Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

domingo, 17 de enero de 2010

Un nuevo norte

El lunes en la tarde, el ex - Presidente Ricardo Lagos pareciera a punto de terminar su coloquio titulado “Valparaíso, ciudad entre dos siglos” en el Instituto de Sistemas Complejos de Valparaíso. Su discurso, hasta este momento, no me había deslumbrado. Durante media hora, Lagos repasó la apertura del Canal de Panamá, el impacto de la transformación del negocio marítimo a partir de los contenedores, el potencial del Puerto tras la declaración UNESCO. Ninguna novedad.


Pero el ex – Presidente tenía guardado un as bajo la manga. A las 14:25, recordó la visita de Stanford Ovshinsky a Chile. Ovshinsky, científico estadounidense, inventó la tecnología de los autos híbridos, una eminencia mundial del campo de las energías renovables. En su visita, visitó numerosas ciudades de Chile; entregó su opinión sobre la potencial solar del Atacama; y se reunió con sus pares nacionales. Al terminar su estadía, se reunió con Lagos.

“Sr. Ovshinsky”, Lagos le preguntó: “¿Ud. cree que podemos trabajar juntos con Chile?”.

“Si. Pero habría que partir con Valparaíso”, contestó el investigador.

“¿Por qué Valparaíso?” preguntó Lagos.

“Porque es una ciudad especial. Porque tiene una historia y un carácter patrimonial única. Y porque más de la mitad de los techos de la ciudad enfrentan al Norte. Valparaíso tiene una potencial espectacular para la energía solar. Por todo esto, Chile debe transformar a Valparaíso en la gran ciudad verde del hemisferio sur.”

Tras el discurso, fui a almorzar en el Bar Inglés. ¿Mi imaginación? Absolutamente prendida. Recordé numerosos talleres que había asistido cuando fui invitado a la conferencia de “Ciudades Sustentables” en Brisbane, Australia. Allí, la mayoría de los arquitectos estaban enfocados en tecnologías verdes, reciclaje de residuos, captación de aguas lluvias, muros verdes. Para estos innovadores, los techos no solamente servían para cubrir la casa. Servían para paneles solares, pero también para jardines y hortalizas orgánicas.

El próximo día fui a Santiago. El embajador de EE.UU. me había invitado a la recepción que organizaba para Arturo Valenzuela, chileno de nacimiento, y Subsecretario de Asuntos Hemisféricos del Presidente Obama. Allí, el embajador me presentó al subsecretario alabando mi trabajo en el Puerto. “¿Valparaíso?”, me dijo Arturo, sus ojos abiertos, “Valparaíso tiene el deber moral de transformarse en la primera ciudad verde de Chile.”

¿Sincronismo? No sé. Pero sentí escalofríos.

Así, hace 5 días, me mente no para. Revisito proyectos que me obsesionan hace años—el concurso de jardines, el “slow city”, una feria orgánica, la transformación del entorno del Mercado Cardinal en un barrio mayorista patrimonial y cultural (con estacionamiento y abasto subterráneo y con todos sus emporios restaurados)…

Valparaíso patrimonial. Valparaíso cultural. Valparaíso humano. Valparaíso universitario. Valparaíso turístico. Todo tendría nuevo sentido bajo el alero del proyecto Ciudad Verde.

¿Hoy? Chile elige a un Presidente. ¿Mañana? A trabajar señores.

domingo, 10 de enero de 2010

Sobre vates y demonios

¿Quieres ver sufrir a un poeta? Fácil. Pregúntale "¿sobre qué escribes?". De repente, desaparece el color de sus mejillas. Le empieza a doler la guata. Aparece el tic nervioso.

Quien comete tales crímenes contra nuestros vates no tiene idea de su pecado. Al contrario, se considera una persona educada, "polite". ¿Lo más probable? Nunca ha conocido un poeta de carne y hueso.

Tal vez recuerda haber visto una apolillada foto de William Butler Yeats mirando por la ventana de su casa de campo en las afueras de Dublín. La imagen demuestra al poeta hurgando la neblina por la palabra precisa, y, al encontrarla, mojando meticulosamente la punta de su pluma en un pozo de tinta. Dado tal contexto, "¿sobre qué escribes?" parecería una indagación lógica.

Pero para al poeta contemporáneo tal inocente interrogación le parece invasiva y espantosa. Se basa en un montón de supuestos incorrectos. ¿Lo más grave? Que los grandes poetas controlan sus escritos.

"Un poema es un niño", decía Michael Dennis Browne. "El poeta, igual como la mujer, tiene un huevo adentro. Pero el huevo no puede tomar vida si una fuerza externa no lo fertiliza. El poema, ya fertilizado, no le pertenece al poeta. Puede que éste le de forma; puede que lo guíe, pero no le pertenece."

Los grandes poetas ya no escriben sobre temáticas preconcebidas. Escriben imágenes. De tales imágenes nacen otras imágenes. ¿Y las imágenes? Se descubren con palabras.

"Las palabras hacen el amor como moscas en el sopor del verano", ha escrito Charles Simic,"el poeta es un mero espectador intrigado".

"Los pintores pintan colores, los poetas escriben palabras", ha dicho Donald Hall, otro grande. William Stafford comparó su proceso poético con "descubrir en la oscuridad un hilo dorado fino y delgado". Para Stafford, encontrar este hilo en la negrura del subconsciente constituía la primera tarea del poeta. ¿El segundo? Saber tirarla tan suavemente que avanzara hacía el, "sin que rompe y desaparece para siempre".

Me nacen estas reflexiones a partir de una interesante carta recibida. El lector, un tipo inteligente, rechaza "tanto el optimismo ciego (se entiende quien escribe) como el pesimismo a ultranza". Continúa: "Señor Temkin, su propia subjetividad, transida por la poesía del lugar, no es la medida para juzgar la realidad de Valparaíso".

Absolutamente de acuerdo. Sólo quisiera aclarar que no considero mí responsabilidad juzgar a Valparaíso. ¿Quién soy yo para juzgar a Valparaíso? Sólo escribo lo que me llega. Cada uno saca sus propias conclusiones.

Otra persona, al enterarse que un importante editorial publicará prontamente una colección de mis columnas en este Diario, me preguntó: "¿De qué se trata el libro?". "No tengo idea", le contesté. "No creo, de todos modos, que se trate sólo de Valparaíso". Solo sé que esta ciudad posee una extraña poder sobre mí. Encanta e hipnotiza. Asusta y espanta. En palabras del Gitano Rodríguez, "agarra como el hambre".

domingo, 3 de enero de 2010

Conversación en un ascensor

Esta semana recibí en el cerro San Juan de Dios un gran amigo de mi niñez, junto con su señora y tres hijos. Richard vive, hace 20 años, en San Francisco. El miércoles en la tarde, salimos a caminar por Pancho.

Faltaban 30 horas para la gran fiesta del bicentenario. El jolgorio ya se respiraba. Descendiendo por la escalera Placilla, desembocamos en una Subida Ecuador repleta de gente. Un joven le mostraba a su polola su nuevo peinado Mohawk. El hijo mayor de mi amigo se probó un batido en "La Campezana". Los demás compartimos damascos que se ofrecían "500 por kilo, 2 por 700" en la verdulería "La Esperanza".

La calle Pirámide, como es su costumbre, era un remolino de gente. Recuerdo haber visto numerosas cartas en este diario reclamando el caos de tal lugar. Pero el miércoles, por primera vez, solté a mis prejuicios. Lo vi a través de los ojos de mis amigos del otro Pancho, el Valparaíso del norte.

Wilma, la señora de Richard, me consultó por las longanizas colgando desde el cielo de la fiambrería "San Pancracio". Casi se tentó por una balanza de choritos que se pesaba en plena calle. Nos deslumbró un caballero fileteando una corvina.

Llegamos a la Plaza Lord Cochrane. En el Hamburgo, nos asomamos. Quisiera saludar a mis meseras regalonas, mostrarle a Richard la colección de campanas de barco, y darle un cariñito al gato. Estaba lleno. Es más, en tres mesas, me tope con gente conocida, una situación que se repetiría dos veces más mientras caminábamos los 100 metros del bulevar hasta la fuente Neptuno.

Bajo las palmeras de la plaza, mi hija buscaba peces que imaginaba escondidos bajo el tridente. Le mostré a Richard: "Puedes venir 10 veces a este plaza y verás siempre el mismo perro tomando siesta allí". Era una noche perfecta en Valparaíso. Lleno de estrellas. La gente contenta. Todos sus personajes presentes.

Subimos por la calle Cumming hasta el Pasaje Elías, depositando 8 monedas de 100 pesos sobre el mostrador del Ascensor Reina Victoria. El carro andaba lleno. Escuché a un par de señoras del cerro Concepción copuchando su desencanto por tanta gente dando vuelta. Al percatarse de la presencia de su humilde columnista, me saludaron tibiamente. "Ud. también tiene un grado de culpa por todo esto", me dice uno, "por promover tanto a Valparaíso en todo el mundo".

"Buenas tardes señoras", les dije. "Me encantaría conversar el tema con ustedes, pero temo que es demasiado complejo para abarcar en los 15 segundos que dura el ascensor".

Tras media hora disfrutando cuadros de artistas porteños como Ilabaca, Mena, y el Loro Coirón, nos instalamos en la Filou de Montpelier. Wilma probaba feliz cada plato en la mesa. Yo estaba silencioso. Tras haber visto miles de porteños y turistas gozando juntos, no pude dejar de sufrir por las dos señoras del ascensor. Richard, por su parte, mandaba un texto a otro amigo en USA, "Comiendo con Todd en Valparaíso. Esta ciudad es fantástica."

domingo, 29 de noviembre de 2009

Inmortales

En 1990, don Salvador del Carmen Abarca plantó sus primeras rosas y cardenales en la calle Beethoven del cerro Concepción. Poco a poco, el pequeño jardín empezó a crecer. Los vecinos reaccionaron con asombro y admiración. 5 años después, el jardín alcanzaba la mitad de la cuadra. Aparecieron bancas, esculturas, piedras, barquitos, figuras.


Los pocos turistas que ambulaban por el Puerto en esos días asumieron que el parque era municipal. Al toparse con el abuelito picando y escarbando la tierra se preguntaron: ¿Será funcionario público?

Para don Salvador no tenía ninguna importancia; no buscaba ni fama ni gloria. Sencillamente, le encantan las flores. 19 años después, su jardín llega casi hasta la subida Almirante Montt. Una maravilla. Nada de esto sorprenderá a mis lectores. Saben de Valparaíso, saben del “abuelito de la calle Beethoven”. Es una leyenda.

Así, cuando constituimos el jurado del concurso “Un Jardín para Valparaíso”, la lógica indicaba que en la categoría 3, “mejor jardín en espacio público hecho por un particular”, la pelea sería por el segundo lugar. ¿Encontraríamos jardines fabulosos? Ojalá. ¿Descubriríamos a otro Salvador del Carmen Abarca? Difícil.

Recorrimos los cerros y encontramos cosas increíbles. Unos 6 jardines fueron sembrados en lugares donde antes había basurales. En la plaza Eleuterio Ramírez los residentes del cerro regaban las plantas con botellas. Descubrimos un dragón rojo que apareció de la nada en el cerro San Juan de Dios. Pero aun así la candidatura de don Salvador no temblaba.

De repente nuestro minivan se detuvo frente a una pequeña capilla en la Población “Héroes del Mar” del cerro Placeres. Bastó ver las caras de los primeros miembros del jurado bajando del vehículo. Sencillamente, no podían creer lo que veían, ni donde lo vieron.

Es un jardín de gran extensión, con arbustos y arbolitos meticulosamente esculpidos. Tales esculturas se entretejían con coloridos arreglos florales de numerosos especies. Parecía sacado de la película “Eduardo manos de tijera”. Es más, el jardín se encontraba en medio de un ruidoso barrio popular donde el olor a polvo embriaga, levantado por el centenar de micros que pasan a cada hora.

Acto seguido, apareció don Roberto Pérez. Nos encantó su sencillez, su humildad, su persistencia. Horas después, los 9 jueces entregaron su puntaje para cada uno de los numerosos jardines visitados.

¿Cómo se elige entre un Van Gogh y un Monet? Los dos son diferentes, los dos son inmortales.

Al día siguiente el jurado se reunió para analizar los resultados. Se ratificaron rápidamente los primeros 30 premiados. Quedó lo más difícil: determinar el ganador de la categoría 3. Don Roberto, la revelación, había superado a don Salvador, la leyenda, por dos décimas. Es un cliché: los dos merecían ganar; pero es la pura verdad.

Bueno, el concurso 2009 ya es historia; el concurso 2010 ya empezó. Ya sabemos: tenemos un Monet y un Van Gogh. ¿Aparecerá un Cezanne en el cerro Mariposas?

domingo, 22 de noviembre de 2009

Historias de jardines

Don Guillermo vive en la calle Los Chirimoyos 615 de cerro Esperanza. ¿El primer problema? La calle no aparece en el mapa oficial de la municipalidad. Llamamos al número que aparece en el formulario de postulación del concurso. Contesta una francesa. "Soy Todd Temkin del concurso 'Un Jardín para Valparaíso", le digo.

"¿Sabes con quién hablas?", me pregunta. Su voz me pareció familiar. "Soy la mamá de la Rayén."

Genial. Nuestros hijos eran amigos hace años en el jardín infantil. Pensé que se habían mudado a Europa. Estas cosas solo pasan en Valparaíso. "Natalie", le digo, "Como llegamos a tu casa".

"La casa es de mi suegro", me dice. "Busca la plaza. Allí, toma la calle a la derecha. Después, hay una calle que sube. No sé como se llama. Después, hay una calla que baja. Tampoco sé como se llama. Después baja otra vez. Por allí está la casa de mi suegro".

Felíz por haberme reencontrado con Natalie, y después de una media hora dando vueltas, llegamos a la calle Los Chirimoyos. ¿Nuestro premio por tanto esfuerzo? Una espléndida y sorprendente vista. "Ahora, solo hay que encontrar el 615", le dijo a Ignacio, el joven arquitecto que me acompañaba.

Caminamos la calle Los Chirimoyos de punta a punta. Parte con el número 39; Termina en el 476. Ignacio se rasca la ceja. "Esto parece un dibujo de Lukas", le digo. Preguntamos a los vecinos. ¿Existe el 615? Nadie sabía. Era más facil encontrar el Caleuche.

"¿Por qué no buscamos el jardín mejor?", sugiere Ignacio. Y allí lo encontramos. Los Chirimoyos 615. Anidado entre el 387 y el 415. ¿El jardín? Super lindo. Vigilado por un simpatico gato gris, guatón. Allí apareció don Guillermo. Tierno. Amoroso. Nos mostró todo, con atención especial a sus copihues.

Postularon 78 jardines este primer año del concurso "Un Jardín para Valparaíso". Detrás de cada jardín, hay una historia. Después de recorrerlos todos, nos quedamos convencidos. Dentro de dos años, este concurso llegará a los 300 jardines.

¿Cual es el cerro con la mayor cantidad de jardines? "¿Concepción?", me dices. ¿Alegre? Es cierto. La mayor cantidad de postulantes venían de estos dos cerros. Pero donde vimos la mayor cantidad de jardines fue en cerro Placeres. Impresionante. Sobre todo en las villas de la parte alta del cerro. Hay muchos jardines hermosos. La mayoria no sabían del concurso. Ahora si.

Descubrimos jardines en los lugares más recónditos. Al lado de la vírgen en el cerro Mercéd. En la cuesta Colorado del cerro Las Delicias. En el pasaje General Jofré, arriba de la calle Progreso. Bajando por El Litre. Y, por supuesto, uno de los jardines que más nos encantó, la exquisita y adorable "Plaza Petrohue", hecho por la Junta de Vecinos de Rodelillo.

En Playa Ancha nos enamoramos de la escalera El Membrillo. Le falta unas plantas, si, pero el lugar es hermoso y lo han hecho con harto cariño y empeño. En un par de años, esto puede ser un verdadero jardín botántico. Una atracción turística de gran envergadura.

Este jueves premiaremos a nuestros primeros ganadores. Habrán sopresas. Y, lo que es más importante, habrán jardines para rato.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Jugando naipe bajo el sol

A raíz del concurso "Un Jardín para Valparaíso", volví al cerro Polanco. Hace más de un año que no iba a ese cerro. ¿Acaso había olvidado de sus encantos? ¿Los peldaños que desembocan en la callecita Bilbao? ¿El adoquinado del pasaje Pastene? No.

Pero no querría volver. Me hace mal. Me trastorna. No lo aguanto.

Partamos del inicio. No hay un barrio más lindo que el Polanco. Ni en Valparaíso. Ni en Chile. Ni en Sudamérica. ¿En Marruecos? Tal vez. Pero lo desconozco.

Olvidémonos, por un segundo, de su glorioso ascensor, este magnífico invento del gringo Federico Page. Olvidémonos que hay solo tres ascensores en el mundo con sus características. Olvidémonos que, si estuviéramos en Italia, el ascensor Polanco sería tratado de igual a la "Torre de Pisa".

Subimos a pie por la calle Recreo. Estos adoquines gastados, sobrevivientes de dos siglos de terremotos, deben ser de los más antiguos en el Puerto. Imposible no sentirse emocionado, transportado al cielo. En Recreo 171, un poco más arriba de la calle Roberto Chapi, descubrimos los balcones más impresionantes de la ciudad. Son tres pisos de balaustres. Ignoro de que madera son. Da lo mismo. Son humildes, austeros, maravillosos.

Este impresionante sector, con su olor a burro, tomó su nombre del regidor Santiago Polanco. Por estas calles han desfilado importantes personajes del Puerto: Juan Brown, Federico Costa, Mary Graham. A pocas cuadres de aqui, en la calle Manuel Valledor, se estableció Colombo Solari, patriarca de la comunidad Italiana de Valparaíso. En estas calles nació don Elias Figueroa.

Pero aqui estamos. Ad portas al bicentenario, a cinco cuadras del Congreso Nacional de la República de Chile, a seis años de la declaración UNESCO. Cerro Polanco, este impresionante patrimonio que Chile custodia para el mundo entero, esta botado. Absolutamente botado. ¿Cuantos senadores y diputados han paseado por cerro Polanco? Cuantos saben que existe, a 2 minutos de su despacho, este maravilla que se llama cerro Polanco?

Pero no le cuentan nada de esto a Cecilia Fernández, egresada de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Hace años, Cecilia hace milagros con las fuerzas vivas del sector. Les anima a no rendirse antes la delicuencia; les inspira a no bajar los brazos ante la indiferencia.

"Estamos buscando un jardín", le preguntamos a una señorita. "¿El de la Señora Cecilia?" nos preguntó de vuelta. Como la quieren. Juntos, hermosean pasajes, peldaños, plazuelas. Y hay otra artista importante en el barrio: Isabel Klotz, quien ha convertido su casa en un importante centro de tertulias.

A ver estos heroicos personajes abandonados a su suerte, no me puedo quedar indiferente. Volver a cerro Polanco me recuerda, por enésima vez, que Chile no esta a las alturas de Valparaíso. Para Chile, Valparaíso le quedó grande.

Hay un extasis que siento en este mítico lugar. Pero no lo aguanto. Como lo sufro. Como me hace mal. ¿Por qué tuve que volver a pisar estos pasajes de ensueño? ¿Por qué me perdí, otra vez, en su laberíntica escalera al cielo? ¿ Por qué me quede congelado, otra vez, debajo de su Torre de Pisa? Chau. Me voy. No me quedaré ni un minuto más. Bueno, tal vez un minuto. Un minuto a conversar con don Lucho, un viejito con sombrero de gaucho, que juega naipe bajo el sol.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Leyendo a "Li Po" en el cerro Panteón

El ex -Canciller, Alejandro Foxley, siempre se ha destacado por lo ecúanime y lo bien templado. Instalado hace un año como "Senior Fellow" del prestigioso centro de estudios "Carnegie Endowment", Foxley se declara asombrado con lo violento que es el tono de la política estadounidense. "Es terriblemente confrontacional", dijo en La Segunda hace unos días, "La oposición republicana es implacable con Obama...un factor negativo no solo para EE.UU sino para la mejor convivencia internacional".

Totalmente de acuerdo. Para quienes no siguen de cerca los vaivenes de la política de mi país, les resumo la táctica de la oposición republicana: Primero, un comité de elites determina tres o cuarto puntos donde creen poder tergivisar la opinion pública (por ejemplo: una provisión del proyecto de ley de reforma de salud que incentiva y subsidia la redacción de un testimonio le daría a Obama el poder de decidir si tu abuela vive o muere). Segundo, estos puntos, que ellos denominan "talking points", se distribuyen entre toda la delegación parlementaria y unos 300 "periodistas" cómplices. Tercero, durante meses, 24 horas del día, 7 días de la semana, en medios como "Fox News" y los shows de Glen Beck y Rush Limbaugh, se repite centenares de veces, con todos sus senadores y diputados como invitados, "Obama quiere matar a tu abuela. ¿Por qué Obama quiere matar a tu abuela?" Nadie se desvia del guión.

La situación me desvela. El mundo ama a Obama, pero, en EE.UU, gracias a la violencia antemenionada, su popularidad cae. Es más, el estilo pugnaz del partido del elefante ha abrumado a los demócratas, quienes, una e otra vez, caen en la trampa de creer que se puede negociar con una oposición que solo quiere deslegitimizar y no tiene ninguna intención de llegar a un acuerdo.

Sé que no me puede involucrar emocionalmente en esto. Sé que me hace mal. Pero no hay caso. Soy adicto. Soy un analista política frustrado.

Así, el otro día, mi cabeza zumbaba a mil. No me pude tranquilizar. Estaba contaminado. Hasta la soledad del Puerto no me entraba. Así, apague el internet, fui a mi biblioteca, y saque un libro: 100 Poems Chinos, escogido por Kenneth Rexroth. Un clásico.

Me despedí del gato y empecé a caminar. ¿Donde? No sabía. Mejor así. Una cuadra arriba de mi casa, en la esquina de Vicente Padín, vive el poeta Enrique Moro. ¿Estará? No estaba. Así, segui caminado. Bajé. Subí. Pareciera que mis pies buscaban un cementerio. Llegue, al fin, a la Calle Dinamarca. ¿Cual cementerio? Entré al Uno.

Allí, otro aire. La pesadilla descrita por mi amigo Foxley empezó a disiparse en el atardecer. Navigue los pasillos hasta llegar al mirador del costado poniente. Allí, bajo la silueta de la torre de la Iglesia Luterana, abrí mi libro y escogí un poema del gran Li Po (701-762):


Bebo solo, pues, no tengo ningún amigo alrededor.

Mi copa en la mano, le invito la luna

A mi fiesta. Ella y mi sombra. Seremos tres.

Pero la luna no toma vino.

Y mi sombra, disilusionada, se esconde.

domingo, 18 de octubre de 2009

El retorno del Jedi

La declaración de quiebre de los ascensores Monjas, Florida, y Mariposa rompió el espíritu de muchos, quienes ven en ella una metáfora de años de promesas no cumplidas. Un empresario me lo resumió así: “No estoy convencido que haya sido beneficioso para Valparaíso haber sido nombrado Patrimonio de la Humanidad.”

Cara de palo. A todos mis amigos, y a todos quienes aun no los son, les suplico: nos se desanimen. No podemos entender el renacimiento de Valparaíso como si fuera una línea recta o una simple curva siempre ascendiente. Esto no es una película, es una trilogía.

La primera entrega se llamó “La Postulación”. Se refiere a los años 1998-2003. Me encantó. En esta película, la ciudad de Valparaíso, sumergido en un trance de fatalismo y decadencia total, encarcelado por el abandono y el centralismo, empieza a despertar. Ya en ’98, surgieron las primeras notas en revistas y periódicos Santiaguinos: “Valparaíso sueña con ser Patrimonio de la Humanidad.” Los Santiaguinos se rieron a carcajadas. ¿Valparaíso en la misma lista de Praga, París, Venecia, y San Petersburgo? “Un bluf”, dijeron.

Pero poco a poco, la película “La Postulación” encontró sus personajes, sus héroes, su voz, su sueño. Se trató de una película épica, quijotesca, transversal. ¿Lo más lindo? Sus protagonistas no pertenecieron a ningún sector político ni a ninguna ideología en particular. Poco a poco, se conquistaría la imaginación de una ciudad, de un Presidente (Lagos), de un país.

Me encantó esta película. Terminó aquel mítico día de 2003, con los bocinazos de los barcos, con los fuegos artificiales. George Lucas no podría haberlo hecho mejor.

La segunda entrega de nuestra trilogía se llamó “La Desidia Contraataca”. Abre con un sorpresivo episodio: la caída de un alcalde todopoderoso. Llegaría un nuevo equipo al poder. Este prometería “borrón y cuenta nueva”. Pero, de a poco, se abrirían los apetitos y las ambiciones personales. Se daría la espalda a muchos héroes de la primera película. ¿Los pocos que quedaron? Se dividirían en distintas bandas. Esta película no es de mis favoritos. Pero era necesaria. Sin esta difícil segunda entrega, no habría sido posible llegar a la culminación que hoy día nos convoca.

Así, mis amigos porteños: no se desesperen. Estamos recién entrando la parte más importante de nuestra trilogía. Está llegando nuestro gran momento. La gran pelea nos acerca.

Nuestra tercera película se llamará “La Lucha para la Ley Valparaíso”. Se trata de convencer el país, ad portas del bicentenario de la nación, que Valparaíso, y no Santiago, está llamado a llevar Chile donde quiere ir. Inspirado por “La Joya del Pacífico”, veremos un Chile que no se define exclusivamente por la arrogancia del poder económico; veremos un Chile que se define por su alma, su gente, su historia, su espíritu, su ser. Chile, país marítima, será liderado una vez más por su Alma porteña. Así, ánimo compañeros. Estamos llamados a hacer historia.

Esta película recién comienza.

domingo, 11 de octubre de 2009

El pecado de no soñar

En ’93, mis amigos santiaguinos me informaron: “Si vas a vivir en Chile, tienes que tener un equipo de futbol”. Todos eran de Colo Colo, la Católica o la U. Así, en protesta, escogí a Deportes Temuco. Mis amigos se reían a carcajadas.

En esta época, había un solo torneo largo. Así, durante 6 meses, fui víctima de las embestidas, bromas, y tallas de amigos que se deleitaban en verme sufrir. Mi pobre equipo, que no contaba con ninguna figura relevante, agonizaba semana tras semana, tratando de meterse en la parte media de la tabla.

De repente, un milagro. Faltando 7 fechas, la defensa de Temuco se convirtió en una muralla imbatible. Pasaron 1, 2, 3, 4 partidos sin que les metieran un solo gol. Mis amigos no lo podían creer. El pequeño Deportes Temuco, “mi Deportes Temuco”, subía en la tabla. Faltando dos fechas, quedaba una leve chance matemática para clasificar a la liguilla de la Copa Libertadores. Temuco ganó las dos: 1-0 y 1-0. Clasificó. Mis amigos incrédulos. Disputaríamos un cupo en la Copa. ¿El rival? El poderoso Universidad Católica, finalista continental el año anterior.

Mi polola, Pilar, hoy día mi señora, me llevó al estadio San Carlos de Apoquindo. Me compré una pequeña bandera verde.

Durante 85 minutos, nos atacaban por todas las frentes. Temuco aguantaba. Yo sufría. Mientras nos acercábamos a los penales, me ilusionaba con ver la cara de mis amigos cuando apareciera el lunes en la Sala de Profesores con un diario en la mano: ¿El titular? “David derrota a Goliat”.

Pero en el minuto ’87 llegó el gol de la Católica. Allí, aprendí una lección que me sigue inspirando hasta hoy: En futbol, como en la vida, el equipo que se dedica a defender, termina perdiendo.

Sé que suena superficial, pero me marcó. 5 años después, en 1998, durante mi primera entrevista tras crear la Fundación Valparaíso, dije: “Valparaíso me parece un equipo de futbol que se dedica a defender. Defendemos al Edificio Cousiño. Defendemos a los troles. Defendemos los ascensores. Es importante saber defender. Agradecemos a los defensores. Pero no se puede vivir defendiendo. Se agota. Hay que elaborar sueños, buscar recursos, gestar proyectos. Hay que salir a la cancha a marcar goles.”

Veamos el caso ascensores. La gran vergüenza de Chile no es no haberlos defendido. La gran vergüenza de Chile es no haberlos “soñado”, no haber entendido lo que pueden significar. Para Chile, los ascensores de Valparaíso deben ser Machu Pichu, la Torre de Pisa, el puente Golden Gate. En el caso ascensores, a Chile le faltó marcar el gol en la puerta del arco.

Una anécdota final: En ‘95, ya viviendo en el Puerto, fui a Playa Ancha para un partido Temuco-Wanderers. Durante el segundo tiempo, se anunció el ingresó de un jugador. El público aplaudió a rabiar. “¿Qué pasa?” pregunté a un amigo. “El cabro que acaba de ingresar es juvenil. Tiene 16 años”, me dijo. Era David Pizarro. Mi aventura con Temuco se acabó allí mismo.

Viva el Wanderito.

domingo, 4 de octubre de 2009

¿Que diría don Fernando?

Conocí a don Fernando Friedmann en 2000, cuando propuse regalarle un estudio integral sobre sus 9 funiculares. La idea era la siguiente: Hacer un diagnóstico sobre la condición de cada ascensor; calcular la inversión que se requería para la restauración integral; catastrar los bienes y activos asociados; entregar un diagnóstico financiero; desarrollar un plan de negocios sostenible; elaborar ante-proyectos para la recuperación de las estaciones; estudiar la factibilidad de negocios turísticos complementarios y, finalmente, explorar vías de financiamiento para implementar dicho plan.

“¿Y esta maravilla, cuánto me va a costar?”, me preguntó don Fernando. Con 90 años a cuestas, no tenía un pelo de tonto. “Cero”, le dije. Postularíamos a fondos CORFO por la mitad, Fundación Valparaíso (FV) la otra.

Con su visto bueno, armamos un equipo de 7 profesionales. Seis meses después entregamos nuestro informe de más de 300 páginas. ¿Conclusiones? Los funiculares tenían un potencial interesante. Pero la empresa estaba “patas pa’ arriba”. Por su avanzada edad, don Fernando se había alejado del día a día de la compañía. A consecuencia, el sindicato, representando a unos 70 empleados, virtualmente controlaba la empresa. Después de estudiar los acuerdos de negociación colectiva con empresarios expertos en la materia, llegamos a la conclusión de que ningún inversionista serio daría un peso por el negocio.

¿Peor aun? A pesar de ser 9 monumentos nacionales reconocidos como “uno de los 100 tesoros de la humanidad en mayor peligro de desaparecer”, ningún filántropo, ni ninguna fundación extranjera, podrían inyectarles recursos, aunque quisieran. ¿Por qué? Porque no se puede donar a empresas privadas; sólo a instituciones sin fines de lucro reconocidas como tales. Así, le propuse a don Fernando: “Si Ud. estuviera de acuerdo, yo podría explorar la factibilidad de que FV se hiciera cargo”. “Hágalo”, me dijo.

Trabajé codo a codo con el Comité Calificador de Donaciones del MINEDUC para conseguir la aprobación y adquirir los ascensores vía Ley de Donaciones Culturales: un proyecto sui generis. Se portaron un siete. Después de unos meses, tuvimos la aprobación en la mano. Viajé a Miami, Nueva York, San Francisco, Los Angeles y Chicago, apoyado por los cónsules respectivos. Me reuní con filántropos y chilenos exitosos, y fui sumando apoyos. En el camino logré atraer el interés de empresarios locales para gestar proyectos turísticos complementarios. Después de 2 años, 20 mil kilómetros recorridos y unas mil horas de trabajo ad honorem, le hice una oferta para que FV adquiriera sus 9 ascensores.

“Estoy de acuerdo”, me dijo, “sólo falta la opinión de mis yernos”. Estos me dijeron: “Gracias, pero no. Nosotros nos vamos a hacer cargo”. Sentí una pena indescriptible, una pena que, 8 años después, vuelve a surgir. Don Fernando se nos fue. Ahora pido que el gobierno intervenga, para que los ascensores Florida, Villaseca, Monjas, y Mariposas no le sigan.