Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

sábado, 28 de marzo de 2009

Las águilas no comen maíz


En el pueblo navajo se cuenta la siguiente leyenda: Un bravo, hijo del cacique, parte a escalar los altos acantilados del desierto. Allí, en la cumbre de una gigantesca roca, encuentra un nido de águilas. ¿Adentro? Un huevo.

Se le ocurre una idea: ¿Por qué no impresionar a su papá regalándole un huevo de águila? Baja cuidadosamente, protegiendo su tesoro. Llega al pueblo y lo presenta a su papá, orgulloso. Pero el cacique no está contento. Está indignado. “Esta águila va a morir”, reprocha a su retoño. “Pero, por si acaso, pongámoslo en el gallinero”.

Nace el aguilucho. Pero se cree pollito. Picotea. Tiene amigos pollitos y una mamá gallina. Lo quieren bastante. Pero es un bicho raro. Los demás pasan el día rastreando por el suelo. Nuestro amigo mira hacia el cielo. Sus pares se ríen de él. Lo llaman el “volado”. Se preocupan: “¿Cómo va a aprender a comer maíz? Pasa todo el día soñando”.

Un día, nuestro héroe está haciendo lo de siempre, mirando para arriba. De repente, vislumbra un tremendo pájaro de alas largas, danzando en el aire, sobrevolando el desierto. “¿No sería fantástico”, le dice a su mamá, “volar así, libre, ver todo desde el cielo?”. Su mamá le contesta entre picoteos: “No estaría mal. Pero olvídalo; eres un pollo”.

Nuestro aguilucho, como ya supones, es Valparaíso. Su herencia, su ADN, es la misma de Budapest, Estambul, Cuzco, Lisboa, Praga o San Petersburgo. ¿Por qué Valparaíso vive mirando sus pies?

La leyenda navajo sirve para entender lo que somos. Es más, nos ilustra por qué los “liderazgos” anteriores fracasaron. Quisieron complacer a todos. Se sobrecargaron improvisando en todos los frentes —los perros, el aseo, el cableado, los ascensores, los rayados, los baches, el Palacio Baburrizza, la ex cárcel, el borde costero, etc. Con tanto picoteo no se logra ver el cielo. Las águilas se frustran comiendo maíz.

Hay que arreglar los problemas de la gente. Es cierto. Pero se necesita un líder que sepa enfocarnos hacia algo más grande que nuestros problemas... Budapest, Estambul, Cuzco, Lisboa, Praga, San Petersburgo y Valparaíso. Así nos ve el mundo. Valparaíso, ¿Qué ves tú cuando miras el espejo?

Para el nuevo alcalde no será fácil. La gente se le va tirar encima. “Hay que arreglar esto, eso y lo otro”. Pero ya hemos aprendido. Vivir de parche en parche no es liderazgo. Es picoteo.

Arreglemos las cosas. Pero enfoquémonos en una idea fuerza. Recuérdenos lo grande que somos; apunte hacia donde despegar.

Nuestro aguilucho tiene una decisión difícil. Si opta por volar, puede que sus amiguitos lo rechacen. En el futuro, tendrá amigos águilas. En el entretanto, habrá mucha soledad.

Con todo el respeto que me merecen, los problemas de Valparaíso no son los de Talca, San Felipe, Quillota o Curicó.

Valparaíso, despiértate. Recuerda lo que es mirar al mar desde lo alto. Solo desde arriba, serás capaz de negociar un nuevo trato con el país; uno que corresponda a tu investidura.

domingo, 22 de marzo de 2009

Un gringo màs, un gringo menos

Durante una soleada tarde de 2000, El Presidente Lagos subió a un improvisado podio rodeado por 2 mil porteños en el sector del espigón. Prometió apoyar con todo la postulación ante la UNESCO. Se explayó sobre el proyecto Merval. Adelantó la recuperación de la Avenida Altamirano y el Paseo Wheelwright. Finalmente, miró hacía el sector Barón y extendió su famoso dedo. Argumentó que si Barcelona, Buenos Aires, Baltimore y Ciudad de Cabo podían reinventar sus bordes costeros, ¿por qué no podía hacerlo Valparaíso? Prometió que antes de terminar su mandato, Valparaíso se reencontraría con el mar en el sector Barón. El público aplaudió a rabiar.

La EPV licitó el Plan Maestro. El consorcio ganador trabajó con autoridades ministeriales y municipales. Convocó “focus groups” con gremios, ONGs, juntas vecinales y ciudadanos. Se debatió sobre las alturas, los posibles usos, la inclusión o no de viviendas, si valía la pena o no recuperar la bodega Simón Bolívar, etc. Al fin, se entregó un Plan Maestro.

La EPV recibió el estudio e hizo algunas modificaciones. Al fin se preparó una licitación, que fue postergada una y otra vez.

Termina Lagos. Entra Bachelet. Por fin se licita. La Presidenta, acompañada por el alcalde Cornejo, anuncia a los ganadores: el Grupo Plaza. No habría rascacielos. Sí habría comercio, hotel, paseos, plazas y explanadas. Se prometió 2.500 puestos de trabajo. Puros aplausos y abrazos.

¿El problema? Se había tardado 6 años en diseñar y licitar la transformación más ambiciosa de los últimos 50 años en Valparaíso. En el entretanto, la dinámica había cambiado. Atrás quedaba la ciudad “unida” tras la postulación UNESCO. En su lugar quedó un complejo mosaico de agrupaciones con ideologías cruzadas. Hoy, cada vez que se intenta mover una piedra en el Puerto aparecen 3 grupos para defenderla.

Mientras la convivencia porteña se volvía cada vez más hostil, veíamos a Aldo Cornejo absolutamente sobrepasado. Su discurso sobre Puerto Barón (PB) se hundía en un mar de matices. Al fin, nadie supo si estaba a favor o en contra. Así, nadie se sorprendía cuando la votación se postergaba una y otra vez.

Mientras las sesiones del Concejo se deterioraban por los gritos de los ciudadanos a favor y “la señora que tira huevos”, parecía que los más adultos en este proceso eran el Grupo Plaza. Les han dicho de todo. Les han pedido mil y un cambios. Han hecho mil y un cambios. Dicen estar expuestos a mil cambios más. Sólo necesitan una cosa: un metro ochenta más de altura.

Yo mido un metro ochenta y uno. El Grupo Plaza necesita menos de “un gringo” más. ¿Lo más loco de todo? PB ya ha sido aprobado. Lo que se está votando ahora no es PB. Lo que se está votando es un metro ochenta más.

Estimados concejales: Sabemos que hay 100 argumentos a favor y 100 argumentos en contra. Nadie les dijo que sería fácil. Pero nadie les obligó a postularse tampoco. Ha llegado el momento de votar. O están a favor o están en contra. ¿Abstenerse? No es una opción.

domingo, 15 de marzo de 2009

Trece maneras de mirar a Valparaíso

De las innumerables descripciones que se escuchan en referencia a Valparaíso, hay dos que no soporto: “ciudad poética” y “ciudad mágica”. Cualquiera de las dos me pone los pelos de punta. Me hace extrañar aún más nuestro Nobel del cerro Bellavista. Si escucho “ciudad poética” una vez más te juro… Voy a “ir por las calles con un cuchillo verde/ y dando gritos hasta morir de frío”.

“Ciudad poética” es un verso escrito por funcionarios. Habla de poesía pero no la tiene. Es el equivalente de la empresa Nike haciendo la siguiente campaña de marketing: “buenos zapatos”. Impresentable.

No me digas que Valparaíso tiene poesía. Muéstramelo.

Al inaugurar el portal “ciudaddevalparaiso”, Agustín Squella nos recordó una anécdota de Manuel Peña, la del inmigrante alemán que compró su casa en cerro Alegre porque “se había enamorado de una puerta.” Eso sí es lindo. Mi señora me reta por repetir demasiado: “Valparaíso es la única ciudad donde, día por medio, hay un burro estacionado debajo del letrero que dice ‘Reservado Gerente Bolsa de Valores’”. Me gusta. Sobre Valparaíso se pueden decir miles de cosas bellas.

Pero “ciudad poética” no es una de ellas. En el marketing, al igual como en el buen verso, si tienes que explicarme lo que debo sentir, fracasaste.

Voy a mi biblioteca y saco “Trece maneras de mirar a un mirlo” de Wallace Stevens (1875-1959). Se trata de un poema de calidad universal, de aquellos capaces de transformar nuestra vida en un instante:

1
Entre veinte cerros nevados
lo único que se movía
era el ojo de un mirlo.

2
Yo era de tres pareceres,
como un árbol
en el que hay tres mirlos.

3
En el viento de otoño giraba el mirlo.
Tenía un papel muy breve en la pantomima.

4
Un hombre y una mujerson uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
son uno.

5
Yo no sé cuál prefiero:
la belleza de las inflexiones
o la belleza de las insinuaciones,
el mirlo silbando
o después.

Ya tienes la idea. Son 13 esbozos. Sumando uno al otro, se abre un universo. Cuando algo es bueno, es bueno. No hay que discutirlo. Este poema estará vigente siglos después de que tú y yo ya no estemos.

Es lo que deseo para Valparaíso. Una campaña que haga respirar nuestra poesía sin anunciarlo; que capte nuestra universalidad sin decir “somos universales”.

domingo, 8 de marzo de 2009

Sueños

No le tengo miedo a la muerte. Para mí, es un sueño más. Otro paso en nuestro largo viaje de muchas estaciones.

Lo que sí temo es que no alcance a descifrar los sueños despiertos. Estos son los milagros, los “sincronismos” que nos rodean en cada momento. Ojalá que no esté tan enganchado con lo frívolo como para que tales milagros pasen inadvertidos.

Un sueño despierto puede ser sutil o violento. Por ejemplo, estás pensando en alguien que no has visto por mucho tiempo y justo tal persona te llama. O mientras haces la cola en el banco piensas en alguien y, dos minutos después, esta persona se te cruza en la calle. Pero también hay sueños violentos, como el que le tocó a mi familia durante la primavera de 1981, cuando los médicos nos revelaron que la tos que afligía mi hermana Robyn no era una neumonía, como se pensaba, sino un melanoma maligno muy avanzado. Robyn tenía 22 años. Alcanzó a vivir 3 meses más.

El impacto de este sueño despierto, llamémoslo “pesadilla”, casi nos aplastaría. Durante años, mi mamá, mi papá, mi otra hermana y yo andábamos a la deriva. Pero logramos reconstruir nuestras vidas y, en honor a Robyn, cada uno ha transformado lo suyo en algo especial. Si no fuese por Robyn, yo no habría “despertado” a buscar otros caminos. No habría encontrado la poesía, la filosofía de los sueños, Valparaíso.

Ahora, ¿fue una casualidad que, varios días antes de la tragedia de Pensacola, el embajador de EE.UU. me llamara desde su celular personal para invitarme a almorzar? No creo.

El viernes después de la tragedia, mi celular volvió a sonar. Otra vez era el embajador. Estaba en camino de visitar a los padres de Racine Balbontín, que viven en el Pasaje Harrington. Estaban perdidos. Supongo que un porteño en mil sabe dónde está el Pasaje Harrington. Es pequeñito. Pero yo sí sé. Me tocó visitarlo cuando la Fundación desarrollaba el Sendero Bicentenario. Me enamoré del pasaje desde el primer momento. “Sí, embajador, conozco el pasaje; está en Playa Ancha, al lado de la avenida Gran Bretaña, frente al ex Hospital Naval”.

¿Casualidad? No. ¿Sueño despierto? Sí. Pero esta historia tiene más vueltas. Los sueños despiertos, igual como Valparaíso, son un laberinto complejo de descifrar.

La tragedia de Pensacola me impactó, pero me pilló con mi propio sueño. He estado preocupado por mi padre. Está muy enfermo. Estoy tan distraído que no alcancé a fijarme en todos los nombres afectados por la tragedia.

Tuve que viajar a EE.UU., a estar con mi papá. Allá, me suena, otra vez, el celular. Es mi señora: “Todd, el pololo de la Racine era Francisco Cofré”. Me quedé congelado. Conozco a Francisco. Sus padres, Lucy y Mario, aparecen en el primer poema de mi libro. Pilar continúa: “Lucy ha tenido problemas con la visa para viajar”. No lo puedo creer. Pilar me recuerda: “Todd, tienes el número del embajador en tu Blackberry”...

A todos los afectados por este desastre, un abrazo eterno. A los familiares: que la pesadilla no los aplaste. Aguanten. Los sueños despiertos son aquellos momentos cuando la vida nos invita a despertar.

sábado, 28 de febrero de 2009

"Joie de Vivre"

Mi diccionario define “inmigrante” como “una persona que llega a un país o región diferente de su lugar de origen”. A nivel mundial, un 95% de estos caben en dos categorías: los refugiados y los marginados. Los primeros escapan de la persecución étnica, ideológica o religiosa; los segundos, de la pobreza endémica.

Curioso. Valparaíso es la ciudad chilena de inmigrantes por excelencia. Pero la mayoría de los nuestros no son ni de uno ni del otro tipo. Los nuestros son el 5%. ¿Qué caracteriza a los inmigrantes porteños?

En primer lugar, son aventureros. Sus pioneros imaginaron la “Joya del Pacífico” como una especie de “Far West” al fin del mundo. Un lugar lleno de intriga y oportunidades. ¿De qué otra manera se explica que, hace 190 años, se estableciera en el cerro Cordillera la familia noruega de los Lund?

Otra característica es la pasión que les nace por su nuevo hogar. Mi amigo Pablo Peragallo es así. Proviene de varias generaciones de ligures. Es camogliano de tomo y lomo. Pero su ciudad es Valparaíso. Vive en una casa diseñada por Barison y Schiavon. De allí no lo sacas. Nunca.
¿Tercero? No se contentan con asimilarse. Quieren apoyar; quieren hacer ciudad. Construyen casas, colegios, iglesias, miradores, restaurantes y hoteles; obras de beneficencia, universidades, hospitales.

En el caso de mis compatriotas, los estadounidenses, se han destacado en áreas tan diversas como el comercio (Wheelwright), la arquitectura (Harrington), la educación (Trumbull) y la filantropía (Brown Duffin).

La última característica que define nuestro inmigrante porteño es lo más importante: su “Joie de Vivre”: llegan y se quedan. Están fascinados con su Puerto. Están felices aquí. Era así hace 200 años. Es así hoy en día.
Pregúntenle a Anne Hansen, la danesa que aterrizó en el cerro Alegre para fundar la Biblioteca Nórdica Infantil. O al fascinante arquitecto austriaco Michel Bier.

La próxima vez que te hablen del “poeta gringo” no asumas que sea quien escribe estas líneas. Puede ser Ken Rivkin, un canadiense que, hace años, organiza eventos literarios en los pubs universitarios.

Y no nos olvidemos de nuestros normandos ilustres: el “Loro Coirón”, cuyos grabados desnudan la universalidad de los habitantes del barrio Puerto; y Philipe Grande George, quien no se cansa de deleitarnos con sus maravillas culinarias a un precio regalado. ¡Viva “Le Filou de Montpellier”!
En el cerro Artillería se encuentra “The Yellow House”. Su propietario es Martin Turner, un australiano. Renunció a una exitosa carrera como alto ejecutivo en una multinacional. Hoy se dedica a Valparaíso. Le pregunté: “¿Sabes que difícilmente ganarás tanta plata en tu B & B como la que ganabas antes”. Me contestó: “Hay cosas más importantes que el dinero, Todd”.

¿Qué dices? ¿No sabes dónde están “The Yellow House” o “Le Filou de Montpellier”? No hay ningún problema. Pregúntale al director del Departamento de Turismo de la Municipalidad. Se llama Milos, un serbio a servicio de tu ciudad.

domingo, 15 de febrero de 2009

Carta a Eduardo Frei y Sebastian Piñera

Estimados:

No soy experto en historia de la Ciudad Jardín ni pretendo serlo. Sin embargo, es indiscutible reconocer que en algún momento del siglo XX apareció la idea de “tomarse” esa apacible ciudad dormitorio, 10 minutos hacia el norte de Valparaíso, y posicionarla como un balneario internacional capaz de competir con Punta del Este y Mar de Plata.

Durante la segunda mitad de dicho siglo, Chile entero se entusiasmó con tal idea. Viña se convertiría en un proyecto país, un orgullo nacional. Como hubo voluntad política, se pudo inventar los instrumentos necesarios (casino, festival, concesiones, etc.) que permitirían financiar un proyecto ambicioso. Hoy, Viña tiene a su disposición una caja extra de aproximadamente US$ 33 millones al año, aparte de lo que recauda por permisos de construcción, patentes comerciales, etc. Es decir, tiene US$ 33 millones al año MÁS de lo que tiene su vecino. Bien por Viña.

Pero ahora Chile tiene otro proyecto, otra ciudad que se perfila como orgullo nacional, otra urbe ad portas de convertirse en ícono mundial. Se llama Valparaíso. Es patrimonio de la humanidad, capital cultural, capital legislativa. Según estadísticas del INE, durante los últimos 3 años, la tasa del crecimiento del turismo de larga distancia hacia Valparaíso es casi el doble de la tasa nacional.
Pensar que Valparaíso pueda competir con ciudades patrimoniales de la talla de Estambul, Praga, Budapest o San Petersburgo, con los recursos que recauda vía las patentes que pagan la panadería “Guria” y la fiambrería “Sethmacher”… Pensar que Valparaíso puede preservar su entorno patrimonial resistiendo la tentación de vender su alma a los grandes grupos inmobiliarios… Pensar que Valparaíso pueda aprovechar sus inmensas oportunidades turísticas con las migajas de presupuesto que tiene, es condenar a la ciudad chilena más valorada por los extranjeros al fracaso perpetuo.

Ha llegado la hora de invertir en Valparaíso. Ha llegado la hora de presentar al Congreso una “Ley Valparaíso”, un subsidio estatal que garantice a esta ciudad puerto un ingreso extraordinario anual equivalente a lo que recauda Viña del Mar.
Sé que algunos parlamentarios rechazarán tal idea. ¿Por qué Valparaíso? ¿Por qué no Temuco, Chillán, Valdivia?

Consideremos la Amazonia. El mundo reclama: “Protejámosla. De ella depende el oxígeno mundial.” Brasil dice: “Ok. Páguennos por preservarla. Compénsenos por lo que no recaudaremos al no explotar dicho recurso”.

Los chilenos dicen: “Protejamos el anfiteatro porteño. No lo llenemos de torres ni de grandes centros comerciales”. De acuerdo. Pero, ¿quién compensa al municipio por no recaudar recursos que sí pueden aprovechar los demás municipios de Chile?

Señores candidatos presidenciales, sabemos que estas elecciones serán reñidas. Sabemos que, electoralmente, Valparaíso está en juego. Así, concluyo esta carta con una sola pregunta:

¿Ustedes están o no de acuerdo o con una “Ley Valparaíso”?

Los porteños estarán atentos a su respuesta.

domingo, 8 de febrero de 2009

33 "palos verdes"


En una carta titulada “Marcadas diferencias”, un lector lamenta el deterioro de Valparaíso y lo compara con una Viña del Mar “moderna y futurista”. Concluye que Viña, a diferencia de Valparaíso, ha tenido buenas autoridades, quienes han optado por la modernidad. Termina recomendando la demolición de los inmuebles antiguos de Valparaíso a favor de nuevas construcciones “acordes al siglo que vivimos”.

Se le olvidó un pequeño detalle: los 33 “palos verdes”. Es lo que Viña recauda cada año por motivo del casino, las concesiones hoteleras y el Festival de la Canción. Quitémosle esta plata a la Ciudad Jardín durante 5 años e imaginemos si se vería tan bonita como hoy.


Ahora, ¿qué podría hacer Valparaíso con 33 “palos verdes” anuales? Hagamos un ejercicio a 5 años.

Primero, restaurar los 15 ascensores, más otros 5 abandonados hace décadas (13 US M).


Segundo, volar el Nudo Barón y hundir Errázuriz entre la Avenida Argentina y calle Edwards, creando un parque entre el barrio Brasil y el borde mar. (20 US M).


Tercero, crear un subsidio de 300 UF, con 2 mil cupos, para propietarios que arreglen sus casas y renueven sus sistemas eléctricos (20 US M).


Cuarto, potenciar el Festival de Cine y crear 3 bienales latinoamericanas nuevas —de literatura, arquitectura y plástica—, cada una capaz de copar nuestros hoteles y restaurantes durante 10 días cada año (7,5 US M).


Quinto, comprar, arreglar y equipar el Teatro Municipal (7 US M).


Sexto, transformar la Avenida Alemania desde el cerro Monjas hasta el cerro Alegre, plantando 500 árboles maduros, construyendo 5 miradores nuevos y convirtiendo la Plaza Bismark en un rosedal (10 US M).


Séptimo, inaugurar un nuevo mirador por año en otros cerros, con terminaciones al nivel del Gervasoni (10 US M).


Octavo, transformar la Avenida Argentina en el “Parque Bicentenario”, con esculturas monumentales, jardines y fuentes (12 US M).


Noveno, comprar un sitio aledaño a dicha avenida para reinstalar la feria con la infraestructura que corresponde (6 US M).


Décimo, reemplazar tierra por césped en el Parque Alejo Barrios para crear un pulmón verde en Playa Ancha (0,5 US M).


Undécimo, subsidiar la inversión en los sectores salud y educación media, para que la clase profesional del Puerto no necesite emigrar a Viña para contar con dichos servicios (7 US M).


Duodécimo, financiar 30 recitales anuales de la filarmónica regional en el Puerto (2 US M).


Decimotercero, abrir oficinas en EE.UU. y Europa para promover la ciudad (5 US M).


Decimocuarto, terminar la señalética turística del proyecto “Sendero Bicentenario”, que quedó extrañamente en el olvido (0,5 US M).


Decimoquinto, restaurar las iglesias de St. Paul, San Francisco y la Matriz (15 US M).


Decimosexto, transformar algún sitio eriazo en un centro deportivo de alto rendimiento (US 15 M).


Decimoséptimo, destinar 3 US M al año a paliar la pobreza…

Vaya. La columna se acabó, y aún nos quedan 10 “palos” para gastar. Invirtámoslos en Inverlink, pues.

sábado, 31 de enero de 2009

Desde el Rosedal


Hace unos días deambulaba por el Rosedal de Buenos Aires, un delicioso laberinto de lagunas, puentes, senderos, piletas, esculturas y, por supuesto, muchas rosas. Más de mil especies de rosas. Hacia el sur aparece el Zoológico, el Planetario y el Jardín Japonés. Hacia el norte, más parques. Me sentí iluminado. Inspirado. Liberado de mí mismo. Abrí mi cuaderno. Empecé a escribir.


“Hay que convocar a una reunión urgente con el intendente, el alcalde y una docena de personajes clave de Valparaíso. Pero no hay que reunirse en Valparaíso; hay que juntarse en el Rosedal de Buenos Aires”.

Para soñar Valparaíso hay que salir de Valparaíso; hay que quitarse el peso de décadas de frustraciones; hay que borrar de un plumazo las innumerables razones por los cuales “no se puede hacer” a, b y c. Por unos días, hay que olvidar los compromisos políticos.

Me imagino caminando el Rosedal con este distinguido grupo, tomando té verde bajo la sombra de una camelia en el Jardín Japonés; dándoles comida a los pececitos; comiendo “ravioli di zucca” en el “Guidos”; conversando sobre Valparaíso. “Amigos”, partiría, “imaginemos por un minuto que el problema no es de dinero. En Chile hay bastante dinero, tanto en el sector público como el privado. El problema es que no hay un proyecto”.

“Sé lo que están pensando. Que en Valparaíso hay docenas de proyectos. Es cierto. Pero no hay UN proyecto. No hay un proyecto que presente Valparaíso en su conjunto al país. Somos Patrimonio de la Humanidad, Capital Legislativa, Capital Cultural. Hay que mostrar al país un proyecto. Hay que decirle: ‘Aquí estará Valparaíso en 15 años más: un gran regalo desde Chile para toda la humanidad”.

Partamos. La Avenida Argentina hoy está colapsada. Un basural. Un cacho. ¿Por qué no puede transformarse en el gran “Paseo Bicentenario”, un extraordinario complejo de jardines, fuentes y esculturas de un kilómetro y medio de extensión, concebido como un regalo del Congreso Nacional para el resto del país?

Este paseo desembocaría en Puerto Barón. Puede que este último aún no convenza; pero imaginemos que sus espacios públicos (Paseo del Mar, Marina, Plaza Francia, Plaza Barón) se vincularan como un solo circuito que se conecte con el Paseo Bicentenario hacia el sur y una renovada Avenida Brasil hacia el poniente: 5 kms. de parques ininterrumpidos. Imaginemos que la nueva Plaza Francia tuviera una laguna con un jardín botánico. Otra cosa, mariposa.

Donde termina Brasil reinventamos el Barrio Cívico. Desde allí, transformamos la calle Cumming en una rambla que lleva a la ex cárcel, y desde allí impulsamos la transformación completa de la Avenida Alemania. Ahora sí. Ahora está apareciendo un proyecto.

Los gringos dicen: “Si no sabes a dónde vas, cualquier camino te sirve”. Así, les invito al Rosedal. Les invito a dejar de soñar Valparaíso en pedacitos. Armemos un proyecto de verdad. Un proyecto país. Un Valparaíso para el mundo.

sábado, 24 de enero de 2009

Juliette Morgan


Juliette Morgan nació en Montgomery, Alabama, en 1914. Hija única de una privilegiada familia sureña de siete generaciones, su padre era amigo de F. Scott Fitzgerald; su mamá, descendiente de un general del ejército confederado. Hizo un bachiller en Literatura y un magíster en Ciencias Políticas, una excepcional señorita de la alta sociedad.


Pero sufría ataques de ansiedad que le impedían conducir. Viajaba en transporte público. Allí fue testigo de la brutal humillación que sufrían los negros de Montgomery.


La historia cuenta que la lucha a favor de los derechos civiles partió el mítico 1 de diciembre de 1955, cuando Rosa Parks se negó a entregar su asiento a un blanco. El "Boicot de Montgomery" conmovería al mundo. Pero en 1939, 16 años antes, Juliette Morgan ya escribía la primera de decenas de cartas al principal diario de la ciudad. "Los negros pagan el mismo boleto que nosotros, pero el trato que reciben no sería digno ni para un burro", decía la primera. Una segunda reclamaba: "La segregación no es cristiana". Fue despedida de su trabajo.


Durante los '40 seguía escribiendo cartas. Los blancos la humillaron en las calles y arriba de los buses. Sus padres le imploraron que no continuara. Accedió y fue contratada en la biblioteca municipal.Allí mantenía un bajo perfil, pero, secretamente, trabajaba para identificar a un selecto grupo de blancos "iluminados" repartidos en la zona. En 1952 rompería su silencio con una nueva misiva al diario: "Existen miles de blancos decentes con ganas de cambiar el orden del mundo. Nuestro principal desafío es superar el miedo que nos impide hablar". El alcalde insistió en su despido. El director de la biblioteca, por deferencia a su papá, no le hizo caso, siempre y cuando “se dejara de escribir".


Pero el 12 de diciembre de 1955, once días después del inicio del boicot, publicó otra carta: "Los negros de Montgomery se han transformado en los herederos de Mahatma Ghandi. Su lucha, sin embargo, es aún más trascendente. La discriminación, la ignorancia y el odio que enfrentan son aun más terribles… Uno siente que los ojos del mundo están puestos en Montgomery. Que la historia del mundo se está escribiendo aquí… Me es imposible imaginar un alma tan muerta, un corazón tan vacío, una visión tan ciega, que no logra emocionarse con la dignidad con la cual los negros han conducido esta protesta”. Entre los lectores de esta carta había un joven predicador: Martin Luther King (MLK).


La familia Morgan recibía amenazas día y noche. Incendiaron un crucifijo delante de su casa. El 16 de julio de 1957 no aguantó más. Fue descubierta muerta, con un frasco de pastillas de dormir vacío a su lado. En una carta expresó su dolor por "haber hecho sufrir a sus padres".


En su autobiografía, MLK relata: "No habría sido posible la maduración de nuestra visión de la desobediencia civil sin violencia, si no hubiese sido por una bibliotecaria blanca". Fue Juliette Morgan quien le inspiró a apoyarse en la figura de Ghandi. El resto es historia.

domingo, 11 de enero de 2009

La culpa la tiene Chile

Imagínate que viajaras a Perú y descubrieras un Machu Picchu en estado deplorable. ¿A quién culparías? ¿A la Municipalidad de Ollantaytambo? ¿Al pueblo de Aguas Calientes?

No creo. Culparías al Perú.

De la misma manera, el actual estado de los ascensores de Valparaíso no constituye un fracaso de la ciudad de Valparaíso. La culpa la tiene el país.

Para Chile, la incapacidad de preservar 15 extraordinarios monumentos que cuelgan de las laderas del Puerto de Valparaíso no es un tema menor. Constituye uno de los mayores fracasos culturales de los cuales se tenga memoria.

Costaría $ US 10 millones para ponerlos “a punto”. Para nuestra municipalidad, que vive permanentemente al borde de la quiebra, es mucha plata. Para Chile, es nada. Es menos de lo que cuesta una grúa gantry en el Puerto. Equivale a doce días de subsidio para el Transantiago. Cuando el precio del cobre era de 3 dólares, US $10 millones entraban al fisco cada 4 horas, día y noche, 365 días del año, durante más de 2 años.

Cuando un extranjero llega a Valparaíso y encuentra el Ascensor Barón parado, el Lecheros incendiado, el San Agustín convertido en peladero, el Villaseca varado hace 4 años con sus carros colgados a medio andar, no entiende nada. ¿No es acaso este el mismo país que acaba de construir 5 mil kilómetros de carretera en 8 años? ¿No es el mismo Chile que dicta cátedra sobre cómo salir del subdesarrollo?

¡Hace 3 años Chile inauguró una autopista que pasa por debajo del Rio Mapocho! Es impresionante. ¿Me vas a decir que no se puede restaurar 15 ascensores en Valparaíso? Irrisorio. Impensable.

¿Cuál es la excusa de Chile? ¿Cómo se defiende? Culpa una municipalidad quebrada. Culpa a los privados.

Imagínate que un privado tuviera en su propiedad las ruinas de Chichén Itzá en México. Personalmente, no tengo problema, siempre que las mantuviera impecable, abiertas, y bien preservadas. Pero imagina que este mismo propietario las tiene abandonadas y cerradas al público durante 4 años. ¿Qué harías?

Fácil. Le pagas un precio justo y se las quitas. Punto.

Me encanta el sector privado. Hace maravillas. Pero, para invertir, un privado espera un buen retorno. Lamentablemente, los ascensores Florida, Monjas, Mariposas, Lecheros, San Agustín, y Villaseca, no lo ofrecen. El único retorno es el agradecimiento de los vecinos. Si el estado no interviene, morirán.

¿Mi recomendación? Que la CORFO compre los 15 ascensores. Que garantice su integridad estructural y mecánica. Una vez “salvados”, que licite a privados con proyectos culturales interesantes además de la pasión y la responsabilidad para cuidarlos. Si estos no cumplen, se les quitan y se otorgan a otro. Otra opción es lo que hace el gobierno al concesionar ciertos caminos rurales. Garantiza “un piso” de rentabilidad durante varios años.

Puede haber distintas formulas. Pero “hacer nada” no es una de ellas. ¿Dejarlos morir? Tampoco.