Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

lunes, 28 de septiembre de 2009

Valparaíso florido


En 1962, el afamado paisajista inglés Roy Hay (1910-1989) se encontraba de vacaciones en Francia. Allí quedó maravillado por la cantidad de flores que crecían en el campo. Tras indagar sobre el origen de dicho fenómeno, descubrió que 3 años antes, el Presidente De Gualle había iniciado la campaña “Le Fleurissement de France”. Al terminar sus vacaciones, el paisajista se obsesionó con replicar la experiencia en Gran Bretaña.

Cuando propuso su idea a la Autoridad Turística Británica (BTA), ésta la apoyó a medias. “Estaríamos encantados de promover la idea de una ‘Inglaterra florida’”, le habrían dicho, “pero no contamos con presupuesto para financiar jardines”. Hay tendría que convencer a sus conciudadanos a asumir el trabajo. ¿Su idea? Un concurso, “Britain in Bloom”. Cada pueblo incentivaría a sus habitantes a mantener jardines. Daba lo mismo el método que cada alcalde empleara para dicho fin: premios, rifas, eliminación de cobros de aseo, etc. Lo importante era que, a fin de cada año, se destacaría a un pueblo como “el más florido de Inglaterra”. En el primer concurso, en 1963, participaron 14 ciudades.

47 años después, participan más de 400. Cada municipalidad pelea a muerte el título. Miles de turistas llegan a las ciudades ganadores en distintas categorías. Se calcula el aporte anual de “Britian in Bloom” a la economía nacional en más de mil millones de euros. Por algo, en 1970 Roy Hay fue condecorado con la “Orden al Mérito del Imperio Británico”, oportunidad en la cual se destacó su papel por “aumentar el orgullo cívico de centenares de pueblos británicos, logrando así una mejor convivencia entre los vecinos y un notable mejoramiento en el ornato nacional”. Antes de su muerte, Hay fue nombrado “Oficier de Merite Agricole” por los gobiernos de Bélgica y Francia.

Así, me enorgullece anunciar que a partir de mañana, 28 de septiembre de 2009, a las 12:30, nuestro Puerto Patrimonial contará con su propia versión de dicho concurso, bautizado “Un Jardín para Valparaíso”. El proyecto, ideado por la Fundación Valparaíso y organizado en conjunto con la Ilustre Municipalidad, TPS, DuocUC y El Mercurio de Valparaíso, repartirá una bolsa de 14 millones de pesos para los mejores jardines emplazados en los 42 cerros y el plan de nuestra ciudad. Los premios serán otorgados en 4 categorías, pudiendo participar agrupaciones comunitarias, colegios, jardines infantiles y simples vecinos. La invitación es a intervenir pasajes, paseos, quebradas, escaleras, plazas de los cerros y otras. Habrá sub-categorías para los más hermosos antejardines y balcones.

Esperamos que “Un Jardín para Valparaíso” se constituya rápidamente en un evento anual, un hito país y una tradición que devuelva a Valparaíso su orgullo de antaño.

Quienes no puedan asistir el lanzamiento en la Municipalidad, pueden retirar las bases, a partir del martes, en la oficina de Gestión Patrimonial, o en los sitios web: fundacionvalparaiso.org; munivalpo.cl, y jardinparavalparaíso.cl.

Que ganen los mejores.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Aldea universal

El miércoles, mi hija bailó su última cueca como alumna del Jardín Ave Fénix del cerro Alegre. Se veía tan guapa vestida de huasa elegante… En fiestas patrias anteriores, le había tocado bailar de chilota, tirana, y pascuense. Son 5 años que se me fueron volando. Después de aquellos zapateos exquisitos, sé que hubo, por lo menos, un gringo lagrimoso en “Pleasant Hill”. El próximo año, Elyse va al colegio.

Me pregunto, ¿cuando mis hijos tengan 30, o 40, o 50 años, cuáles serán sus recuerdos de haberse criado en Valparaíso? ¿Qué valor les habrá agregado?

No olvidaré nunca el día que mi hija trató de informarme de la muerte del famoso “pimiento” del Paseo Yugoslavo. Tenía 3 años. Cuando llegué a la casa me trató de explicar: “Murió un árbol papá. Todas las tías y mis compañeros estamos muy tristes”. No entendí de qué árbol se trataba. Tal vez, un árbol en el patio del jardín, sospeché. “Si, mi amor”, la consolaba, “todos los días mueren arboles”. Pero, una semana después, me tocó llevar unos parlamentarios suizos en un paseo por el cerro Alegre. Al bajar del Ascensor Peral, vi inmediatamente de qué árbol se trataba. No lo pude creer. ¿El pimiento? ¿Este pimiento? ¿El árbol más famoso de Valparaíso? ¿El árbol de las 8 generaciones de pololeos porteños? ¿Muerto? No puede ser.

Mi hijo, por su parte, me pregunta, por lo menos 2 veces al mes, cuando nos toca la próxima “fiesta de San Juan”, todo un acontecimiento en nuestro cerro del mismo nombre. Se trata de una fiesta pequeña, pero transversal. Participan todos, sin barrera de edad. Nadie es aislado por su filosofía, su estilo de vida, su religión. Y los damascos secos que prepara mi vecina son espectaculares.

Mis amigos Viñamarinos admiran mi pasión por el Puerto, pero se preguntan si realmente vale la pena criar mi familia aquí. Me recuerdan: “los colegios top de Valparaíso hoy día están en la Ciudad Jardín”. “Aquí están las mejores clínicas y hospitales”. Otros abogan que Viña está más tranquila, que no tiene “perros feos” en todas partes, que los niños juegan tranquilos en las calles, En los barrios de mayor plusvalía, me han dicho, “encuentras todo la infraestructura que necesitas para criar una familia feliz.”

Puede que así sea, pero estamos convencidos que criar a mis hijos en Valparaíso es el mejor regalo que les puedo dar, aunque me cueste explicar exactamente por qué.

Igual, tengo mis teorías. Por ejemplo: Que vivir rodeado por valores universales enriquece el espíritu. ¿Otra? Que Valparaíso nos enseña que uno es rico no por lo que tiene; sino por lo que es. ¿Otra? Que, en Valparaíso, es imposible vivir abstraído del sufrimiento de los demás. Cuando muere la señora de un vecino, como nos tocó hace 2 años, todo el cerro sufre. Cuando se nos fue aquel árbol, no solo lloró mi hija. Lloraron miles de porteños en todo el mundo: en Toronto, Nueva York, Barcelona, Estocolmo, Sydney. Es el poder de un pimiento, el poder de vivir en una aldea universal.

lunes, 14 de septiembre de 2009

10 mil porteños a la Plaza de la Constituciòn

Nuestro Valparaíso se ha convertido en una tentación irresistible para los candidatos presidenciales. ¿Las razones? Que la ciudad tiene necesidades singulares. Que representa un orgullo nacional. Que se presta para la foto. Pero más importante es que la Joya del Pacífico está en juego. A diferencia de Vitacura o La Pintana o Viña del Mar, el Puerto no tiene un comportamiento electoral predecible. Aquí puede pasar cualquier cosa.

Bienvenidos, señores candidatos presidenciales, a la ciudad más heterogénea de Chile. Desde los burreros de Yerbas Buenas hasta los gastrónomos del cerro Concepción; desde los universitarios croqueando iglesias hasta las madres esperando la Esmeralda con su guagua en brazos.

Somos la Capital Cultural, por cierto, con toda nuestra casta de artistas e intelectuales. Pero también somos “la ciudad de los abuelitos”, aquellos tiernos personajes con los cuales compartimos el descanso en la escalera. Valparaíso con sus apellidos croatas, alemanes, escoceses y ligures. Valparaíso con sus encapuchados del 21 de Mayo. Valparaíso, sede de la Armada de Chile.

En otras urbes, pobres y ricos viven segregados. En Valparaíso compartimos la vereda, el vecindario, el anfiteatro.

Tal diversidad enloquece a los gurús políticos. Hace poco, éstos hablaban de la “imbatible máquina DC” montado por Hernán Pinto. 6 años después, la DC no tiene ni alcalde ni diputado ni senador en el Puerto. Es que Valparaíso tiene un espíritu indomable. Coqueteamos con todos, pero no pertenecemos a nadie.

Así mis queridos co-ciudadanos, les ruego, les imploro, les suplico: Independiente de quien sea tu candidato, no dejemos pasar en vano nuestros 15 minutos de fama. Hay que saber sacarles provecho. Hay que exigirles un compromiso con firma y timbre.

Pero esta vez no desparramemos los esfuerzos lloriqueando por lo de siempre. Los perros, el desempleo, los ascensores, el aseo, la seguridad. Importantes todos. Pero cuando uno reclama por todo, no escuchan nada. Este año hay que hacer algo diferente. Hay que consensuar nuestro pedido. Y esto, mis amigos, se resume en 6 palabras. Ley Valparaíso. Ley Valparaíso. Ley Valparaíso.

No pierda ninguna oportunidad de exigirlo a gritos. Valparaíso, la única ciudad chilena que comparte categoría con Praga, Venecia, Cuzco, Budapest y Estambul, no puede cumplir con sus compromisos sociales, culturales y patrimoniales con las migajas que le llegan. No señor. Valparaíso exige un subsidio anual no menor a lo que recauda Viña por el casino, el Festival y las concesiones hoteleras. Son entre US$30 y 40 millones anuales. Sí señor.

Y no basta con exigirles un compromiso. Hay que mandar un mensaje: “Una vez instalados en el Patio de los Naranjos, nosotros, los porteños, les damos 7 meses. Si no hay proyecto de ley presentado al Congreso, tendrán 10 mil porteños —burreros, universitarios, abuelitos, madres, artistas, todos— acampados en la Plaza de la Constitución.

domingo, 30 de agosto de 2009

Gato encerrado

Un lector reclama: “¿A qué intereses representa Ud.? Con una columna semanal ocupa más espacio que todas las organizaciones a las cuales denosta.”

Tiene toda la razón.

Me recuerda un viejo chiste del Medio Este de EE.UU. En ello, un hombre, llamémoslo Pepe, devastado por una ruptura amorosa, se prepara para lanzarse de un puente al vacio. Se le acerca otro hombre, Mario, intento a salvarlo. “¿Ud. cree en Dios?” pregunta Mario al sufrido. “Si”, contesta Pepe, “soy cristiano”. “Yo también”, dice Mario, “¿Cual es su credo?”

“Soy protestante”, afirma Pepe. “¡Qué emoción!” contesta Mario, “yo también. ¿A qué iglesia pertenece?” “La luterana”, contesta Pepe. “No lo puedo creer”, dice Mario emocionado. “Yo, también soy luterano. ¿Qué corriente enseña su pastor?”

“Se bautizó en el Sínodo de Missouri”. A esta altura, Mario no puede creer su suerte. Se le caen las lágrimas. “¡La mía también es del Sínodo de Missouri, hermano!” Los dos se abrazan.

Al Mario le queda una sola pregunta: “¿Su Sínodo es el de la primera o segunda revisión?”
“Segunda”, contesta Pepe.

“Traidor”, dice Mario y empuja a Pepe al río.

Mis amigos protestantes me perdonarán, pero no se me ocurre otra anécdota para ilustrar las pequeñeces que separan tanta gente valiosa en Valparaíso.

Hoy, no basta haber trabajado codo a codo para sacar adelante la postulación ante la UNESCO; no basta haber compartido en simposios, conferencias, y programas de televisión. No basta haber luchado juntos, durante años, en un sinnúmero de causas. No basta haber gestado docenas de proyectos en beneficio del Puerto. Hoy, todo esto no vale. Solo importa que uno, tras larga contemplación, haya llegado a una conclusión distinta en uno de los proyectos emblemáticos que caracterizan nuestro debate. Basta con eso. Ya eres un vendido. Un traidor.

¿Lo más triste? Valparaíso necesita a todos sus luchadores. No sobra ninguno. El problema no es el diálogo. Es el tono. Es el apuro de descalificar.

Así, a mi lector descontento, le ahorraré un mal rato. No hace falta investigar “el gato encerrado” del Gringo. Aquí va. Los intereses que represento: A Isaac Newton, por haber descubierto, matemáticamente, la arquitectura invisible del universo. A Shakespeare, por Falstaff. A Mark Twain, por Huckleberry Finn. A Bob Dylan, por enseñarme que se pueden vivir docenas de vidas en una sola encarnación. A “Le Pont de Avignon”, por su crema de la estación. Al ingeniero Federico Page, por el Ascensor Polanco. A Rilke por haber escrito “El Hombre que Nos Mira”. Y a Copérnico, a quien, una vez, dedique los siguientes versos torpes: “es mejor ser un miracielos insignificante,/ un punto más dentro de la infinitud,/ la capital de nada, que aferrarse a ilusiones/ que desvanecen ante el impasible fulgor de las estrellas.”

sábado, 15 de agosto de 2009

La lluvia de Valparaíso

Esta semana preparaba un escrito sobre el Congreso y los dichos del ministro del Interior, el que defiende a los parlamentarios de la pistola acusatoria del juez de Casablanca. El que dice: “El Congreso no ha hecho nada por Valparaíso”.

“Estoy completamente de acuerdo”, había escrito. A continuación elaboré una seguidilla de insultos; pero justo me interrumpió la lluvia. La lluvia de Valparaíso.

Es que mis dos lluvias favoritas son la de Puyehue y la de Valparaíso. En la primera se escucha el murmullo de tepas, ulmos, mañíos y coigües. Se imagina el cantar de los musgos. Se siente la sangre crecer como las cascadas buscando el río. Las lluvias porteñas son diferentes. Parten anunciadas por el viento norte. De repente se siente chillar las bisagras, temblar los cristales, y llueve.

Caídas las primeras gotas, el viento vuelve cruzado. Hay un zumbido que huele a soliloquio: Algún marinero perdido; alguna mujer que éste dejó esperando en algún rincón del Puerto.
Hay algo sobre el tintineo de las gotas sobre los adoquines. Nos pone nostálgicos. En ello detecto el susurro de Pablo Neruda: “La mojada/ tarde me trae la voz, la voz deseada,/ de mi padre que vuelve y que no ha muerto”. Cuando llueve en el cerro San Juan de Dios dejan de cantar las avecillas. En su estruendoso vacío, siento los acordes de la guitarra del Gitano Rodríguez.
Imposible estar enojado cuando llueve en Valparaíso. La lluvia porteña nos limpia el cuerpo y el alma.

Así, volvamos a los parlamentarios, al ministro del Interior. Estimados honorables, señoras y señores… Les perdono. Les perdono que, en 20 años de sesionar en una de las ciudades más extraordinarias del mundo, no se hayan dado cuenta de nada. Lamento que no tengan idea de las maravillas que les envuelven. Su indiferencia es elocuente. Es obvio que no saben nada de Valparaíso.

No saben, por ejemplo, que el día después de la lluvia se ve el Aconcagua en todo su esplendor. Maria Graham lo vio. Igual Charles Darwin y Whistler, que lo pintó. Pero Uds. no lo han visto. Curioso. Tampoco han probado el salame polaco de “Sethmacher”, o hecho la fila para comprar en la “Guria”. No han visitado el taller del Loro Coirón, a tomar un café con él mientras atardece sobre la torre de la Matriz, que queda tan cerca de su balcón que da la sensación que puedes extender una mano y tocarla. No han vivido señores y señoras.

No conocen ningún ascensor que no lleve al “Turri”. Nunca han visto como la luna llena aparece anaranjada sobre el cerro Barón. No han pololeado en el jardín “Liguria”, debajo del mirador Camogli. En “La Mangiata”, no preparan ninguna pizza con sus nombres. Qué pena. Qué pena para Uds.

Pero hay esperanza, señores honorables. Sólo hay que bajar un poco “la velocidad” en la vida. La lluvia porteña les espera.

sábado, 1 de agosto de 2009

Escondites

¿Se acuerdan del banderero de la calle Villaseca? Lo extraño mucho. Nos veíamos cada vez que paseaba por Playa Ancha. Mi ruta contemplaba la Avenida Gran Bretaña con sus casas neogóticas y sus torreones “sombrero de bruja”. Estaba el pasaje Harrington, la casa del “Gitano”, el “Museo del Automóvil” y el inmenso nogal que vigila la casona construida por Luis Alberto González, el primer alcalde de Valparaíso. Pero lo que más me fascinaba era perderme entre las calles Necochea, Patricio Lynch, Santa María y Argomedo. Allí se encuentra la casa de los 8 querubines (Necochea 495). Llego al lugar y mi ajetreo mental se desvanece. ¿Problemas? ¿Estrés? Allí te envuelve la brisa que sube desde San Mateo. Tranquilidad total.

Es un barrio con muchas casitas de adobe, la mayoría de un piso y con fachada continua. Pero en la calle Santa María sorprenden los melancólicos caserones ingleses, sus antejardines guardados por pinos, araucarias y un par de matas de flor de la pluma. Postularía tales matas como monumentos nacionales.

Pero el progreso, dicen algunos, es inevitable. Oponerse a ello es como oponerse a la ley de gravedad. Así, cuando algún genio decidió que la calle Villaseca, tal vez mi calle favorita en Valparaíso, debía convertirse solamente en bajada, no recuerdo ningún escándalo en los diarios. Sencillamente, de un día para otro, apareció un letrero que decía “No doblar”, abajo, en la esquina de Taqueadero.

Tal vez era obvio. Es estrechísimo. Los adoquines no soportan más. La calle tiene más de 120 años. Serpentea entre los oxidados pilares de un funicular centenario. ¿Qué turista resistiría quedarse congelado admirando tal espectáculo? La posibilidad de un choque frontal es real.

Pero nunca pasaba nada, pues siempre tuvimos a nuestro fiel banderero acampado en la última curva, esperando a la sombra del ascensor. Por la módica suma de una sonrisa (y una moneda a elección), el desenlace feliz estaba asegurado.

Así, en honor a mi desaparecido amigo, propongo que cada porteño empiece a elaborar su propia lista de escondites: lugares mágicos, lugares que tengan un significado especial, lugares que no deberían desaparecer.

Ojalá que no sean tan obvios. ¿Paseo Yugoslavo? ¿Pasaje Bavestrello? ¿Atkinson y Gervasoni? Ya están protegidos. Pero Valparaíso tiene miles de escondites más.

Nuestro alcalde es un fiel admirador del gigantesco gomero de la Avenida Brasil, esquina Eleuterio Ramírez. Me parece fantástico. Tengo una vecina que cuida el pasaje Chopin. En la calle Prefecto Lazo del cerro Florida, todos los vecinos participan. Allí, las luces de Navidad son un espectáculo. Las flores cuelgan de cada balcón.

Ojalá que el progreso no descubra nunca la Plaza del Cerro Yungay, escondida entre Enrique Budge y Voltaire. ¡Que cada porteño plante una flor en este lugar!

El patrimonio se cuida mejor gozándolo. Así, adiós Sr. Banderero. Te extrañamos mucho. Dios está en los detalles.

sábado, 25 de julio de 2009

Símbolos

En Mayo 1994, tras un año y medio viviendo en Ñuñoa, me cambié definitivamente a Valparaíso. Aterricé en el segundo piso de una casa en la Subida Concepción. Un mes después, el 18 de Junio 1994 para ser preciso, tomaba siesta. De repente, me despertó un festín de bocinazos.

Desde mi ventana, vi a un remolcador nuevo escoltando a un remolcador viejo. Alrededor, 1, 2, 3, 4, 5 remolcadores más. Detrás, una buena cantidad de lanchas y muchos arreglos florales flotando en el agua. Tal procesión seguiría hasta que los dos primeros desaparecieron en el horizonte. En el sector del Muelle Prat, se vislumbraba una muchedumbre de gente. No entendí nada. ¿Acaso había muerto alguien importante?

Pasarían varios años hasta que entendiera lo que había visto.

En 1909, la Pacific Steam Navigation Company encargó la construcción de un remolcador de última generación para atender el creciente poderío portuario de Valparaíso. El contrato recayó en el astillero H & C Grayson Shipyards Ltda., el mismo que construyó el Titánic. Bautizado “el Poderoso”, la adquisición estrella zarparía desde Liverpool el 21 de Junio 1911, llegando a Valparaíso el 10 de Septiembre del mismo año. No demoró nada en demostrar que era el remolcador más potente del Pacífico Sur. Durante 7 décadas, sería pieza clave en la construcción de puertos y diques en todo el territorio marítimo chileno, prestando servicios de anclaje que ningún otro remolque podría soportar. Era el príncipe de la bahía de Valparaíso, un fiel compañero, fácilmente reconocido por marineros internacionales y generaciones de familias porteñas.

En 1988, “se jubila” del servicio activo, y, 2 años después, es declarado Monumento Nacional. No fueron pocos que abogaban por transformarlo en museo. Hermoso proyecto. Lamentablemente, en este momento, la palabra “patrimonio” era “persona non grata” por muchas autoridades, sinónimo de romanticismos; enemigo del progreso.

La ciudad vivía un trance total, líder indiscutido en cesantía, abandono, delincuencia. Sencillamente, no había inversión. No había plata. Para colmo, el EMPORCHI recién informaba que San Antonio había superado a Valparaíso en contendores movilizados. El auto-estima porteño estaba en el suelo.

Después de 4 años de infructuosas gestiones, apareció, al fin, un proyecto para restaurar el querido “Poderoso” ¡Desde Talcahuano! Así es que el 18 de Junio 1994, bajo un sol esplendoroso, apareció el remolcador escolta “Naguillán” a llevarnos el más fiel compañero que Valparaíso había conocido.

Han pasado 15 años. El fatalismo de los ’90 ha sido felizmente derrotado. Valparaíso revive. Llegan turistas del mundo entero. Hay 90 millones de dólares invertidos en restaurantes y hoteles. Si antes llegaba un buque día por medio, hoy arriban 5 en una tarde.

Con tanto poder hay que saber enmendar los errores del pasado. Una ciudad sin héroes, difícilmente traspasa su alma, sus valores, a los habitantes de mañana.

domingo, 19 de julio de 2009

El poder de una lágrima

En 1971 apareció una campaña publicitaria en EE.UU. que marcaría una generación. No era un aviso para Coca Cola ni nada parecido. El "spot" había sido encargado por la ONG Keep America Beautiful (KAB), fundada en 1953. Resulta que el ambicioso sistema de carreteras interestatales, construido bajo el mandato de Eisenhower, había dejado una secuela poca deseada. Una generación de compatriotas mías, mareada por el vertiginoso crecimiento económico que llegó con el término de la Segunda Guerra Mundial, estaba dejando la escoba. Las nuevas carreteras rapidamente se convirtieron en basurales.

Durante 18 años, KAB instigó una serie de campañas que no lograron cambiar el statu quo. Así, en 1971, encomendaron el desafío a la agencia Young & Rubicam de Chicago. El resultado fue un spot de 30 segundos. Mostraba un indio, interpretado por el actor Iron Eyes Cody, vestido en traje acestral. Remaba en canoa por un sigiloso río. Al llegar a la orilla, encuentra un basural. El indio desembarcaba. Subía una pequeña loma hasta llegar a la berma de una carretera. Justo pasaba un auto a alta velocidad, cuyo conductor tira por la ventana un puñado de asquerosidades, las cuales impactaban al indio justo en sus plumas ancestrales. ¿La última imagen? Una sola lágrima apareciendo en el ojo izquierdo de Iron Eyes Cody.

La primera vez que vi el "indio llorón" tenía 7 años. No pude contener mi llanto. Yo y millones de gringos más. El "indio llorón" se mantendría en circulación por 20 años. Hoy, 38 años después, sigue vigente gracias a millones de visitas en Youtube. Al alero de tal lágrima, KAB lanzaría el proyecto "Día de la Tierra", hoy convertido en hito mundial. Varios académicos sugieren que, gracias a la lágrima de Iron Eyes Cody, nació el ambientelismo estadounidense.

Inspirado en mis recuerdos del "indio llorón", hace 8 años, solicité una cita con el entonces director del Canal 13, Rodrigo Jordán. ¿Mi propósito? Aprovechar el lanzamiento de la telenovela "Cerro Alegre" y pedirle la ayuda del canal para crear un spot que conmoviera a los porteños y los instara a cuidar más a su ciudad. El famoso moñtanista me miró con una mezcla de desprecio y curiosidad. ¿Quién es este gringo? Como muchos, Rodrigo no creyó que fuese posible cambiar el comportamiento de algunos porteños. Nunca he estado de acuerdo.

Es cierto. Hemos visto muchas campañas pasar sin pena ni gloria. Quién puede olvidar "No confundir tu ciudad con suciedad"? Aparentamente, muchos. Ok. Apuntemos menos al intelecto y más a las emociones. Hay que encontrar nuestro "indio llorón".

¿Una idea? Que el alcalde hable con David Pizarro. La próxima vez que venga, organicemos una tarde donde se junte con alumnos de colegios municipalizados. ¿La actividad? Limpiar quebradas. De tal encuentro, un director hábil sacaría una serie de spots emotivos que se transmitirían repetitivamente en todos los noticieros regionales.

Que las futuras generaciones de porteños recuerden su día, el día que despertaron, al alero del poder de una lágrima.

sábado, 11 de julio de 2009

Días

El primer poema que leí de Pablo Neruda era “El Reloj Caído en el Mar”. Era 1989. Una fría tarde en Minneapolis. Tenía un par de horas entre clases. Así que tomé prestado una antología de poetas latinoamericanos traducido por Robert Bly, y me escondí en “El Riverside Café”.

Empecé a leer: “Es un día domingo detenido en el mar, /un día como un buque sumergido,/una gota de tiempo que asaltan las escamas/ferozmente vestidas de humedad transparente”.

Jamás había leído algo parecido. Al llegar a la tercera estrofa, mi éxtasis era incontenible. “Mesera”, dije, “tráeme un termo completo de café fuerte”. Me quedé leyendo aquella tercera estrofa toda la tarde.

“Hay meses seriamente acumulados en una vestidura
que queremos oler llorando con los ojos cerrados,
y hay años en un solo ciego signo del agua
depositada y verde,
hay la edad que los dedos ni la luz apresaron,
mucho más estimable que un abanico roto,
mucho más silenciosa que un pie desenterrado,
hay la nupcial edad de los días disueltos
en una triste tumba que los peces recorren.

El poema me impactó en varios niveles. Había un notable oficio, por cierto, una estructura en paralela que me olía a Walt Whitman: “hay días; hay meses; hay la edad; hay la nupcial edad”.

Pero había algo más. Algo más profundo. En su introducción, Bly observó, “Cuando los surrealistas franceses se sumergen en la profundidad de su subconsciente, se mantienen sumergidos solo un par de instantes. Anotan un par de imágenes y vuelvan rápidamente a la superficie. El Chileno Pablo Neruda es otra cosa. Es más bien parecido a una jaiba, capaz de mantenerse sumergido en el subconsciente por largos periodos, levantado rocas, caracoles, reportando todo lo que encuentra”.

Esta misma tarde, compré “Residencia en la Tierra”, “20 Poemas de Amor y una Canción Desesperada”, y “Las Alturas de Machu Pichu”.

Volvemos a Valparaíso. Volvemos a los días. Sobre ellos, se han escrito muchas cosas. Por ejemplo, hay un lindo poema del inglés Philip Larkin (1925-1985):

¿Por que existen los días?
Días son donde vivimos.
Llegan, nos despiertan,
Una y otra vez.
Días son para alegrarse.
¿Cómo podemos vivir sin días?
Ay. Resolver esto
Y vendrán el sacerdote y el médico
Con sus trajes largos
Corriendo desde los bosques.

Es precioso. Pero yo me quedo con mi jaiba, con mi “día domingo detenido en el mar”, con mi día como “buque sumergido”. Así, este día vecino, lo dedicamos a ti, a tu “nupcial edad de los días disueltos/en una triste tumba que los peces recorren”.

Feliz cumpleaños, Don Pablo. Valparaíso te extraña. Y mucho.

domingo, 5 de julio de 2009

Que nazcan los elefantes

El viernes a las 21:15, degustaba un delicioso coctel celebrando el traspaso del edificio Cousiño desde el Municipio al DUOC UC. De repente se me acerca un conocido periodista. Me pregunta mí parecer sobre lo sucedido. “¿Qué simboliza esto para ti?”

Miré el micrófono y respiré hondo. No sabía que decir. Mi mente navegaba por un mar de imágenes.

Recordé una tarde en particular, 7 años y un par de alcaldes atrás. Mi amigo Jorge Martínez me había invitado a su oficina para presentarme un proyecto. Escuché atentamente. No quise decirle nada para no aguar su entusiasmo. Pero, para ser honesto, lo encontré una quijotada sin precedentes. ¿Comprar el edificio Cousiño? ¿Cómo vas a vender el proyecto a la plana mayor del DUOC UC en Santiago? ¿Cómo vas a convencerles a meterse en un proyecto fuera de su giro? Simultáneamente, habría que negociar con múltiples interlocutores. Habría que tratar en forma paralela con los múltiples dueños del edificio, el alcalde, y la directiva del Plan Valparaíso. Jorge no dudó. Así, partió el periplo de mi amigo.

Durante estos 7 años, Jorge me llamó en no menos de 10 ocasiones: “Está todo listo. Lo logramos”.

Pero siempre aparecería una nueva piedra en el camino. Con cada cambio de alcalde, se cambiaría los términos. Cuando se desmanteló el Plan Valparaíso, había que partir de cero con otra institucionalidad. Había que modificar la ley para permitir que la municipalidad adquiera el edificio. Eterno. Después, había que negociar con los dueños la otra parte. ¿Otro problema? Los dueños no eran uno sino varios. Cada vez que se llegaba a un acuerdo con uno, el otro cambiaba las reglas. Por fin, estaba listo. “¿Ahora qué puede pasar?” pensó Jorge.

Apareció otra empresa a solicitar el embargo del edificio.

Era Odiseo buscando a Ítaca. Pero mi amigo nunca bajaría los brazos. Ahora, 7 años más tarde, el DUOC UC recibe las llaves del edificio. Miré para un lado durante la ceremonia. Juro haber visto la mirada húmeda en los ojos de mi amigo, el siempre sobrio Jorge Martínez.
Aun no había contestado el periodista. ¿Qué simboliza todo esto?

“660 días”, le dije. “22 meses”. Me miró algo confuso. “Es lo que dura el embarazo de un elefante”, explique. “En cualquier ciudad, si quieres levantar un proyecto, es un parto. Es normal. Pero en Valparaíso, nuestros partos nunca son normales. Los nuestros son partos de elefantes”.

Pensé en otro amigo, Juan Carlos García, director del MOP de la quinta región. Este año se colocará la primera piedra del Centro Cultural de la ex – Cárcel. Se ha demorado 10 años. Parto de elefante. Otro amigo que vi en el coctel era Harald Jaeger, gerente general de la EPV. Este año se inicia la transformación del borde costero. Otros 10 años. Parto de elefante.

“Así”, le dije al periodista, “¿Quieres saber lo que significa esto para mí? Significa que, después de años de frustración, ha llegado la hora de Valparaíso. Que disfrutemos esto. Que nazcan los elefantes”.