Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

martes, 16 de noviembre de 2010

Secretos de golondrinas

El lunes 8, el jurado del concurso “Un Jardín para Valparaíso” inició su segunda jornada en los cerros Esperanza, Placeres, Barón, Polanco, y Rodelillo. En 2009, este trayecto nos regaló dos campeones: “La Plaza Petrohue” del Rodelillo, mejor jardín en espacio público hecho por una institución, y don Roberto Pérez Espejo, cerro Placeres, quien, con sus esculturas florales tipo “Eduardo Manos de Tijera”, fue flamante ganador del mejor jardín en espacio público apadrinado por un individuo.

¿Les cuento un secreto de golondrinas?

Moriré en Valparaíso, pero pueda que jubile en la Villa Berlín del cerro Placeres. Los cerros Alegre y Concepción se lo llevan en el turismo patrimonial, pero, si existiera un “turismo de la felicidad”, la Villa Berlín sería su epicentro. Sus pequeñas casitas emanan una paz infinita. Con más de un centenar de antejardines, esta villa es todo el furor entre las aves porteños. Venimos a ver jardines en la calles Essen, Encinas, y Limarí. Todos preciosos. Si te pierdas, siga a los colibrís, y si esto te falla, pregunta a cualquier vecino. Todos los habitantes de este barrio son un verdadero encanto.

En la Plaza María Eisler, (dobla a la izquierda subiendo Ave. Matta frente al almacén “La Chacrita”) llegamos la escuela especial F-288 “Luz de Esperanza”. Otra vez, descubrimos que “Un Jardín para Valparaíso” es mucho más que un concurso de flores. Es una visita al corazón del Valparaíso profundo, un brotar de la espiritualidad latente escondida en cada rincón del Pancho.

Almorzamos haciendo picnic en la “Plaza del Mercado” del cerro Barón. Se lo recomiendo. Tras recorrer los demás cerros antemencionados, terminamos la segunda jornada en el cerro Cordillera, donde Rayen Scherping se convirtió en nuestra concursante titular más joven (8 años). Es más, les adelanto que la Plaza Eleuterio Ramírez luce absolutamente renovada. ¿Otra sorpresa? El recóndito pasaje Neptuno. Allí, una quincena de vecinos creó “un taller de reciclaje” construyendo docenas de maceteros utilizando materiales en desecho. Hermoso.

. . .

“Buenos días, les estaba esperando”, nos dijo la Señora Gloria Fuentes de la Calle Teniente Pinto del cerro Mariposas el viernes a las 8:40 de la mañana. Así, partió nuestra tercera jornada, la más loca de todas, pues, habíamos dejado para este todos los jardines más rebuscados, incluyendo Ramaditas, Placilla, Laguna Verde, y el enorme depositario de fanaticismo verde (¿jardines o Wanderers?) que es la República Independiente de Playa Ancha.

¡Qué emoción nos brindaron los 30 niñitos del Jardín Infantil Sol y Luna! El viernes, otros héroes incluyeron los repartidores de balones de gas, sin los cuales jamás habríamos encontrado joyas tan valiosas como los jardines de don Alejandro Pereira o el de doña María Georgina Céspedes, pasaje Jamaica con Detective Barahona.

Este jueves 18, en el DUOC UC, anunciaremos a los ganadores. ¿Quieres un adelanto? Pregúntales a las golondrinas.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sobre descansos y alcayotas

El viernes a las 5:18 pm, bajando a pie por la calle Atahualpa desde la Plaza Bismark hasta la calle Elías, acompañado por los miembros del jurado del concurso “Un Jardín para Valparaíso”, me detuve debajo de una gigantesca alcayota.


Nos habíamos juntados a las 8:30 am. Conociendo a mis jueces—curiosos, juguetones y buenos para la talla—les tuve que rayar la cancha: Dado la enorme cantidad de jardines postulados, 143, el plan era promediar 4 jardines por hora durante 11 horas repetido por 3 días. Esto significa no quedarnos mucho rato copuchando con cada jardinero.

Sin embargo, bastaba una media hora para quedarnos absolutamente encaprichado, por ejemplo, con el nuevo parquecito hecho por José Ignacio Rubio debajo del Paseo Dimalow. En Montealegre 487, saludamos de paso a una de nuestros ganadores del año pasado en la categoría de balcones. “Hola Silvana, ¿Cómo está el gato? El balcón se ve precioso.” Seguimos corriendo. Sin embargo, al llegar a la Plazuela San Luis, las cosas cambiaron. Un grupo de alumnos del Colegio Luis Galdames, bajo la supervisión de la profesora María Loreto Fuentes González, habían construido un muro verde con materiales reciclados. Vaya a verlo.

Mientras avanzaba la tarde disipaba nuestra disciplina. Cuando descubrimos que Úrsula Franco Mayorga había limpiado todo el basural de la escalera Rudolph del Museo a Cielo Abierto, sembrando un jardín de excelente factura frente al mural de Nemesio Antúnez, no había otra opción. Había que entrar su restaurant, el Amaya, a saludarla.

En el pasaje Dighero, Avenida Alemania a la altura del cerro La Loma, descubrimos a don Hipólito Morales, otro quijote que hace pebre a aquella narrativa que dice: “Los porteños no cuidan Valparaíso”. Hace años don Hipólito ha transformado su pasaje en un santuario de la naturaleza. Ahora, basta que el municipio venga a instalar un par de bancas y Valparaíso tendrá un nuevo mirador de excelente factura.

Llegamos por fin a la Plaza de Descanso, cerro Cárcel. Para ser justo, esto es mucho más que un jardín. Es de los proyectos urbanos más estimulantes que se ha hecho. Y no me refiero a Valparaíso sino al país entero. Aquí, aproximadamente 700 jóvenes, leyeron bien, 700, bajo la conducción del Rodrigo Burgos Loyola, han transformado una plazuela abandonada en un gigantesco mosaico. Rodrigo, uno de los principales autores de otro de las grandes hazañas urbanas de los últimos tiempos, la Plaza de los Sueños, es un personaje que vale la pena descubrir. Su metodología de trabajo comunitario no solo transforma los espacios, sino hace que la comunidad se impregna de ellas. Para mí, es hijo ilustre.

A las 5:17, habíamos visto 39 de los 143 jardines y nuestro éxtasis ya era incontenible. “¿Que sorpresa nos espera la próxima semana?” pensaba. Justo apareció la alcayota de la calle Atahualpa, colgando desde 5 metros de altura. “Amo mi vida”, pensé. Nada más que decir.

domingo, 24 de octubre de 2010

Valparaíso presente

Viernes al anochecer en la Plaza Sotomayor. Luna llena. Viento revuelto. Miles de porteños repletando las graderías. Los carabineros ordenan el tránsito. La empresa de seguridad revisa las credenciales. Desde el martes, los porteños habíamos observado con asombro el montaje del lujoso escenario con su espalda a la ex Intendencia Regional, con dos pantallas de 6 por 4 metros y una gigantesca grúa de 7 pisos. Ahora ha llegado la hora. Nuestras autoridades llegan en trole desde el Congreso. A su lado, la directiva de la Fundación Fórum. Sentados en el piso, un mar de periodistas. Tras bambalinas, esperan más de veinticinco músicos y actores, junto a la directora artística, Aliki Constancio. A los dos costados, se estiran la treintena de bailarines y acróbatas; los demás actores, la comparsa, los cantantes. Corren los tramoyistas. Los iluminadores y sonidistas afinan sus perillas.

Solo falta el perro.

Llegó el perro. Justo cuando los primeros bailarines entraban en escena, cuando la cantante Lorna Guzmán hacía su triunfal entrada con prosa de Pablo Neruda aludiendo a Neptuno, escoltado en su trono de mar y viento, apareció un perro en la primera fila de la Plaza Sotomayor.

Hace 4 años, cuando se decretó que la Joya del Pacífico sucedería a Barcelona y Monterrey como sede del Fórum Universal de las Culturas, se descorcharon el champagne en el Palacio de La Moneda. En Valparaíso, se anunció: Chile montaría una verdadera "olimpiada de las artes". El Puerto recibiría el Mundo con nuevos espacios culturales, como la Tornamesa y el Centro Cultural de la ex Cárcel. Para la inauguración, se hablaba de un desfile de presidentes y primeros ministros, todos reunidos para presenciar un espectáculo protagonizado por artistas chilenos de exportación mundial, como Beto Cuevas, Verónica Villarroel, y Cristina Gallardo Domas.

Ya sabemos el cuento: la Concertación perdió la alcaldía y se lavó las manos del Fórum. El nuevo Presidente prometió su apoyo, pero el terremoto...

Igual hubo pequeños aportes: la Subdere y el FNDR. En total, el presupuesto del tercer Fórum sería aproximadamente 1,5% del primero y menos de 2,5% del segundo. Chile, otra vez, había dejado a Valparaíso solo. Pero no digas esto al alcalde. No digas esto al centenar de artistas porteños que dejó su alma en la Plaza Sotomayor el viernes en la noche.

Volvemos al perro. Cuando entró sentí un leve pánico entre los asistentes. Pero mi señora y yo teníamos una sonrisa de oreja a oreja. "Valparaíso está presente", le dije. Es más, ¿Dónde estaban las máximas autoridades del país? El Presidente había postergado su viaje a Europa por los mineros. Lo perdonamos. ¿Pero los ministros? ¿Y los cuatro parlamentarios para Valparaíso? Estaba Pancho Chahuán. Grande Chahuán. ¿Y los demás?

Durante 45 días Valparaíso recibirá el mundo. Y lo hará solo. Da lo mismo. Nos quedaremos más unidos y brindaremos un digno espectáculo. Viva Valparaíso. ¿Y los críticos?

Me quedo con el perro.

domingo, 17 de octubre de 2010

Entre hortensias y nísperos

“¿Te has dado cuenta que la calle Dinamarca no es de adoquín? Es de piedra. Lo hicimos nosotros, como parte del acuerdo que permitiera, al fin, la adquisición de este terreno en 1825.” Las palabras son de Esteban Collins, Director del Cementerio de Disidentes, al iniciar nuestra caminata al cielo, entre hortensias y nísperos.


No es la primera vez que vengo, obvio. Pero nunca había entrado por Dinamarca 14, el portón patrimonial, con su escalera de mármol en forma de caracol, vigilado por misteriosos búhos esculpidos en piedra. “Durante más de un siglo”, continuaba Esteban, “nuestra convivencia fue difícil. A pocos años de abrir las puertas, hubo un terremoto. La iglesia nos echó la culpa, ‘los herejes’ y gran parte del pueblo les creyó”.

A los chilenos, les incomodan los cementerios. A mí, me fascinan. Pienso, inmediatamente, en uno de mis poemas favoritos, “Los Niños”, de William Carlos Williams (1883-1963):


De vez en cuando
encontrábamos un claro
de violetas amarrillas

no muchos
pero grandes
azules y grandes

en el bosque del cementerio
recogíamos
varios

había una familia llamado Foltette
una familia grande
con muchas tumbas de niños

así recogíamos ramos de violetas
y dejábamos uno
en cada lápida


¿Y de qué color son las violetas, después de todo? ¿Amarillas, púrpuras, o azules? No tengo idea. ¿Y cuáles son los niños referidos en el título? ¿Los Foltette? ¿O los que juegan, inocentemente, en el bosque? Nadie sabe. Gozamos el círculo de la vida. No hay porqué explicarla.

Los cementerios desnudan nuestras ambiciones. Nos vacían de ruido interno. Nos limpian por dentro y por fuera.

Pero el Cementerio de Disidentes es diferente. Es un monumento a la lucha por la libertad, un testimonio a la tolerancia y la diversidad. Aquí descansan nuestros mártires y aquellos que, habiendo nacido en tierras tan lejanas como impronunciables, optaron por morir aquí, en el último confín del mundo.
Aun así, me es difícil explicar el misterioso poder narcótico de este lugar. Tal vez, igual como en “Los Niños”, no es necesario. Basta deambular entre los apellidos Mackay, Garland, Sutherland, Hucke, Porter, Trumbull, etc. Cada vez que vengo, vuelo. Siento como si hubiera entrado a un boticario del siglo 19, con sus repisos de roble repletos de botellas cuyas etiquetas amarillentas, escritas en inglés y alemán, narran fabulosas fábulas de antaño. Y, de repente, siento que he llegado al pasillo de los perfumes, apenas perceptibles tras siglos de abandono, pero que pegan igual, fuerte, con su golpe de melancolía extraído del silencio.

domingo, 3 de octubre de 2010

Escalando

El domingo pasado, a las 23:00, mientras veía “Tolerancia Cero”, envié un mensaje vía twitter: “Busco la escalera más larga de Valpo. Favor nomina su favorita con cantidad de peldaños.”


En segundos, las redes se iluminaron. Llegaron un par de nominaciones para la “Cienfuegos”, que une Serrano con la Plaza Eleuterio Ramírez. Contesté: “Sé que existe un mito que sea el más largo, pero no creo. ¿Cuántos peldaños, please? Veamos.”

Nadie sabía. Daba lo mismo. La cosa venía entretenida. Afuera, llovía a cántaros. En ciberespacio, porteños desde Suecia, Temuco, y Antofagasta nominaban sus escaleras regalones: La subida Pasteur, la Santa Margarita, la San José del cerro Larraín, la Harrington del Panteón. Sobre este último contesté: “¿Se acuerda una escena de ‘Amnesia’ de Justiniano con Julio Jung subiendo allí? Memorable. Qué lugar más maravilloso.”

María Fernanda vive en Santiago pero estudió diseño en el Puerto. Ofreció: “Como alumna subía mucho a Cienfuegos y Carampangue. Carampangue es más larga”. Otro nominó Cabritería. Pero aun no había cifras oficiales. A las 1:15 me quedé dormido.

Amanecí el lunes y revisé. Tenía un montón de mensajes en bandeja. “Cienfuegos tiene 166, Carampangue 194.” Un grupo de alumnos de la UFSTM querían saber: ¿Vale la escalera de nuestra universidad? Después de un intercambio, a favor y en contra, yo contesté: “UFSTM es patrimonio importante de Valpo. Vale.” Los alumnos, felices, reportaron: “Entonces tenemos 210 peldaños. Vamos ganando.”

Pero su alegría no duró mucho. Media hora después, la Pasteur fue confirmada en 212.

El martes había un mensaje de un periodista de La Tercera y dos mensajes de un par de diarios electrónicos. “Todd, supimos que estas organizando un concurso de escaleras, ¿podemos hacer un reportaje?” Sorprendente este twitter.

El miércoles amaneció con nuevo líder: “El Teniente Bello”. Parte en la calle Lastra y sube Mariposas. Es fantástico. Y, es más, tiene 230 peldaños confirmados.

Víctor Estivales, licenciado en literatura de la PUCV que cursa un postgrado en Santiago, me asegura: “la escalera que une Jorge Washington con Ibsen tiene más de 300.” ¿Su problema? “La única que puede confirmar es mi hermana, pero está a punto de hacerme tío.”

El jueves ardía otra polémica. ¿Los peldaños tienen que ser continuos? La decisión de aceptar descansos animó a un ex – residente del cerro Las Cañas. “La escalera de la muerte”—lo que los vecinos llaman aquella que colinda con su ascensor abandonado. “Estoy seguro que tiene, al menos, 400 peldaños”, escribía. “Necesito que me lo confirmas, amigo”, contesté. “No puedo. Estoy estudiando en el Sur.” Mandó una imagen desde Google Earth. “Trampa” respondió otro.

Se me ocurre que quienes pontifican la muerte del Puerto, una e otra vez, desconocen un detalle importante: la pasión de su gente. ¿El desafío? Saber encausarla. Los críticos me dicen, “Cuesta arriba, gringo.” Da lo mismo. La fuerza viva de Valpo vive escalando.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Anomalías: "A Change Is Gonna Come"

El gran himno de la música soul, “A Change Is Gonna Come”, compuesto y grabado por Sam Cooke en 1965, es considerado uno de los clásicos de la música contemporánea. Inspiró a Ray Charles, Otis Redding, Al Green, James Brown, Marvin Gaye, Steve Wonder, Aretha Franklin, y legiones de otras leyendas. Según el crítico Greil Marcus, se trata de la canción más importante de su género. Pero, en 1965, año de las protestas por los derechos civiles en Selma, año de los motines de Watts en Los Angeles, año en lo cual las tropas estadounidenses en Vietnam aumentaron desde 30 mil a 170 mil, “A Change Is Gonna Come” no superó el puesto 31 en el ranking. ¿Más extraño aun? Fue lanzado póstumamente, pues, Sam Cooke—cuyas canciones han sido cubiertas desde entonces por centenares de artistas, incluyendo a John Lennon, Simon y Garfunkel, Cat Stevens, Rod Stewart, Van Morrison, y todas las leyendas afroamericanas antes mencionadas, había sido asesinado el mes anterior por la manager de un hotel en Los Angeles.

Volveré a Sam Cooke en un momento. Ahora, un par de observaciones sobre el bicentenario.

Mientras Chile, con sus 200 años a cuestas, mira el futuro con pavoneo y un deslumbrante optimismo, Valparaíso lo enfrenta con trepidación.

Por su parte, Chile está a punto de lograr su anhelado “desacoplamiento”. Ya no depende, exclusivamente, de las vicisitudes de la economía norteamericana. Crece a tasas envidiables aunque el país del norte se mantenga postrado en la UTI.

Valparaíso, por su parte, da la bienvenida al tercer siglo de Chile con un suspiro de alivio: “que sea mejor que el segundo” decimos todos. El siglo 1910-2010 partió con la apertura del canal de Panamá y la caída del negocio salitrero. Desde allí en adelante más bien parecía una letanía de chistes de mal gusto: desastres, explosiones, incendios, aluviones, terremotos, todo lo anterior culminando en el despoblamiento de su casco histórico y el desprestigio de la ciudad en los ojos de gran parte del país. Todo esto, se puntualizó, de forma magistral, con el cierre de varios ascensores y el dantesco incendio que destruyo nuestro querido “Pancho” a pocos días de llegar al bicentenario.

Para Valparaíso, “A Change Is Gonna Come”, sería un himno apropiado.

Así, volvemos a Sam Cooke. Mientras uno de los mejores discos de todos los tiempos languideció sin poder superar el puesto 31 de ventas, ¿cuál fue el número 1? “Downtown”, de Petulia Clark. Se trata de una canción pegajosa, pero poco transcendente en la vida de las personas. Hoy, 45 años más tarde, “A Change Is Gonna Come” crece en estatura, influyendo cada nueva generación. “Downtown”, una vez una superventas, quedó en el olvido.

La anterior me parece un interesante espejo para ver la difícil relación entre Chile y su capital cultural. En pocos días inauguraremos aquí el Fórum de las Culturas. El mundo entero celebrará su amor por Valparaíso.

Chile, al parecer, estará en otra.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Aullido

Aquel nefasto 31 de julio apenas descansaban los carros tras la última bajada del ascensor Cordillera -los 51 segundos más tristes de los que se tenga memoria- cuando mi celular empezó a sonar. A poco andar tenía mensajes de dos matutinos capitalinos más CHV, TVN, y CNN Chile.

Llegó el primer periodista. ¿Primera pregunta? "Da la sensación que los porteños no cuidan a su patrimonio, ¿Qué opinas?" Bastó el frío fruncir de mis cejas rusas para que entendiera que no mordería tal venenosa carnada. Es más, durante 20 minutos, hice lo posible para convencerle que la pregunta estaba mal planteada. Me explayé en como la recuperación de otras ciudades patrimoniales de la misma categoría de Valparaíso viene fuertemente subsidiados por sus respectivos gobiernos. Expliqué que más del 60% de las casas de Valparaíso están exentas de pago de contribución por lo antiguas. Ninguna otra ciudad chilena tiene esta mochila. Le recordé que la ciudad, con su asombroso laberinto de calles, escaleras, y callejones, tiene tres veces más estructura vial per cápita que cualquier otra ciudad de Chile. Le informé que los ascensores requieren 15 veces más inversión de lo que venden. "No lo que rentan", le dije. "Lo que venden".

"El gobierno de Ecuador", continuaba, "invierte US $50 millones al año para la recuperación patrimonial de Quito."

Repetí más o menos el mismo guión con los demás periodistas. Todos parecieron impresionados. Pero no es fácil revertir una narrativa cuando viene incubándose hace años. Es más, para los santiaguinos, el cliché, "los porteños no saben cuidar su patrimonio", es conveniente. Les permite lavarse las manos. Así, imagínense mi disolución cuando los 5 reportajes salieron con la narrativa de siempre.

Lo cual nos trae al dantesco acontecimiento del jueves pasado.

El terremoto, el fraude, el cierre de los ascensores. Ahora esto. No se puede creer. En Valparaíso, cualquier columna de humo negro provoca pánico. Pero, para miles, la imagen de llamas emanando desde el reloj de nuestro "Pancho" era diferente. Era demasiado. Ninguna ciudad puede tener tan mala suerte. Me acosté con ganas de vomitar.

Pero el viernes amaneció con otra vibra. La empresa constructora, al parecer, tendría seguros y capaz que éstos alcancen para reconstruir todo. Es más, tanto el intendente como el alcalde parecen haber encontrado su voz. No solamente reconstruiremos la iglesia. Recuperaremos el barrio. Este mismo día empezó a dibujarse una solución temporal para reabrir algunos ascensores.

El viernes en la tarde, tomando la temperatura del ánimo porteño en Twitter, me nació la siguiente idea: El próximo 4 de octubre, día de "San Francisco de Asís", armemos una gran fiesta en la calle Setimio frente a la Iglesia. Apoyemos a la congregación y las monjas. Llevemos nuestras mascotas. Pero, más importante, demostremos a todo Chile quienes somos. No se trata de una letanía de amargura, sino una señal de unidad. Nosotros, los porteños, no seremos vencidos.

domingo, 22 de agosto de 2010

Un tren puede esconder a otro tren

Se trata de un poema del estadounidense Kenneth Koch (1925-2002), inspirado en un letrero que el poeta vio en Kenia. Parte:

En un poema, un verso puede esconder a otro verso,
De la misma manera que, en un cruce,
Un tren puede esconder a otro tren.
Así, si pretendes cruzar
La línea férrea espera un buen momento
Hasta que pase el primero. Y cuando leas
Espera hasta que hayas leído el próximo verso—
Allí, recién, sabrás si estás a salvo.
En una familia, una hermana puede ocultar a otra.
Así, cuando estés cortejando, mejor tenlas todas a la vista,
Pues, si no, al seducir una, podrías terminar
Enamorado de la otra.

¿Y en Valparaíso? Un cerro puede esconder a otro cerro. Tomemos el caso de Barón. ¿Cuándo es la última vez que llevaste tu señora a pololear allí? Recomiendo que lo hagas de inmediato.

Supongo que el mirador Portales, nombrado en honor al inquilino más famoso del cerro, sería un lugar obvio para partir. Así, no lo hagas. Parte, mejor, en la calle Setimio, el Montmarte porteño.

Caminar cualquier cerro porteño siempre trae una yapa. Está el paseo que ves y el otro que borbotea por dentro. Son dos paseos en uno. Un tren esconde a otro tren.

Setimio, por su parte, es de las pocas calles de cerro que hay en Valparaíso que siempre fue concebida como bulevar. Así, fue en 1845 cuando se colocó la primera piedra del convento de la orden Franciscana. ¿Que nosotros jamás hayamos cumplido tal mandato? Esto es otro problema.

Les invito a imaginar la cara de don Eduardo Provasoli cuando llegó por vez primera en 1890. El afamado arquitecto italiano, que, años después, levantaría la icónica Catedral de Castro en Chiloé, sería el encargado de construir aquí el torreón más famoso de Chile. Por mi parte, me es imposible caminar la calle Setimio sin imaginar cafés al aire libre y su bandejón central lleno de cerezos y almendros en flor.

Pero estar parado debajo de la Iglesia San Francisco al atardecer no requiere imaginación ninguna. Es una experiencia sin igual. El tiempo se detiene. ¿Cuántos personajes, llegando a vapor desde Europa tras navegar Cabo de Hornos, tuvieron su primera imagen de Valparaíso mirando hacía aquí? Está el convento con sus jardines y sus adoquines. Todo un paseo en si mismo. Maravilloso.

Doblando a la derecha por la calle Blanco Viel y ambulando por calles como Tocornal, Acevedo, y General Belgrano, nos entramos en el corazón del cerro Barón, un típico barrio porteño lleno de casitas de adobe y estucado, todas de fachada continua, con mucha vida de vereda. Cada esquina nos trae una tienda de empanadas o un almacén.

Subiendo el cerro, se llega a una pequeña plaza edificada por los mismos vecinos. El jardín es formidable. La vista del torreón insuperable. Desde este lugar, se descubre otro Valparaíso.

O, según Kenneth Koch: “Puede que sea importante/ haber esperado un momento/ a ver lo que siempre estuvo allí.

domingo, 15 de agosto de 2010

Valparaíso, fuera del cuadrado

A un conocido sicólogo, especialista en tratar a los mejores golfistas del mundo, le gusta presentar a sus pupilos un famoso dibujo. Se trata de nueve puntitos ensamblados en forma de cuadrado. ¿El ejercicio? Conectar los nueve puntos utilizando sólo cuatro líneas rectas, sin levantar lápiz del papel.
El 99% de los que intentan terminan rindiéndose. "No se puede", dicen. ¿Su problema? Asumen que sus opciones se reducen al universo representado por el cuadrado. Si aceptas estas limitaciones, el puzle es imposible. ¿Y qué pasa con el 1%? Parten, como muchos, conectando el diagonal que pasa por el medio. Después, doblan por abajo. Pero cuando llegan al último puntito, en vez de doblar otra vez, siguen adelante en línea recta hasta encontrarse fuera del cuadrado. Desde esta perspectiva, descubren una nueva geometría. Los nueve puntos no necesariamente tienen por qué formar un cuadrado. ¿Por qué no pueden formar dos triángulos? La solución aparece. ¿El mensaje? Cuando la adversidad te embosca, hay que aprender a pensar fuera del cuadrado.

En 1988, Australia cumplió 200 años y celebró en grande con la Expo Mundial de Brisbane. Se reclamó un inmenso páramo de viejas bodegas e industrias en la ribera sur del rio Brisbane. Estas fueron transformadas en hoteles, loft, y restaurantes. Entre el borde fluvial y el recuperado patrimonio industrial, se despejó un predio de 20 hectáreas para la instalación de los 102 pabellones.

Pero la Expo duró solo 6 meses. Una vez terminada, se desmantelaron las exposiciones, dejando un vacío importante en el corazón de "la ribera sur".

Llovieron ofertas. ¿Vivienda? ¿Oficinas? ¿Comercio? ¿Un campus universitario?

La respuesta llegó gracias a la afamada firma de arquitectos, Denton Corker Marshall, de Melbourne, especialistas en "pensar fuera del cuadrado". Estos presentaron un Plan Maestro urbano que asombró por su simpleza, elegancia, y genialidad.

Se mandaron a construir 406 sinuosos zarcillos de fierro galvanizado. Cada poste medía 4,5 metros y constituía una verdadera escultura en sí. Los postes fueron erigidos en dos columnas paralelas de 203 zarcillos cada uno. Hubo intervalos de 5 metros entre cada poste. Al nivel de suelo, las dos columnas fueron separadas por 7 metros. Arriba se juntaron como tijeretas. En su conjunto, esta monumental estructura serpenteaba por un kilómetro. Desde el aire parecía el esqueleto de una gigantesca pitón.

Una vez erigido el casco, se juntaron los zarcillos con un sistema de alambres. Sobre estos, se plantaron miles de buganvilias color fucsia.

15 años después, el "Gran Parrón de Brisbane" destaca como un hito mundial del buen urbanismo. Seduce por su belleza escultural. Pero más impactante ha sido su glorioso impacto urbano. Articula, define, e integra todo la vida de la ribera sur.

Sus sinuosas curvas son perforadas por cinco calles rectas. Esta combinación deja espacios urbanos de distinta forma e índole, parecido al laberinto de Valparaíso. En algunos espacios, dejaron parques, fuentes, hasta una pequeña laguna con jardín japonés. Otros ostentan cafés, bibliotecas, galerías, y restaurantes. Los fines de semana se hace una feria de productos orgánicos.

No les voy a mentir. El primer día que caminaba debajo de esta maravillosa escultura tuve un solo pensamiento: "Quiero traerme tres a Valparaíso." Visualizaba uno para la Avenida Argentina, otro para la Avenida Brasil (zigzagueando entre las palmeras y los monumentos), y otro en la "Explanada del Mar" contemplado por Puerto Barón. Los tres constituirían un gran paseo de tres kilómetros que partiría en la entrada Valparaíso y culminaría en el edificio del Gobierno Regional.

Ay… Soñar es gratis. Pero, mi punto es otro: Hace 20 años que nuestras autoridades viven de contingencia a contingencia. Que nos cierran ascensores, que los perros muerden a turistas. Cada día, hay que apagar algún incendio. Valparaíso es un puzle de nueve puntos. Si sacas la basura de un lugar, reaparece en otro. Los nueve puntos jamás se pueden unir mientras sigamos viviendo dentro de nuestro pequeño cuadrado.

El Fórum de las Culturas habría sido el escenario ideal para traer maestros talla mundial a enseñarnos a soñar más allá de tales limitaciones. Pero cuando el gobierno anterior dejó botado el Fórum, esta histórica oportunidad se convirtió en otro incendio más.

Pero no todo está perdido. Recomiendo que el Gobierno Regional, en conjunto con el CNCA, invite cinco grandes urbanistas mundiales a Valparaíso de la envergadura de aquellos que idearon el Gran Parrón de Brisbane. Puede que cinco grandes simposios, dictados por genios que viven lejos de nuestro sofocante mundo de prejuicios y limitaciones, sea justo el golpe que necesitamos para despabilarnos de la pesadilla de nuestro pequeño mundo donde todo nos parece imposible.

domingo, 1 de agosto de 2010

Efímera Eternidad

Mi hija pregunta: "¿Qué hace el ratón Pérez con tantos dientes?".

"Esto, junto con cómo construyeron los pirámides, son los dos grandes misterios del universo", le digo.

Se estudia meticulosamente en el espejo, fascinada por el inflamado hueco de encía que queda en el lugar donde una vez hubo una paleta. Hoy, domingo, tendrá su segundo recital de ballet en la Aula Magna de la UTFSM. Será una gatita. Una gatita que le falta un diente.

El martes, cuando me tocaba recogerla en su academia, hice una maldad. Llegué cinco minutos antes. Me escondí tras una pequeña apertura de la puerta para espiarla ensayando sus pasos. Adentro, la profesora gritaba indicaciones: El domingo, si se les cae el colet, ¿lo van a recoger? "¡No!" contestaron 10 gatitas preciosas. ¿Y si se les cae un botón? "No." ¿Si se les caen la cola? "No."

Por un instante, se me olvidó el caso corrupción, las elecciones internas de los partidos políticos, los números de la encuesta CEP, los ascensores oxidándose en sus rieles. Por un instante, estaba feliz.

Ay, la felicidad. Esta efímera eternidad. Hoy día, en las grandes universidades norteamericanas, se puede estudiar cualquier cosa -desde una deconstrucción marxista de la canción "Like a Virgen" hasta "cómo ganar más dinero utilizando Facebook y Twitter", pasando por "si existe o no un gen de la bisexualidad en los crustáceos". Pero no existe ni una licenciatura ni un magíster en alegría. Basta escuchar un par de minutos nuestro debate político para saber lo poco que se sabe de este último.

En una entrevista en 1981, un periodista le preguntó a Bob Dylan qué le motivaba seguir reinventándose, una y otra vez: "No necesitas ni la fama ni el dinero. Artísticamente, no te queda nada para lograr, pues, tienes docenas de canciones inmortales. Has ganado tu lugar en la historia. ¿Por qué no descansas y disfrutas lo que has hecho?".

Dylan contestó: "Existen industrias enteras dedicadas a enfermarnos, a perpetuar nuestra enfermedad. Permea el cine, la televisión, propaganda, farándula, los letreros en la carretera. Si yo no pensara que mi música pudiese ayudar a que alguien fuera feliz, no estaría cantando. Estaría navegando en un bote, o caminado por el bosque".

En términos de liderazgo, ser una persona feliz tiene muchos beneficios. "La gente no nos sigue por lo que decimos", dijo Sun Tzu, "la gente nos sigue por lo que somos". En el Oriente llaman esto "La ley del esfuerzo invertido". Mientras más desesperadamente buscamos algo, más nos alejamos de ello.

Uno de los grandes secretos de la mística que se sentía en Valparaíso entre 1998-2003 fue precisamente eso. Por un instante, los porteños olvidaron sus penas. Dejaron de ser víctimas. Se reenamoraron de su ciudad. Redescubrieron la alegría de ser porteño. Lo demás llegaba solo.

Así, por un día, me perdonarán si no hablo ni del desempleo, ni del Mercado Puerto, ni de los perros callejeros. Hoy día voy al ballet. A bailar señores.