Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

sábado, 2 de mayo de 2009

La oscuridad que nos rodea


El poeta estadounidense William Stafford (1914-1993) era famoso por muchas cosas, entre ellas por ser muy prolífico. “Escribo un poema todos los días”, solía a decir. “¿Y qué pasa si te levantas con migraña, de malas pulgas, o ganas de morir?” le preguntaron una vez. “Fácil”, contestó, “este día bajo mis expectativas”.

Es que hay días y días. Aún en Valparaíso.

Amo tanto a esta ciudad que 9 días en 10 no me afecta que me rayen el auto, dejen un grafiti en mi portón, o se roben mi contenedor de basura—como pasó hace 5 días. Podría ser peor. Podría vivir en Santiago. Pero siempre hay un décimo día, como miércoles. Tomaba mi café y hojeaba mi matutino. De repente veo que, después de ser gobernado 4 años por un alcalde que almorzaba semana por medio con la Presidenta en el Cerro Castillo, después de haber liquidado el ciclodromo y el Parque Quintil, la deuda de nuestra ciudad no bajó. Subió. Casi en diez mil millones.

Hay tantas personas que “se la juegan” por esta ciudad. Vienen desde los 5 continentes y de cada rincón de Chile. Llegan, parten de cero, y dejan sudor y lágrimas. A veces este país no ha estado a la altura de esta gente.

Minutos después me encuentro con una señora en el banco. “Qué maravilla sobre Valparaíso va a escribir este semana,” me pregunta. “No sé”, le dije. ¿Qué iba a decir? ¿Qué en este momento tenía ganas de mandar todo a la cresta?

Pero justo me vino a la mente un verso de William Stafford: “Si tú no sabes la persona que soy/ y yo no sé la persona que tú eres/ un patrón hecho por otros prevalecerá en el mundo/ y siguiendo el Dios equivocado a casa perderemos nuestra estrella”.

Pensé en la señora y me di cuenta: Valparaíso no morirá. Aunque el país nos mantenga en el abandono absoluto, Valparaíso no morirá. No morirá porque esta ciudad se conoce a sí misma. No morirá por la inmensa humanidad que tiene.

Lo cual me recuerda otra cosa notable de William Stafford: su humildad. Una amiga editaba una revista para alumnos del pre-grado de una pequeña universidad. Eran 50 hojas fotocopiadas y corcheteadas. Un día William Stafford vino a recibir un doctorado “Honoris Causa”. Mi amiga escuchó su clase magistral y se quedó hasta que firmara el último libro. Después, se lo acercó tímidamente. Le mostró su pequeña revista y le invitó a publicar algunos poemas allí. Stafford la miró con sus ojos inmensos. “Señorita, no ando con ningún poema nuevo. Déjame sus datos y le mandaré algo cuando termine mi gira y regrese a Oregón.”

Sus amigos la aseguraban, “Jamás te escribirá”. Pero 3 semanas después, apareció un sobre en su casilla postal. Tenía 5 poemas inéditos de William Stafford y una nota escrita a mano: “Señorita, sé que todas las revistas tienen estandartes de calidad. Si estos poemas no le satisfacen te mandaré 5 más.”

Así, les dejo con otro verso de William Stafford: “Es importante que las personas despiertas se mantengan así/ la oscuridad que nos rodea es profunda.”

domingo, 19 de abril de 2009

De que hablamos cuando hablamos de Valparaíso

Un nuevo estudio gringo confirma lo que ya intuíamos: La mayoría de los personajes públicos sufren algún grado de narcisismo. Para validar su hipótesis, los sicólogos aplicaron un conocido test sobre la materia a actores, políticos, artistas, escritores, etc. Después, compararon los resultados contra aquellos sacados de personas “normales”. Los resultados fueron abrumadores.
Que los poetas sean incluidos en tal ignominiosa lista no sorprendió a mi señora. Me ama y me tolera. Pero sabe que, cuando de narcicismo se trata, el único Temkin que me hace peso es Mischa, nuestro gatito siamés. Basta ver que tenemos visita y este último salta a la mesa y empieza su rutina, “las 5 poses de los dioses egipcios”. No se detiene hasta que la conversación se centra en él. De tal palo tal astilla. Por lo menos Mischa puede morir en paz sabiendo que jamás se ha buscado en Google.

En mi defensa, sugiero que el narcicismo no solamente aflige a las personas. También caracteriza a ciertas ciudades. Los Neoyorkinos, por ejemplo. No los soporto. Mi mamá aún recuerda a cierta dama de Manhattan que le expresó su asombro al enterrarse que había una carretera que conecta Milwaukee, que tiene un millón y medio de habitantes, con Chicago, que tiene seis. “Por lo menos no te preguntó si tenemos luz y agua”, le dije.

Los de San Francisco no son mejores. Estos sí saben que hay otras ciudades. Sólo no creen que sea necesario bajar del Olimpo a conocerlas. “¿Has visto el atardecer sobre el Golden Gate?”, te preguntan. Que sea cierto no te da licencia a ser pedante. Así, tampoco los soporto.
Sobre el narcicismo parisino se ha escrito bastante. Y lo de otras ciudades también, lo cual me hace reflexionar: ¿existe algún narcismo porteño?, y si hay, ¿cómo se manifiesta?

Personalmente, creo que este aún está en formación. Para ser narcisista, hay que creerse el centro del Universo, como Mischa. El Puerto tiene gente narcisista, por cierto. Por ejemplo, están los empresarios gastronómicos que te dicen: “tal vez te tengo una mesa para 4 el 23 de abril. Pero en 2011”.

Aun así, Valparaíso, como ciudad, no cree su propio cuento. Ojalá que lo creyera.
Lo que sí hay son muchos incapaces de abstraerse de su propia Valparaíso. Es un narcicismo menos encantador, más peligroso. Vivir en una ciudad que tiene mil interpretaciones sería una virtud en cualquier parte. Pero, aquí, por alguna razón, siempre llegamos a combos.

Lo cual nos desemboca en el título de hoy, un “homenaje” a un cuento del gran Raymond Carver, “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. Cuatro personajes pasan una tarde conversando. Hay 2 botellas de Gin. Cada uno cuenta una experiencia que, se supone, ejemplifica el amor. Pero las historias sugieren más dudas que respuestas. A lo largo, se empieza a sospechar que ninguno de los cuatro sabe. Las botellas se vacían y el sol se pone. El cuento termina con los 4 personajes a oscuras.

domingo, 12 de abril de 2009

Otra vez el apocalipsis

En 1997, el Gobierno preparaba las licitaciones portuarias. Después de un exhaustivo análisis, optó por un sistema mono-operador. Se anunció el fin de mundo. Se tomaron el congreso. Colapsó la Avenida Pedro Montt. Día por medio, La Avenida Errazurriz amanecía debajo del humo de neumáticos quemados. “El Puerto”, decían, “morirá”.

Pero el Gobierno no pestañeó y, en ’99, un nuevo operador, TPS, asumió el control del Terminal 1. El concesionario adelantó sus inversiones. Llegaron 2 grúas pórtico y después 2 más. En 2004, vino una gestión que cambiaría la historia de Valparaíso, causando, a su vez, un terremoto en el mapa portuario nacional. Dos gigantescos armadores, MSC y Hamburg Sud, anunciaron que dejarían a San Antonio en favor de Valparaíso. De un pincelazo, Valparaíso sumaría más de 100 recaladas nuevas al año. El crecimiento del Puerto de Valparaíso duplicaría la tasa nacional. Hoy, lejos de “morir”, Valparaíso supera a San Antonio en contenedores movilizados. Es un verdadero milagro.

¿Y cómo se ha portado nuestro concesionario como ciudadano patrimonial?

Subsidia 15 colegios municipalizados. Entrega una impresionante cantidad de becas de educación superior a los hijos de portuarios. Está presente en todas las actividades deportivas. Ayudó a recuperar el Teatro Deutsches Haus en el Cerro Concepción. Ha financiado “La Pérgola de las Flores”, la “Opera en el Mar” y otros proyectos importantes. Cuando el Wanderito tocó suelo, se la jugó para levantarlo.

¿Y que pasa con aquellas personas que anunciaban el apocalipsis? ¿Acaso alguno ha dicho “me equivoque”? Ni uno. Dos años después de la “guerra portuaria” estaban en otra. Ya tenían otro “leitmotiv”: evitar a todo costo que se levantara un pequeño Santa Isabel cerca de la Iglesia de la Matriz.

Otra vez, la sangre llegó al río. Se anunciaba que, por culpa de dicho proyecto, moriría el Barrio Puerto. Reclamaban, “El historicismo falso transformaría a Valparaíso en una Disneylandia patrimonial”. Insistían, “Si se aprueba, ES SEGURO que la UNESCO le quitaría a Valparaíso su título patrimonial”.

Allí esta, hace 2 años, el pequeño supermercado. Ninguna de las “7 plagas de Egipto” nos ha caído. ¿Y sus detractores? Ni una palabra. Ya estaban en otra. Venía otro apocalipsis en el horizonte: Puerto Barón (PB).

Está bien. Hay que luchar por sus valores. Lo aplaudo. Pero si quieren mi respeto, hay que ser capaz de reconocer los errores. Hay que saber ganar y hay que saber perder.

TPS supo ganar con humildad. Entendió la importancia de hacer la ciudad “socia” de sus éxitos. En mi opinion, esto será el principal desafío del Grupo Plaza. Con PB, no bastará alcanzar a las expectativas. Hay que superarlas. Debe ser bello. Sus espacios públicos deben inspirar e invitar. Hay que redoblar la infraestructura cultural. Esta debe deleitarnos con alegría y arte.

Con buenas obras ganarán la confianza de 90% de la ciudad. ¿El 10% que falta?

No se preocupen. Encontrarán otro apocalipsis en el camino.

domingo, 5 de abril de 2009

Dios salve a Juanito

“Juanito” ama a Valparaíso. Apuesta por él y tiene un sueño, así que desarrolla un proyecto y va por conseguir financiamiento.

Presenta su joyita al alcalde. Al alcalde le encanta y deriva a Juanito al Departamento de Obras. Este pide el visto bueno de Patrimonio. Patrimonio hace un par de observaciones. “Encantado”, dice Juanito. “Lo que sea por el bien de mi ciudad”.

Una vez acogidas las observaciones de los departamentos de Obras y Patrimonio, Juanito lleva su carpeta al Consejo de Monumentos Nacionales (CMN). Este es un cuerpo colegiado, compuesto por individuos con criterios heterogéneos. Así, a Juanito le espera un contencioso debate. Tras varios meses e innumerables votaciones postergadas, el proyecto sale aprobado: 7 votos a favor, 5 en contra, una abstención. Pero le piden 2 cambios más.

No importa, dice Juanito. “Estoy herido, pero vivo”. Ahora viene el Concejo Municipal.
El pobre Juanito no tiene idea la pesadilla que le viene encima. ¿Por qué? Tanta discusión en el CMN ha despertado el interés de los “poderes fácticos”. Estos son grupos “ciudadanos” que se auto imponen la responsabilidad de hablar en nombre del resto.

Reconozco que soy amigo de varios de ellos. Son apasionados, cultos, interesantes. Manejan al dedillo el tema de Valparaíso. Tomar un capuchino con cualquiera es fascinante. ¿Pero si alguno de estos grupos decide que, por a, b, o c razón, el proyecto de Juanito no es de su gusto?
Que Dios salve a Juanito.

Los poderes fácticos tirarán un par de abogados “pro bono” encima. Harán una campaña en los diarios. Denunciarán sus intenciones; lo acusarán de trabajar de espaldas de la comunidad. Enturbiarán el ambiente.

A esta altura, la única esperanza que tiene nuestro amigo es que el Concejo Municipal apruebe su proyecto en primera instancia. Lamentablemente, cuando aparecen los poderes fácticos, la posibilidad de que esto ocurra disminuye sustancialmente.

El Concejo Municipal pide informar y, basado en dichos informes, que se demoran 5 meses, solicita 3 cambios al proyecto. A esta altura, Juanito se pregunta si no sería mejor llevar su joyita a Caleta Tortel o Panguipulli. Pero ama a Valparaíso, así que sigue adelante.

Incorpora las 3 observaciones solicitadas por el Concejo Municipal y asume, ingenuamente, que con esto se acabó el trámite. Pobre Juanito. No sabe que los poderes fácticos han mandado un informe técnico a 3 miembros del CMN que ellos consideran “influenciables”. Dicho oficio reclama: “el proyecto original ha sufrido tantos cambios que ya no corresponde al proyecto aprobado por Uds.” Si el CMN acoge esta idea, puede que Juanito tenga que volver a foja cero.

En 1999, Gonzalo Rojas, flamante Premio Cervantes, dijo: “No basta con amar a Valparaíso; hay que merecerlo”. ¿Pero qué pasa con Juanito? No le bastó amarlo ni merecerlo.

Dios salve a Juanito.

sábado, 28 de marzo de 2009

Las águilas no comen maíz


En el pueblo navajo se cuenta la siguiente leyenda: Un bravo, hijo del cacique, parte a escalar los altos acantilados del desierto. Allí, en la cumbre de una gigantesca roca, encuentra un nido de águilas. ¿Adentro? Un huevo.

Se le ocurre una idea: ¿Por qué no impresionar a su papá regalándole un huevo de águila? Baja cuidadosamente, protegiendo su tesoro. Llega al pueblo y lo presenta a su papá, orgulloso. Pero el cacique no está contento. Está indignado. “Esta águila va a morir”, reprocha a su retoño. “Pero, por si acaso, pongámoslo en el gallinero”.

Nace el aguilucho. Pero se cree pollito. Picotea. Tiene amigos pollitos y una mamá gallina. Lo quieren bastante. Pero es un bicho raro. Los demás pasan el día rastreando por el suelo. Nuestro amigo mira hacia el cielo. Sus pares se ríen de él. Lo llaman el “volado”. Se preocupan: “¿Cómo va a aprender a comer maíz? Pasa todo el día soñando”.

Un día, nuestro héroe está haciendo lo de siempre, mirando para arriba. De repente, vislumbra un tremendo pájaro de alas largas, danzando en el aire, sobrevolando el desierto. “¿No sería fantástico”, le dice a su mamá, “volar así, libre, ver todo desde el cielo?”. Su mamá le contesta entre picoteos: “No estaría mal. Pero olvídalo; eres un pollo”.

Nuestro aguilucho, como ya supones, es Valparaíso. Su herencia, su ADN, es la misma de Budapest, Estambul, Cuzco, Lisboa, Praga o San Petersburgo. ¿Por qué Valparaíso vive mirando sus pies?

La leyenda navajo sirve para entender lo que somos. Es más, nos ilustra por qué los “liderazgos” anteriores fracasaron. Quisieron complacer a todos. Se sobrecargaron improvisando en todos los frentes —los perros, el aseo, el cableado, los ascensores, los rayados, los baches, el Palacio Baburrizza, la ex cárcel, el borde costero, etc. Con tanto picoteo no se logra ver el cielo. Las águilas se frustran comiendo maíz.

Hay que arreglar los problemas de la gente. Es cierto. Pero se necesita un líder que sepa enfocarnos hacia algo más grande que nuestros problemas... Budapest, Estambul, Cuzco, Lisboa, Praga, San Petersburgo y Valparaíso. Así nos ve el mundo. Valparaíso, ¿Qué ves tú cuando miras el espejo?

Para el nuevo alcalde no será fácil. La gente se le va tirar encima. “Hay que arreglar esto, eso y lo otro”. Pero ya hemos aprendido. Vivir de parche en parche no es liderazgo. Es picoteo.

Arreglemos las cosas. Pero enfoquémonos en una idea fuerza. Recuérdenos lo grande que somos; apunte hacia donde despegar.

Nuestro aguilucho tiene una decisión difícil. Si opta por volar, puede que sus amiguitos lo rechacen. En el futuro, tendrá amigos águilas. En el entretanto, habrá mucha soledad.

Con todo el respeto que me merecen, los problemas de Valparaíso no son los de Talca, San Felipe, Quillota o Curicó.

Valparaíso, despiértate. Recuerda lo que es mirar al mar desde lo alto. Solo desde arriba, serás capaz de negociar un nuevo trato con el país; uno que corresponda a tu investidura.

domingo, 22 de marzo de 2009

Un gringo màs, un gringo menos

Durante una soleada tarde de 2000, El Presidente Lagos subió a un improvisado podio rodeado por 2 mil porteños en el sector del espigón. Prometió apoyar con todo la postulación ante la UNESCO. Se explayó sobre el proyecto Merval. Adelantó la recuperación de la Avenida Altamirano y el Paseo Wheelwright. Finalmente, miró hacía el sector Barón y extendió su famoso dedo. Argumentó que si Barcelona, Buenos Aires, Baltimore y Ciudad de Cabo podían reinventar sus bordes costeros, ¿por qué no podía hacerlo Valparaíso? Prometió que antes de terminar su mandato, Valparaíso se reencontraría con el mar en el sector Barón. El público aplaudió a rabiar.

La EPV licitó el Plan Maestro. El consorcio ganador trabajó con autoridades ministeriales y municipales. Convocó “focus groups” con gremios, ONGs, juntas vecinales y ciudadanos. Se debatió sobre las alturas, los posibles usos, la inclusión o no de viviendas, si valía la pena o no recuperar la bodega Simón Bolívar, etc. Al fin, se entregó un Plan Maestro.

La EPV recibió el estudio e hizo algunas modificaciones. Al fin se preparó una licitación, que fue postergada una y otra vez.

Termina Lagos. Entra Bachelet. Por fin se licita. La Presidenta, acompañada por el alcalde Cornejo, anuncia a los ganadores: el Grupo Plaza. No habría rascacielos. Sí habría comercio, hotel, paseos, plazas y explanadas. Se prometió 2.500 puestos de trabajo. Puros aplausos y abrazos.

¿El problema? Se había tardado 6 años en diseñar y licitar la transformación más ambiciosa de los últimos 50 años en Valparaíso. En el entretanto, la dinámica había cambiado. Atrás quedaba la ciudad “unida” tras la postulación UNESCO. En su lugar quedó un complejo mosaico de agrupaciones con ideologías cruzadas. Hoy, cada vez que se intenta mover una piedra en el Puerto aparecen 3 grupos para defenderla.

Mientras la convivencia porteña se volvía cada vez más hostil, veíamos a Aldo Cornejo absolutamente sobrepasado. Su discurso sobre Puerto Barón (PB) se hundía en un mar de matices. Al fin, nadie supo si estaba a favor o en contra. Así, nadie se sorprendía cuando la votación se postergaba una y otra vez.

Mientras las sesiones del Concejo se deterioraban por los gritos de los ciudadanos a favor y “la señora que tira huevos”, parecía que los más adultos en este proceso eran el Grupo Plaza. Les han dicho de todo. Les han pedido mil y un cambios. Han hecho mil y un cambios. Dicen estar expuestos a mil cambios más. Sólo necesitan una cosa: un metro ochenta más de altura.

Yo mido un metro ochenta y uno. El Grupo Plaza necesita menos de “un gringo” más. ¿Lo más loco de todo? PB ya ha sido aprobado. Lo que se está votando ahora no es PB. Lo que se está votando es un metro ochenta más.

Estimados concejales: Sabemos que hay 100 argumentos a favor y 100 argumentos en contra. Nadie les dijo que sería fácil. Pero nadie les obligó a postularse tampoco. Ha llegado el momento de votar. O están a favor o están en contra. ¿Abstenerse? No es una opción.

domingo, 15 de marzo de 2009

Trece maneras de mirar a Valparaíso

De las innumerables descripciones que se escuchan en referencia a Valparaíso, hay dos que no soporto: “ciudad poética” y “ciudad mágica”. Cualquiera de las dos me pone los pelos de punta. Me hace extrañar aún más nuestro Nobel del cerro Bellavista. Si escucho “ciudad poética” una vez más te juro… Voy a “ir por las calles con un cuchillo verde/ y dando gritos hasta morir de frío”.

“Ciudad poética” es un verso escrito por funcionarios. Habla de poesía pero no la tiene. Es el equivalente de la empresa Nike haciendo la siguiente campaña de marketing: “buenos zapatos”. Impresentable.

No me digas que Valparaíso tiene poesía. Muéstramelo.

Al inaugurar el portal “ciudaddevalparaiso”, Agustín Squella nos recordó una anécdota de Manuel Peña, la del inmigrante alemán que compró su casa en cerro Alegre porque “se había enamorado de una puerta.” Eso sí es lindo. Mi señora me reta por repetir demasiado: “Valparaíso es la única ciudad donde, día por medio, hay un burro estacionado debajo del letrero que dice ‘Reservado Gerente Bolsa de Valores’”. Me gusta. Sobre Valparaíso se pueden decir miles de cosas bellas.

Pero “ciudad poética” no es una de ellas. En el marketing, al igual como en el buen verso, si tienes que explicarme lo que debo sentir, fracasaste.

Voy a mi biblioteca y saco “Trece maneras de mirar a un mirlo” de Wallace Stevens (1875-1959). Se trata de un poema de calidad universal, de aquellos capaces de transformar nuestra vida en un instante:

1
Entre veinte cerros nevados
lo único que se movía
era el ojo de un mirlo.

2
Yo era de tres pareceres,
como un árbol
en el que hay tres mirlos.

3
En el viento de otoño giraba el mirlo.
Tenía un papel muy breve en la pantomima.

4
Un hombre y una mujerson uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
son uno.

5
Yo no sé cuál prefiero:
la belleza de las inflexiones
o la belleza de las insinuaciones,
el mirlo silbando
o después.

Ya tienes la idea. Son 13 esbozos. Sumando uno al otro, se abre un universo. Cuando algo es bueno, es bueno. No hay que discutirlo. Este poema estará vigente siglos después de que tú y yo ya no estemos.

Es lo que deseo para Valparaíso. Una campaña que haga respirar nuestra poesía sin anunciarlo; que capte nuestra universalidad sin decir “somos universales”.

domingo, 8 de marzo de 2009

Sueños

No le tengo miedo a la muerte. Para mí, es un sueño más. Otro paso en nuestro largo viaje de muchas estaciones.

Lo que sí temo es que no alcance a descifrar los sueños despiertos. Estos son los milagros, los “sincronismos” que nos rodean en cada momento. Ojalá que no esté tan enganchado con lo frívolo como para que tales milagros pasen inadvertidos.

Un sueño despierto puede ser sutil o violento. Por ejemplo, estás pensando en alguien que no has visto por mucho tiempo y justo tal persona te llama. O mientras haces la cola en el banco piensas en alguien y, dos minutos después, esta persona se te cruza en la calle. Pero también hay sueños violentos, como el que le tocó a mi familia durante la primavera de 1981, cuando los médicos nos revelaron que la tos que afligía mi hermana Robyn no era una neumonía, como se pensaba, sino un melanoma maligno muy avanzado. Robyn tenía 22 años. Alcanzó a vivir 3 meses más.

El impacto de este sueño despierto, llamémoslo “pesadilla”, casi nos aplastaría. Durante años, mi mamá, mi papá, mi otra hermana y yo andábamos a la deriva. Pero logramos reconstruir nuestras vidas y, en honor a Robyn, cada uno ha transformado lo suyo en algo especial. Si no fuese por Robyn, yo no habría “despertado” a buscar otros caminos. No habría encontrado la poesía, la filosofía de los sueños, Valparaíso.

Ahora, ¿fue una casualidad que, varios días antes de la tragedia de Pensacola, el embajador de EE.UU. me llamara desde su celular personal para invitarme a almorzar? No creo.

El viernes después de la tragedia, mi celular volvió a sonar. Otra vez era el embajador. Estaba en camino de visitar a los padres de Racine Balbontín, que viven en el Pasaje Harrington. Estaban perdidos. Supongo que un porteño en mil sabe dónde está el Pasaje Harrington. Es pequeñito. Pero yo sí sé. Me tocó visitarlo cuando la Fundación desarrollaba el Sendero Bicentenario. Me enamoré del pasaje desde el primer momento. “Sí, embajador, conozco el pasaje; está en Playa Ancha, al lado de la avenida Gran Bretaña, frente al ex Hospital Naval”.

¿Casualidad? No. ¿Sueño despierto? Sí. Pero esta historia tiene más vueltas. Los sueños despiertos, igual como Valparaíso, son un laberinto complejo de descifrar.

La tragedia de Pensacola me impactó, pero me pilló con mi propio sueño. He estado preocupado por mi padre. Está muy enfermo. Estoy tan distraído que no alcancé a fijarme en todos los nombres afectados por la tragedia.

Tuve que viajar a EE.UU., a estar con mi papá. Allá, me suena, otra vez, el celular. Es mi señora: “Todd, el pololo de la Racine era Francisco Cofré”. Me quedé congelado. Conozco a Francisco. Sus padres, Lucy y Mario, aparecen en el primer poema de mi libro. Pilar continúa: “Lucy ha tenido problemas con la visa para viajar”. No lo puedo creer. Pilar me recuerda: “Todd, tienes el número del embajador en tu Blackberry”...

A todos los afectados por este desastre, un abrazo eterno. A los familiares: que la pesadilla no los aplaste. Aguanten. Los sueños despiertos son aquellos momentos cuando la vida nos invita a despertar.

sábado, 28 de febrero de 2009

"Joie de Vivre"

Mi diccionario define “inmigrante” como “una persona que llega a un país o región diferente de su lugar de origen”. A nivel mundial, un 95% de estos caben en dos categorías: los refugiados y los marginados. Los primeros escapan de la persecución étnica, ideológica o religiosa; los segundos, de la pobreza endémica.

Curioso. Valparaíso es la ciudad chilena de inmigrantes por excelencia. Pero la mayoría de los nuestros no son ni de uno ni del otro tipo. Los nuestros son el 5%. ¿Qué caracteriza a los inmigrantes porteños?

En primer lugar, son aventureros. Sus pioneros imaginaron la “Joya del Pacífico” como una especie de “Far West” al fin del mundo. Un lugar lleno de intriga y oportunidades. ¿De qué otra manera se explica que, hace 190 años, se estableciera en el cerro Cordillera la familia noruega de los Lund?

Otra característica es la pasión que les nace por su nuevo hogar. Mi amigo Pablo Peragallo es así. Proviene de varias generaciones de ligures. Es camogliano de tomo y lomo. Pero su ciudad es Valparaíso. Vive en una casa diseñada por Barison y Schiavon. De allí no lo sacas. Nunca.
¿Tercero? No se contentan con asimilarse. Quieren apoyar; quieren hacer ciudad. Construyen casas, colegios, iglesias, miradores, restaurantes y hoteles; obras de beneficencia, universidades, hospitales.

En el caso de mis compatriotas, los estadounidenses, se han destacado en áreas tan diversas como el comercio (Wheelwright), la arquitectura (Harrington), la educación (Trumbull) y la filantropía (Brown Duffin).

La última característica que define nuestro inmigrante porteño es lo más importante: su “Joie de Vivre”: llegan y se quedan. Están fascinados con su Puerto. Están felices aquí. Era así hace 200 años. Es así hoy en día.
Pregúntenle a Anne Hansen, la danesa que aterrizó en el cerro Alegre para fundar la Biblioteca Nórdica Infantil. O al fascinante arquitecto austriaco Michel Bier.

La próxima vez que te hablen del “poeta gringo” no asumas que sea quien escribe estas líneas. Puede ser Ken Rivkin, un canadiense que, hace años, organiza eventos literarios en los pubs universitarios.

Y no nos olvidemos de nuestros normandos ilustres: el “Loro Coirón”, cuyos grabados desnudan la universalidad de los habitantes del barrio Puerto; y Philipe Grande George, quien no se cansa de deleitarnos con sus maravillas culinarias a un precio regalado. ¡Viva “Le Filou de Montpellier”!
En el cerro Artillería se encuentra “The Yellow House”. Su propietario es Martin Turner, un australiano. Renunció a una exitosa carrera como alto ejecutivo en una multinacional. Hoy se dedica a Valparaíso. Le pregunté: “¿Sabes que difícilmente ganarás tanta plata en tu B & B como la que ganabas antes”. Me contestó: “Hay cosas más importantes que el dinero, Todd”.

¿Qué dices? ¿No sabes dónde están “The Yellow House” o “Le Filou de Montpellier”? No hay ningún problema. Pregúntale al director del Departamento de Turismo de la Municipalidad. Se llama Milos, un serbio a servicio de tu ciudad.

domingo, 15 de febrero de 2009

Carta a Eduardo Frei y Sebastian Piñera

Estimados:

No soy experto en historia de la Ciudad Jardín ni pretendo serlo. Sin embargo, es indiscutible reconocer que en algún momento del siglo XX apareció la idea de “tomarse” esa apacible ciudad dormitorio, 10 minutos hacia el norte de Valparaíso, y posicionarla como un balneario internacional capaz de competir con Punta del Este y Mar de Plata.

Durante la segunda mitad de dicho siglo, Chile entero se entusiasmó con tal idea. Viña se convertiría en un proyecto país, un orgullo nacional. Como hubo voluntad política, se pudo inventar los instrumentos necesarios (casino, festival, concesiones, etc.) que permitirían financiar un proyecto ambicioso. Hoy, Viña tiene a su disposición una caja extra de aproximadamente US$ 33 millones al año, aparte de lo que recauda por permisos de construcción, patentes comerciales, etc. Es decir, tiene US$ 33 millones al año MÁS de lo que tiene su vecino. Bien por Viña.

Pero ahora Chile tiene otro proyecto, otra ciudad que se perfila como orgullo nacional, otra urbe ad portas de convertirse en ícono mundial. Se llama Valparaíso. Es patrimonio de la humanidad, capital cultural, capital legislativa. Según estadísticas del INE, durante los últimos 3 años, la tasa del crecimiento del turismo de larga distancia hacia Valparaíso es casi el doble de la tasa nacional.
Pensar que Valparaíso pueda competir con ciudades patrimoniales de la talla de Estambul, Praga, Budapest o San Petersburgo, con los recursos que recauda vía las patentes que pagan la panadería “Guria” y la fiambrería “Sethmacher”… Pensar que Valparaíso puede preservar su entorno patrimonial resistiendo la tentación de vender su alma a los grandes grupos inmobiliarios… Pensar que Valparaíso pueda aprovechar sus inmensas oportunidades turísticas con las migajas de presupuesto que tiene, es condenar a la ciudad chilena más valorada por los extranjeros al fracaso perpetuo.

Ha llegado la hora de invertir en Valparaíso. Ha llegado la hora de presentar al Congreso una “Ley Valparaíso”, un subsidio estatal que garantice a esta ciudad puerto un ingreso extraordinario anual equivalente a lo que recauda Viña del Mar.
Sé que algunos parlamentarios rechazarán tal idea. ¿Por qué Valparaíso? ¿Por qué no Temuco, Chillán, Valdivia?

Consideremos la Amazonia. El mundo reclama: “Protejámosla. De ella depende el oxígeno mundial.” Brasil dice: “Ok. Páguennos por preservarla. Compénsenos por lo que no recaudaremos al no explotar dicho recurso”.

Los chilenos dicen: “Protejamos el anfiteatro porteño. No lo llenemos de torres ni de grandes centros comerciales”. De acuerdo. Pero, ¿quién compensa al municipio por no recaudar recursos que sí pueden aprovechar los demás municipios de Chile?

Señores candidatos presidenciales, sabemos que estas elecciones serán reñidas. Sabemos que, electoralmente, Valparaíso está en juego. Así, concluyo esta carta con una sola pregunta:

¿Ustedes están o no de acuerdo o con una “Ley Valparaíso”?

Los porteños estarán atentos a su respuesta.