Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

domingo, 26 de octubre de 2008

Matices

Hace años, viví en una casa en la Subida Concepción. Por las tardes, solía leer y escribir en el Paseo Atkinson. El paseo era de adoquín. La reja, los faroles, y las bancas eran de fierro forjado. Cuando atardecía, aparecían las lucecitas entre los cerros. “Estoy en el lugar perfecto”, pensaba.

Pero el Paseo Atkinson “se restauró”. Desaparecieron los adoquines y aparecieron pastelones. Las bancas de fierro forjado las volaron, igual a los faroles. De la reja ni hablar.

Una pesadilla parecida vivieron los vecinos de la Plaza Echaurren. Una vez me comentó la Señora Amalia, de la Calle Capilla: “No sé porque estos arreglos los hacen personas de Santiago, gente que no conoce a Valparaíso.”

Me perdonará la Señora Amalia, pero, la gente que diseñó estos proyectos conocía Valparaíso. Es de Valparaíso. En el diseño de estos e otros proyectos, las autoridades dictaron una estética “anti-historicista.”

El debate sobre el historicismo falso es el gran debate que no se hace. Cada porteño debería tener una opinión informada al respeto. Pero, la mayoría no tienen idea. No aparece en los diarios. No se conversa. En la ausencia del debate, los ideólogos tomaron el control. Se toman decisiones sin consultar a la ciudadanía. ¿Doña Amalia? A vivir las consecuencias.

El historicismo falso se define como cualquier intento de construir imitando burdamente el pasado. En términos patrimoniales, es mal visto. Atenta contra la autenticidad.

Estamos de acuerdo. ¿El problema? Definir lo que constituye o no constituye un abuso. Neruda escribió: “Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero”. La vida es compleja. Hay matices.

¿Levantar una réplica de la torre Eiffel en Las Vegas? Burdo. ¿Tener bancas, faroles, y rejas de fierro forjado en el Paseo Atkinson? No. El Hotel Brighton es historicista. A los ideólogos no les gusta. Pero pregunta a 100 personas que caminan por el paseo. Te apuesto que 99 dicen que es bonito. “Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero”.

Nadie quiere que Valparaíso se convierta en Disneylandia. Pero seamos honestos. No va a pasar. ¿Más absurdo aun? Llevamos la definición de historicismo falso a su extremo natural. Todas las casas señoriales del Puerto—desde Cerro Alegre hasta la Avenida Gran Bretaña—son historicistas. Todas fueron levantadas como “réplicas” de estilos europeos anteriores. Hoy, 130 años después, son monumentos nacionales.

He conversado el tema con un amigo anti-historicista furibundo. Le digo: “Estoy de acuerdo que deberíamos desincentivar la masificación del historicismo falso. Pero no hay que ser dogmático, ni absolutista. Hay pincelazos. Matices. Espacios para concesiones. Tampoco queremos una ciudad donde uno necesita un doctorado en patrimonio para entenderlo”.
Pregúntale a la Señora Amalia. No sabe nada del historicismo falso. No le interesa tampoco. Solo quiere saber porque, durante “la restauración” de su plaza, le quitaron las bancas donde pololearon sus abuelos.

domingo, 19 de octubre de 2008

Yoknapatawpha

En 1863, un ex senador por Illinois liberó a los esclavos. Promulgó la “Declaración de la Emancipación” y tramitó la “Enmienda 13”. Pero lo anterior no logró borrar de un plumazo ni el racismo ni el odio.

Tras su derrota en la Guerra Civil, el Sur ingenió la cultura “Jim Crowe”. Los lugartenientes vendieron parcelas a sus ex esclavos obligándolos a pagar cuotas que superaban lo recaudable por cosechas. Los negros hacían el trabajo y los blancos recibían los frutos. Del Jim Crowe venía la segregación, patrullada por el KKK y reforzada por la cultura del “linchamiento”. Basta con escuchar a mi heroína Billie Holiday cantar “Strange fruit”: “Una fruta extraña cuelga de los álamos”.

La lucha por los derechos civiles marcaría un gran punto de inflexión. Cualquiera que escuchaba a Martin Luther King, a Joan Báez, a Bob Dylan, a los hermanos Kennedy, entendía que el racismo carecía de fundamento intelectual y moral. Pero las semillas del cáncer estaban sembradas desde hacía 400 años. Erradicar tales raíces no era fácil.

Han pasado 145 años desde que Lincoln liberó a los esclavos. Ahora, otro senador por Illinois está a punto de producir la hazaña final. Si se dan los pronósticos, será elegido el primer Presidente afro-americano de la historia de EE.UU. Según encuestas y sondeos en más de 100 países, tal evento podría producir una especie de catarsis colectiva, tanto en EE.UU. como en el mundo entero.

Pero no será fácil. Vislumbro que durante los próximos 16 días veremos lo mejor y lo peor de mi país: la última patada de un odio moribundo que no quiere desaparecer.
Una curiosa casualidad: Lincoln siguió en la Casa Blanca a James Buchanan, considerado uno de los 3 peores presidentes de la historia; Obama, si gana, seguiría a George W. Bush, otro representante de la misma lista.

El título de mi columna se refiere al condado ficticio que constituye la máxima creación del novelista William Faulkner (1897-1962). En más de 20 novelas y algunos cuentos de factura inmortal, Faulkner nos retrata su universo marcado por la decadencia de una aristocracia sureña durante el periodo Jim Crowe. Faulkner llamaría a Yoknapatawpha su “pequeña estampilla de tierra”. Allí, excavaría la humanidad escondida por debajo de nuestros estereotipos del bien y del mal.

Hay algo de nosotros en cada personaje de Yoknapatawpha: partes oscuras y podridas; otros lugares capaces de relucir, de alcanzar la universalidad. Gabriel García Márquez ha dicho que si no fuera por Yoknapatawpha, no podría haber existido Macondo.

Faulkner nos asegura que el nombre viene del idioma Chicksaw, pueblo originario de Mississippi. Quiere decir “tierra cortada en dos”. 143 años después del asesinato de Lincoln, mis compatriotas tendrán que enfrentar los fantasmas de esta tierra fracturada. A ver si podemos hacer de estos opuestos algo esplendoroso, algo capaz de unir, sanar, de conmover a la humanidad.

domingo, 12 de octubre de 2008

La Ley del Ser

En Valparaíso la mejor vista la tienen los muertos. Todos los días nos miran desde su trono; desde su Panteón. Me pregunto lo que pensarían de nuestra actual cosecha de candidatos, lo que dirían al ver su ciudad tomada por carteles y gigantografías.

¿Mi receta para mejorar la gestión de la ciudad? Inscribir al Concejo Municipal, más los gerentes de Mall Plaza, más todos los que tiran huevos, a tomar clases de baile en el Imperio Tango Club. Allí, bajo la tutela del maestro Enrique Ponce, volveríamos a descubrir lo esencial de nuestra ciudad. Está bien discutir entre abogados, ingenieros y arquitectos. Pero de vez en cuando hay que sacar a bailar “a la gordita".

Las sesiones del Concejo se llevarían a cabo fuera del palacio de Condell, y que los mismos porteños propongan dónde. ¿El “Bar Inglés” o el “Cinzano”? Ok. Pero también el Palacio Rivera, al aire libre en la Plazuela Santo Domingo, en la Iglesia de San Francisco. Un experto mundial en liderazgo lo puso así: "La gente no nos sigue por lo que decimos. La gente nos sigue por lo que somos. Puede que yo sea muy inteligente, pero si soy además enojón y calculador… Difícil que se inspire la gente”.

Un maestro chino, guía espiritual de miles, tenía que preparar un sucesor. Tras años observando a sus discípulos, redujo su búsqueda a 12 candidatos. Un día los convocó. "Me queda poco tiempo en la tierra. Uno de Uds. será el próximo Maestro. Quien acepte el desafío tendrá que superar pruebas de fuego y más de una noche oscura del alma. Es menester que confirmen ante Dios su voluntad y su disponibilidad".

Le pasó a cada uno un papelito. Tenían que escribir su nombre y "acepto" o "no acepto". Todos colocaron sus papelitos en un jarrón.

El Maestro leyó en silencio los 12 papelitos. Había 11 "acepto" y un "no acepto". A los "acepto" los felicitó y les mostró la puerta. Dijo que estarían en contacto. Al "no acepto" le pidió que se quedara. "¿Por qué Ud. no quiere ser el próximo Maestro?".

El joven contestó: "No me asustan ni las pruebas de fuego ni las noches oscuras del alma. Lo que me asusta es que, tal vez, no tenga la humildad necesaria para ser Maestro".

"Continúa", dijo el Maestro.

"Su obra es enseñar el camino del despertar. Ud. siempre nos ha enseñado que el Maestro no se venera. Que sólo se venera la verdad. Pero la gente lo venera igual. Yo no creo que tenga la humildad para poder liderar con esto. Si termino creyendo el cuento que soy un Dios, voy a perder a Dios. Así, prefiero ser un discípulo humilde que un Maestro falso y arrogante".

El Maestro sonrió. Había encontrado al sucesor.

Valparaíso, con su inmenso recurso patrimonial, con sus mil capas, no requiere de un sabelotodo; requiere más sabiduría que intelecto. Valparaíso requiere humildad. Así merecerermos el trono, así ascenderermos al Panteón.

domingo, 5 de octubre de 2008

El Arte de la Guerra

Hace años los porteños fuimos bombardeados por amenazas sobre la instalación de un pequeño supermercado que colindaría con la Plaza de la Matriz. La empresa elaboró el proyecto en base a recomendaciones hechas por el Departamento de Patrimonio. Este aprobó. Dijo que no atentaba sobre el patrimonio.

La sangre llegó al rio. Volaron demandas. Los opositores alegaron “historicismo falso”. Acusaron que la demolición estaba mal hecha. Mandaron un expediente a la UNESCO y sembraron títulos en matutinos santiaguinos asegurando que, por culpa de dicho proyecto, Valparaíso estaba a punto de perder su título patrimonial.

Tengo amigos quienes estuvieron a favor y en contra. Buenas personas todas. Pero ya cumplimos 2 años con dicho supermercado y me atrevo a decir que el mundo no se ha acabado. Puede que 1 en 100 sigue con la espina clavada, pero el resto ni siquiera se ha percatado. La Plaza de la Matriz está viva. Valparaíso sigue siendo Patrimonio. La gente está en otra.

Pero la batalla no terminó. Se trasladó. Una vez más nos viene el Apocalipsis. Que Puerto Barón (PB) matará al Puerto. Que matará el comercio detallista. Que matará la ciudad. ¿Y sí todo esto, igual a las amenazas anteriores, no sea la verdad? Nadie se hace responsable. Todo es justo en el amor y la guerra.

Quienes emprenden esta lucha son buenas personas. Han dedicado sus vidas a esto. Sus campañas a favor de los pequeños comerciantes son legendarias. David contra Goliat. La ciudad les debe las gracias.

Y han ganado. Si. Han ganado. Aunque el supermercado se haya hecho, los opositores ganaron. Aunque PB se haga, estos grandes guerreros habrán ganado. ¿Por qué? Porque habrán logrado sensibilizar tanto a la ciudadanía como a los inversionistas. Que Valparaíso no sea una ciudad cualquiera. Que no es llegar a instalar. Es poco consuelo, sé. Pero han ganado. Hace 5 años, muchos pensaban que ser patrimonio significaba transformar la ciudad en una Disneylandia para turistas. Este discurso ha sido derrotado. Hoy, nos aferramos a nuestro estilo de vida y nuestras tradiciones. Bien ganado.

El grupo Plaza ha hecho una cantidad importante de centros comerciales—la mayoría mucho más grande que PB. Pero jamás han invertido tanto tiempo, recursos, sudor, y lágrimas para complacer una ciudad como es el caso de Valparaíso. Bien ganado.

He dicho que PB es un proyecto que puede, y debe, mejorarse. Existen importantes sinergias que deben producirse, sobre todo con los espacios públicos y usos culturales. Además, se puede sacar más provecho a la Bodega Simón Bolívar.

Los escépticos me dicen, “Pero Todd, son capitalistas. Solo les interesa la plata.” Yo les contesto: “Mientras más espectacular el lugar, más plata van a ganar.”

He viajado bastante. He visto distintos proyectos de borde costero. Mi experiencia me dice que PB no matará a Valparaíso. Puede que no estás de acuerdo. Pero discutimos como caballeros, con un buen café y una copia de “el Arte de la Guerra” sobre la mesa.

“Las armas no son los instrumentos de los iluminados”.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Elecciones Municipales

Pisé suelo chileno por vez primera a las 8:35 a.m. del 29 de diciembre 1992. Había viajado en la bien desaparecida Líneas Aéreas Paraguayas (LAP) con escala en Asunción. Me habían prometido que mi gato siamés viajaría conmigo como pasajero, pero al llegar al aeropuerto de Miami, me cambiaron el cuento. "El vuelo esta sobrevendido. El gato tiene que viajar como carga".

No venía con la jaula adecuada. En Santiago me recibió un aeropuerto el tamaño de una cajita de fósforos. Cuando me entregaron al gato, trataron de explicarme algo. Pero los 2 años que estudié español en Minneapolis no me habían preparado para esto. No entendí nada. El pobre estaba tan deshidratado que su nariz color café venía blanca con una costra de sal. Casi me morí.

El 3 de enero subí a un bus para mi primera visita al Puerto. En la estación de buses tomé una micro verde y el conductor no me dio boleto. Bajé en la Plaza Victoria, caminé hasta la Sotomayor, y alquilé una habitación en el Hotel Reina Victoria. Tras dejar mi mochila y mi bolso, salí a explorar. Llegue hasta el Ascensor Concepción. Subí y empecé a caminar.

Siempre me preguntan, "¿Todd, cuál fue su primera impresión de Valparaíso?" Ojalá que fuera más romántica. Ojalá que les pudiera decir que los cielos se abrieron y Dios me habló. Pero, para ser honesto, no era nada de esto. Si recuerdo bien, mi primera observación, subiendo la escalera Templeman hacía la Plazuela San Luis, fue, "Vaya, esta ciudad podría ser bonita si la pintaran".

En una esquina frente al Hospital Alemán, paré en un boliche para pedir indicaciones para llegar a La Sebastiana. La señora era muy cariñosa. Cuando le pedí un baño me dejó usar el de su casa. Nos comunicamos con gestos. Solo capté que La Sebastiana estaba lejos. Que tenía que bajar a la Avenida Alemania y seguir caminando. Harto. Así, caminé. Mucho. Pasé la Plaza Bismark y al almacén "Los Dos Patricios".

Debería haber caminado horas. Caminé tanto que pasé los cerros Bellavista, Florida, Mariposas, y Monjas volando. Llego hasta La Cruz subiendo y bajando. Allí me explican que había pasado La Sebastiana hace rato. Tenía que volver.Tras 4 horas llego a las puertas de La Sebastiana. Me recibió una reja de fierro forjado y un pequeño letrero. Estaba cerrado. Era lunes.

Han pasado más de 15 años. Un tercio de mi vida. Sigo perdido en Valparaíso. Enamoradamente perdido. Lo cual me trae al tema de las elecciones municipales.

No te voy a decir "vota por fulano". Al asumir el mando de la Fundación Valparaíso juré que no usaría mi cargo para influir así. Solo quiero que sepas que el destino de Valparaíso me importa. Mucho. Así, te emplazo: al llenar su papelito, piensa: "Hace 5 años fuimos declarado Patrimonio de la Humanidad. ¿Estoy contento con la conducción de la ciudad desde este entonces"? Basta con eso. Valparaíso no merece que se vote ni por partidos ni pactos ni coaliciones. Vota con tu corazón. Vota por la ciudad.

Yo me comprometo a trabajar con la persona que escogas.

sábado, 13 de septiembre de 2008

País rico, ciudades pobres


Acabo de regresar de Brisbane, Australia, donde participé en una conferencia sobre diseño urbano. Esta encantadora ciudad, capital del estado de Queensland, se emplaza sobre suaves colinas talladas por un río espectacular. Hace 20 años fue sede de los Juegos Commonwealth, y sus habitantes aprovecharon la oportunidad para soñar. Hoy su obsesión es convertirse en una “ciudad de punta” para el diseño urbano y el desarrollo sustentable. Están a punto de lograrlo.

Los expositores internacionales fuimos invitados a una recepción con el Alcalde. Durante una conversación casual me revelaron algo interesante: el Concejo Municipal de Brisbane maneja un presupuesto, ajustado a su cantidad de habitantes, 28 veces superior al de Valparaíso.
Sé lo que están pensando: “Obvio, gringo, Australia es más rico que Chile”. Así es. Medido en términos de ingreso per cápita es 3,5 veces más rico. Otros índices ponen la diferencia en 4 ó 4,3 veces. Pero nunca 28. Nunca 28.

Aproximadamente, 15% de lo que se tributa en Queensland se queda en Queensland. Australia es federalista. Si Brisbane quiere crear grandes parques y explanadas; si quiere poblar la ciudad con arte, fuentes y esculturas; si quiere invertir en sus universidades para que sean potencias mundiales, no tiene para qué pedirle plata a ningún ministerio. Valparaíso, ciudad patrimonial, capital de una región que tiene minas, tres puertos internacionales, y la refinería más grande del país, vive en la miseria.


Uno de mis colegas era un experto en economía de las ciudades modernas. Se explayó, con su encantador y apenas inteligible acento escocés, sobre el círculo virtuoso que existe cuando una ciudad invierte en cultura, espacios públicos, infraestructura, etc. Con dibujos y gráficos detalló el ciclo de riqueza de la ciudad moderna. Cómo se gasta y cómo se recupera. Sólo hubo un problema: todos sus ejemplos eran sobre ciudades de países federalistas. ¿Una casualidad?

No creo. A mí, me tocó dictar la charla del cierre. Estaba más nervioso que lo habitual. La conferencia era muy técnica, y yo, el único que no era ni urbanista ni arquitecto. ¿Se habrían equivocado los organizadores? La directora me aseguró: “Todd, te trajimos por una razón. El diseño urbano sin poesía, sin toque humano, no tiene sentido”. Mi exposición se tituló: “Cuando la ciudad te salva la vida: el patrimonio humano como factor del diseño urbano en Valparaíso”.

Me cayó encima un mar de abrazos. Aproveché la euforia para plantearle a mi amigo escocés la compleja situación de nuestra ciudad. “Vivimos”, le expliqué, “de patentes comerciales, patentes vehiculares, patentes de construcción y un subsidio estatal”. Arqueó las cejas. No lo podía creer.


Algunos dicen que el federalismo aumenta la burocracia y la corrupción. Pero en Chile, no hay que erigir un parlamento en cada región. Basta con dictar una ley que diga que 15% del IVA y del impuesto a la renta se quede en su lugar de origen. Basta con elegir el Intendente y el CORE democráticamente. Sé que te parece difícil, una locura.


No es fácil soñar cuando uno lleva tantos años viviendo de la mendicidad.

sábado, 30 de agosto de 2008

Saturnino


Valparaíso es la única ciudad donde los perros cruzan por el paso de cebra, mientras las señoras cruzan por cualquier parte. En el Puerto, nada es lo que parece. Conducir una ciudad así hacia su despertar definitivo no es fácil. Requiere otro tipo de liderazgo. Otra sensibilidad.

Como poeta tuve la fortuna de haber sido formado por grandes maestros: Jon Engman, Michael Dennis Browne, Charles Simic. Jon me enseñó la humildad. Era un payaso, pero escribía como los dioses. “Tienes talento, Todd; pero te tomas demasiado en serio. Nadie soporta un poeta pedante”. Michael me inculcó pasión y asombro. Cuando nos recitaba un poema uno veía cómo sus ojos brillaban ante la enormidad del universo que se le abría por dentro. Daban ganas de sentir lo mismo.

De Charlie no hay mucho que decir. Es uno de los grandes de la actualidad, un genio de talla universal. Me tocó estar con él en el momento de su despegue definitivo. Impresionante ver su mente en acción: un niño dándole vueltas a las cosas. El arte era su salvación. ¿Su lema? Una verdadera obra de arte tenía que ser más grande, más inteligente, más sorprendente que la persona que la creó. Otra vez reaparece la humildad.

Un hilo los conecta a los tres. Se llama “el poema debajo del poema”. ¿La idea? Uno parte pensando que está escribiendo sobre algo, pero en realidad, escondido debajo de este algo hay otro algo mucho más grande que quiere escribirte a ti. Y debajo de éste puede que haya otro. Los seudo-poetas están demasiado contentos con su primer borrador. Se quedan allí. Nunca alcanzan a excavar profundo. No toman riesgos. La historia no los recordará.


¿Qué tiene que ver esto con Valparaíso?

Todo, pues, Valparaíso es la cebolla de las mil capas. Es el gran poema escondido. Quien reclama que conoce la ciudad te está mintiendo. Es otro seudo-poeta que el mundo no recordará. Los porteños me dicen: “Ojalá que supiera tanto como tú”. Pero lo que yo sé no es ni el 1% de lo que hay. Voy de un despertar a otro, pero la ciudad nunca llega a su fin.

El otro día me vino a ver un periodista del Canal 13. Se había quedado muy impresionando con una columna que escribí semanas atrás. Me dijo: “Quiero que me muestres el atardecer sobre la iglesia Luterana. Quiero que me muestres el Pasaje Edén. Quiero conocer el famoso ganso”.
Partimos a buscar el ganso. Lo descubrimos donde siempre, sorprendido, contento por tanta atención. De repente aparece don Mario, un pescador de la caleta Portales. Vive al frente. Dice tener 70 años pero demuestra 40. Sus ojos brillan como los de Michael Dennis Browne. Nos cuenta todo su historia, y lo del ganso.

“Se llama Saturnino”, nos dice. “Llegó hace 12 años y se quedó como un vecino más. Pero no es ganso; es un pato. La gente dice ganso porque es grande. Es un pato grande”.

Así, escondido debajo del ganso había un pato. Y escondido debajo del pato estaba don Mario. Y escondido detrás de don Mario, otro Valparaíso. Y debajo de ése, mil Valparaísos más.

sábado, 23 de agosto de 2008

La cola del pillo

Abundan escritos sobre nuestros emporios, ascensores, tranvías, iglesias y cementerios. Ahora algo diferente. Una guía para gozar nuestros “tacos patrimoniales”.

“El Remolino”

Se produce cuando 3 ó 4 calles desembocan en el mismo lugar. ¿El clásico? La Plazuela Ecuador a las 6 de la tarde. Extraordinario. Para producir un remolino perfecto se requieren distintos ingredientes. La Plazuela Ecuador los tiene todos. Están las 2 micros de la línea verde ocupando la mitad de la plazuela, mientras las 2 micros de la línea roja bloquean la vista desde la bajada Yerbas Buenas. Estos últimos obligan a los pobres que bajan por Yerbas Buenas a tirarse a ciegas. Al asomarse 10 metros dentro de la plazuela se dan cuenta de que hay una camioneta blanca bajando encima desde General Mackenna. La maniobra lógica es esquivar a la derecha, seguida por otra maniobra hacia la izquierda. Pero justo aparecen dos colectivos saliendo desde la pista de retorno. Entremedio, un bache de 2 metros de ancho por 10 centímetros de profundidad. Por un segundo, nuestro héroe piensa en retroceder; pero detrás hay 4 autos más. Tampoco puede doblar a la derecha, pues hay un taxi obligado a hacer la “vuelta del tonto”. Sonríe. Tienes 7 autos envueltos en forma de caracol. Es un perfecto remolino.

“El Tontín”

Se produce en bajadas pendientes con curvas ciegas. El culpable es casi siempre un afuerino, pues éste desconoce el protocolo local de asomarse antes de tirarse. El tontín clásico es el gringo ansioso por llegar a La Sebastiana “tirándose pa’ arriba” al inicio de la calle Ferrari, sin saber que tiene una pendiente de casi 40 grados y justo tras la primera curva ésta se angosta espectacularmente. Allí se encuentra nuestro campeón, muerto de pánico en la mitad de la subida, mientras 5 autos vienen bajando encima.

Para que un taco “tontín” alcance su máximo esplendor, el pánico del gringo debe alcanzar tal nivel, que opta por poner el auto en marcha atrás. Hasta ese momento los 10 autos que se asomaban abajo habían estado tranquilos, muertos de la risa. Ahora están metidos en un show. ¿Otro protagonista? El olor a goma quemada.

“El Pillo”

Este no es culpa ni de los gringos ni de los santiaguinos. Es más porteño que un salame de la “Sethmacher”. Se produce cuando el 80% de los porteños asumen cierta flexibilidad en las leyes de tránsito, mientras los restantes no quieren que éstos salgan con la suya. Un pillo clásico se produce en el semáforo de Salvador Donoso con Bellavista. Mientras el 80% no ve ningún problema con doblar a la izquierda desde la pista derecha, el 20% cree que es su responsabilidad moral no dejarlos pasar. El resultado lógico es la ignominiosa “cola de 3 autos”, también conocida como la “cola del pillo” que bloquea todo libre tránsito desde Bellavista hacía el centro. ¿Lo mejor de todo? He visto más de alguna autoridad atrapada in fraganti en la “cola del pillo”.

Y me preguntas por qué amo a esta ciudad.

sábado, 16 de agosto de 2008

Flores, Todd. Flores

En 2000 recibí una llamada del embajador de Indonesia. “Señor Temkin”, mañana llega un enviado presidencial desde Yakarta. Representará a nuestro país en la ceremonia de ascensión al mando del Presidente Lagos. Es una persona muy importante. Le gustaría hacer una visita a Valparaíso. Nos encantaría que Ud. lo acompañara.”

Se llamaba Dr. Dorodjatun Kuntjoro-Jakti. Tenía tres doctorados: dos tradicionales y uno honoris causa. Tenía un MBA. Había sido encarcelado 27 meses, sin juicio, entre el ’74 y el ’76 por oponerse al régimen de Suharto. Al recuperar su libertad se desenvolvió en varios cargos en el sector privado, incluyendo 4 años como gerente general de la cadena de hoteles más importante del país. Su desempeño era tal que el dictador decidió que lo necesitaba. Llegó a ser director nacional de Turismo, después ministro del mismo, y finalmente ministro de Hacienda. Durante este período Indonesia se transformaría en una potencia mundial en dicha materia, con varios sitios nombrados Patrimonio de la Humanidad. Poco antes de llegar a Santiago, el Dr. Kuntjoro-Jakti había sido designado embajador de Indonesia en Washington, cargo revalidado tras la recuperación democrática un año más tarde.

Interesante.

Caminamos todos mis pasajes regalones. Visitamos ascensores, cementerios, palacios e iglesias. Era atento. Observador. Culto. Intelectualmente muy curioso. Terminamos almorzando en el balcón de “La Colombina”. Después del bajativo empezamos a bajar el Pasaje Apolo. De repente, se detiene frente a una hermosa flor de la pluma que había tomado por completo el cableado eléctrico. Me dijo: “Todd, me encantó la ciudad. Es muy impresionante. Es diferente. Creo que tiene gran futuro como sitio patrimonial. Sólo te tengo un consejo:

“Flores, Todd. Flores.

“La recuperación patrimonial va a tomar un curso natural, pero no es rápido. Se va a demorar años. Hay que dictar leyes y marcos regulatorios. Hay que crear incentivos para que el sector privado se instale y de a poco la ciudad se transformará. Las casas se van a pintar. Llegarán hoteles y restaurantes. Pero todo esto va a tomar su tiempo.

“Pero mientras se tramita todo eso hay que plantar flores. Muchas flores. Flores en los pasajes. Flores en las escaleras. Flores en los antejardines. Flores en los balcones. Flores alrededor de las iglesias. Flores en los cementerios.

“Mira como esta enredadera transforma el cableado eléctrico. Imagínate. Eliminar todo estos cables en toda la ciudad te va a costar muchos millones de dólares. Pero cubrirlos con jazmines, buganvilias y otras flores autóctonas no te cuesta nada.

“Miro a las quebradas y veo flores creciendo naturalmente por todas partes. Es un activo que tiene la ciudad. Pero no basta. Hay que ser proactivo. En Bali hicimos esto y se transformó la ciudad. Hasta llegaron especies de colibríes que pensábamos extintos. Imagina esta ciudad con su anfiteatro, sus casas, su laberinto. Todo cubierto por flores.

"Flores, Todd. Flores”.

sábado, 9 de agosto de 2008

Antes de morir quiero...

Jugar palitroque debajo del Teatro Deutsche Haus en el cerro Concepción. Desfilar con los bomberos. Cosechar tunas en la ladera del cerro Panteón. Caminar por debajo del ascensor Lecheros. Mirar las estrellas desde la torre de una casa con sombrero de bruja. Confiscar y erradicar todas las postales que se venden con la imagen de cerro San Juan de Dios y el título “Casas del cerro Alegre”. Regalarle una manzana verde al alumno de arquitectura que está croqueando mi casa. Caminar un cerro —cualquiera— con el Loro Coirón. Volver a mirar un partido de ajedrez en la Estación Puerto. Escuchar Sonata Trío en G mayor, de Henry Purcell, interpretado con el órgano de la iglesia de St. Paul, sin que me arreglen la tecla rota. Regalarle a alguien un pedazo de ónix para el penúltimo peldaño de la escalera del Palacio Rivera. Caminar sin miedo el barrio más lindo de Valparaíso —cerro Santo Domingo (¿tenías que preguntar?)— descansando un buen rato debajo del balcón de la Posada O’Higgins en el Pasaje Juvenal. Ir a “La Mangiata” a pedirles al Nico y Giorgio que me preparen una pizza “Fundación Valparaíso” con extra ajo y berenjena. Mirar el atardecer sobre la iglesia Luterana desde las bancas del Cementerio Nº 1. Decirles a mis nietos: “Fui a la reinauguración del Palacio Baburrizza y quedó espectacular”. Pasar una tarde de sábado leyendo cuentos para niños en la Biblioteca Nórdica del cerro Alegre. Subir la escalera Santa Margarita durante un temporal de lluvia. Fantasear con volar el Edificio del Banco de la Solidaridad Estudiantil. Darle migas de la “Guria” al ganso que vive debajo del mural de Roser Bru en el Museo a Cielo Abierto. Dejar azaleas púrpuras sobre el monumento de los caídos del USS Essex. Jugar dominó en el Bar Inglés, atendido por doña Celia, por supuesto. Pillar de una vez por todas al chico que insiste en rayar, una y otra vez, el mural de Nemesio Antúnez, haciéndole escribir mil veces: “Prometo que dejaré de ser un pendejo”, ante el atónito mirar de centenares de personas en la Plaza Sotomayor. Colocar un letrero en la avenida España que diga: “Ojo, hace 573 días que al reloj de la torre de la iglesia de San Francisco le falta un pedazo”. 574, 575, 576... ¡Uffff! Cancelar todas mis citas un día, sin aviso previo, y sin pedirle disculpas a nadie, dejando sólo una nota, escrita a mano, que diga: “Fuimos con Pili a comprar “Empanadas Famosas”, y vamos a llevar a los niños a ver las ballenas en Quintay”. Colocarle un antifaz a la Dama Justicia. Pesar el gato del “Hamburgo”. Decirle a un amigo de Santiago: “Te tengo un hermoso regalo. Juntémonos en el pasaje Edén” —sin darle indicaciones sobre cómo llegar. Cuando llegue, cuatro horas más tarde, exasperado, indignado y sobre-transpirado por haberse equivocado de cerro en cinco ocasiones, reclamando: “¿Ya llegué; dónde está mi regalo?”, contestarle: “Tu regalo es haber descubierto este hermoso lugar”.