Moriré en Valparaíso

Moriré en Valparaíso
Mi nuevo libro con prólogo de Roberto Ampuero

domingo, 21 de septiembre de 2008

Elecciones Municipales

Pisé suelo chileno por vez primera a las 8:35 a.m. del 29 de diciembre 1992. Había viajado en la bien desaparecida Líneas Aéreas Paraguayas (LAP) con escala en Asunción. Me habían prometido que mi gato siamés viajaría conmigo como pasajero, pero al llegar al aeropuerto de Miami, me cambiaron el cuento. "El vuelo esta sobrevendido. El gato tiene que viajar como carga".

No venía con la jaula adecuada. En Santiago me recibió un aeropuerto el tamaño de una cajita de fósforos. Cuando me entregaron al gato, trataron de explicarme algo. Pero los 2 años que estudié español en Minneapolis no me habían preparado para esto. No entendí nada. El pobre estaba tan deshidratado que su nariz color café venía blanca con una costra de sal. Casi me morí.

El 3 de enero subí a un bus para mi primera visita al Puerto. En la estación de buses tomé una micro verde y el conductor no me dio boleto. Bajé en la Plaza Victoria, caminé hasta la Sotomayor, y alquilé una habitación en el Hotel Reina Victoria. Tras dejar mi mochila y mi bolso, salí a explorar. Llegue hasta el Ascensor Concepción. Subí y empecé a caminar.

Siempre me preguntan, "¿Todd, cuál fue su primera impresión de Valparaíso?" Ojalá que fuera más romántica. Ojalá que les pudiera decir que los cielos se abrieron y Dios me habló. Pero, para ser honesto, no era nada de esto. Si recuerdo bien, mi primera observación, subiendo la escalera Templeman hacía la Plazuela San Luis, fue, "Vaya, esta ciudad podría ser bonita si la pintaran".

En una esquina frente al Hospital Alemán, paré en un boliche para pedir indicaciones para llegar a La Sebastiana. La señora era muy cariñosa. Cuando le pedí un baño me dejó usar el de su casa. Nos comunicamos con gestos. Solo capté que La Sebastiana estaba lejos. Que tenía que bajar a la Avenida Alemania y seguir caminando. Harto. Así, caminé. Mucho. Pasé la Plaza Bismark y al almacén "Los Dos Patricios".

Debería haber caminado horas. Caminé tanto que pasé los cerros Bellavista, Florida, Mariposas, y Monjas volando. Llego hasta La Cruz subiendo y bajando. Allí me explican que había pasado La Sebastiana hace rato. Tenía que volver.Tras 4 horas llego a las puertas de La Sebastiana. Me recibió una reja de fierro forjado y un pequeño letrero. Estaba cerrado. Era lunes.

Han pasado más de 15 años. Un tercio de mi vida. Sigo perdido en Valparaíso. Enamoradamente perdido. Lo cual me trae al tema de las elecciones municipales.

No te voy a decir "vota por fulano". Al asumir el mando de la Fundación Valparaíso juré que no usaría mi cargo para influir así. Solo quiero que sepas que el destino de Valparaíso me importa. Mucho. Así, te emplazo: al llenar su papelito, piensa: "Hace 5 años fuimos declarado Patrimonio de la Humanidad. ¿Estoy contento con la conducción de la ciudad desde este entonces"? Basta con eso. Valparaíso no merece que se vote ni por partidos ni pactos ni coaliciones. Vota con tu corazón. Vota por la ciudad.

Yo me comprometo a trabajar con la persona que escogas.

sábado, 13 de septiembre de 2008

País rico, ciudades pobres


Acabo de regresar de Brisbane, Australia, donde participé en una conferencia sobre diseño urbano. Esta encantadora ciudad, capital del estado de Queensland, se emplaza sobre suaves colinas talladas por un río espectacular. Hace 20 años fue sede de los Juegos Commonwealth, y sus habitantes aprovecharon la oportunidad para soñar. Hoy su obsesión es convertirse en una “ciudad de punta” para el diseño urbano y el desarrollo sustentable. Están a punto de lograrlo.

Los expositores internacionales fuimos invitados a una recepción con el Alcalde. Durante una conversación casual me revelaron algo interesante: el Concejo Municipal de Brisbane maneja un presupuesto, ajustado a su cantidad de habitantes, 28 veces superior al de Valparaíso.
Sé lo que están pensando: “Obvio, gringo, Australia es más rico que Chile”. Así es. Medido en términos de ingreso per cápita es 3,5 veces más rico. Otros índices ponen la diferencia en 4 ó 4,3 veces. Pero nunca 28. Nunca 28.

Aproximadamente, 15% de lo que se tributa en Queensland se queda en Queensland. Australia es federalista. Si Brisbane quiere crear grandes parques y explanadas; si quiere poblar la ciudad con arte, fuentes y esculturas; si quiere invertir en sus universidades para que sean potencias mundiales, no tiene para qué pedirle plata a ningún ministerio. Valparaíso, ciudad patrimonial, capital de una región que tiene minas, tres puertos internacionales, y la refinería más grande del país, vive en la miseria.


Uno de mis colegas era un experto en economía de las ciudades modernas. Se explayó, con su encantador y apenas inteligible acento escocés, sobre el círculo virtuoso que existe cuando una ciudad invierte en cultura, espacios públicos, infraestructura, etc. Con dibujos y gráficos detalló el ciclo de riqueza de la ciudad moderna. Cómo se gasta y cómo se recupera. Sólo hubo un problema: todos sus ejemplos eran sobre ciudades de países federalistas. ¿Una casualidad?

No creo. A mí, me tocó dictar la charla del cierre. Estaba más nervioso que lo habitual. La conferencia era muy técnica, y yo, el único que no era ni urbanista ni arquitecto. ¿Se habrían equivocado los organizadores? La directora me aseguró: “Todd, te trajimos por una razón. El diseño urbano sin poesía, sin toque humano, no tiene sentido”. Mi exposición se tituló: “Cuando la ciudad te salva la vida: el patrimonio humano como factor del diseño urbano en Valparaíso”.

Me cayó encima un mar de abrazos. Aproveché la euforia para plantearle a mi amigo escocés la compleja situación de nuestra ciudad. “Vivimos”, le expliqué, “de patentes comerciales, patentes vehiculares, patentes de construcción y un subsidio estatal”. Arqueó las cejas. No lo podía creer.


Algunos dicen que el federalismo aumenta la burocracia y la corrupción. Pero en Chile, no hay que erigir un parlamento en cada región. Basta con dictar una ley que diga que 15% del IVA y del impuesto a la renta se quede en su lugar de origen. Basta con elegir el Intendente y el CORE democráticamente. Sé que te parece difícil, una locura.


No es fácil soñar cuando uno lleva tantos años viviendo de la mendicidad.

sábado, 30 de agosto de 2008

Saturnino


Valparaíso es la única ciudad donde los perros cruzan por el paso de cebra, mientras las señoras cruzan por cualquier parte. En el Puerto, nada es lo que parece. Conducir una ciudad así hacia su despertar definitivo no es fácil. Requiere otro tipo de liderazgo. Otra sensibilidad.

Como poeta tuve la fortuna de haber sido formado por grandes maestros: Jon Engman, Michael Dennis Browne, Charles Simic. Jon me enseñó la humildad. Era un payaso, pero escribía como los dioses. “Tienes talento, Todd; pero te tomas demasiado en serio. Nadie soporta un poeta pedante”. Michael me inculcó pasión y asombro. Cuando nos recitaba un poema uno veía cómo sus ojos brillaban ante la enormidad del universo que se le abría por dentro. Daban ganas de sentir lo mismo.

De Charlie no hay mucho que decir. Es uno de los grandes de la actualidad, un genio de talla universal. Me tocó estar con él en el momento de su despegue definitivo. Impresionante ver su mente en acción: un niño dándole vueltas a las cosas. El arte era su salvación. ¿Su lema? Una verdadera obra de arte tenía que ser más grande, más inteligente, más sorprendente que la persona que la creó. Otra vez reaparece la humildad.

Un hilo los conecta a los tres. Se llama “el poema debajo del poema”. ¿La idea? Uno parte pensando que está escribiendo sobre algo, pero en realidad, escondido debajo de este algo hay otro algo mucho más grande que quiere escribirte a ti. Y debajo de éste puede que haya otro. Los seudo-poetas están demasiado contentos con su primer borrador. Se quedan allí. Nunca alcanzan a excavar profundo. No toman riesgos. La historia no los recordará.


¿Qué tiene que ver esto con Valparaíso?

Todo, pues, Valparaíso es la cebolla de las mil capas. Es el gran poema escondido. Quien reclama que conoce la ciudad te está mintiendo. Es otro seudo-poeta que el mundo no recordará. Los porteños me dicen: “Ojalá que supiera tanto como tú”. Pero lo que yo sé no es ni el 1% de lo que hay. Voy de un despertar a otro, pero la ciudad nunca llega a su fin.

El otro día me vino a ver un periodista del Canal 13. Se había quedado muy impresionando con una columna que escribí semanas atrás. Me dijo: “Quiero que me muestres el atardecer sobre la iglesia Luterana. Quiero que me muestres el Pasaje Edén. Quiero conocer el famoso ganso”.
Partimos a buscar el ganso. Lo descubrimos donde siempre, sorprendido, contento por tanta atención. De repente aparece don Mario, un pescador de la caleta Portales. Vive al frente. Dice tener 70 años pero demuestra 40. Sus ojos brillan como los de Michael Dennis Browne. Nos cuenta todo su historia, y lo del ganso.

“Se llama Saturnino”, nos dice. “Llegó hace 12 años y se quedó como un vecino más. Pero no es ganso; es un pato. La gente dice ganso porque es grande. Es un pato grande”.

Así, escondido debajo del ganso había un pato. Y escondido debajo del pato estaba don Mario. Y escondido detrás de don Mario, otro Valparaíso. Y debajo de ése, mil Valparaísos más.

sábado, 23 de agosto de 2008

La cola del pillo

Abundan escritos sobre nuestros emporios, ascensores, tranvías, iglesias y cementerios. Ahora algo diferente. Una guía para gozar nuestros “tacos patrimoniales”.

“El Remolino”

Se produce cuando 3 ó 4 calles desembocan en el mismo lugar. ¿El clásico? La Plazuela Ecuador a las 6 de la tarde. Extraordinario. Para producir un remolino perfecto se requieren distintos ingredientes. La Plazuela Ecuador los tiene todos. Están las 2 micros de la línea verde ocupando la mitad de la plazuela, mientras las 2 micros de la línea roja bloquean la vista desde la bajada Yerbas Buenas. Estos últimos obligan a los pobres que bajan por Yerbas Buenas a tirarse a ciegas. Al asomarse 10 metros dentro de la plazuela se dan cuenta de que hay una camioneta blanca bajando encima desde General Mackenna. La maniobra lógica es esquivar a la derecha, seguida por otra maniobra hacia la izquierda. Pero justo aparecen dos colectivos saliendo desde la pista de retorno. Entremedio, un bache de 2 metros de ancho por 10 centímetros de profundidad. Por un segundo, nuestro héroe piensa en retroceder; pero detrás hay 4 autos más. Tampoco puede doblar a la derecha, pues hay un taxi obligado a hacer la “vuelta del tonto”. Sonríe. Tienes 7 autos envueltos en forma de caracol. Es un perfecto remolino.

“El Tontín”

Se produce en bajadas pendientes con curvas ciegas. El culpable es casi siempre un afuerino, pues éste desconoce el protocolo local de asomarse antes de tirarse. El tontín clásico es el gringo ansioso por llegar a La Sebastiana “tirándose pa’ arriba” al inicio de la calle Ferrari, sin saber que tiene una pendiente de casi 40 grados y justo tras la primera curva ésta se angosta espectacularmente. Allí se encuentra nuestro campeón, muerto de pánico en la mitad de la subida, mientras 5 autos vienen bajando encima.

Para que un taco “tontín” alcance su máximo esplendor, el pánico del gringo debe alcanzar tal nivel, que opta por poner el auto en marcha atrás. Hasta ese momento los 10 autos que se asomaban abajo habían estado tranquilos, muertos de la risa. Ahora están metidos en un show. ¿Otro protagonista? El olor a goma quemada.

“El Pillo”

Este no es culpa ni de los gringos ni de los santiaguinos. Es más porteño que un salame de la “Sethmacher”. Se produce cuando el 80% de los porteños asumen cierta flexibilidad en las leyes de tránsito, mientras los restantes no quieren que éstos salgan con la suya. Un pillo clásico se produce en el semáforo de Salvador Donoso con Bellavista. Mientras el 80% no ve ningún problema con doblar a la izquierda desde la pista derecha, el 20% cree que es su responsabilidad moral no dejarlos pasar. El resultado lógico es la ignominiosa “cola de 3 autos”, también conocida como la “cola del pillo” que bloquea todo libre tránsito desde Bellavista hacía el centro. ¿Lo mejor de todo? He visto más de alguna autoridad atrapada in fraganti en la “cola del pillo”.

Y me preguntas por qué amo a esta ciudad.

sábado, 16 de agosto de 2008

Flores, Todd. Flores

En 2000 recibí una llamada del embajador de Indonesia. “Señor Temkin”, mañana llega un enviado presidencial desde Yakarta. Representará a nuestro país en la ceremonia de ascensión al mando del Presidente Lagos. Es una persona muy importante. Le gustaría hacer una visita a Valparaíso. Nos encantaría que Ud. lo acompañara.”

Se llamaba Dr. Dorodjatun Kuntjoro-Jakti. Tenía tres doctorados: dos tradicionales y uno honoris causa. Tenía un MBA. Había sido encarcelado 27 meses, sin juicio, entre el ’74 y el ’76 por oponerse al régimen de Suharto. Al recuperar su libertad se desenvolvió en varios cargos en el sector privado, incluyendo 4 años como gerente general de la cadena de hoteles más importante del país. Su desempeño era tal que el dictador decidió que lo necesitaba. Llegó a ser director nacional de Turismo, después ministro del mismo, y finalmente ministro de Hacienda. Durante este período Indonesia se transformaría en una potencia mundial en dicha materia, con varios sitios nombrados Patrimonio de la Humanidad. Poco antes de llegar a Santiago, el Dr. Kuntjoro-Jakti había sido designado embajador de Indonesia en Washington, cargo revalidado tras la recuperación democrática un año más tarde.

Interesante.

Caminamos todos mis pasajes regalones. Visitamos ascensores, cementerios, palacios e iglesias. Era atento. Observador. Culto. Intelectualmente muy curioso. Terminamos almorzando en el balcón de “La Colombina”. Después del bajativo empezamos a bajar el Pasaje Apolo. De repente, se detiene frente a una hermosa flor de la pluma que había tomado por completo el cableado eléctrico. Me dijo: “Todd, me encantó la ciudad. Es muy impresionante. Es diferente. Creo que tiene gran futuro como sitio patrimonial. Sólo te tengo un consejo:

“Flores, Todd. Flores.

“La recuperación patrimonial va a tomar un curso natural, pero no es rápido. Se va a demorar años. Hay que dictar leyes y marcos regulatorios. Hay que crear incentivos para que el sector privado se instale y de a poco la ciudad se transformará. Las casas se van a pintar. Llegarán hoteles y restaurantes. Pero todo esto va a tomar su tiempo.

“Pero mientras se tramita todo eso hay que plantar flores. Muchas flores. Flores en los pasajes. Flores en las escaleras. Flores en los antejardines. Flores en los balcones. Flores alrededor de las iglesias. Flores en los cementerios.

“Mira como esta enredadera transforma el cableado eléctrico. Imagínate. Eliminar todo estos cables en toda la ciudad te va a costar muchos millones de dólares. Pero cubrirlos con jazmines, buganvilias y otras flores autóctonas no te cuesta nada.

“Miro a las quebradas y veo flores creciendo naturalmente por todas partes. Es un activo que tiene la ciudad. Pero no basta. Hay que ser proactivo. En Bali hicimos esto y se transformó la ciudad. Hasta llegaron especies de colibríes que pensábamos extintos. Imagina esta ciudad con su anfiteatro, sus casas, su laberinto. Todo cubierto por flores.

"Flores, Todd. Flores”.

sábado, 9 de agosto de 2008

Antes de morir quiero...

Jugar palitroque debajo del Teatro Deutsche Haus en el cerro Concepción. Desfilar con los bomberos. Cosechar tunas en la ladera del cerro Panteón. Caminar por debajo del ascensor Lecheros. Mirar las estrellas desde la torre de una casa con sombrero de bruja. Confiscar y erradicar todas las postales que se venden con la imagen de cerro San Juan de Dios y el título “Casas del cerro Alegre”. Regalarle una manzana verde al alumno de arquitectura que está croqueando mi casa. Caminar un cerro —cualquiera— con el Loro Coirón. Volver a mirar un partido de ajedrez en la Estación Puerto. Escuchar Sonata Trío en G mayor, de Henry Purcell, interpretado con el órgano de la iglesia de St. Paul, sin que me arreglen la tecla rota. Regalarle a alguien un pedazo de ónix para el penúltimo peldaño de la escalera del Palacio Rivera. Caminar sin miedo el barrio más lindo de Valparaíso —cerro Santo Domingo (¿tenías que preguntar?)— descansando un buen rato debajo del balcón de la Posada O’Higgins en el Pasaje Juvenal. Ir a “La Mangiata” a pedirles al Nico y Giorgio que me preparen una pizza “Fundación Valparaíso” con extra ajo y berenjena. Mirar el atardecer sobre la iglesia Luterana desde las bancas del Cementerio Nº 1. Decirles a mis nietos: “Fui a la reinauguración del Palacio Baburrizza y quedó espectacular”. Pasar una tarde de sábado leyendo cuentos para niños en la Biblioteca Nórdica del cerro Alegre. Subir la escalera Santa Margarita durante un temporal de lluvia. Fantasear con volar el Edificio del Banco de la Solidaridad Estudiantil. Darle migas de la “Guria” al ganso que vive debajo del mural de Roser Bru en el Museo a Cielo Abierto. Dejar azaleas púrpuras sobre el monumento de los caídos del USS Essex. Jugar dominó en el Bar Inglés, atendido por doña Celia, por supuesto. Pillar de una vez por todas al chico que insiste en rayar, una y otra vez, el mural de Nemesio Antúnez, haciéndole escribir mil veces: “Prometo que dejaré de ser un pendejo”, ante el atónito mirar de centenares de personas en la Plaza Sotomayor. Colocar un letrero en la avenida España que diga: “Ojo, hace 573 días que al reloj de la torre de la iglesia de San Francisco le falta un pedazo”. 574, 575, 576... ¡Uffff! Cancelar todas mis citas un día, sin aviso previo, y sin pedirle disculpas a nadie, dejando sólo una nota, escrita a mano, que diga: “Fuimos con Pili a comprar “Empanadas Famosas”, y vamos a llevar a los niños a ver las ballenas en Quintay”. Colocarle un antifaz a la Dama Justicia. Pesar el gato del “Hamburgo”. Decirle a un amigo de Santiago: “Te tengo un hermoso regalo. Juntémonos en el pasaje Edén” —sin darle indicaciones sobre cómo llegar. Cuando llegue, cuatro horas más tarde, exasperado, indignado y sobre-transpirado por haberse equivocado de cerro en cinco ocasiones, reclamando: “¿Ya llegué; dónde está mi regalo?”, contestarle: “Tu regalo es haber descubierto este hermoso lugar”.

sábado, 2 de agosto de 2008

La vida, la libertad, la búsqueda de la felicidad

Partimos nuestra columna sobre Valparaíso hablando de la Universidad de Middlebury.

Imaginen un pueblo universitario fundado en 1800 entre los faldeos de la Cordillera Verde de Vermont. Ambientada con una arquitectura inglesa ad hoc, matizada por enredaderas verdes.

Agreguen cafés, delicatesen, teatros y galerías de arte. Una ferretería familiar de cinco generaciones al lado de una sala de meditación zen. Una calle principal rodeada por olmos, maples y robles. Bucólicos pueblerinos acostumbrados a convivir con filósofos, artistas y académicos de categoría mundial. Un alumnado que abarca todos los continentes y colores.
Imaginen que cada verano este pueblo recibe la conferencia de escritores más importante del mundo. ¿Esa señora comprando tomates? Toni Morrison. ¿Los caballeros con las manzanas verdes? Phillip Roth y Mario Vargas Llosa.

Bienvenido a Middlebury.

Ahora viene lo asombroso. Los alumnos de este idílico lugar están soñando con Valparaíso.

Y mucho, sí. Me tocó el jueves acompañar, por tercera vez, a un grupo de 23 de estos jóvenes por los recovecos de los pasajes Gálvez, Apolo, Fischer y Pastor Schmidt. Conversamos sobre William Wheelwright y la Pacific Steam Navigation Company. Sobre la burra lechera. Sobre las peripecias de Harrison y Schiavon y su viaje desde Trieste a Valparaíso. Sobre las anécdotas detrás de la construcción de la iglesia de St. Paul y sus 14 asientos. Sobre David Trumbull, el USS Essex y el Cementerio de Disidentes. Sobre el papel que jugó Valparaíso en promover la libertad de culto.

Estaban maravillados. Nadie reclamó ni el aseo ni el evidente abandono de ciertos lugares ni los desperdicios caninos.

Lo anterior me confirmó, por enésima vez, que el principal problema de Valparaíso no es ni el desaseo ni los perros callejeros ni el estado del Palacio Baburrizza ni el proyecto Niemeyer ni Puerto Barón ni las patentes de alcoholes.

Es la infelicidad. Este es el gran personaje escondido. No tiene color político ni pertenece a una banda u otra. Es ubicuo. Aparece y reaparece, desde las sesiones del Concejo Municipal “con huevos” hasta nuestros soliloquios más íntimos y bizantinos.

Promover a Valparaíso debe ser fácil. Quedan pocas ciudades en el mundo tan auténticas, tan interesantes. Tan capaces de inspirar la inflexión. Sólo en Valparaíso podemos sentir un contacto tan profundo con la cotidianidad que lo humano —inducido por nuestro potente cóctel de mar, laberintos, rincones, y neblinas— transciende en una experiencia con lo divino.

Para promover a Valparaíso basta con irradiar el regalo que sentimos cada día viviendo en ella.

Basta con eso. ¿Y si no te sientes capaz? Te apoyamos. Escápate a unas termas con una buena antología de Ranier Maria Rilke: “Aquí no hay ningún lugar que no te mire. Hay que cambiar tu vida.” Pero dejemos a Valparaíso fuera.

Es que Thomas Jefferson tenía razón. No se puede legislar sobre la felicidad. Pero mucho más difícil es legislar bien sin ella.

domingo, 20 de julio de 2008

Otro dia en Valparaíso, mi ciudad

El martes, me encontraba en el Emporio “La Bodega Valparaíso” de la Calle Chacabuco. Había acudido al lugar para comprarle comida a Mischa, mi gatito siamés regalón, pero me distrajo el espectáculo de texturas y olores a mí alrededor: sacos de hongos secos, té en hoja, gigantescos palitos de canela, ciruelas, lentejas verdes, pasas rubias, huesillos, ají de color. A mi lado, una Señora discutía los méritos de unos porotos granados con un caballero en delantal. Con su mano izquierda, el señor exponía entre sus dedos las virtudes de dichas legumbres. Su brazo derecho estaba enterrado hasta el codo en avena tostada.

Otro día en Valparaíso. Mi ciudad.

Muchas veces me he preguntado que habría sido de mi vida si el destino no me hubiera conducido hasta este lugar. Probablemente estaría pasando mis tardes tomando café latte en un sucursal de la cadena Starbucks, un cómodo Profesor de Poesía anidado en algún bucólico pueblo universitario gringo, tipo Vermont o Massachusetts. Me veo revisando los versos de alumnos seudo-atormentados, dibujando los márgenes con tinta roja, entre sorbeteos: “mostrar, no contar”; o “te estás escondiendo detrás de tanta abstracción”, “toma un riesgo, por favor”. Pero la vida me salvó y me trajo hasta “La Bodega”.

Mucho se ha hablado sobre un verso de Gonzalo Rojas con respecto al Puerto. “No basta con amar a Valparaíso, hay que merecerlo.” Pero yo me quedo con dos versos de Ranier María Rilke.

El primero es de “El Hombre que Nos Mira”:

Luchamos con algo tan pequeño.
Lo que lucha con nosotros es tan grande.

Quien no entiende lo anterior puede que hable bien de Valparaíso, pero apuesto a que no está comprando sus porotos en “La Bodega Valparaíso.” Es que la ciudad es más grande que tú o yo. En un mundo que pasa a mil por hora, Valparaíso nos aterriza. Basta una “empanada famosa” o el olor emanando de los hornos de la Panadería Guria cualquier viernes en la tarde.

Puede que Viña encante, pero Valparaíso despierta.

El futuro de Valparaíso no se va a definir por que haya o no una obra de Oscar Niemeyer en la vieja cárcel. Este puede que alimente nuestro insaciable apetito por discusiones bizantinas. Pero, una vez entregada, será un tópico. Una invitación a conversar. No creo que afecte tanto el quehacer de la bodega. Señora Lorena y Don Sergio. Discutiendo sin rencor los méritos de unos porotos granados. Eso es lo que me trajo desde EE.UU.

Así, señores y autoridades, les ofrezco una idea fuerza para promover nuestra ciudad: Valparaíso. Ven a despertar.

Lo cual me trae al segundo verso de Rilke, este de “Tronco Arcaico de Apolo”: “Aquí, no hay ningún lugar que no te mira. Hay que cambiar tu vida.”

Es que hoy es otro día en Valparaíso. Mi ciudad.

viernes, 11 de julio de 2008

Las Tres Preguntas

En los diez años de la Fundación Valparaíso he concedido innumerables entrevistas, principalmente sobre nuestra ciudad. Curiosamente, cuando de medios nacionales se trata, las primeras tres preguntas son siempre las mismas: ¿Por qué tenía que ser un gringo el creador de la Fundación Valparaíso? ¿Tienes alguna relación con Tompkins?, y ¿Vives en Valparaíso?

La primera pregunta pareciera inocente, pero no lo es. De un pincelazo, el periodista está lanzando a la mesa una hipótesis basada en un cliché. Este dice que los chilenos no saben valorar lo que tienen y que aunque lo hicieran nadie los tomaría en cuenta porque son chilenos. Subyace bajo esta pregunta una trampa sutil: El periodista quiere saber si estoy frustrado con el medio. ¿Aprovecharé la entrevista para lavar ropa sucia?

Chile, como cualquier otro país, tiene gente brillante y otra no tanto. Con Valparaíso tuve la suerte de estar en el lugar correcto en el momento correcto. Punto. Tenía la pasión y la formación para hacerlo. ¿Hay chilenos que podrían haber hecho lo mismo? Sí.

Segunda pregunta.

Lo de Tompkins, independiente de lo que uno piense de él, es una pregunta abiertamente malintencionada. Cinco años en la universidad bastan y sobran para saber que apellidos parecidos no indican parentesco. Matta no es Matte. Pero el periodista está lanzando un anzuelo. Quiere inducir alguna declaración incendiaria, a favor o en contra, y quiere ver si hay algún gato encerrado. A lo menos quiere saber cuántas veces me han hecho la misma pregunta (muchas), y sugiere que lo anterior confirma su propia tesis sobre la "incultura de sus compatriotas".

Inevitablemente, aprovecho la oportunidad para contar mi experiencia de haber sido huésped de Douglas durante tres días a las orillas del fiordo Reñihué del Parque Pumalín. Lo visto retrata a un personaje de película, uno que inspira amor y odio, alguien que no cabe dentro de estereotipos fáciles. Douglas es complejo, fascinante. Lleno de matices.

Compartimos la pasión por Bob Dylan, pero nos enganchamos discutiendo el significado del arte. ¿Raya para la suma? Lo admiro. Pero me da susto su fundamentalismo ideológico.

Tercera pregunta: ¿Vives en Valparaíso?

Esta pregunta revela el cinismo que aún existe en el medio con respeto a nuestra ciudad. ¿Es posible que "el gringo de la Fundación Valparaíso", en realidad, viva en Viña del Mar?

Detrás de ésta y las demás preguntas se esconde algo más profundo. Lo que realmente quieren saber es: ¿Soy héroe o impostor? ¿Soy el típico idealista gringo que llega como oveja y termina siendo devorado por los lobos? O ¿Soy un yanqui imperialista escondido en un Caballo de Troya?
Así, no les doy en el gusto. Por supuesto que vivo en Valparaíso. Feliz, compadre. Feliz. Con esto, el periodista, inevitablemente, deja escapar una mueca de aprobación y asombro.

He aprobado el examen de las tres preguntas. Ahora empiece la entrevista de verdad. Ahora hablemos de Valparaíso.

domingo, 6 de julio de 2008

Tipo Valparaíso, Tipo Abu Dabi









A lo largo, las grandes urbes tienden hacia una de dos realidades: Las "tipo Abu Dabi" y las "tipo Valparaíso".

Las primeras tienen plata y las segundas tienen alma. Las que tienen plata quieren alma, y las que tienen alma quieren plata. Las ciudades que saben lo que son, emprenden vuelo. Las que tratan de transformarse en algo que no son y se encuentran atrapadas en una pesadilla sinfin. Luchar contra su propia naturaleza es caer bajo el peso de la gravedad. Es una Labor de Sísifo.

Los Abu Dabi carecen de autenticidad, pero no les molesta. Se quitan la pena levantando el edificio más alto o el mall más grande. Santiago es un Abu Dabi latinoamericano y—ojo—eso no es malo. Es lo que es. En su máxima expresión, estas ciudades son capaces de transformar un desierto en oasis. Fabrican islas en el mar. ¿Quieres construir una cancha de esquí bajo techo? Permiso concedido.

Compran cada Da Vinci, Goya, Picasso, o Van Gogh que aparece en el mercado. Después, los exhiben en edificios diseñados por Frank Gehry, Santiago Calatrava, Rem Koolhaas o Daniel Libeskind. Vale la pena visitar una ciudad tipo Abu Dabi.

Pero nuestro karma es administrar una ciudad tipo Valparaíso. Estas tienen carácter. Tienen alma. Tienen personajes como la Sra. Ximena, que tiene 93 años y aunque sus hijos llevan años tratando de llevarla a Viña, insiste, "No mi h’ijita. Moriré en Valparaíso."Están llenas de filósofos, escritores, arquitectos, y pintores—la mayoría de estos frustrados—que se juntan en boliches y trasnochan fusilando a las autoridades de turno. Cada uno tiene teoría propia sobre la génesis del "embrujo" que produce su ciudad. Son ciudades vivas.

Y están llenas de cachos. Cuando tratas de resolver un problema en una ciudad tipo Valparaíso, inevitablemente desencadenas treinta problemas más.

Mi teoría es que las ciudades tipo Valparaíso nacieron—casi en su totalidad—mal concebidas. ¿A quién se le ocurrió fundar Venecia en una laguna? No fue muy inteligente. Luchar durante siglos para defender semejante tontera… Eso si es carácter. Eso es arte. Y, en el caso nuestro, ¿Por qué hacer un puerto en una bahía desprotegida, donde, más encima no hay espacio de crecer, y—peoraún—para llevar la carga al capital hay que subir tres cuestas en carreta?

Las nuestras son ciudades testarudas. Nuestra alma, nuestro carácter, nace de nuestra lucha contra nuestra propia tontera. Encanto nacido del esfuerzo. Lo anterior explica porque, tarde o temprano, todo emprendedor porteño termina identificándose con Sísifo, el rey que se creó un Dios. ¿Su castigo? Empujar una roca hacia la cumbre de un cerro. ¿El problema? Los dioses hancalculado el peso de la roca para que esta caiga, justo, cuando el pobre cree haber llegado a la meta.

Lo más asombroso es que puede que—en 200 años más—las Abu Dabi terminen siendociudades tipo Valparaíso. Nacieron insultando a los Dioses. ¿Un oasis en el desierto? Es la misma tontera de nuestros ancestros porteños, quienes pensaron edificar una virtual "ciudadela europea" en el inhóspito pacífico sur.