” del servicio activo, y, 2 años después, es declarado Monumento Nacional. No fueron pocos que abogaban por transformarlo en museo. Hermoso proyecto. Lamentablemente, en este momento, la palabra “patrimonio” era “persona non grata” por muchas autoridades, sinónimo de romanticismos; enemigo del progreso.

La ciudad vivía un trance total, líder indiscutido en cesantía, abandono, delincuencia. Sencillamente, no había inversión. No había plata. Para colmo, el EMPORCHI recién informaba que San Antonio había superado a Valparaíso en contendores movilizados. El auto-estima porteño estaba en el suelo.

Después de 4 años de infructuosas gestiones, apareció, al fin, un proyecto para restaurar el querido “Poderoso” ¡Desde Talcahuano! Así es que el 18 de Junio 1994, bajo un sol esplendoroso, apareció el remolcador escolta “Naguillán” a llevarnos el más fiel compañero que Valparaíso había conocido.

Han pasado 15 años. El fatalismo de los ’90 ha sido felizmente derrotado. Valparaíso revive. Llegan turistas del mundo entero. Hay 90 millones de dólares invertidos en restaurantes y hoteles. Si antes llegaba un buque día por medio, hoy arriban 5 en una tarde.

Con tanto poder hay que saber enmendar los errores del pasado. Una ciudad sin héroes, difícilmente traspasa su alma, sus valores, a los habitantes de mañana.

domingo, 19 de julio de 2009

El poder de una lágrima

En 1971 apareció una campaña publicitaria en EE.UU. que marcaría una generación. No era un aviso para Coca Cola ni nada parecido. El "spot" había sido encargado por la ONG Keep America Beautiful (KAB), fundada en 1953. Resulta que el ambicioso sistema de carreteras interestatales, construido bajo el mandato de Eisenhower, había dejado una secuela poca deseada. Una generación de compatriotas mías, mareada por el vertiginoso crecimiento económico que llegó con el término de la Segunda Guerra Mundial, estaba dejando la escoba. Las nuevas carreteras rapidamente se convirtieron en basurales.

Durante 18 años, KAB instigó una serie de campañas que no lograron cambiar el statu quo. Así, en 1971, encomendaron el desafío a la agencia Young & Rubicam de Chicago. El resultado fue un spot de 30 segundos. Mostraba un indio, interpretado por el actor Iron Eyes Cody, vestido en traje acestral. Remaba en canoa por un sigiloso río. Al llegar a la orilla, encuentra un basural. El indio desembarcaba. Subía una pequeña loma hasta llegar a la berma de una carretera. Justo pasaba un auto a alta velocidad, cuyo conductor tira por la ventana un puñado de asquerosidades, las cuales impactaban al indio justo en sus plumas ancestrales. ¿La última imagen? Una sola lágrima apareciendo en el ojo izquierdo de Iron Eyes Cody.

La primera vez que vi el "indio llorón" tenía 7 años. No pude contener mi llanto. Yo y millones de gringos más. El "indio llorón" se mantendría en circulación por 20 años. Hoy, 38 años después, sigue vigente gracias a millones de visitas en Youtube. Al alero de tal lágrima, KAB lanzaría el proyecto "Día de la Tierra", hoy convertido en hito mundial. Varios académicos sugieren que, gracias a la lágrima de Iron Eyes Cody, nació el ambientelismo estadounidense.

Inspirado en mis recuerdos del "indio llorón", hace 8 años, solicité una cita con el entonces director del Canal 13, Rodrigo Jordán. ¿Mi propósito? Aprovechar el lanzamiento de la telenovela "Cerro Alegre" y pedirle la ayuda del canal para crear un spot que conmoviera a los porteños y los instara a cuidar más a su ciudad. El famoso moñtanista me miró con una mezcla de desprecio y curiosidad. ¿Quién es este gringo? Como muchos, Rodrigo no creyó que fuese posible cambiar el comportamiento de algunos porteños. Nunca he estado de acuerdo.

Es cierto. Hemos visto muchas campañas pasar sin pena ni gloria. Quién puede olvidar "No confundir tu ciudad con suciedad"? Aparentamente, muchos. Ok. Apuntemos menos al intelecto y más a las emociones. Hay que encontrar nuestro "indio llorón".

¿Una idea? Que el alcalde hable con David Pizarro. La próxima vez que venga, organicemos una tarde donde se junte con alumnos de colegios municipalizados. ¿La actividad? Limpiar quebradas. De tal encuentro, un director hábil sacaría una serie de spots emotivos que se transmitirían repetitivamente en todos los noticieros regionales.

Que las futuras generaciones de porteños recuerden su día, el día que despertaron, al alero del poder de una lágrima.

sábado, 11 de julio de 2009

Días

El primer poema que leí de Pablo Neruda era “El Reloj Caído en el Mar”. Era 1989. Una fría tarde en Minneapolis. Tenía un par de horas entre clases. Así que tomé prestado una antología de poetas latinoamericanos traducido por Robert Bly, y me escondí en “El Riverside Café”.

Empecé a leer: “Es un día domingo detenido en el mar, /un día como un buque sumergido,/una gota de tiempo que asaltan las escamas/ferozmente vestidas de humedad transparente”.

Jamás había leído algo parecido. Al llegar a la tercera estrofa, mi éxtasis era incontenible. “Mesera”, dije, “tráeme un termo completo de café fuerte”. Me quedé leyendo aquella tercera estrofa toda la tarde.

“Hay meses seriamente acumulados en una vestidura
que queremos oler llorando con los ojos cerrados,
y hay años en un solo ciego signo del agua
depositada y verde,
hay la edad que los dedos ni la luz apresaron,
mucho más estimable que un abanico roto,
mucho más silenciosa que un pie desenterrado,
hay la nupcial edad de los días disueltos
en una triste tumba que los peces recorren.

El poema me impactó en varios niveles. Había un notable oficio, por cierto, una estructura en paralela que me olía a Walt Whitman: “hay días; hay meses; hay la edad; hay la nupcial edad”.

Pero había algo más. Algo más profundo. En su introducción, Bly observó, “Cuando los surrealistas franceses se sumergen en la profundidad de su subconsciente, se mantienen sumergidos solo un par de instantes. Anotan un par de imágenes y vuelvan rápidamente a la superficie. El Chileno Pablo Neruda es otra cosa. Es más bien parecido a una jaiba, capaz de mantenerse sumergido en el subconsciente por largos periodos, levantado rocas, caracoles, reportando todo lo que encuentra”.

Esta misma tarde, compré “Residencia en la Tierra”, “20 Poemas de Amor y una Canción Desesperada”, y “Las Alturas de Machu Pichu”.

Volvemos a Valparaíso. Volvemos a los días. Sobre ellos, se han escrito muchas cosas. Por ejemplo, hay un lindo poema del inglés Philip Larkin (1925-1985):

¿Por que existen los días?
Días son donde vivimos.
Llegan, nos despiertan,
Una y otra vez.
Días son para alegrarse.
¿Cómo podemos vivir sin días?
Ay. Resolver esto
Y vendrán el sacerdote y el médico
Con sus trajes largos
Corriendo desde los bosques.

Es precioso. Pero yo me quedo con mi jaiba, con mi “día domingo detenido en el mar”, con mi día como “buque sumergido”. Así, este día vecino, lo dedicamos a ti, a tu “nupcial edad de los días disueltos/en una triste tumba que los peces recorren”.

Feliz cumpleaños, Don Pablo. Valparaíso te extraña. Y mucho.

domingo, 5 de julio de 2009

Que nazcan los elefantes

El viernes a las 21:15, degustaba un delicioso coctel celebrando el traspaso del edificio Cousiño desde el Municipio al DUOC UC. De repente se me acerca un conocido periodista. Me pregunta mí parecer sobre lo sucedido. “¿Qué simboliza esto para ti?”

Miré el micrófono y respiré hondo. No sabía que decir. Mi mente navegaba por un mar de imágenes.

Recordé una tarde en particular, 7 años y un par de alcaldes atrás. Mi amigo Jorge Martínez me había invitado a su oficina para presentarme un proyecto. Escuché atentamente. No quise decirle nada para no aguar su entusiasmo. Pero, para ser honesto, lo encontré una quijotada sin precedentes. ¿Comprar el edificio Cousiño? ¿Cómo vas a vender el proyecto a la plana mayor del DUOC UC en Santiago? ¿Cómo vas a convencerles a meterse en un proyecto fuera de su giro? Simultáneamente, habría que negociar con múltiples interlocutores. Habría que tratar en forma paralela con los múltiples dueños del edificio, el alcalde, y la directiva del Plan Valparaíso. Jorge no dudó. Así, partió el periplo de mi amigo.

Durante estos 7 años, Jorge me llamó en no menos de 10 ocasiones: “Está todo listo. Lo logramos”.

Pero siempre aparecería una nueva piedra en el camino. Con cada cambio de alcalde, se cambiaría los términos. Cuando se desmanteló el Plan Valparaíso, había que partir de cero con otra institucionalidad. Había que modificar la ley para permitir que la municipalidad adquiera el edificio. Eterno. Después, había que negociar con los dueños la otra parte. ¿Otro problema? Los dueños no eran uno sino varios. Cada vez que se llegaba a un acuerdo con uno, el otro cambiaba las reglas. Por fin, estaba listo. “¿Ahora qué puede pasar?” pensó Jorge.

Apareció otra empresa a solicitar el embargo del edificio.

Era Odiseo buscando a Ítaca. Pero mi amigo nunca bajaría los brazos. Ahora, 7 años más tarde, el DUOC UC recibe las llaves del edificio. Miré para un lado durante la ceremonia. Juro haber visto la mirada húmeda en los ojos de mi amigo, el siempre sobrio Jorge Martínez.
Aun no había contestado el periodista. ¿Qué simboliza todo esto?

“660 días”, le dije. “22 meses”. Me miró algo confuso. “Es lo que dura el embarazo de un elefante”, explique. “En cualquier ciudad, si quieres levantar un proyecto, es un parto. Es normal. Pero en Valparaíso, nuestros partos nunca son normales. Los nuestros son partos de elefantes”.

Pensé en otro amigo, Juan Carlos García, director del MOP de la quinta región. Este año se colocará la primera piedra del Centro Cultural de la ex – Cárcel. Se ha demorado 10 años. Parto de elefante. Otro amigo que vi en el coctel era Harald Jaeger, gerente general de la EPV. Este año se inicia la transformación del borde costero. Otros 10 años. Parto de elefante.

“Así”, le dije al periodista, “¿Quieres saber lo que significa esto para mí? Significa que, después de años de frustración, ha llegado la hora de Valparaíso. Que disfrutemos esto. Que nazcan los elefantes”.

sábado, 27 de junio de 2009

Perdido en Valparaíso

Esta semana partió el invierno en el Puerto. Sobrevivimos nuestro primer temporal, nuestras primeras noches de frío y nuestro primer socavón en la Avenida España. Nobleza obliga. Sobre este último, puedo decir que mi hijo y yo, camino a Viña, a las 7:30 a.m. el viernes, tuvimos un lindo paseo, juntos con otros mil autos y una similar cantidad de micros, pues, a Carabineros de Chile no se le ocurrió nada mejor que canalizar la totalidad del tránsito entre las dos ciudades más importantes de la Quinta Región, en hora peak, por la angosta bajada Placeres del mismo cerro.

Después de los primeros 10 minutos parados en la mitad de dicha avenida, el caballero de adelante, con su camioneta blanca desbordante de lechugas y acelgas, no aguantó más. Había descubierto —sin necesidad de un postgrado en física— que las tres micros delante de él, apiladas una al lado de la otra, en una pista con no más de 6 metros de ancho, jamás iban a pasar por el pequeño intersticio que es la curva de Placeres entre las calles Amalia Paz y Malfati. Así, nuestro héroe puso su camioneta en marcha atrás, generando mi asombro, el de mi hijo y el de los doscientos automovilistas que venían detrás.

Ya eran las 8:24. A mi hijo, de 7 años, se le ocurrió que habían pasado más minutos que metros avanzados. Le dije, “Falta sólo una hora para llegar a la panadería ‘Los Placeres’”. Es una cuadra más arriba. “Te pasaré 500 pesos para que bajes a comprarme un café y un par de panes batidos”. El Nico me contesta: “Papá, si tomas un café vas a tener que hacer pipí.” Mi hijo es muy inteligente. Por eso estaba muy desilusionado al descubrir que yo había estado bromeando, sin desmerecer que el pan de “Los Placeres”, cuando lo comes calentito durante la mañana en un frío día de invierno, es de lo mejor que hay en el Puerto.

Al llegar a la esquina de la pintoresca calle Juan Elkins, recordé una carta que recibí hace 6 meses de una señora Leticia, que reside allí. “Soy fiel lectora de su columna y me encanta todo lo que escribe sobre Valparaíso. ¿Por qué no escribe sobre el cerro Placeres?”.

Al pasar Juan Elkins llegamos por fin a la panadería. Ya se vislumbraba la Universidad Santa María asomándose en la distancia. Si hay un lugar más lindo en todo Chile, no lo conozco. Diez minutos más tarde, al llegar a la próxima esquina, la calle Valdés, recordé otra carta que recibí de un caballero que vivía en el sector, cerca del pasaje Vista Naves, recordándome la belleza de las antiguas construcciones tipo ligures que hay en el lugar, y preguntando si sabía que una vez hubo un ascensor allí.

Sí lo sabía. Minutos después llegamos al lugar donde fusilaron a Diego Portales. Cultura, arquitectura, historia. A las 9:10, Nico y yo regresamos, por fin, a la Avenida España. La señora Leticia tenía toda la razón. El caballero de las acelgas no sabe lo que se perdió. Este cerro es muy lindo.

domingo, 21 de junio de 2009

Jardineando

Un jardín es una metáfora para muchas cosas. El pasar de las estaciones. Nuestra humildad frente a la naturaleza. El círculo de la vida.

No es casualidad que personajes transcendentales como Ghandi, Da Vinci, Copérnico, Newton, Whitman, King, Churchill, Mandela, etc., jardineaban en su tiempo libre.
Ahora podemos agregar otro nombre a esta lista: Barack Obama. El 20 de marzo se inauguró la primera “hortaliza orgánica” en la Casa Blanca.

El proyecto nació gracias a la pasión de Alice Waters, dueña del legendario “Chez Panisse” en Berkeley, California. Waters es una apasionada proponente de la alimentación sana. Tal filosofía parte con en el uso de frutas, verduras y carnes libres de pesticidas, hormonas y antibióticos. Pero Waters va más allá. Promueve romper la barrera entre quienes producen la comida y quienes la consumen. En su restaurante agrega valor a sus platos destacando los granjeros, panaderos, cafeteros y ganaderos que la proveen, todos amigos de ella.

Ha creado huertos en una docena de colegios. Allí enseña las virtudes de escoger y cocinar lo que uno come. “La manera en que hemos estado comiendo nos está enfermando”, dice. En tales colegios ha bajado sustancialmente la obesidad. Pero no es ideóloga; es bon vivant. Cuando un tomate es verdadero—sin pesticidas ni transgénicos—lo mira como Van Gogh miraba la noche estrellada. Cuando camina por las calles de Berkeley, sus vecinos la acechan: una señora le muestra una baguette de higo y nueces, un caballero le regala un choclo.

Otro admirador es Gavin Newsome, alcalde de San Francisco. Le propuso crear una “Feria de comida sana” frente al municipio. Asistieron 85 mil personas. A partir de ahí era un paso lógico la creación del huerto orgánico municipal, predecesor del de Obama.

Ya saben a dónde voy. Quiero un huerto municipal para Valparaíso, y lo veo instalado en la Plaza Cívica. Es más, propongo que cada domingo se realice una feria orgánica en el lugar. Pongamos al seremi de Agricultura, Hugo Yávar, a elaborar una lista de proveedores orgánicos regionales: frutas, verduras, quesos, aceites, vinos, mieles, etc. Que nos señalen a aquellos microempresarios que producen pollos, cerdos, ovinos, jabalíes, avestruces sin químicos ni hormonas.

El Director de Sercotec, Washington Cárdenas, puede encargar un plan de negocios para la feria. Debe ser una atracción turística por supuesto. Pero más importante aún es que sea un encuentro entre quien produce nuestra comida y quien la consume. Gracias a tal encuentro, aparecerían paulatinamente, opciones más saludables en nuestros almacenes, panaderías y restaurantes.

Sé que a poco andar la “Feria Orgánica de Valparaíso” se convertiría en un fenómeno nacional. Agregaría vida, color y humanidad a la ciudad patrimonial.

Según Alice Waters, “hay que aprender a cultivar un paisaje comestible. Es un símbolo poderoso que demuestra cómo custodiaremos la tierra, cómo alimentaremos a la nación”.

sábado, 13 de junio de 2009

El sueño de los justos

Hace 7 años, Fundación Valparaíso y Eurochile se juntaron para crear el gran Sendero Bicentenario (SB) en Valparaíso.

En estos días, el departamento de turismo promovía 4 circuitos. El alcalde Pinto reconocía los defectos de tal sistema. Que faltaban recursos. Que no existía señalética. Que la folletería daba pena. Los turistas requerirían de un doctorado en cartografía para ubicarse. Es más, el sistema obligaba generar una marca distinta para cada ruta. ¿Lo peor de todo? Las rutas dejaron centenares de joyas fuera. Si personas de la Iglesia San Francisco o la Avenida Gran Bretaña reclamaban, la única respuesta era “hay que inventar otra ruta”. Caos total.

Así, cuando mostramos el boceto del SB al Alcalde Pinto, apareció una sonrisa de oreja a oreja. Se generaría una sola ruta que cubriría toda la ciudad, igual que Boston y San Francisco. Tendría más de 30 kilómetros de extensión. Partiría en Torpederas. Zigzaguearía por todos los cerros hasta llegar Cerro Esperanza, donde bajaría hasta la Caleta Portales para volver por el Paseo Wheelwright, el plan, y Avenida Altamirano. Se dividiría en 15 etapas que se podía caminar en 90 minutos cada uno. Habría una sola marca, una sola señalética, una sola folletería.

Antes, si alguien tenía un restaurant en Cerro Florida o un B & B en Cerro La Cruz, estaban abandonados a su suerte. Ahora, estarían en la misma ruta del Paseo Gervasoni o el Paseo 21 de Mayo. “Hostal la Payita, en Cerro Lecheros, a pasos del kilometro 17 del Sendero Bicentenario.”
El proyecto postuló el Fondo de Desarrollo e Innovación (FDI) de la CORFO. Ganó. Constituimos una mesa de trabajo con los directores de turismo y patrimonio, la dirección regional de Sernatur, y una docena de académicos y otras autoridades.

Se trazó una ruta que incluía todos los monumentos nacionales. Es más, introducíamos un sinnúmero de joyas totalmente desconocidas—pasajes, iglesias, cites, conventillos. Cuando se lanzó el texto oficial, en inglés y español, escrita por Manuel Peña y asesorado por el Premio Nacional Alfonso Calderón y quien escribe, el Intendente Guastavino dijo: “Este libro debe ser lectura obligatoria para todos los porteños.” Se llamó a concurso nacional para desarrollar la marca y la señalética.

Con las platas CORFO, se alcanzó a hacer todo esto. Se publicó el libro con 150 imágenes. Se creó un hermoso sitio web. Hasta se instaló señalética en 2 secciones. Se capacitó un centenar de pymes y guías. El Intendente Marcos Núñez se comprometió a financiar la señalética que faltaba. Luego, se recibió un respaldo similar de Luis Guastavino.

Todo bien hasta que cambió el alcalde. En 4 años, Don Aldo Cornejo no me recibió una sola vez. Fuentes dentro del municipio me explicaban: “El Alcalde quiere hacer borrón y cuenta nueva”. En su defensa, contrató buenos profesionales en turismo. Pero estos mismos, cuando les tocaba viajar a ferias internacionales, me pedían copias de la guía del SB. “Es la mejor que hay”, me decían.